Odio a los niños. Cuando estoy cerca de ellos casi puedo olvidar que yo también fui niña y también fui irritante y también hice preguntas idiotas y tuve mocos en la nariz a la vista de todos y solía llorar en sitios públicos. Que era una vergüenza para mis padres y los zapatos me quedaban grandes y a veces las niñas no me hablaban en el recreo y yo me releía los cuentos del "rincón de la lectura" para no verme tan loser y lloraba en los rincones y sufría y lo olvidaba todo cuando decidían que ya había aprendido la lección y otra vez era sujeto de amistad.
Supongo que este odio, en efecto, proviene de evidentes traumas que un psicoanalista sin duda desentrañaría con severidad y cierta burla contenida. Que escucharía atento fumándose una pipa, mirándome con atención al decir: "prosiga". Esos traumas que me llevan a mirar con ojos iracundos a los escuincles que lloran en los restaurantes, a los que gritan en medio de la calle, a los que arman berrinche en el centro comercial, a los que sólo están ahí con su metro veinte de estatura en la calle, sin hacer nada, pero que igual me inspiran el odio más encarnizado.
De toda esta fauna pre-pre-adolescente, sólo 3 sujetos escapaban a mi mordacidad: mis tres sobrinos. Esos niños que tienen la misma sangre que yo corriendo por sus venas, que poseen por lo menos un par de abuelos de actitud jipiosona y talante correcto, que tienen como padres a hermanos o hermanas que en algún momento de mi vida me llamaron "mocosa", "Lila Deneken", "escuincla"... eran los únicos sujetos pre-pre-adolescentes que merecían mi respeto y hasta cariño.
Ahora son 4. Y ocurre un fenómeno curioso: el amor o cariño que uno tiene dentro de sí no es una cantidad definida. Se expande milagrosamente. Es la única sustancia que, además de transformarse, se crea y puede destruirse. Veo a ese feto sin placenta de no más de una semana y pienso en las cosas que son posibles, en las pocas que son hermosas, en cómo por ella valdría la pena arrojarse a un peñasco o enfrentarse al eventual Holocausto Zombie®.
Del mismo modo, hay una situación que me incomoda y me entristece. Puedo soportar, sin estoicismo ni dignidad, que me corten. Que me humillen públicamente. Que me hagan notar cómo mi trabajo es poco menos que aceptable y que, además, tardé 4.5 horas en algo que no debió llevar más de 10 minutos. En fin, penurias de la vida adulta a las que uno se enfrenta cada cierto tiempo.
Lo que no soporto, porque sencillamente carezco de las herramientas necesarias, es ver a uno de esos niños sufrir.
El mayor, Luis Mariano, tiene 10 años. Jamás ha podido relacionarse en la escuela. Es hijo de madre soltera, casi mi hermano y mi joven pádawan, al que he instruido en los artes de la nerdez: qué mal le hice. No se despega de Nickelodeon ni del Xbox ni del Playstation, piensa que iCarly es guapa (me lo confesó bajo el juramente de que NO se lo diría nadie... no mencionó nada de publicarlo en mi bló), no come picante, se sabe diálogos de Los Simpson de memoria y disecciona capítulos de Bob Esponja con rigurosidad sociológica.
Pero no tiene amigos.
No me había dado cuenta hasta un día que fuimos a llevarle su lunch a la primaria, y lo vi sentarse, sacar su sándwich, y comérselo tranquilo, solo, afuera del salón. Es una de las imágenes más duras a las que me he enfrentado.
Quiero pensar que algún día lo superará. Que no pasará los recreos solo toda su vida, aunque mi mamá insista en que "él está contento así". No puedo, aunque lo deseo, creerlo... porque yo misma tuve que pasar recreos sola y conozco de primera mano esa impotencia derivada de la soledad, que antes de los quince años es devastadora.
Lo único que puedo hacer es quererlo, cuidarlo, proveerlo de devedés de Los Simpson y Bob Esponja. Esperar que, con el tiempo, venza sus miedos y se entregue a las fauces del mundo verdadero.
Supongo que todo ese odio hacia los demás niños, cuyo destino francamente me importa un bledo, se potencializa de manera inversa con estos cuatro niños: los cuatro pequeños enemigos que más quiero en el mundo.





