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17 de noviembre de 2010

La Isla a Mediodía vintage


Hoy tenía que estar en Lomas de Chapultepec antes de las nueve de la mañana. Tomé un taxi en la Roma a las ocho con treinta y me puse los audífonos. Tardé dos horas en llegar. De la Diana Cazadora a Periférico hicimos hora y media; ya no llegaba, así que me hablaron para que los alcanzara en Santa Fe. Le dije al taxista que fuéramos a Santa Fe. Se perdió. No supo escuchar indicaciones. Dio vueltas a lo idiota. Me puse nerviosa, primero; después me puse de mal humor. Luego empecé a notar que se me bajaba la presión, palpé mi bolsa y mis Dalays, pero no había con qué tomarlas. Seguidamente tuve un ataque de pánico. Me dieron ganas de salirme y aporrear los carros, en especial el camión con el anuncio del "túnel giratorio más largo de Latinoamérica" y subirme a los cofres y desgarrarme la camisa y ponerme a llorar y mojar los pantalones que no tenía puestos. Me dieron ganas de abrir la puerta e irme corriendo y llorando, con largos ríos negros sobre las mejillas, el cabello despeinado, los nudillos sangrantes. Me dieron ganas de decirle al taxista que no me pusiera nerviosa y, de paso, que era un idiota y, de paso, que era un hijo de puta y, de paso, que fuera a chingar a su madre. Me dieron ganas de huir del DF, esta ciudad tan hermosa y tan inhabitable, como nunca antes las había sentido.

Me bajé en una calle aleatoria del hoyo negro que es Santa Fe -su aridez compuesta por rascacielos de concreto y vidrio, en medio de avenidas y automóviles-, y tomé otro taxi. Llegué al lugar de mi junta y le marqué al que, pretendidamente, será mi jefe. Escuché balbuceos y un cortón extraño, y me dispuse a esperar a que alguien bajara por mí. Quince minutos después noté que en realidad le había marcado a un compa zacatecano y que me había acabado el crédito de un tirón. Ataque de pánico, Dalays en la bolsa, nada con qué tomarlas. Salí y busqué una tienda; encontré una farmacia, compré un agua y una tarjeta Amigo Telcel, me tomé mis tranquilizantes sin muchas esperanzas y volví a marcar. Subí a mi junta, entré a una sala con paredes de vidrio y un proyector y gente vestida con traje. Dije "hola" tímidamente y me senté en una esquina y deseé que el mundo se acabara en ese instante.

Más tarde, de regreso a la civilización, pasé al Pialadero de Guadalajara y me comí una torta de camarón y una tostada de aguachile y miré con tristeza a un niño despeinado que se comía un pastel en compañía de su mamá y de su abuela, mientras pensaba: "qué niño tan malcriado, desearía ser él". Luego vi sus aretes y me di cuenta de que era una niña. Qué cosa tan rara.

Regresé caminando y pasé por mi antiguo edificio y me encontré al bien conocido portero del amor. Lo saludé y le pregunté cómo estaba, cosa estúpida porque veinte minutos después él seguía hablando de dios y de la honestidad y del sentido de la vida. Ataque de pánico, no puedo abusar de los fármacos, necesito una llamada que me salve la vida.

Bingo. Llamada entrante de mi roommate. "Qué gusto me dio verlo, don Daniel, debo irme, que le vaya bien, rece por el bien de mi alma, adiós". Un aventón a Coyoacán después, fui con mi terapeuta y lloré en su presencia y me soné los mocos con un kleenex. Regresé al metro a pie, llorando en la oscuridad de las calles, con un raro sentimiento de alivio.


***

Hace como un mes, Plaqueta me llamó de improviso y me preguntó si quería entrevistar a Damián Alcázar al día siguiente. Le dije que PEROPORSUPUESTOQUESÍ. Esa noche, me comí un helado de yogurth. Nota: soy intolerante a la lactosa. Más tarde esa noche, abracé tanto a mi excusado que formamos una amistad estrecha y duradera. Media hora de sueño después, con fiebre, vómito (ay, soy tan honesta), dolor de cabeza, de costillas y de párpados, nos dirigimos a San Miguel de Allende.

Tengo la suerte más puñetera del mundo: no es muy frecuente que me enferme, pero cuando me enfermo es como si todas las células de mi organismo se convirtieran en muertos vivientes y ahí adentro ocurriera el apocalipsis zombie. Así, enferma, me la pasé genial. Damián... ¿Cómo describirlo? Es divino. Es caballeroso. Es gentil. Es inteligente. Es atractivo, con un encanto muy particular y contagioso, con una voz profunda y arrulladora, con una colección de sombreros envidiable.

Debo ser honesta. Fue una semana difícil, pues me estaba mudando. Entre eso y mi colitis recién diagnosticada, escribí el texto lo mejor que pude. Lo mejor que pude en esas circunstancias. Alguien dirá que soy muy "autocrítica", que soy "muy perfeccionista", que me gusta la "autoflagelación" (alguien como un terapeuta, digo), pero no dejo de sentir que pudo quedar mejor. Que yo podía escribir algo mejor. Que Damián merecía algo mejor. Que Gatopardo merecía algo mejor. ¡Lo siento! Éste es el párrafo de alguien que justifica lo injustificable.

Pese a todo, pueden leer la versión final aquí o la versión penúltima acá. Con toda seguridad, no notarán la diferencia. Eso es bueno. Pero yo sí la noto, porque tengo mis neurosis y me tatué elocutio en el brazo. Se imaginarán.

Algunas fotos de ese bellísimo día:


 Acá una foto harto artística de todo el crew en proceso de trabajo. Mientras tanto, yo me insolaba mientras hacía apuntitos. Ya saben, uno que trabaja arduamente.

 Damián es bien guapo *se desmaya*

 Quihobo con mi ángulo arrrrrtístico.

 Llegamos a estas ruinas y ahí estaba un grupo de bandoleros con vestuario muy siglo XX, comienzos, departamento de disfraces Televisa Telenovelas 1993.

 Pues, eh, ruinas y, pues, eso.

 ¡Benny!

 Noten mis ojos de perro muerto. Pero aguanté estoicamente. Y mientras me quejaba en la menor oportunidad posible, por supuesto.

 ¡El hijo de don Chespirito himself! Se me figura como a David Duchovny, ¿qué pensará Antara?

 A este padrecito sí le quito lo casto.

 El fotógrafo, Atonatiuh Bracho, Cacho, es talentosísimo de verdad.

Y la clásica foto grupal.




Lean el reportajete y compren la revista, está bien padre y tiene una doble portada muy hermosa que, en serio, es de colección.



27 de abril de 2009

¿Qué tengo que hacer para conseguir un cubrebocas?



No, en serio. ¿Qué diantres le pasa al universo? ¿Acaso tengo que pintarme la piel de verde, desorbitarme los ojos con un tenedor, raparme el cabello en sitios estratégicos y salir con muletas para que las putas farmacias me concedan el PRIVILEGIO de venderme un pedacito de tela con hilitos en cada lado?

Díganme si tengo que hacerlo, y lo haré. He visitado como 7 farmacias, no sólo en el DF sino en Querétaro (donde tuve oportunidad de ser parte de la ÚLTIMA reunión de la que formaré parte en mi vida post-adolescente), y en todas me dicen, apenas entro:

"NO, muchachita, no tenemos cubrebocas. ¡Salid de aquí inmediatamente!"


Tontos.

Subrepticiamente, este artefactito es más valioso e inalcanzable que los rubíes que la reina Sofía se ponía para irse de baile con su esposo Juan Carlos, el mismo de POR QUÉ NO TE CALLAS, JODER.




La gente no respeta a los hipocondriacos; nos tienen por dementes con problemas de autismo, nula vida sexual y baja autoestima. La verdad es que los hipocondriacos son los pioneros en algunos de los más increíbles avances en cuanto a calidad de vida se refiere:

1. Gel antibacterial.

2. Gotas de manzanilla para los ojos.

3. Descongestionantes nasales.

4. Vick Vaporub.

5. Yakult.

6. Las películas de Woody Allen.

7. Esponjas reforzadas con granito de las cuevas de Tuxtla Gutiérrez, para una exfoliación profunda.

8. Kleenex anti-virales. Los hay. Se vendieron por montones el pasado diciembre.


La verdad, ya lo dije, estoy aterrada. Pero el miedo es, por definición, irracional. No traten de convencerme de que un atropellamiento es más letal y probable, porque para mí es como si me hablaran en un dialecto mandarino que dejó de hablarse hace nueve centurias.

