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11 de marzo de 2009

Pequeños enemigos


Odio a los niños. Cuando estoy cerca de ellos casi puedo olvidar que yo también fui niña y también fui irritante y también hice preguntas idiotas y tuve mocos en la nariz a la vista de todos y solía llorar en sitios públicos. Que era una vergüenza para mis padres y los zapatos me quedaban grandes y a veces las niñas no me hablaban en el recreo y yo me releía los cuentos del "rincón de la lectura" para no verme tan
loser y lloraba en los rincones y sufría y lo olvidaba todo cuando decidían que ya había aprendido la lección y otra vez era sujeto de amistad.

Supongo que este odio, en efecto, proviene de evidentes traumas que un psicoanalista sin duda desentrañaría con severidad y cierta burla contenida. Que escucharía atento fumándose una pipa, mirándome con atención al decir: "prosiga". Esos traumas que me llevan a mirar con ojos iracundos a los escuincles que lloran en los restaurantes, a los que gritan en medio de la calle, a los que arman berrinche en el centro comercial, a los que sólo están ahí con su metro veinte de estatura en la calle, sin hacer nada, pero que igual me inspiran el odio más encarnizado.

De toda esta fauna pre-pre-adolescente, sólo 3 sujetos escapaban a mi mordacidad: mis tres sobrinos. Esos niños que tienen la misma sangre que yo corriendo por sus venas, que poseen por lo menos un par de abuelos de actitud jipiosona y talante correcto, que tienen como padres a hermanos o hermanas que en algún momento de mi vida me llamaron "mocosa", "Lila Deneken", "escuincla"... eran los únicos sujetos pre-pre-adolescentes que merecían mi respeto y hasta cariño.

Ahora son 4. Y ocurre un fenómeno curioso: el amor o cariño que uno tiene dentro de sí no es una cantidad definida. Se expande milagrosamente. Es la única sustancia que, además de transformarse, se crea y puede destruirse. Veo a ese feto sin placenta de no más de una semana y pienso en las cosas que son posibles, en las pocas que son hermosas, en cómo por ella valdría la pena arrojarse a un peñasco o enfrentarse al eventual Holocausto Zombie®.

Del mismo modo, hay una situación que me incomoda y me entristece. Puedo soportar, sin estoicismo ni dignidad, que me corten. Que me humillen públicamente. Que me hagan notar cómo mi trabajo es poco menos que aceptable y que, además, tardé 4.5 horas en algo que no debió llevar más de 10 minutos. En fin, penurias de la vida adulta a las que uno se enfrenta cada cierto tiempo.

Lo que no soporto, porque sencillamente carezco de las herramientas necesarias, es ver a uno de esos niños sufrir.

El mayor, Luis Mariano, tiene 10 años. Jamás ha podido relacionarse en la escuela. Es hijo de madre soltera, casi mi hermano y mi joven pádawan, al que he instruido en los artes de la nerdez: qué mal le hice. No se despega de Nickelodeon ni del Xbox ni del Playstation, piensa que iCarly es guapa (me lo confesó bajo el juramente de que NO se lo diría nadie... no mencionó nada de publicarlo en mi bló), no come picante, se sabe diálogos de Los Simpson de memoria y disecciona capítulos de Bob Esponja con rigurosidad sociológica.

Pero no tiene amigos.

No me había dado cuenta hasta un día que fuimos a llevarle su
lunch a la primaria, y lo vi sentarse, sacar su sándwich, y comérselo tranquilo, solo, afuera del salón. Es una de las imágenes más duras a las que me he enfrentado.

Quiero pensar que algún día lo superará. Que no pasará los recreos solo toda su vida, aunque mi mamá insista en que "él está contento así". No puedo, aunque lo deseo, creerlo... porque yo misma tuve que pasar recreos sola y conozco de primera mano esa impotencia derivada de la soledad, que antes de los quince años es devastadora.

Lo único que puedo hacer es quererlo, cuidarlo, proveerlo de devedés de Los Simpson y Bob Esponja. Esperar que, con el tiempo, venza sus miedos y se entregue a las fauces del mundo verdadero.

Supongo que todo ese odio hacia los demás niños, cuyo destino francamente me importa un bledo, se potencializa de manera inversa con estos cuatro niños: los cuatro pequeños enemigos que más quiero en el mundo.

