Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Mariano. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Luis Mariano. Mostrar todas las entradas

1 de agosto de 2009

Terminamos la sección de aforismos incorrectos con éste, el más grande


Que ocurrió un día que le pregunté a Luis Mariano lo siguiente:

- Oye, ¿y tú has escuchado a los Beatles?

A lo que él, muy seguro de sí mismo en su infinita sabiduría contenida en 11 años de existencia, me contestó.

- Y tú... ¿has escuchado a los Jonas Brothers?


Mis aplausos jamás serán lo suficientemente sonoros.



PD. El verdadero quid de esta noche está aquí. Entérese.

19 de mayo de 2009

Un día con demasiada publicidad...


...Y creo que estoy a punto de decir cosas como "no puedo contarte ahora, mejor te mando un
brief al rato" o "quiero comerme una torta al pastor ASAP" o "qué cagado, güey", etcétera.

Primero, porque comí con mis antiguos colegas de la agencia del mal: el Roger y el Vic (en ese entonces era preponderante agregar un artículo antes del apócope de cada uno) (a que no adivinan cómo me llamaban) (¿No? ¿Se dan?) ("La Lili") (así, sin acento, con la sílaba tónica en la primera li). La comida fue muy agradable, yo tiré todos los arroces sobre la mesa y los escupía mientras hablaba y derramé la salsa de soya sobre el pantalón de ambos y el gerente llegó y nos pidió que nos retiráramos y yo lloré en la banqueta, etcétera.

De la misma forma en que ver fotografías antiguas te remonta a recuerdos de tu infancia de los que no creías que aún hubiera registro mental (por ejemplo: esa tarde viendo caricaturas te recuerda que tenías unos shortcitos color verde con pequeños pececitos amarillos, o que una tarde cualquiera comiste albóndigas con agua de jamaica, o que una vez en la escuela trataste de hacer trampa en el examen de Historia y te condenaste académicamente de por vida, etcétera). Y aunque no son recuerdos propiamente dichos, pues en ellos no hay acción ni sentimentalismo ni significación, sí ayudan a ver la imagen más amplia: el shortcito te recuerda esa edad y tus amigos y tus sentimientos y tus esperanzas. Eso: una simple prenda ridícula y apestosa.

De la misma manera, la conversación con el Vic y el Roger me transportó a esas tardes terribles con tiempos muertos en los que -maldita maldición- encontré en el Twitter un refugio de "mi realidad" (como personaje de Guillermo del Toro durante la Guerra Civil española y eso). Esas conversaciones en el comedor con chismecitos sobre el mundo publicista, que Fulano ganó la cuenta no sé cuál, que Zutano se cambió a la agencia quién sabe cuántas, que Mengano es pero si bien homosexual, etcétera. Y también me di cuenta, como ya lo he reiterado, que la diferencia entre "la Lili" que ellos conocieron, esa burda escuincla que se reía cuando un coreano escupía la sopa, y "la Lili" que ahora se ríe de los coreanos por el simple hecho de ser coreanos... es grande. Aunque no sé qué tanto. Sólo sé que, si volviera a entrar a trabajar ahí, todo sería MUY diferente. A lo mejor no hubiera renunciado a los tres meses, pero quién sabe.

Lo más curioso fue cuando llegamos al APASIONANTE tema de las bicicletas, porque tanto el Roger como el Vic (y sobre todo el primero, que publicó un libro extraordinario, "Las bicicletas y sus dueños") son bicicleteros de corazón. Le dije al Roger que gracias a su libro me compré mi bicicleta, y él me dijo que ése es el mejor halago que le podrían hacer a su libro, y yo le dije que qué va, que qué había de "es una obra maestra que está destinada a trascender durante siglos" y él me dijo que por qué no me callaba y disfrutaba del momento sentimentaloide-ya-no-soy-tu-jefe-ya-no-tienes-qué-alabarme.

Entonces el Vic que me dice:

"¡No me digas! ¡Seguro tu bici es rosa, con florecitas y una canasta!"


¿Qué le dije?

"¡Oh! ¿A poco ya la viste?!"


¿De verdad soy tan predecible?