Lo expresé en Twitter: es irrespetuoso y ojete que la gente que está muuuuuy calmada nos hable con tanta condescendencia. Traten de, no sé, por una vez en su vida ser un POQUITÍN empáticos. No por ser tan ecuánimes están libres de contagio, cerdos.




En noticias más serias...

La ciudad no está exactamente vacía, pero hay algo en ella que sin duda está fuera de lugar. Como un cuadro en la pared ligeramente desviado ocho grados sobre su nivel: nada demasiado alarmante, salvo el hecho de que el 75% de la gente usa cubrebocas y te mira con desconfianza, pero de todos modos perturbador.

Como una gran fanática de las películas sobre el Holocausto Zombie, me siento un poco en ese estado de alerta en el que apenas intuyes que todo está por irse al caño. Estamos en el foco de la infección, en la ciudad -por las cifras- más peligrosa del MUNDO. Caminamos como por inercia, con miedo y parsimonia, sabedores de que un paso en falso y, sin más, la muerte. No quiero ser catastrofista, saben que no está en mi naturaleza -"sarcasmo"-, pero tengo miedo. No sé exactamente de qué, no lo tengo muy claro aún, pero me aterroriza pensar precisamente en eso: en el no saber.

Todos los desastres comienzan en la incertidumbre.

Actualización:

Las compras de pánico son asquerosas. Los productos más deseados son los jabones antibacteriales (¿cómo es posible que antes pudieras incluso elegir combinaciones exóticas, y ahora sólo te dejen los de olores feos de hierbitas y lácteos?), el Aderogyl y el Cevalín. Cambié todos mis jabones, que eran de glicerina y expelían aromas a baños noruegos, por puro Escudo ultra-protección de color y sabor de flojera. En la fila vi a una tipa que golpeaba el piso con el zapato, traía DOS tapabocas y compró como cuatrocientos diferentes productos de limpieza. Ahí supe lo idiota de nuestra actitud. Para no desentonar, hice lo propio.

Y me compré una planta. Es como mi zapatito de bebé en ¡Viven! Esta planta y yo llegaremos con vida al final de la epidemia:

Le tuve que comprar una maceta gay o no sería yo. La nombraré... ¡APE 2000!



25 de abril de 2009

Miedo a morir

Ayer me levanté a las 6 de la mañana, no por decisión propia sino obligada por las circunstancias. Estaba ligeramente cruda, lo admito, pero aún así tuve la suficiente presencia de ánimo como para ponerme unos pants y una sudadera con circulitos que marean si la ves de lejos.
Bajé mi bicicleta los tres pisos, al borde del colapso, y me lancé a una mañana infeliz. Di vueltas por el parque España, por la plaza Río de Janeiro, por el parque Luis Cabrera, a lo largo de Álvaro Obregón, por las calles de Tabasco y Tonalá, y finalmente a través de la infame ciclovía de Chapultepec. En mi trayecto me di cuenta de algunos hechos perturbadores:
1. Las mamás llevaban a sus hijos a la escuela. Unas por despistadas, y otras porque no les importaba que sus hijos murieran con tal de hacer su prueba Enlace. A unas y a otras les comuniqué, muy amablemente, que no había clases. También agregué un "tonta" al final de cada frase. Ninguna me hizo caso.
2. La gente usaba cubrebocas, y se alejaban cuando yo me acercaba para desearles un bonito fin de semana.
3. Algunos automovilistas me susurraban frases ininteligibles, sin importarles que yo trajera mis audífonos puestos y que por puro atrevimiento me pasara algunos altos, pero supongo que eran buenos deseos y recomendaciones de seguir por el buen camino.
Para cuando llegué a mi casa y me senté un rato a ver las noticias, una sensación inexplicable se apoderó de mí. Era una mezcla de incertidumbre y pánico. Miré mi kit anti-Holocausto Zombie, colgado en una vitrina sobre la pared, y pensé: creo que esto no nos servirá esta vez. Bajé las escaleras atropelladamente, armada de una bayoneta y siete cajas de somníferos, y les grité a los que pudieron oírme que estábamos perdidos. Luego subí de nuevo, clavé clavos en la puerta arbitrariamente, puse dos pedazos de madera en las ventanas, me metí a la cama con una linterna, y le recé a Alá que la fiebre pasara pronto.
Un par de horas después, motivada por la verdadera pandemia (la hipocondría, esto es), empecé a toser y a sentir que desfallecía. Me convencí de que estaba infectada, hecho muy explicable dado que la noche anterior había departido en un par de barecillos infestados de gente, de horrible gente infectada, y pensé que ya todo estaba perdido. La amenaza se había cernido sobre mí.
Siempre he tenido miedo de morir joven. Es un miedo absurdo, pero probable. Siempre que he tenido ocasión de sentirme cercana a la muerte -como cuando me atropelló una bicicleta o cuando una torta de choriqueso me cayó mal o cuando tuve la certeza de que estaba contagiada de ébola- pienso en una cosa solamente: mis pendientes. Todos esos archivos de Word a medias, con anotaciones jocosas como "introducir conflicto de intereses en el capítulo quinto" o "nuevo personaje: maniaco depresivo obsesionado con las fobias". Esos textos a medias que jamás podrán concretarse porque en vida no tuve la suficiente fuerza de voluntad para acabar todo lo que empezaba.
Naturalmente pienso en mis amigos y familia. Pero me imagino que se las arreglarán sin mí, y vuelvo a los archivos de Word: ¿qué será de ellos cuando muera?
Lo bueno es que resuelvo todo escribiendo posts tontísimos que no reflejen la verdadera preocupación y las verdaderas reflexiones y los verdaderos propósitos.
Tengo miedo de la influenza. Caí en el pánico colectivo.


13 de abril de 2009

Otra anécdota con un taxista idiota


Creo que hay una consigna secreta contra mí: mandarme a todos los taxistas idiotas del universo. Hace rato tomé uno en Universidad a la altura de Viveros. Le dije, tranquilamente, que me dejara en la Juárez. Incluso, por si las moscas, le aclaré que en Hamburgo, una maldita calle a la que todo mundo supondría es bien fácil llegar.

¿Pero este taxista idiota lo sabe? ¡No-ho! No, señor. No lo sabe. Así que luego de preguntarme cómo le hacía, y de haberle dado señas vagas mientras buscaba una vena disponible para inyectarme heroína, el muy güey empezó a cajetearla arbitrariamente.

Luego sucedió que, por azares kármicos, el muy güey ya estaba bien encaminado sobre Gabriel Mancera. Me congratulé por la agradable coincidencia y procedí a concentrarme en mi estaaaaadazo, pero a la primera vuelta disponible... el muy güey ¡se dio la vuelta!

En la operación una tipeja le gritó ¡PENDEJO!, epíteto con el que me solidaricé. A dos cuadras, sin embargo, el taxista se paró en una esquina, volteó a verme con rostro compungido, y me dijo:

- Señorita, ¿la puedo dejar aquí? Es que ya no doy.

(O sea que y no daba, y se dio por vencido. De paso me dijo que no era nada, pero yo no puedo aprovecharme de los muy güeyes de esa forma, de modo que le di 10 pesos de manera simbólica. Espero que algún dios tibetano me esté viendo y apunte en un cuadernito mis karmapuntos).

Repito:
Ya no daba. YA NO DABA.

¿Cómo se supone que te levantes todos los días, te bañes, te pongas Vapo-Rub atrás de las orejas y salgas a conducir un taxi cuando no conoces los más elementales caminos de la ciudad? ¡Por favor! No es como si le hubiera pedido que me dejara en una calle perdida, enclavada entre dos callejones sin salida, dentro de una colonia subida en un montecito a la que sólo puedes llegar preguntándole a ocho viandantes y llevando un mapa de las carreteras de México -además de un equipo de primeros auxilios, una brújula, alimentos no perecederos y un teléfono satelital. ¡Dame un corte! (mi nuevo mexicanismo para el manido
gimme a break!).