25 de febrero de 2009

Me muero de sueño


Estoy haciendo trabajo freelance en la oficina de mi papá. Corrijo páginas sobre poligonales, deflexiones, métodos de radiaciones desde los vértices del control terrestre establecidos en una franja de 50 metros de ancho, bahías con nombres como Tóbari donde hay misceláneas llamadas "La Sorianita", escolladeros, embarcaciones de gran calado y actividad pesquera en Sonora. Es apasionante.

Para mi papá.

Tenerlo de jefe es curioso. Descubrí que hace mucho ruido mientras trabaja: se la pasa engrapando hojas con gran fervor, acomoda legajos de documentos una y otra vez, desengrapa y vuelve a engrapar las hojas, se levanta por café, tose, vuelve a usar la engrapadora, hace algunas perforaciones particularmente sonoras y luego, de la nada, se queda ensimismado frente a la información. He visto cómo le hablan por minutos enteros, "inge, inge, inge, INGE", sin que él responda. Es el maestro de la concentración.

No me puedo hacer pato, no puedo abrir el Twitter y tuitear sandeces, ni perder mi tiempo esplendorosamente en el Messenger. No puedo escuchar música, vaya, y me tengo que chutar las conversaciones sosas y aburridas de los ingenieros: materiales de construcción, puentes, AutoCad y, uh uh, QUIÉN USARÁ EL PLOTTER PRIMERO.

La dinámica es extraña. ¿Me regañará frente a todos? ¿Me dirá que no tengo remedio? ¿Confesará que fui un error? ¿O se portará indulgente e innecesariamente cariñoso?

Me gusta trabajar con él, sin embargo. No por la experiencia (la corrección de estilo drena el alma; me siento como Chandler Bing cuando se extirpó el tercer pezón: he perdido mi capacidad para reconocer bromas que son harto evidentes), sino por las conversaciones que sostenemos a la hora de la comida. Le dije cómo se llama mi incipiente novela y dijo que era un nombre provocativo (en su mirada leí "y tonto", seguido de chispitas incadescentes). Le dije que no pensaba casarme y dijo que dejara de tener prejuicios. Le dije que prefería vivir en unión libre y dijo que estaba bien. Me contó de sus ex-novias y le dije que estaba bien, aunque por dentro dije: "nooooo". Le dije que me pasara las tortillas y me dijo: muy bien.

En fin, son charlas poetiquísimas.

También me ha hecho ver que soy una procrastinadora de cagada, cuando mi papá es el hombre más trabajador del universo: se levanta tempranísimo y se va directo a la oficina. Es el último en irse. Hace mucho ruido. Se ensimisma frente a la computadora. La gente le habla y él no oye. Me corrige los documentos y no dice nada. Sólo chatea con su mamá, que no es mi abuela, y que vive en Canadá.

Algún día... tendré concentración zen. Estoy en el proceso. Ya lo bloguearé, como ahora, antes de ponerme a trabajar.




P.D. ¿Se dan cuenta de que el título no tiene NADA qué ver con el post? Eso se llama escupir lo primero que tienes en la cabeza y no barrabasadas.





20 de enero de 2009

La loca del microbús


Ayer en la tarde, después de una junta de El Chamuco particularmente amena y alta en carbohidratos, me subí a un microbús en División del Norte. En el trayecto pensaba distraerme con un método muy apreciado en las montañas del Himalaya, que consiste en mirar un punto en el vacío e imaginar que somos borlas de algodón flotando en la nada.

Y entonces la vi. Estaba sentada detrás del chofer. Tenía unos zapatos excesivamente picudos, como de bruja, y la cara empastada con maquillaje ocho tonos abajo del de su piel. Se levantó de su lugar con una molestia evidente, y me fijé que tenía la boca toda pintarrajeada de morado.

Se sentó casi al lado de mí. Yo seguía imaginándome que era un pedazo de algodón al que no le importaba nada y era muy feliz en su ordinariez. Después escuché una conversación bien extraña, como de reclamos, pero nadie en el pesero estaba hablando por celular.

Era la loca. Estaba hablando sola. Concentradísima, como si tuviera un interlocutor perfectamente real, que la escuchaba con atención. Llegué a pensar que, en su mente, lo tenía: un tipo medio escuálido que decía que sí a todo y estaba de acuerdo en todo.