Más tarde, ya en mi casa, me senté a ver la tele. Cuánto me divertí. Bueno, en realidad no. En eso, que veo este comercial de Toyota Corolla:



Enseguida me indigné. Ese comercial era el PLAGIO de algo que ya había visto alguna vez, un día que me metí al cuarto de Luis Mariano a buscar un cortauñas y de paso compartir tiempo de calidad con mi sobrino y de paso aterrorizarlo emocionalmente.

Primero pensé que era de los Padrinos Mágicos. Tiene sentido: Timmy Turner es el escuincle ese que puede hacer realidad lo que se le antoje, manipular a su padre y conseguir que le regalen el ROBOT que él quería, incluso si ya había una versión anterior.

Expresé mi indignación en Twitter y todos se indignaron igual que yo. Corrimos en manada hacia el video en YouTube y lo inundamos de comentarios (bueno, sólo Jair Trejo lo hizo). Incluso, tuve el atrevimiento de ponerles un insulto que en buen castellano podría traducirse como "chupapijas". Luego les escribí que eran unos remedos de creativos y luego borré mi comentario, porque era suficiente catarsis por el día de hoy.

Sin embargo, todos en Twitter me preguntaban en qué capítulo sucedía eso. Busqué en la Wikipedia y nada. Empezaba a dudar de mi salud mental, así que hice lo que cualquier tipa de casi 23 años con una duda haría:

Llamarle a mi sobrino de 11 años.

- Loló (es que en realidad así lo llamo desde que nació; "Lolocián", cuando quiero molestarlo), dime cuál es el capítulo ese de Los Padrinos Mágicos donde Timmy quiere un robot y hace que su papá se lo compre, y su papá le dice que ya tenía uno igual, pero Timmy le dice que no, que éste es nuevo porque habla y así, DÍMELO por amor de Alá.

- No entiendo de qué estás hablando.

- Sabes de qué estoy hablando, niño. ¿Acaso el papá de Timmy no es el que se queda a hacer las labores domésticas mientras su mamá va y trabaja y tiene el rol económicamente activo de la casa y eso?

- No. Estás hablando de Johnny Test, el niño con cabeza de flama.

- JA-JA. Lo sabía.

Click.

Bueno: "hice una papanatas de mí misma", como dicen los gringos, al afirmar tajantemente que era de Los Padrinos Mágicos. Bah, cualquiera se confundiría: Timmy Turner y Johnny Test tienen en común que son escuincles y que inspiran deseos de darles una patada en el rostro.


Acto seguido: busqué en la red. ¡Y he aquí mi descubrimiento!



Videos tu.tv

Está en portugués, muchachos, pero hagan un esfuerzo: no en balde lo llaman "portoñol".


¿Qué aprendimos de todo esto? Que seguro algún creativito de Saatchi & Saatchi llegó un día agobiado de su chamba, siempre los mismos problemas, siempre la misma jeta de la tipa de cuentas, siempre la misma comida insabora e incolora del comedor, siempre los mismos mails idiotas... y se puso a ver Cartoon Network y decidió PLAGIAR una idea y luego vendérsela millonariamente a los de Toyota.

Qué tipo tan listo.




Creo que es suficiente por hoy de publicidad, aunque aún tenía reservados algunos comentarios ácidos sobre los comerciales del PRD y cómo uno de Pepto Bismol me recuerda algunas escenas de Fight Club y lo que pienso de este noble arte, en fin. Pero... tengo sueño.


Actualización:

El comentario de S.S. me recordó una página que, en la agencia, era algo así como nuestra biblia de contenidos. Mi jefe, no el Roger, sino el que a ambos nos caía en las hipotéticas bolas, era un tipo sin una sola idea original. Por consiguiente, cada que proponía algo que a simple vista no se oía mal, TODOS corríamos a joelapompe a ver si ya se había hecho.

10 veces de 10 ya se había hecho.

Si usted, creativo en ascenso, aún no conoce joelapompe... ¿Espera a que alguien le dé un zape o qué?

JOELAPOMPE
- donde se exhiben los plagios más horrorosos de la industria creativa.