Así que ahí estaba, perdida en medio de ese terreno pantanoso e inhóspito conocido como colonia Narvarte, y tuve miedo. Un miedo feroz. Miedo que fue cortado de tajo cuando alcé el dedo índice y otro taxi se paró. Albricias.

Me subí molestísima y procedí a callarme la boca. Dos cuadras adelante, el nuevo taxista -llamémosle Taxista B- volteó y me preguntó:

- ¿Ya va tarde?

Pues claro que iba tarde, maldita maldición. ¿Pero lo dije? ¡No-ho! No, señor. En cambio, empecé a quejarme del Taxista A y cómo hay muy güeyes tan güeyes que andan por ahí fingiendo que son taxistas, como pretensos escritores que escriben "persepsión" y "educatibo" y usan "anfibiologías" y "figuras remóricas" e intercalan en sus textos cosas como "jajaja" y "no, no es cierto".

¿Saben qué me dijo el Taxista B? ¿Lo saben?

Que por qué estaba tan estresada si la vida era tan corta. Verídico. Quise reírme cuando me lo dijo, y en ese momento me di cuenta de que estaba apretando las mandíbulas como si mis mandíbulas fueran las de Robocop y dentro de ellas estuviera un villano que mereciera la muerte. Después quise recargarme y noté que mi espalda era un pedazo nudoso de dolor y sufrimiento. Quise decirle que no era cierto y sólo salió espuma de mi boca. Jajaja, no, no es cierto.

Me di cuenta de que siempre estoy innecesariamente estresada.

Los siguientes 20 minutos fueron empleados en una retahíla de consejos muy zen por parte del Taxista B. Que siendo tan joven por qué me preocupaba tanto, si al final las cosas siempre salían. Que por qué andaba toda malhumorada si totalyaqué. Que si por qué no apreciaba un poco más la vida, y notaba las cosas que importaban, como que un advenedizo te recetara su filosofía
Selecciones en un trayecto en el que sólo quieres concentrarte en tu odio hacia el mundo y no escuchar las ordinarieces de nadie. Bah.




Creo que amo al Taxista B.


7 de abril de 2009

A veces, cuando me siento deprimida y con baja autoestima, me gusta buscar historias peores que la mía en internet


En una parte de
Fight club (o El club de lucha, como estaba traducido en la biblioteca de mi facultad), el narrador siente verdadero alivio al sumergirse en los senos enormes de Bob y llorar como poseído. Antes -o después, ya no me acuerdo- su doctor le recomienda ir al grupo de deudores anónimos, porque eso sí es sufrimiento.

Los senos masculinos me hacen sentir como en casa. Mi padre tenía senos masculinos, ¿sabía? Grandes, redondos y caídos senos masculinos...



Ahora: pongámonos en la cabeza de El Narrador.

¿Listo?

Perfecto: todos somos discapacitados emocionales, dementes perdedores, individuos de más de 20, de más de 30, de más de 40, con taras sicológicas del tamaño de un estadio de fútbol.

Es más, no hace falta ponerse en la cabeza de nadie.
Todos somos una bola de discapacitados emocionales, dementes perdedores, individuos de más de 20, de más de 30, de más de 40, con taras sicológicas del tamaño de un estadio de fútbol.

TODOS. To-dos. Hasta tú, que te sientes más a salvo porque lees estas sandeces en el monitor de tu computadora del trabajo, encerrado en un cubículo de 2 X 2 que huele al hulito para envolver cuadernos, agazapado en esa hora nebulosa en la que todos en la oficina chatean, leen blogs o actualizan su perfil en Facebook. O tú, que lees en tu iPhone mientras estás en una fiesta, en el cine o en los brazos del ser amado y piensas: “no yo; yo tengo una vida”. O incluso tú, que lees esto por tedio o por costumbre o por accidente, y te sabes normal y saludable.

No han pensado, sin embargo, que el solo hecho de leer esto es ya un síntoma de un trastorno mayor.

Les daré algo de tiempo para asimilarlo.

















Bien, queridos todos, hoy les tengo su grupito de deudores anónimos.

La otra noche, mientras buscaba en Google no sé qué cosa, caí por accidente (¡por accidente, lo juro!) en un foro en español denominado FOBIA SOCIAL PUNTO NET. En el acto me sentí atraída por la promesa de un lugar en el que se reunieran, juntas y sin censuras, todas las perturbaciones humanas e identificables. Un rinconcito en la red que fuera el refugio y hogar de un montón de subnormales, desadaptados, esquizoides, esquizotípicos, paranoides, fóbicos, autistas, esquizofrénicos, bipolares, víctimas de hiperhidrosis y síndrome de Asperger y de Tourette y de Creutzfeldt-Jakob. Un montón de locos, pues. Lurias, chiflados, maniáticos, cu-cu.

Fue un descubrimiento horroso y hermoso a partes iguales.

Algunos temas tienen por título “Obsesión con una antena de telefonía móvil” o “Frases hechas para un FS” (como “suéltate un poco”). Hay un forista que firma todas sus entradas con la frase “en verdad este mundo es miserable”. Hay quien se toma la molestia de transcribir tratados escritos por Víktor E. Frankl (de quien nunca supimos si encontró el sentido que tanto buscaba) o doctorcitos suecos que recomiendan la logoterapia y vaciladas
new age para curarse. Casi todos se saben al dedillo el DSM-IV y son capaces de nombrar cinco fobias extrañas en 1.8 segundos. Algunos, los que sufren la famosa hiperhidrosis, se consuelan subiendo fotos de famosos sudados. Invariablemente, un esquizoide contesta: “Eso no está contrastado estadísticamente, cuáles son tus fuentes, no me lo creo ”. Verídico.

Si esta foto no te hace sentir mejor contigo mismo, entonces tienes problemas.



Ante estos casos, cualquier padecimiento propio parece menor. Conocer de primera mano los testimonios de personas que en verdad sufren hace lucir los pequeños trastornos obsesivos compulsivos que todos tenemos (el perfeccionismo, la revisión sistemática, la obsesión por los números pares) como excentricidades de poca monta. Detallitos que magnifican nuestro encanto, pues. Nada demasiado terrible.

Caer en FOBIA SOCIAL PUNTO NET ha sido una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

4 de marzo de 2009

No me satanices sólo porque doblo mi cuerpo obscenamente


Mis malos hábitos son constantes y la única lucha que sostengo a diario. Las horas que duermo y los horarios en que lo hago, la forma en la que me alimento, los circunloquios que le dedico al fino arte de trabajar, mi nula organización financiera. Soy un desastre, pero un desastre que piensa todo el tiempo en el cariz de su desorden, de su inhabilidad, de su poca concentración. No un desastre relajado, que se sienta con las piernas abiertas a comer nachos con queso m
ientras mira el partido, sino un desastre al que el DESASTRE le produce estrés. Un desastre paradójico.

(y mientras más escribo la palabra desastre, más pierde sentido)

Con el objeto de liberarme de mis disfuncionalidades, que encima de todo me trajeron dolores de espalda e insomnio, me decidí por una solución fácil:

YOGA.

Todos lo hacen, ¿no? Es lo de hoy. Hay devedés piratas afuera del metro Balderas y devedés originales de 35 pesos en el Sanborns, y todos parecen decirte: en mi redondez digital encontrarás el alivio para tus pesares.

Así que fui y tomé un curso intensivo de ocho horas. Me plegué en posiciones caprichosas, de nombres ridículos como “perro que mira al vacío” y “mono capuchino saltarín durante el deseo sexual”. No conocí a nadie interesante, salvo a una tipa que se acababa de hacer una liposucción, dijo que el yoga le ayudaría a combatir el estrés de “vivir en Estados Unidos y el DF alternadamente” y que se acababa de comprar el Wii Fit. Descubrí que no tengo flexibilidad, que la muñeca izquierda me duele cuando apoyo mi peso en ella y que los amigos te dan la espalda cuando quieres mejorar tu vida interior.