La loca estaba escupiendo quejas como buzón del IMSS: de los pasajeros, de la inseguridad en las calles, de que no quería ir "abajo" porque podrían "llevársela", de lo que comentaban los demás. Incluso parodiaba y remedaba las conversaciones de los presentes.

"Es que la culpa es de la ignorancia, sobre todo de las mujeres, como ésta que se acaba de subir. Yo no sé a dónde va a parar esto, con gente de este tipo. Y no me quiero bajar porque me van a matar y tú, sí, tú lo sabes muy bien".

(esta frase es 100% real: la escribí con cuasi-taquigrafía en mi cuadernito mientras la escuchaba).

La verdad, yo me fui riendo todo el trayecto. Al principio, cuando la vi por primera vez, arqueé las cejas con incredulidad y asombro. Todo mundo la miraba de soslayo y cuchicheaba, pero qué le importaba a ella si su oratoria era sagaz y plagada de palabras rimbombantes. Yo no quería que se bajara, era muy feliz escuchando de primera mano los dislates de un esquizofrénico.

Después una modelo se subió y todos se pusieron a mirarla, sobre todo porque le sobresalía una tanga roja. En una parada, cuando ambas iban a bajarse, la modelo le preguntó a la loca si esa calle era Concepción Béistegui. La loca dijo que "no sabría decirle". Y la modelo le contestó: "sí, ya me di cuenta".

Fue apoteósico.

Cuando trabajaba en el café Dos Minutos, en Querétaro, había un loco que recorría la avenida de principio a fin mientras gritaba sandeces anarquistas. Diario pasaba frente al café como ocho veces. A Nidia, mi colega y a partir de ahí GRAN amiga, y a mí nos hacía mucha gracia verlo efectuar el mismo recorrido una y otra vez, absolutamente ajeno a la lógica del tiempo y el espacio. Cada que pasaba le gritábamos "¡Quihobo, loco!", lo que eventualmente condujo a que ella y yo nos llamáramos loco a discreción.

(a la fecha la gente nos pregunta por qué nos decimos "loco" y no "mija", "mana", "amigui", "bestia" u otro epíteto más femenino y amistoso. Es difícil explicarles que todo se lo debemos al loquito desatado de las calles de Querétaro, donde abundan locos que andan por la ciudad como fantasmas desorientados... a falta de un bonito instituto que los albergue).



25 de junio de 2008

La herencia familiar no siempre es positiva

Mi papá está obsesionado con los puentes. Su computadora tiene de fondo de pantalla una construcción ingenieril impresionante, probablemente ubicada en Estambul o en la República Checa.

Me preguntó cómo podría abrir un blog y si
cobraban. Su tema: PUENTES. Mi mamá hizo el sagaz comentario de que nadie lo leería y que, además, los blogs eran sólo para chavos (cuánta discriminación para los blogueros pasados de los treinta. Hola, Felipe).

Antes, su obsesión eran los discos de acetato. Un kilo por 100 pesos en su bazar de preferencia. En la colección encontré verdaderas joyas como ¡Andy Williams! y portadas semieróticas de Facundo Cabral (¿era Facundo Cabral?), y otros con arte futurista-retro -si eso tiene sentido.

Antes de ello, su obsesión fue la medicina herbolaria. Cúrese con plantas. Brebajes que sanan.

Todavía antes, novelas raras. Televisiones portátiles. Chiles rellenos. Guayaberas de colores vivos.

Y de todas sus cualidades y talentos, yo tenía que heredar esa tendencia a la fijación excesiva con un objeto, concepto o persona. Soy un asco.

En la secundaria estaba más obsesionada que hoy con
Estar Guars. Todo tenía alguna relación, directa o indirecta, con personajes/situaciones/diálogos. La única que me soportaba con mi perorata infumable era mi hermana mayor, quien asentía cada tanto y mantenía los ojos fijos en los míos mientras me oía hablar durante horas sobre cómo la Federación Galáctica de Alianzas Libres era un ejemplo perfecto de un sistema político sin fallas, y por qué la relación entre Anakin Skywalker y Padmé Amidala estaba llena de aristas y subniveles.

Luego descubrí que mi hermana posee la rara cualidad de apagar el hemisferio derecho de su cerebro. Oprime un switch imaginario y se desconecta. Así es como logra escucharme sin descanso y fingir un cierto y vago interés (todavía lo hace, aunque ya sé su secreto, pero finjo que no y por unos momentos me congratulo de que a alguien le importe mi verborrea insufrible).