11 de marzo de 2009

Pequeños enemigos


Odio a los niños. Cuando estoy cerca de ellos casi puedo olvidar que yo también fui niña y también fui irritante y también hice preguntas idiotas y tuve mocos en la nariz a la vista de todos y solía llorar en sitios públicos. Que era una vergüenza para mis padres y los zapatos me quedaban grandes y a veces las niñas no me hablaban en el recreo y yo me releía los cuentos del "rincón de la lectura" para no verme tan
loser y lloraba en los rincones y sufría y lo olvidaba todo cuando decidían que ya había aprendido la lección y otra vez era sujeto de amistad.

Supongo que este odio, en efecto, proviene de evidentes traumas que un psicoanalista sin duda desentrañaría con severidad y cierta burla contenida. Que escucharía atento fumándose una pipa, mirándome con atención al decir: "prosiga". Esos traumas que me llevan a mirar con ojos iracundos a los escuincles que lloran en los restaurantes, a los que gritan en medio de la calle, a los que arman berrinche en el centro comercial, a los que sólo están ahí con su metro veinte de estatura en la calle, sin hacer nada, pero que igual me inspiran el odio más encarnizado.

De toda esta fauna pre-pre-adolescente, sólo 3 sujetos escapaban a mi mordacidad: mis tres sobrinos. Esos niños que tienen la misma sangre que yo corriendo por sus venas, que poseen por lo menos un par de abuelos de actitud jipiosona y talante correcto, que tienen como padres a hermanos o hermanas que en algún momento de mi vida me llamaron "mocosa", "Lila Deneken", "escuincla"... eran los únicos sujetos pre-pre-adolescentes que merecían mi respeto y hasta cariño.

Ahora son 4. Y ocurre un fenómeno curioso: el amor o cariño que uno tiene dentro de sí no es una cantidad definida. Se expande milagrosamente. Es la única sustancia que, además de transformarse, se crea y puede destruirse. Veo a ese feto sin placenta de no más de una semana y pienso en las cosas que son posibles, en las pocas que son hermosas, en cómo por ella valdría la pena arrojarse a un peñasco o enfrentarse al eventual Holocausto Zombie®.

Del mismo modo, hay una situación que me incomoda y me entristece. Puedo soportar, sin estoicismo ni dignidad, que me corten. Que me humillen públicamente. Que me hagan notar cómo mi trabajo es poco menos que aceptable y que, además, tardé 4.5 horas en algo que no debió llevar más de 10 minutos. En fin, penurias de la vida adulta a las que uno se enfrenta cada cierto tiempo.

Lo que no soporto, porque sencillamente carezco de las herramientas necesarias, es ver a uno de esos niños sufrir.

El mayor, Luis Mariano, tiene 10 años. Jamás ha podido relacionarse en la escuela. Es hijo de madre soltera, casi mi hermano y mi joven pádawan, al que he instruido en los artes de la nerdez: qué mal le hice. No se despega de Nickelodeon ni del Xbox ni del Playstation, piensa que iCarly es guapa (me lo confesó bajo el juramente de que NO se lo diría nadie... no mencionó nada de publicarlo en mi bló), no come picante, se sabe diálogos de Los Simpson de memoria y disecciona capítulos de Bob Esponja con rigurosidad sociológica.

Pero no tiene amigos.

No me había dado cuenta hasta un día que fuimos a llevarle su
lunch a la primaria, y lo vi sentarse, sacar su sándwich, y comérselo tranquilo, solo, afuera del salón. Es una de las imágenes más duras a las que me he enfrentado.

Quiero pensar que algún día lo superará. Que no pasará los recreos solo toda su vida, aunque mi mamá insista en que "él está contento así". No puedo, aunque lo deseo, creerlo... porque yo misma tuve que pasar recreos sola y conozco de primera mano esa impotencia derivada de la soledad, que antes de los quince años es devastadora.

Lo único que puedo hacer es quererlo, cuidarlo, proveerlo de devedés de Los Simpson y Bob Esponja. Esperar que, con el tiempo, venza sus miedos y se entregue a las fauces del mundo verdadero.

Supongo que todo ese odio hacia los demás niños, cuyo destino francamente me importa un bledo, se potencializa de manera inversa con estos cuatro niños: los cuatro pequeños enemigos que más quiero en el mundo.