Ajá.

El Rufián Melancólico, ese hombre tan sabio con el que he co
mpartido innumerables charlas sobre cierta fauna social y nuestra repelencia a su modo de vida, enseguida me acusó de:

-respiren hondo-

CONDECHI GUANABÍ.

No, señores. NO. ¿Es demasiado increíble pensar que lo hice SÓLO por mi espalda? ¿Es exageradamente insensato concederme la razón y comprender que mi espalda, mi estrés, mi malformación craneal y mi respiración imperfecta
ameritaban unas cuantas horas de estar con los pies y los brazos estirados sobre un tapetito rosa chillón? ¿Qué significa la traición ideológica al lado de eso?

Durante la segunda sesión, mientras intentaba pararme de cabeza (con gran éxito, debo agregar), recibí un mensaje de voz del interfecto. Cuando salí y lo escuché, todas las venas de mi cuerpo recién introducido al mundo de la espiritualidaaaad se hincharon de sangre ardiente.

Me preguntó, ahora que llevaría una vida “mística”, si quería agua bendita recién traída del Tíbet que había en el Colegio de San Ildefonso.




22 de enero de 2009

Los días ordinarios siempre son los mejores días


Odio los días optimistas en que todo me sale bien: el portero me saluda, el mesero de la fonda me saluda, la señora de las garnachas me saluda, todo mundo me saluda. Odio esos días en que hay buen clima, no tengo prisa, limpié el piso de mi depto, el café me salió bien, me
levanté temprano, no me duele el estómago, todo parece benigno y feliz. Odio esos días porque siempre hay una amenaza latente, oculta, cargada de infortunios y rachas malísimas. Odio esos días porque me da mucha ansiedad, siento un mariposeo incómodo y absurdo, pienso que la felicidad es tangible y en el camino me reprendo por caer tan bajo.

Tampoco es que me gusten mucho los días desafortunados. Soy una marica. En tales situaciones, cuando todo me sale irremediablemente mal, me victimizo pensando que tengo la peor suerte del mundo y que estoy pagando karmas tardíos y que me lo merezco por actuar tan mal y se
r tan vil y oh, la vida es cruel, y yo sólo soy una pobre muchacha sin las fuerzas necesarias para afrontar su doloroso destino.

Prefiero los días como hoy, agridulces. Plagados de anécdotas mínimas, que configuran una futura rutina: me levanté tarde, pero el café me salió bien. El portero me saludó, pero un policía en el Sumesa me trató con malos modos (al que respondí con la ira ardiente de mi mirada). Caminé mucho, pero por mis calles favoritas de la Roma. Conocí la Ciudadela, nunca había ido, y nos compramos ropa usada. Me gusta la ropa usada.

No dormí nada hace dos d
ías. Me fui en vivo a una editorial a entregar 200 cuartillas de un libro de cocina que estoy corrigiendo (¡ahora sé todo sobre cómo colocar molletones, doblar servilletas en forma de cisne, catar vinos jóvenes y los géneros de lechugas que hay!) y en el camino de regreso, en el metrobús, me iba durmiendo. Tres mozalbetes universitarios me iban despertando con sus carcajadas, y oía que entre dientes decían: "mira, ya la despertaste". Tontos.

Ayer estuve como zombie, fue tan extraño. No entendía ni quién era, pero fui a pagar mi luz (¡la luz que ni siquiera debo!), tuve que ir al cajero, mi torta de tamal se aplastó, pude haber muerto en medio de un sueño atroz a media avenida, dormí toda la tarde y desperté con fiebre. Todo se sentía e
xtraño, ajeno y luego comprendí que el quid de mi vida misma había estado en una conversación por Skype. Uooooh.

Tal estado de sonambulismo hizo que casi dejara mi tarjeta metida en un cajero del Sumesa. Y mi bolsa ahí al lado. Y que estuviera a punto de irme sin imaginar que nada raro ocurría, hasta que una buena samaritana me advirtió de la tarjeta. Y que al ir por ella, viera la bolsa a un lado. Mi distracción ha rebasado toda lógica.

La parte realmente linda del día de hoy es cu
ando tomé un taxi rumbo a mi casa. La diseñadora de El Chamuco, quien es una gran camarada, me dijo que tomara uno de sitio pero yo dije: nel y me subí al primero que pasó.

El taxista empezó con la frase de rigor que casi siempre escucho cuando abordo un taxi en la noche: "¿Ya a descansar, señorita?". Ppfff. Impresióname con un: "¿Ya a fiestear, muchacha?" O algo así de impres
ionante. Le contesté que sí con tal indiferencia, tal modorrez, tal hueva en la voz, que el taxista me REMEDÓ. Le medio expliqué que a descansar-descansar, lo que se dice descansar, pues naranjas. Me preguntó qué hacía. Le dije. Me preguntó en dónde. Le dije. Después me dijo que qué padre, que a él le encantaba El Chamuco, que esos 'chavos' (sic) se pasan, cómo no les hacen nada, qué padre, no sabe señorita, no sabe. Que le encantó una portada de Hernández que va más o menos así:



Y mientras llegábamos a mi calle, el taxista progresivamente se ponía más y más emocionado. Como si estuviera hablando con Tongolele o con, no sé, el tipo que le escogió el traje ayer a Obama. Y me decía "qué gusto, señorita, qué gusto que se subió a mi taxi, dígales que los admiro mucho, ay, no sabe". Y yo pensaba que ojalá pronto llegáramos a mi calle porque cu cú. No cierto. Total, me dio su nombre y le prometí que le pondría saluditos. Francisco Aguilar: hoy tu vida tuvo sentido. O no.

Pero fue lindo. Y raro. Y prefiero los días con depresión latente, pero invisible al fin y al cabo. En cualquier caso, es mejor que la ansiedad propia de cuando "todo sale bien".







23 de noviembre de 2008

Mi cerebro tiene algo mal

Simplemente, cada día se distancia más de lo que dice mi boca. Se ha vuelto tan perezoso y condescendiente que me permite decir una serie de dislates absurdos sin advertirme antes, y luego ahí me tiene: con la vergüenza propia de haber dicho una barrabasada y sin ningún argumento de defensa.

Por ejemplo, miro el menú de un restaurante y pienso mentalmente en el platillo de mi conveniencia, digamos, "pierna de ardilla frita". Pero cuando el mesero me trae mi orden, le comunico con toda amabilidad que yo no pedí algo tan asqueroso como, digamos, "pollo" sino "pierna de ardilla frita". Él insiste. Yo insisto. Lucha de poder.

Entonces, uno de los comensales me toca el hombro y me dice:

"No seas babosa. Pediste el pollo".

Entonces tengo que comerme el absurdo platillo.

O a veces estoy con mis familiares contándoles mis primorosas aventuras en la gran urbe, por ejemplo "comí una torta, ocho tacos y tres chescos". Y uno de ellos me interrumpe: "¿once tacos?". Porque en realidad dije: "comí una torta, ocho tacos y tres tacos". Y mi cerebro estúpido insiste en que lo dije bien, pero el idiota qué va a saber ahí encerrado entre líquido cefalorraquídeo y en la completa oscuridad.

O me la paso toda una tarde tratando de acordarme cuál es la capital de Escocia. Y hasta que tengo oportunidad de buscarlo por internet, apenas tecleo "Escocia" y viene como una luz hacia mí: Edimburgo. ¡Albricias!

(en este respecto TENGO que contar algo que me hizo reír mucho, de una forma totalmente mala onda y elitista. Mientras pensaba en lo de Escocia, le pregunté a alguien que aprecio mucho pero-cuya-identidad-no-revelaré cuál era la capital de tan bonito país. Su respuesta fue "¿Irlanda?". Oh, qué gracioso. Termina paréntesis).

O como la otra vez que estaba escribiendo algo muy elevado y culto, y no podía acordarme qué es lo que tienen las aceitunas dentro. Tuve que subir muchas escaleras para preguntarle a alguien que domina el tema, y antes de hablar, la palabra ANCHOAS vino a mí. O sea.