Y ahora sé que mi nueva obsesión viene en la forma de cuatro músicos inglesitos que fabrican… ¡Música tecno!

TEC NO

Así, no será improbable que, a la menor oportunidad, introduzca un comentario que pretende ser oportuno sobre cómo “a los 21 ya no eres divertido, pero a los 17 sí” (lo dice una de sus canciones, explicaré con gesto adusto). O invite al primero que me encuentre a que descubra la magnificencia tecno-punk de
Ladytron. O vea una película de Chloe Sevigny y alegue que se parece mucho a la chica de Ladytron. Y así.

Ahora me pregunto cuáles serán mis obsesiones futuras y si encontraré algún tipo de consuelo en ellas.






Ni modo que no juera a postear un vídio suyo:

9 de noviembre de 2007

De por qué he pensado muchas veces cambiarme los apellidos y decir que yo soy huérfana desde la cuna

Resulta que es posible que mis, ejem, parientes descubran lo que había puesto y decidí borrarlo porque, fíjensen, luego escribir cosas a lo loco acarrea cosas como ésta:

Los de Yeccan me aman y luego viene un plasta a decir que soy una desgraciada y entonces ya no me aman.

Podría defenderme, pero eso ocurrió hace casi un año y yo ni me había dado cuenta. Pues que piensen lo que quieran... como si me importara.

Este post es espurio.

Mire arriba. Hay cosas más bonitas.


5 de octubre de 2007

Recomendación televisiva del día. Miércoles a las 9. Apúntelo.

Qué buena está Brothers & Sisters.

(me sentí como Álvaro Cueva)

Por fin una serie como las que me gustan: un dramón con personajazos, conflictos ideológicos, un muchacho gay que está bien guapo (Mathew Rhys, a quien ya antes había
alabado extensamente), una muerte en el primer capítulo, negocios truculentos y lazos familiares inquebrantables.


Cómo no me va a gustar si salen mis actores de planta, como mi amada Calista Flockhart, a quien le guardo cariño por interpretar a una Ally McBeal muy neurótica que hacía ver a mis propias neurosis como pálidos conflictos mentales de una muchacha de 21 años. Claro que ahora la hace de una cerda republicana que dice: "Sí, ataquemos a Irak, al fin que se lo merecen por negros y.. eh... ¿que no son negros? ¡¿Y a quién jodidos le importa?! Ataquémoslos anyway!".

Luego está Sally Field como una mamá que llora porque le mandaron a su hijo drogas-duras a la guerra y la hija mayor que es Rachel Griffiths, a quien amo en todas sus facetas, que dice cosas como "No debe haber secretos en el negocio familiar" y "Pásame la sal, por favor".


Ahora las dos únicas series que veo (ésta y House) son transmitidas por Universal Channel, con lo que se resuelve el problema del control perdido y la tecla atascada y otros asuntos. Los astros se alinean a mi favor.


Me recordó a mis hermanos.

Si, yo estoy muy apegada a mis carnales. Ya lo dije y no me avergüenzo. Todos somos adultos (bueno: ellos lo son y yo pretendo serlo de vez en cuando, para que me den alcohol y habanos y me dejen dar mi punto de vista respecto a las políticas públicas).

Lo más ULTRA-genial es que tres de ellos ya tienen su propio JaiFai.

Rescato cosas importantes de cada uno:


Mi hermana Diana tiene unos corazones rutilantes y así. El aspecto de su Hi5 está re-ñoño, pero lo compensa admitiendo que es mi grandísima "fans" y que tenemos los mismos gustos musicales, con lo cual difiero, porque ella en ningún lado puso que le gusta Pimpinela.

Luego está Livia, que viene con una ñoñez aún más grande que la anterior y además, HORROR, dice que le gusta Panda (honestamente, honestamente, sospecho que fue adoptada) a pesar de que su servilleta le diga que es un grupo espurio y la personificación musical de la porquería.

Luego Billy, que se creyó muy galán y bleh: no lo logró. Además, me dice que le llegaron muchos gays y por eso puso una plantilla "masculina". Tampoco lo logró.

Ya nomás falta Yayel, pero él sólo usa Google para ver viejas encueradas y coches con cuatro llantas y un parabrisas. Aburrido.


