Hoy tenía que estar en Lomas de Chapultepec antes de las nueve de la mañana. Tomé un taxi en la Roma a las ocho con treinta y me puse los audífonos. Tardé dos horas en llegar. De la Diana Cazadora a Periférico hicimos hora y media; ya no llegaba, así que me hablaron para que los alcanzara en Santa Fe. Le dije al taxista que fuéramos a Santa Fe. Se perdió. No supo escuchar indicaciones. Dio vueltas a lo idiota. Me puse nerviosa, primero; después me puse de mal humor. Luego empecé a notar que se me bajaba la presión, palpé mi bolsa y mis Dalays, pero no había con qué tomarlas. Seguidamente tuve un ataque de pánico. Me dieron ganas de salirme y aporrear los carros, en especial el camión con el anuncio del "túnel giratorio más largo de Latinoamérica" y subirme a los cofres y desgarrarme la camisa y ponerme a llorar y mojar los pantalones que no tenía puestos. Me dieron ganas de abrir la puerta e irme corriendo y llorando, con largos ríos negros sobre las mejillas, el cabello despeinado, los nudillos sangrantes. Me dieron ganas de decirle al taxista que no me pusiera nerviosa y, de paso, que era un idiota y, de paso, que era un hijo de puta y, de paso, que fuera a chingar a su madre. Me dieron ganas de huir del DF, esta ciudad tan hermosa y tan inhabitable, como nunca antes las había sentido.
Me bajé en una calle aleatoria del hoyo negro que es Santa Fe -su aridez compuesta por rascacielos de concreto y vidrio, en medio de avenidas y automóviles-, y tomé otro taxi. Llegué al lugar de mi junta y le marqué al que, pretendidamente, será mi jefe. Escuché balbuceos y un cortón extraño, y me dispuse a esperar a que alguien bajara por mí. Quince minutos después noté que en realidad le había marcado a un compa zacatecano y que me había acabado el crédito de un tirón. Ataque de pánico, Dalays en la bolsa, nada con qué tomarlas. Salí y busqué una tienda; encontré una farmacia, compré un agua y una tarjeta Amigo Telcel, me tomé mis tranquilizantes sin muchas esperanzas y volví a marcar. Subí a mi junta, entré a una sala con paredes de vidrio y un proyector y gente vestida con traje. Dije "hola" tímidamente y me senté en una esquina y deseé que el mundo se acabara en ese instante.
Más tarde, de regreso a la civilización, pasé al Pialadero de Guadalajara y me comí una torta de camarón y una tostada de aguachile y miré con tristeza a un niño despeinado que se comía un pastel en compañía de su mamá y de su abuela, mientras pensaba: "qué niño tan malcriado, desearía ser él". Luego vi sus aretes y me di cuenta de que era una niña. Qué cosa tan rara.
Regresé caminando y pasé por mi antiguo edificio y me encontré al bien conocido portero del amor. Lo saludé y le pregunté cómo estaba, cosa estúpida porque veinte minutos después él seguía hablando de dios y de la honestidad y del sentido de la vida. Ataque de pánico, no puedo abusar de los fármacos, necesito una llamada que me salve la vida.
Bingo. Llamada entrante de mi roommate. "Qué gusto me dio verlo, don Daniel, debo irme, que le vaya bien, rece por el bien de mi alma, adiós". Un aventón a Coyoacán después, fui con mi terapeuta y lloré en su presencia y me soné los mocos con un kleenex. Regresé al metro a pie, llorando en la oscuridad de las calles, con un raro sentimiento de alivio.
***
Hace como un mes, Plaqueta me llamó de improviso y me preguntó si quería entrevistar a Damián Alcázar al día siguiente. Le dije que PEROPORSUPUESTOQUESÍ. Esa noche, me comí un helado de yogurth. Nota: soy intolerante a la lactosa. Más tarde esa noche, abracé tanto a mi excusado que formamos una amistad estrecha y duradera. Media hora de sueño después, con fiebre, vómito (ay, soy tan honesta), dolor de cabeza, de costillas y de párpados, nos dirigimos a San Miguel de Allende.
Tengo la suerte más puñetera del mundo: no es muy frecuente que me enferme, pero cuando me enfermo es como si todas las células de mi organismo se convirtieran en muertos vivientes y ahí adentro ocurriera el apocalipsis zombie. Así, enferma, me la pasé genial. Damián... ¿Cómo describirlo? Es divino. Es caballeroso. Es gentil. Es inteligente. Es atractivo, con un encanto muy particular y contagioso, con una voz profunda y arrulladora, con una colección de sombreros envidiable.
Debo ser honesta. Fue una semana difícil, pues me estaba mudando. Entre eso y mi colitis recién diagnosticada, escribí el texto lo mejor que pude. Lo mejor que pude en esas circunstancias. Alguien dirá que soy muy "autocrítica", que soy "muy perfeccionista", que me gusta la "autoflagelación" (alguien como un terapeuta, digo), pero no dejo de sentir que pudo quedar mejor. Que yo podía escribir algo mejor. Que Damián merecía algo mejor. Que Gatopardo merecía algo mejor. ¡Lo siento! Éste es el párrafo de alguien que justifica lo injustificable.
Pese a todo, pueden leer la versión final aquí o la versión penúltima acá. Con toda seguridad, no notarán la diferencia. Eso es bueno. Pero yo sí la noto, porque tengo mis neurosis y me tatué elocutio en el brazo. Se imaginarán.
Algunas fotos de ese bellísimo día:
Acá una foto harto artística de todo el crew en proceso de trabajo. Mientras tanto, yo me insolaba mientras hacía apuntitos. Ya saben, uno que trabaja arduamente.
Damián es bien guapo *se desmaya*
Quihobo con mi ángulo arrrrrtístico.
Llegamos a estas ruinas y ahí estaba un grupo de bandoleros con vestuario muy siglo XX, comienzos, departamento de disfraces Televisa Telenovelas 1993.
Pues, eh, ruinas y, pues, eso.
¡Benny!
Noten mis ojos de perro muerto. Pero aguanté estoicamente. Y mientras me quejaba en la menor oportunidad posible, por supuesto.
¡El hijo de don Chespirito himself! Se me figura como a David Duchovny, ¿qué pensará Antara?
A este padrecito sí le quito lo casto.
El fotógrafo, Atonatiuh Bracho, Cacho, es talentosísimo de verdad.
Y la clásica foto grupal.
Lean el reportajete y compren la revista, está bien padre y tiene una doble portada muy hermosa que, en serio, es de colección.
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