¿Qué le pasa a mi estúpido cerebro?


18 de septiembre de 2008

Amores enfermizos


El DF me ha dado muchas patadas en el trasero. Ahora mismo escribo en otro lugar, en un pueblecillo a menos de dos horas de distancia, y pienso que el DF sigue maquinando nuevas formas de patearme el trasero. Se ha de agazapar en su mancha urbana, reflexivo en la quietud de las 3 de la mañana (casi completamente libre de tráfico e inmundicia ambulante), y piensa:

“¡Ya sé nuevas formas de chingar a Lilián, oh sí!”

Y luego se ha de relamer los bigotes de smog y pavimento y se ha de ir muy contento, porque con toda seguridad seguirá pateando mi trasero de lo lindo. Pero, a pesar de todo, lo amo. Lo amo con todo y sus potenciales crímenes y asaltos (que no podrían importarme menos, desde que tengo un poderoso y especial gas pimienta) (especial por provenir de quien provino y por todo lo que significó cuando me lo dio y nos miramos a los ojos y supimos en ese momento que nos pertenecíamos y que le pertenecíamos a los delincuentes y los violadores, que ahora deberían temerme: ¡a mí y a mi gas pimienta!).

Si lo amo a pesar de que continuamente me patea el trasero, ¿significa que soy adicta a la flagelación y a la humillación sistemática y creativa? ¿He desarrollado un patrón de relaciones enfermizas y prohibitivas, repletas de malentendidos y destiempos, que potencializarán mi energía vital de modo que a los 40 años esté lista para enredarme con un muchachito de 17 y seguir viviendo la vida loca? ¿Es que soy autodestructiva y me gusta que me pateen el trasero a pesar de mi amor y mi veneración constante, de mi adoración a los tacos afuera del metro cualquiera y el tránsito descabellado y el olor de alcantarilla y las innombrables de Reforma?

¿Es eso, Distrito Federal? ¿Quieres que me humille ante ti? ¿Quieres que me ridiculice, que me ponga de rodillas, que me desgarre las vestiduras manchadas de humo de combi y diga “sí, te acepto con todo y tus errores”?

Pues bien: así será.



30 de julio de 2008

Estoy muy irritable

Ignoro la razón (aunque la inventé). Últimamente, las cosas más pequeñas y sin importancia logran molestarme. Los actos pequeños, triviales e insignificantes de las personas me llenan de una ira pasajera, pero ira al fin y al cabo. Y eso no es normal.

Antes no me fijaba en cosas así. No me molestaban las palabras o los comportamientos de algunas personas: me pasaban de largo con una cómoda indiferencia y las dejaba ir, oh, las dejaba ir como una madre abnegada dejaría ir a sus hijos pródigos cuando han alcanzado una edad decente (o cuando han embarazado a una prostituta adolescente y deben huir a Yucatán para refugiarse en una comuna de hippies desdentados).

El asunto, pues, es que me he dado cuenta de esto. No es la situación de hace dos posts, aunque las coincidencias me tuvieron 1 hora 43 minutos reflexionando sobre el tema -con algo parecido a una crisis nerviosa. El "hecho" tiene algunos meses de estar ocurriendo a diestra y siniestra, con sus debidas consecuencias: mis allegados me recomiendan tomarme las cosas con calma, respirar hasta 10, no molestarme por minucias.

¡Pero me molesta! ¡Me molesta tanto como a la esposa que mira con desaprobación la tapa del excusado salpicada de la orina de su esposo! ¡Como la madre que mira la tarja de la cocina repleta de platos con comida podrida! ¡Como el profesor que mira a sus alumnos tomando cerveza de un thermo! ¡Como el vecino que descubre que le han estado robando el internet y el cablevisión impunemente durante 22 meses!

La razón que me inventé es que todo es plácido ahora. Tengo preocupaciones, sí (la vida de subempleo es tan emocionante como ir por una carretera a las 2 de la mañana, esperando que un trailero guapo te dé aventón). Tengo deudas. Vivo lejos. El señor de las conchas con nata no siempre se pone. Me duele la cabeza frecuentemente. Pero, en general, todo es plácido: la vida en el Distrito Federal, la juventud a los 22 años, la horda de pretendientes y acosadores, los crímenes contra la Humanidad...

Luego entonces: cualquier cosa que se interponga entre mi placidez y yo me provoca úlceras mentales. El comentario fuera de lugar. La sonrisa en el momento inadecuado. La charla sosa. Las costumbres domésticas. Los chistes vulgares.

Hace unos meses no era así. No estaba muy conforme con mi circunstancia, y en cambio era cortés y amable con Todomundo. NADA me molestaba, porque en el fondo TODO me molestaba. Siempre andaba sonriente, porque en el fondo nada me causaba gracia.

Ahora aflora mi verdadera yo: una Lilián exigente, mandona, cínica, y detestable. Me siento TAN feliz.


Fe de Erratas: Releí el post sin emoción y me di cuenta de que había escrito compartimientos en lugar de comportamientos, y que nadie se dio cuenta, como si pensar en los huequitos de las personas fuera absolutamente normal. Como si pensar en el bolsillo trasero de la gente fuera asunto de primer orden. Como si comparar a las personas con coches o cajoneras fuera cosa de todos los días. Como si... BLAH. La palabra de hoy es AZOTEAS.



18 de julio de 2008

¡Envídienme!


Otra vez vengo de una visita de madrugada al dentista, tengo la boca y el cuello anestesiados, mañana me voy a Muse totalmente drogada (no en el buen sentido), el sábado está programada mi cirugía dental, y no he sentido en modo alguno tener mejor juicio que hace seis meses. Ni confío que dentro de ocho lo tenga.









Ahora sí: ¿qué esperan para sentir una envidia insultante?


Actualización:

Después de una de las peores noches de mi vida -quizá la peor-, acabo de salir por SEGUNDA VEZ del quirófano. Me hicieron la cirugía hoy, me extrajeron la muela partida en pedacitos, me dio una hemorragia de exactamente 4 horas y media, supe luego que me habían rasgado una arteria en el vasoconstructor del colgajo del vasoconstructor de la arteria y estoy aquí, escribiendo, sin haber ido a Muse.

No me gusta mucho el autocompadecimiento, contrario a lo que cualquiera inferiría al leer este cuchitril-bló. Pero de todas las situaciones pinches por las que he tenido que atravesar en mi vida, ésta se lleva las palmas en cuanto a frustración y dolor físico. Les escribe el guiñapo de La Isla a Mediodía.

Me retiro a maldecir mi suerte. Creo que ahora sí el karma está en deuda conmigo. Y no se me ocurre -o sí- cómo podría nivelarse de nuevo.








No, esperen. Todavía tengo largo aliento para quejarme al respecto. Hace unos meses no fui a ver a los Smashing Pumpkins por razones fuera de mi alcance, aún con boleto en mano. Hace todavía más meses, permanecí la mitad del Manifest con otro dolor estúpido e insensible de muela. Hace más de un año, precisamente en el primer concierto de Muse en México, tuve fiebre durante todo el rato que tocaron. Lo único bueno de esa vez fue una reseña mafufa que salió en las páginas centrales de La Mosca.

Y ahora, sin importar que llevara más de dos meses planeando el tingladito, estoy escribiendo un post ultra-quejica con uno de los dolores más brutales que alguien puede sentir.











¿Siguen leyendo? ¿De verdad no se han cansado de mi patetismo? Muy bien:

¡Vi dos capítulos seguidos de María Mercedes! Y eso no es todo, no. Cuando se acabaron, ¡vi dos capítulos seguidos de María la del Barrio!

¿Quieren que siga o le dejamos así?








Odio mi vida.


25 de junio de 2008

La herencia familiar no siempre es positiva

Mi papá está obsesionado con los puentes. Su computadora tiene de fondo de pantalla una construcción ingenieril impresionante, probablemente ubicada en Estambul o en la República Checa.

Me preguntó cómo podría abrir un blog y si
cobraban. Su tema: PUENTES. Mi mamá hizo el sagaz comentario de que nadie lo leería y que, además, los blogs eran sólo para chavos (cuánta discriminación para los blogueros pasados de los treinta. Hola, Felipe).