Y pues nada. Tampoco les interesaba, pero nadie dijo que estaba prohibido hacer esta clase de cosas.


¿O sí?

24 de septiembre de 2007

Post ilustrativo que escribo nomás porque hay fotos al respecto (qué insultante es la egolatría)

Mi familia está muy loca. En especial mis tías, quienes TIENEN que celebrar cualquier fecha con una pachanga mágica-cómica-musical alusiva y temática. Como el día de muertos cuya ambientación era toda referente a la Edad Media. Se decoró la troje del rancho del tío con velos negros, antorchas y velas. Se asó un mamífero (cuya identidad no revelaré) en la noche, que nos comimos con los dedos y sin cubiertos. Bebimos vino y degustamos pan duro y queso. Mis tías se disfrazaron de hadas, de monjas capuchinas, de Robin Hoods y de princesas. Yo me atavié de un mariconsito de la corte con todo y bigotito mamón. Escuchamos a Enya y nos emborrachamos a lo grande.

(guardo mucha expectación para la celebración de este año)

El 15 de septiembre comimos pozole, tamales oaxaqueños y cochinita pibil. Bebimos tequila. La casa comunitaria (donde estudié la primaria, con tres compañeros en sexto grado... historia que contaré algún día) estaba decorada con banderas y guirnaldas. El tío autoritario de siempre no paró de decir
carajo carajo en toda la noche; la tía guapa fue torteada por un borrachito cuando dimos el grito en la plaza principal del pueblo; se exaltaron los valores familiares como la humillación masiva y la observación aguda de los defectos -físicos y mentales- de todos los integrantes del clan Camberos.

Uf.

También, por otra parte, mi familia es buena onda. No se fijan cuánto vino le echas a tu calimocho y hacen como que no vieron si tropiezas de borracho. Eso me contaron.

Parte de la familia piripitín con los cachetes rayoneados en tricolor.

Claramente tuve que achaparrarme para que mi hermano Y. se viera en la foto. Noten el orgullo de la futura hija de mi hermano B. y el primo que a sus casi treinta parece de quince. La hermana D. sonriente (la hermana L. andaba en otro reven, osea) Y las tías simpáticas. Bueh


Claro que no sería un post totalmente ególatra si no presumiera además de mi amiga del alma. Más de diez años de amistad ininterrumpida. Jamás nos hemos enojado. Bueno: sí. Una vez le di un almohadazo con el que su cabeza rebotó contra la pared. Teníamos como 9 años. Laura estuvo ofendidísima durante dos semanas enteras.

Está soltera por el momento. Insisto: si gustan su teléfono, pídanlo con confianza.

Hum. La ollota del pozole, una panza en rosa y mi hermano Y. sonriente como diciendo: je, par de hipócritas. Pero nada de eso es cierto.



Lo mejor de todo es que esta clase de cosas a nadie le importan. Pero igual estaban bonitas las fotos y no podía dejar de presumirlas.


Ya: lean La Jornada o algo igual de instructivo.

3 de septiembre de 2007

Tres sin importancia

1. Anoche soñé con Ruth Zavaleta. Lo juro. Me ofrecía trabajo porque yo le chismeaba que por ahí le andaban diciendo Ruth Pantaleta en cierto lugar y que nadie mejor que yo para remodelar su imagen y quitarle esas greñas que le restan seriedad a su trabajo como señorona papas fritas de la Mesa Directiva. Y me decía que ya dejara la universidad, que sueldazo, que de acá eres mi reina y entonces yo dudaba y me tentaban los millones y luego miraba a Ebrard sentado en una fuente y le guiñaba el ojo.

Momento de confesión: Yo, querido lector, voté por Andrés Manuel López Obrador. Excelente decisión. Vengan los insultos, yo puedo solita con todos ellos.

2. El viernes entrevisté a un músico de jazz que me tocó los yembés, los bongós, el djun-djun, una olla de barro y una marimba africana que sonaba bien chistoso (en esta frase no hay albur alguno; ni le busque). Yo estaba cruda, tenía náuseas y no obstante soporté estoicamente las tres horas de charla con todo y la Chaparrita de naranja que me resultó la bebida más repugnante de la creación. Luego, claro, me enseñó las fotos de sus hijos y me leyó un pasaje literario y me relató la vida de Charlie Parker y me echó un aventón. Agradabilísimo señor. Lo cuento porque es menester aclararles que ya la libré en mi Servicio Social. Parece que ya no soy una basca. Bueno, me dijeron que "ya mejoré un poco" y yo celebré internamente con trescientos litros de champagne imaginario. Todo, por una nota medio mal escrita. Ésta*.

