Estoy haciendo trabajo freelance en la oficina de mi papá. Corrijo páginas sobre poligonales, deflexiones, métodos de radiaciones desde los vértices del control terrestre establecidos en una franja de 50 metros de ancho, bahías con nombres como Tóbari donde hay misceláneas llamadas "La Sorianita", escolladeros, embarcaciones de gran calado y actividad pesquera en Sonora. Es apasionante.
Para mi papá.
Tenerlo de jefe es curioso. Descubrí que hace mucho ruido mientras trabaja: se la pasa engrapando hojas con gran fervor, acomoda legajos de documentos una y otra vez, desengrapa y vuelve a engrapar las hojas, se levanta por café, tose, vuelve a usar la engrapadora, hace algunas perforaciones particularmente sonoras y luego, de la nada, se queda ensimismado frente a la información. He visto cómo le hablan por minutos enteros, "inge, inge, inge, INGE", sin que él responda. Es el maestro de la concentración.
No me puedo hacer pato, no puedo abrir el Twitter y tuitear sandeces, ni perder mi tiempo esplendorosamente en el Messenger. No puedo escuchar música, vaya, y me tengo que chutar las conversaciones sosas y aburridas de los ingenieros: materiales de construcción, puentes, AutoCad y, uh uh, QUIÉN USARÁ EL PLOTTER PRIMERO.
La dinámica es extraña. ¿Me regañará frente a todos? ¿Me dirá que no tengo remedio? ¿Confesará que fui un error? ¿O se portará indulgente e innecesariamente cariñoso?
Me gusta trabajar con él, sin embargo. No por la experiencia (la corrección de estilo drena el alma; me siento como Chandler Bing cuando se extirpó el tercer pezón: he perdido mi capacidad para reconocer bromas que son harto evidentes), sino por las conversaciones que sostenemos a la hora de la comida. Le dije cómo se llama mi incipiente novela y dijo que era un nombre provocativo (en su mirada leí "y tonto", seguido de chispitas incadescentes). Le dije que no pensaba casarme y dijo que dejara de tener prejuicios. Le dije que prefería vivir en unión libre y dijo que estaba bien. Me contó de sus ex-novias y le dije que estaba bien, aunque por dentro dije: "nooooo". Le dije que me pasara las tortillas y me dijo: muy bien.
En fin, son charlas poetiquísimas.
También me ha hecho ver que soy una procrastinadora de cagada, cuando mi papá es el hombre más trabajador del universo: se levanta tempranísimo y se va directo a la oficina. Es el último en irse. Hace mucho ruido. Se ensimisma frente a la computadora. La gente le habla y él no oye. Me corrige los documentos y no dice nada. Sólo chatea con su mamá, que no es mi abuela, y que vive en Canadá.
Algún día... tendré concentración zen. Estoy en el proceso. Ya lo bloguearé, como ahora, antes de ponerme a trabajar.
P.D. ¿Se dan cuenta de que el título no tiene NADA qué ver con el post? Eso se llama escupir lo primero que tienes en la cabeza y no barrabasadas.