Antes, su obsesión eran los discos de acetato. Un kilo por 100 pesos en su bazar de preferencia. En la colección encontré verdaderas joyas como ¡Andy Williams! y portadas semieróticas de Facundo Cabral (¿era Facundo Cabral?), y otros con arte futurista-retro -si eso tiene sentido.

Antes de ello, su obsesión fue la medicina herbolaria. Cúrese con plantas. Brebajes que sanan.

Todavía antes, novelas raras. Televisiones portátiles. Chiles rellenos. Guayaberas de colores vivos.

Y de todas sus cualidades y talentos, yo tenía que heredar esa tendencia a la fijación excesiva con un objeto, concepto o persona. Soy un asco.

En la secundaria estaba más obsesionada que hoy con
Estar Guars. Todo tenía alguna relación, directa o indirecta, con personajes/situaciones/diálogos. La única que me soportaba con mi perorata infumable era mi hermana mayor, quien asentía cada tanto y mantenía los ojos fijos en los míos mientras me oía hablar durante horas sobre cómo la Federación Galáctica de Alianzas Libres era un ejemplo perfecto de un sistema político sin fallas, y por qué la relación entre Anakin Skywalker y Padmé Amidala estaba llena de aristas y subniveles.

Luego descubrí que mi hermana posee la rara cualidad de apagar el hemisferio derecho de su cerebro. Oprime un switch imaginario y se desconecta. Así es como logra escucharme sin descanso y fingir un cierto y vago interés (todavía lo hace, aunque ya sé su secreto, pero finjo que no y por unos momentos me congratulo de que a alguien le importe mi verborrea insufrible).

Y ahora sé que mi nueva obsesión viene en la forma de cuatro músicos inglesitos que fabrican… ¡Música tecno!

TEC NO

Así, no será improbable que, a la menor oportunidad, introduzca un comentario que pretende ser oportuno sobre cómo “a los 21 ya no eres divertido, pero a los 17 sí” (lo dice una de sus canciones, explicaré con gesto adusto). O invite al primero que me encuentre a que descubra la magnificencia tecno-punk de
Ladytron. O vea una película de Chloe Sevigny y alegue que se parece mucho a la chica de Ladytron. Y así.

Ahora me pregunto cuáles serán mis obsesiones futuras y si encontraré algún tipo de consuelo en ellas.






Ni modo que no juera a postear un vídio suyo:

19 de junio de 2008

Momento Angustiante de la Semana

Hoy en la mañana, el metro estaba atascado. Entonces me salí y tomé un taxi.

El taxista era un anciano rechoncho que hizo los comentarios oportunos: ¡la desesperación de la gente! Mire, vamos a irnos por esta callecita para acortar la congestión de Mariano Escobedo. En esta gasolinería son unos rateros. Asisto a terapia desde hace 8 años. Cuestiones del tipo.

Yo observaba el tráfico y las calles, los microbuses y la gente varada en la banqueta, las coladeras y los camellones. Todo era tan trivial y feliz.

De pronto mis ojos cayeron en la palanca del coche. La sangre se me bajó hasta los dedos de los pies.

Era... era... la cabeza... de... una... serpiente.

(Escribo la palabra y siento escalofríos en el cuerpo; un compañero me pasa por atrás y un cosquilleo me recorre la espina dorsal. Mis manos sudan. Percibo la crisis cercana).


Vivir con una fobia es vivir en otra parte. Una dimensión horrenda donde puedes ir caminando tranquilamente por la calle, y de pronto detenerte con el corazón a tope ante la vista de un limpiador de coches ¡exprimiendo un trapo demasiado largo!

No hablemos de las mangueras, las bufandas delgadas, algunos cinturones, y los cables demasiado gruesos.

(Quiero hacer énfasis en que escribir este post realmente me cuesta MUCHO trabajo)


Generalmente cuento la anécdota tal como sucedió. Cuando iba en la secundaria, en el detestable Instituto Plancarte, el profesor de Historia del que estaba enamorada hablaba -por motivos incomprensibles- sobre las fobias. Brenda Luz, que buscaba ganar sus favores a costa mía, mencionó que "La Perica (como entonces me llamaban, sniff) le tenía miedo a -inserte palabra prohibida-.".

Entonces, mandaron traer las innombrables disecadas que estaban en el laboratorio de Biología, puesto que "enfrentar tus miedos es la única manera de superarlos" (filosofía de quinta que parece haber sido desarrollada extensamente en alguna novelilla de Coelho. Supongo nada más). En este respecto menciono que mis clases de Biología resultaban poco menos que tolerables, y durante toda la sesión yo me la pasaba en una esquina con la mirada vidriosa fija al frente, sin atreverme a voltear hacia los estantes bajo el riesgo de caer fulminada con un ataque al corazón.

No necesito describir la patética escena que transcurrió a continuación. Sólo diré que al final de la sesión había mesabancos tirados en el piso y su servilleta lloraba desconsoladamente con los brazos atenazados de Brendita Calderón.

(música de violines)

Años después, no necesito que un psicólogo me diga que mi fobia tiene su raíz en la otra fobia social que los putines del Plancarte me provocaron. El punto es que mi ofidiofobia ha alcanzado niveles verdaderamente incómodos. La peor discusión que he tenido con mi padre tomó lugar hace poco, cuando quiso hacerse el chistoso y me enseñó una fotito de una innombrable en una revista Selecciones. El incidente casi provoca que chocáramos y todas las ilusiones de esta muchachita de cejas pobladas se fueran al caño.

Regresemos a la anécdota del taxista hoy en la mañana: empecé a sudar frío, los ojos se me aguadaron y las uñas se me marcaron en las palmas de tanto que las apreté. Al final, con un hilo de voz que ya iba para quebranto, le pedí al taxista que le pusiera un trapito encima a su palanca de porquería.

El viejito quiso consolarme con que era sólo un muñeco y que ya antes había intentado arrancarlo porque tampoco le gustaba. Yo nomás asentí y me alegré un poco de usar lentes de sol para mis ojos irritables, porque así los lagrimones imbéciles no se notaban.

(risa nerviosa)

Y, bueno, ya que me autocompadecí lo suficiente, diré que soporté los otros 10 minutos de trayecto con un estoicismo tal que mis amistades más cercanas se sorprenderían. ¡Viajé con esa cosota sin abrir la puerta y lanzarme al tráfico inclemente del DF! ¡Gobierno tanto que duele!













Oquei, ¿el número de algún terapeuta?

31 de marzo de 2008

Pinches sueños

Triquis dice que sueña con artistas. Anoche soñé que Madonna estaba en mi casa: charlábamos un rato, nada demasiado inteligente o profundo, y luego yo trataba de alargar el momento lo indispensable para que -de la nada- apareciera una cámara fotográfica y pudiera inmortalizar el momento. Momento inmortal que luego vendería en Ebay.

La otra vez soñé que un tipejo me perseguía por el norte de la ciudad. Al observar el alboroto, un segundo tipejo se ponía de amarranavajas y la discusión me causaba tremendo pesar. Solución: subirme a un camión. El camión era conducido por una viejita que me recomendaba “Llame al 066, ¡qué espera!”.

Llamaba al 066 y nadie me atendía. Yo lloraba de desesperación: “¡Cómo es posible! ¡Dos tipos se pelean por mi causa y ustedes arranadotes en sus oficinas con estampado de leopardo!”

Luego me bajaba y ya estaba en una fiesta muy de adultos contemporáneos en una casa a orillas de la playa. En eso llegaba alguien con ácidos o tachas: me los tomaba e, inmediatamente, el viaje alucinógeno en todo su esplendor. Magnífico. Al final del sueño, víctima de mi narcosis, tenía un encuentro cercano, cercanísimo con el único hombre que jamás me lanzaría una flor. Todo porque no tengo un pene. Bah: qué se le va a hacer.