3. Me sentí fabulosamente orgullosa cuando mi hermano me dijo que la verdad, la verdad... me parezco a una estríper que sale en G-String Divas. Eso sí fortalece los lazos filiales y no pendejadas. Busqué fotos suyas por todos lados y no encontré ni una, pero se trata de la que juraba ser artista underground. Oh sí, me sentí querida cuando supe que mi hermano se acordaba de mí al ver a mujeres encueradas.


* Parece que con estos links inútiles busco demostrar a toda costa que también escribo cosas serias. Bah. Las cosas serias son aburridas.

24 de agosto de 2007

Soy una llorona

Lloro en el final de House. Lloro cuando veo de qué trata ese videojuego que se llama The Darkness, donde un poder diabólico con tentaculitos anda devorando los corazones de gente inocente. Lloro en las olimpiadas de invierno cuando llega el patinador sobre hielo más fabuloso del planeta y toca el violín y da piruetas y salta y sonríe y todos aplauden arrobados. Lloro con un comercial de La Lechera Flakes que ya ni pasan, pero que me llegaba al corazón: la mamá alzaba los brazos a media cocina y luego veíamos al hijo en la montaña rusa y luego decían algo como que "tú, mamá, sabes lo que siente él". Guau.

La verdad es que no soy tan caradura como me gusta pensar que la gente piensa de mí cuando pienso en lo que piensan de mí, pero prefiero no pensar en eso.

Siempre he dicho que eso de llorar a la menor provocación surge en un momento de tu vida en que te permites llorar por una auténtica gracejada. Gracejada: me gusta esa palabra. Y luego es como una puerta que abres y ya no puedes cerrar. Y entonces lloras por cualquier cosa y se siente tan bien, en serio: TODO te conmueve hasta las lágrimas.

La verdad es que heredé esta costumbre de mi papá, quien suele llorar con cualquier peliculita boba.

Que si
Godzilla: "Es que mira, mataron a sus huevitos, ¡a sus huevitos! ¿entiendes? Sus huevitos que iban a ser sus hijos y godzillitas que ya jamás verán la luz de un día ni destrozarán ciudad alguna!"

Que si
Liberen a Willy: "Es que Willy, es que es una ballena que salta, ¡salta! ¿No te conmueve eso? Dime, interlocutor sin sentimientos ni sentido de la humanidad, ¿no te conmueve una ballena que salta?"

Que si
Leprechaun: "Pues es un... eh... un duende diabólico. Vamos. Conmueve, ¿no te conmueve?"

Y así.
Es difícil ser yo. La gente me teme, se burla de mi sombrerito, se quiere robar mi cazuela con monedas de oro. Actúo junto a Jennifer Aniston antes de Friends, digan si eso no es difícil. Luego me matan y me reviven a discreción en cada una de las seis entregas de Leprechaun. Cojo con un travesti: el colmo. ¡Por favor! ¡Piedad!


Lo más fantástico es estar viendo un película con él y de repente escuchar moqueadas sospechosas y luego voltear a verlo y encontrar la lágrima rutilante que no quiere derramar, ahí trémula sobre el borde de sus ojos. Y luego a mi madre que le dice, fúrica como pocas veces: "Ay no, ¿ya vas a llorar otra vez?"

2.
ESO que pasó ayer y que estuvo bien JARCOR lo contaré algún día, en un año o por lo menos cuando acabe el semestre, y todo sea menos peligroso y transgresor y seductor e increíble y digno de contarse.
Hasta entonces, bueno eh...

Uf. Menos mal. Casi me quedo sin segundo nombre.

En serio. Mi señor padre, ya que hablamos de sus cualidades extraordinarias, es oriundo de Ciudad del Carmen. De ahí que yo ostente una preposición en mi credencial de elector. Mi vida tiene sentido.

19 de julio de 2007

La familia es lo mejor que tenemos. Seee

Estoy en jaque con mi papá.

Ya sé que, como soy mujer, lo usual sería que estuviera en jaque con mi mamá. Pero no: con ella me llevo de ultra-l
ujo desde que decidimos, hace algunos años, que la adolescencia y la menopausia eran una combinación explosiva y que mejor le bajáramos de agua a nuestros tamales porque la cosa se iba a poner color de hormiga.

Ahora ella me mira mientras me emborracho, me inyecto heroína y le prendo fuego a los mendigos: a lo mucho esb
oza una sonrisa de compasión y luego me da palmaditas en la espalda, lo que demuestra que aprueba mis conductas y hasta se divierte con ellas.

Pero mi papá es otro asunto, Alá
lo sabrá.

Sí, compartimos una afición profundísima: James Bond.

Pero fuera de eso nos la pas
amos peleando como dos pubertos que escuchan a Uff y dibujan corazoncitos en las páginas sueltas de sus cuadernos de secundaria.

La apoteosis de esta guerra fría fue un día en que yo estaba en la cocina y le grité "Guillermooooo" (no cierto: tampoco soy tan Bart, sí le digo papá... o señor... o "hey, tú" o "como te llames, sí lo que sea") y
entonces él vino y se paró en el umbral de la puerta, con su vaso de leche y sus dos conchas en la mano.

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Papá Pubertoso: ¿Qué pasó?

Su servilleta Pubertosa: Ven. Te voy a decir una cosa.

Papá Pubertoso (alarmado): ¡¿Qué?!

Su servilleta Pubertosa: Oh, tú ven.

Papá Pubertoso (al borde de un ataque de pánico): ¡No! Dime desde aquí.

Su servilleta Pubertosa: No te cisques, ven.

Papá Pubertoso (gritando despavorido y tapándose las orejas y apretando los ojos fuertemente): ¡No! ¡Dímelo desde ahí! ¡No te me acerques!
-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-

Mi papá me tiene miedo, ¿no es la familia una institución hermosa y encantadora?

O a veces llego y lo encuentro usando MIS cosas: mi compu, mi tele, mi silla, mis Nike Air Walk...

Nada más escucha mi voz chillona en el pasillo y se levanta como un rayo y corre a encerrarse en su cuarto, temblando como una hoja.

Pobrecito, ¿de veras seré tan monstruosa?

Supongo que hemos perdido la costumbre de vivir juntos (los últimos años me las he arreglado viviendo con tipas insoportables y otros entes) y ahora cada quien tiene que marcar su territorio con algo más convincente que orina fresca.

Pero la verdad es que todas mis manías, todas mis neurosis, todas mis obsesiones, todas mis costumbres y todas mis extravagancias las saqué de él. Yo soy su yo femenina. Yo soy mi papá mujer joven. Hablando de lo cual: en su juventud se parecía bastante a Steve Carell. Ahora ya no.


¡Y también comp
artimos otra afición muy importante!


¡Andy Williams!
¡Hermoso, sublime!

2 de julio de 2007

Mi cuñada dice que me parezco a este tipo

No. No es una drag queen.

Tengo que reconocer que esta particularidad ya había pasado por mi cabeza, sobre todo al constatar que Ale Sergi (cantante de ese grupo fantástico y magnífico de Miranda!) tiene unas hermosas cejas pobladas (como las mías) y "pela" los ojos al hablar (como yo).

Aunque la verdad no sé si ella lo dijo como un insulto o como un halago... Pensándolo bien: se estaba riendo mientras lo decía.

Pero veamos este estudio morfológico:


Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket= Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

Cejas: 100%
Nariz finamente esculpida: 100%
Labios delgados y apetecibles: 100%
Corte de cabello fabuloso: 97%
Actitud "cool" y audaz: 110%

Resultado:

Sí, idénticos. Claro que en esa foto luzco despampanante, ¿pero qué tal en ésta? (igual, igual nos parecemos)

24 de mayo de 2007

Miren lo que me pasó ayer...

Se fue la luz y en el exabrupto dejé caer mi celular en el vaso de leche.

Ya no sirve.
.

.

.

Esta anécdota babosa nomás es para darle gusto a mi hermana, quien al observar la infamia, exclamó convencida:

- Ay, seguramente vas a poner esto en tu blog.

Y la verdad es que no. Porque, a diferencia de muchos, no me la paso todo el tiempo pensando en qué voy a poner en el bló (las cosas fluyen y así todo es más lindo y divertido).

Pero ahora, por su comentario ácido y sarcástico, lo pondré.

Servida.