El problema con mis sueños es que son muy realistas. Esto es bueno cuando puedo tener sexo en vivo y a todo color, me como una hamburguesa al pastor, o asisto a un concierto improbable con Ian Curtis e Ian Brown. Pero es horrible cuando me caigo de bruces en un lago repleto de lama verde y la boca se me llena de la viscosidad y trato de escupir y nada sale y ay qué feo sabe la lama verde. O cuando sueño que ya apagué la computadora y en eso escucho el disco que estaba adentro y que no podría sonar de otra manera. Mucho miedo.

O es triste como anoche que soñé que tenía mucho dinero y luego me desperté y cuál.


Pinches sueños.

25 de febrero de 2008

Descubro, con horror, una nueva adicción


Se trata del agua de coco "San José Coco Zihua®".

¡Oh por Alá!

Llegó por accidente: iba caminando por la calle, después de una entrevista particularmente incómoda, y entré a una tiendita de poco pelo nomás por curiosidad.

Ahí me esperaba mi destino.


Juro que el primer trago fue como un orgasmo bucal. Automáticamente me remitió a una mañana soleada en la playa de Caletilla -luego me di cuenta que estaba junto al río, y que los aromas se me habían confundido en la cabeza.

Antes le había dado ese privilegio al kalimotxo, pero ahora sé que la bebida más ultrafantástica del planeta es esta agua de coco tierno, con pedazos de coco ¡reales!

Un multiorgasmo bucal sería mezclar el agua "San José Coco Zihua®" con nueces de la india. Uf. Alá bendiga los milagros de la naturaleza.

Igual que mis amadas nueces, el agua "San José Coco Zihua®" es tan cool que viaja, no sólo en terracería, sino en plena autopista:


La adoro.

Suspiro.

18 de febrero de 2008

¿Cómo es posible que algo así me doblegue?

¿Cómo es posible que una nuececita de la India, de no más de un centímetro de largo y 5 milímetros de diámetro en su parte más ancha, me subyugue y controle de manera totalitaria?


Tengo problemas. Las nueces de la India son mi única adicción (además del alcohol y el sexo, pero blah: ¿quién se fija en nimiedades). Soy capaz de cruzar a nado un canal repleto de pirañas vampiras con los brazos tasajeados con una navaja de afeitar, y las uñas de los pies recortadas un centímetro abajo de donde deberían, con tal de comer UNA sola hermosa, deliciosa, exquisita, delicada, auténtica y salada, no obstante equilibrada, nuez de la India.

Las Sabritas mintieron. Cualquiera puede comerse sólo una papa desabrida, pero intenten comerse una sola nuez de la India e intentar pararle ahí mismo. O con otro puñado. Un par más. Cinco bonches más.

Además, las nueces de la India son tan interesantes que viajan por terracería:



Y descansan en la mano de su dueño mientras esperan a ser devoradas:



Las amo.


Suspiro.

17 de noviembre de 2007

Ya fui al bendito sacamuelas

Resulta que no era la pobrecita muela del juicio (tan inocente ella, saliendo chueca y todo, pero inocente), sino la de al lado: CARIES FULMINANTE.

Por supuesto: era mi deber venir y hacerles saber que la desgracia ha terminado, de una vez y por todas, así que ya pueden respirar aliviados y continuar con su vida normal: la muela maldita ya pasó a mejor vida.

Aunque ahora tengo la cavidad bucal anestesiada, los cachetes dormidos, la lengua de fuera y la sangre fresquecita y lista para coagularse, nada me parece más hermoso que un hueso dental que ya nunca más me molestará de nuevo. Y, desde luego, la certeza de que no soy una persona más juiciosa que ayer porque, por ejemplo, hoy tuve que elegir entre endodoncia o estar prematuramente chimuela. Como es natural, opté por lo segundo.

Claro que armé el Drama del Siglo en el consultorio del pobrecito sacamuelas. Les juro que no soy persona de chows (y las personas a las que les he arrojado el trago en la cara, en otros contextos y circunstancias, estarán de acuerdo conmigo), pero el pinchi dolor fue tan insoportable que gritoneé y lloriqueé y pataleé de una forma que ojalá sólo fueran exageraciones simpáticas para rellenar espacio en el post.

Acepto que es un poco perdedor andar escribiendo esto mientras tarareo como gangosa una canción inexistente... y, todavía más, hacerlo a las 12:39 a.m. del viernes. Por otra parte: yo estaba en una pári de lo más animada cuando sentí el punzazo que me arrastró a Urgencias, donde nadie quiso atenderme porque "ay, cosita, los dolores de muelas no son emergencias".

A la goma.

Ahora sólo debo ir mañana por un nuevo paquete de pupilentes, esperar que mi ojo derecho no se infecte más de lo debido, presumir mi nueva dentadura libre de fierros y luchar día a día con el cáncer que corroe mi hígado.

Soy una mujer renacida.

19 de agosto de 2007

Post Negativo

Estaba escribiendo un post muy positivo que se titularía POST POSITIVO (porque no me gusta ser muy obvia con los títulos de los posts, como bien se aprecia en esta parte). Decía que ya superé mi etapa de la desidia y que todo pintaba muy bien de hoy en adelante y que el semestre no era del todo malo y que ya estoy haciendo mis tareas y que, en general, era una época muy feliz porque además qué: yo ya sufrí bastante y por elección propia (lo cual es ciertísimo).

Pero entonces la faringitis volvió y mi ojo derecho sigue empeñado en permanecer infectadísimo. Y se siente tan terrible, oh Alá mío, y luego me vinieron pensamientos como de que voy a terminar como Borges. Yeah.

Les mostraría una foto de mi ojo infectado, pero no quiero arruinarles su cena.

Actualización: Mi ojo ya está mejor. Cambié de pupilentes (uso lentes de contacto porque en algún punto de mi adolescencia quise elevar mi status ante el sexo opuesto y decidí que la mejor forma era atraerlos con una mirada sexy y desprovista de cristales de dos centímetros de espesor). No se me infectaron por agarrarme los ojos con las manos mugrosas sino porque... me los agarré con las manos mugrosas *y* mi pupilente se infectó por no sé qué misteriosa razón. Por supuesto que uso Terramicina oftálmica, ¿creen que soy novata? El Eye-Mo me hace los mandados. Yo soy más jarcor: uso gotas de nombres impronunciables y me he acabado dos botes. Tendré glaucoma en diez años. Seré como mi héroe Le Chiffre. La Terramicina no me gusta porque es diabólico untarte pomada adentro de los ojos y luego despertar y descubrir esa masa gelatinosa en donde sólo debería haber legañas inocentes (se dice legañas).

Al grano:

Puedo soportar la faringitis, siempre que haya suficiente papel higiénico cerca y gente que amablemente responda "Salud". La temporada feliz ha vuelto. Estoy escuchando "Ch-ch-ch-changes" del señor Bowie y me doy otra desvelada fabulosa, pero me interesan los textos de la escuela. Genial. Todo genial.

28 de junio de 2007

Dos recuerdos de la infancia

Con las visiones de los Halcones Galácticos y los Thundercats vino el recuerdo de la Máxima Caricatura Jamás Antes Mostrada:


Súper loco extraordinario.
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Corre hasta más no poder.
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Rescata Washington D.C.
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Cuando no hay nada en la TV
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Su mente es de salchicha,
y mucho chocolate.
Sigmund Freud lo analizó
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Dexter es un genio,
con su máquina audaz.
Fue a un mundo cibernético
por un gran error casual
Se convirtió en Fenomenoide,
el más loco del mundo.
Contra los criminales,
locuras a granel.
Locuras hace a montón
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Siempre busca ser actual
¡Fenomenoide! ¡Qué mono es!
Piloto fenomenal
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Sus películas hay que ver
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
Salvar al mundo entero
es su mayor empeño.
Siempre nos ayudará
¡Fenomenoide! ¡Fenomenoide!
¡Fenomenoide!


Mi caricatura favorita siempre ha sido Fenomenoide (cercanamente seguida por La vida moderna de Rocko). Y es que, ¡caray!, no hay una historia más absurda, inteligente, plagada de referencias cinematográficas/de la cultura pop, inverosímil, alternativa, ridícula y espantosamente cómica que Fenomenoide.

Fenomenoide corría por todos lados con las manos al frente y hacía "uussshhh", se burlaba de Sharon Stone, Diana de Gales, Bill Clinton y Juan Pablo II; tenía debilidad por las barras de grafito cargadas con iones negativos y la menta... y el olor de las alcantarillas, tenía un acérrimo enemigo llamado Gutiérrez; era, a su vez, el alter ego de Dexter Douglas, le gustaban las hula girls... En fin, Fenomenoide es el mejor súper-héroe y el mejor personaje jamás imaginado.

Cuando era niña, no podía entender cómo a alguien no podía gustarle Fenomenoide y no se riera con sus aventuras. Esto era totalmente incomprensible para mí. Yo cantaba la cancioncita esa a la menor provocación y aún hay personas que me recuerdan esos momentos en que, de la nada y por ningún motivo, me levantaba y empezaba "Súper loco extraordinario...". Lo que es más: yo era Fenomenoide y me comportaba como él. Estaba totalmente chiflada y no me daba vergüenza hacer el ridículo en cualquier oportunidad posible.

Luego me reprimieron y con los años aprendí a fingir que soy una persona decente.

Lo cual nos lleva al...

Segundo Recuerdo de Infancia
(triste y horrible)


Ahora que está de moda (por lo menos en el mágico microcosmos de Emtiví) eso de los "bullies" y el "bullying", tengo algo que decirles: estamos en México y hay una palabra para eso, estúpidos.

Hostigamiento.


Pero eso no es lo que iba a decir, sino mi recuerdo triste y horrible.

Estudié primero de secundaria en el pavoroso Instituto Plancarte. Y ahí me bulearon cuanto quisieron (acá lloraría desconsoladamente, pero se supone que ya lo superé) (bueno, la verdad es que no) (déjenme llorar un rato).
.
.
.

No sé por qué razón los escuincles del Plancarte era tan crueles, pero a su servilleta se la trajeron finta durante todo un año. Si no era mi voz de pito (¡caray! Acabo de recordar mi apodo: La Perica), era mi estatus de niña pueblerina (si eras de Polo -el magnífico Polotitlán de la Ilustración- eras imbécil, por unanimidad). O mis cejas (debo confesar que en ese entonces más bien tenía una sola ceja, jejerejé) o mi incapacidad deportiva. O, sencillamente, que actuaba como Fenomenoide y eso era muy mal visto entre los prepúberes ultraconservadores con pretensiones de burguesitos de mierda.


Cualquier motivo era bueno para traerme en salsa.

Y no sólo los de mi salón, no. La secundaria (porque ahí mismo estaban la primaria, la secundaria y la preparatoria) tenía un pasillo enorme y estrecho y un día unas tipas de segundo B no me dejaron pasar por nada del mundo. Lo más humillante es que dejaban pasar a otros y cuando me quería colar, las dos desgraciadas me empujaban de vuelta (una era una gordota horrible y la otra una zorrita de baja calaña). Luego sucedió una escena patética que aún recuerdo con horror: yo en el salón, sola, berreando a moco tendido. Después viene la escena donde el director me pregunta qué me pasa y luego la otra donde estoy en la dirección de la madre superiora y luego la otra donde las tipas, en mi cara, lo niegan todo y me miran a los ojos y me preguntan qué me hicieron porque a ellas no se les ocurre qué me pudo haber molestado.


Hijas de puta.

Pero esos recuerdos son nimios comparados con el terrible que me hizo llegar un buen día con mi madre y decirle que ya no quería estudiar en esa secundaria asquerosa (por esa razón y porque era atea y en las misas me escondía en los baños durante toda una hora). Pero ya no me quiero acordar. Sólo baste decir que de ello conservo una fobia y la comprobación de que mis crisis nerviosas involucran derribar bancas, gritar desaforadamente y chillar sin sentido durante tres cuartos de hora.


Bonitos recuerdos de adolescencia.


Así que sí, yo fui hostigada y buleada. En la otra secundaria me trataron muy bien y logré superar algunos traumas y ser muy feliz. Luego entré a la preparatoria más chacala del universo y tiré todo por la borda, pero fui feliz también.


Me gustaría decirles a los malditos buleadores que me bulearon que ahora soy sumamente exitosa. Me gustaría, pues.


Además, mírenme ahora: soy una persona perfectamente normal. Claro, tengo desórdenes obsesivo-compulsivos, ofidiofobia, fijación hacia los cubiertos y otros objetos, hipersensibilidad, miedo patológico al rechazo, imposibilidad de mantener relaciones estables y saludables, complejo de inferioridad, neurosis mal atendida, hipertensión, estrés infundamentado, hipocondriaquismo, manías incomprensibles, conducta emocionalmente condenable, excentricidad congénita y propensión al ridículo y la humillación. Pero soy una persona perfectamente normal.

13 de junio de 2007

Ocho detalles que ni son chuscos ni interesantes, pero que ahí les van...

Por invitación expresa del buenazo de Miguel Cane, este ¿juego? que tiene el objeto de escribir ocho detalles sobre uno mismo y luego invitar a otros a que hagan lo mismo.
Aquí voy:


  1. Soy muy neurótica y mis excentricidades a veces rayan en lo ridículo. Por ejemplo: la gente no puede tomar más de un cubierto en mi presencia; el sonido de los cubiertos amontonados me produce una aversión casi tan absoluta como la que algunos sienten con una uña en el pizarrón o una corcholata aplastada en el piso.

  2. Tengo dos hermanos y dos hermanas, todos ellos mayores que yo. El asunto ahora es benigno y feliz, pero cuando ellos estaban en la edad de la punzada y yo no era más que una escuincla impresionable e inocente fui objeto de sus burlas encarnizadas. Léase: fui su botana hasta que se cansaron. Me vestían como Margarito y me grababan diciendo el clásico "Láaaastima, Margarito", mientras me daban una pera como premio de consolación (?). O me ponían bigotes y una chamarra de motociclista y me hacían ejecutar malabares imposibles. O me llamaban "mocosa" y "Lila Deneken". Etcétera. En realidad me divertía bastante. Ahora tomamos cerveza y yo me comporto muy diplomáticamente con sus parejas/esposas/esposos/concubinos.
  3. Padezco ofidiofobia, que es la fobia hacia las... En realidad nunca digo el nombre y todos los que me conocen se refieren a ellas como las "innombrables". Una pista: "tengo una innombrable en mi bota" (con acento ranchero) o "a la innombrable, innombrable de la mar...". ¿Cactan?
  4. Este me da vergüenza, pero igual lo diré: he besado a cuatro hombres en lo que va del año. Probablemente no es una cifra estratosférica ni apantallante, pero en mi caso es más de lo que lo había hecho durante toda mi pubertad/adolescencia. Para explicar lo anterior no tengo más que decir que las circunstancias se dieron en el momento preciso y en el lugar adecuado, ñaca ñaca. Digo, en el caso de los que fueron besos arbitarios y accidentales. Y de los otros eran de esos que uno da porque... tiene que darlos, ¿entienden?
  5. ¿Quién será el quinto...? El mayor de los hombres que he besado tiene 46 años.
  6. Otro detalle ruin que no debería compartir: tomé mamila (o biberón, pues) hasta los seis años. PERO aclaro que era nomás por gusto y eso sólo durante las noches, cuando mi máximo en la vida era tomar la leche ahí y pasar los dedos por los conitos (flequitos) de las cobijas. Creo que esa es la sensación más beatífica que recuerdo.
  7. Estudié en la mundialmente conocida Preparatoria Sur, que en realidad se llama Salvador Allende. Es muy curioso: a los quince años no sabía quién era él y ahora planeo mudarme a Chile en cuanto las aguas se templen un poco.
  8. Una de las frases más geniales que me han dicho provino de una chicuela que, en una carta, escribió: "Podrás ser de un pueblo, pero yo creo que tienes mucho mundo" (¡áijos!).

Bah: estuvieron aburridos. Nada de sexo, drogas y rocanrol. En fin.
Ah y lo paso a Don Rul y a... eh, al chico que dejó un comentario en el tagboard, Chukustako...