Ayer hice una de las cosas más estúpidas del mundo: dejé a Wenceslao olvidado en una restaurante. Me di cuenta como 18 minutos después... ¿Quién se da cuenta de que dejó su computadora olvidada tanto tiempo después? Soy una pelmaza.
Mientras corría las dos calles que me separaban de mi querido Wences, por mi mente desfilaban escenarios alternos: era cierre editorial de El Chamuco, y no iba a poder hacerlo. Gastaría mis ahorros para mi viaje de mochilazo en una nueva Wenceslao. Me sentiría estúpida y deprimida durante semanas enteras: extrañaría sus teclas mugrosas, su aplicación para imitar el sonido de un sable de luz, la forma en que se traba cuando llevo trabajando en Photoshop muchas horas, el nuevo paquete Microsoft Office que le instalé hace poco (no la última versión, sino justo la anterior, que es la que más me acomoda), los múltiples bookmarks en Firefox, el millón de estupideces guardadas en sus archivos, mis fallidos textos literarios, las fotos de mis sobrinitos,
Al mismo tiempo, sin embargo, algo en mi corazón me decía que no lo había perdido. Era un rayo de esperanza en el campo pantanoso de mi alma: ya antes, en esos mismos bisquets, Carlangas había olvidado un morralito con millones de pesos. Nos dimos cuenta ya en mi depto, así que volvimos sobre nuestros pasos con los ojos clavados en el piso, sin esperanza casi. Y, ¡oh!, hubo esperanza: encontramos el morralito atorado debajo de la pata de una mesa.
Subí las escaleras del lugar con el corazón estrujado. Miré hacia nuestra mesa y no había nada, ¡no había nada, Alá mío! Sin embargo, al virar la cabeza, la mesera me miraba con unos ojos llorosos: "¡Aquí la tengo, señorita! ¡Aquí la tengo!"
Nos abrazamos y todos los comensales aplaudieron. Entró música emotiva y corrieron los créditos.
Después de regresar con las piernas temblorosas, mi desayuno en la garganta, y la presión baja, pasé toda la tarde diciéndome: estúpida, papanatas, irresponsable, distraída de mierda. Luego golpeé un poco a Wences por separarse de mí.
***
Soy toda una guía de turistas. Bueno, no. Hoy fui a Teotihuacán con el camarada Gregory y con otro camarada que no conocía, recién desembarcado de Francia, que resultó ser una agradable compañía en nuestra conquista piramidal.
Subimos inmensos escalones, escupimos nuestras vísceras (bueno: escupí mis vísceras, mientras ellos me miraban) (bueno: escupimos nuestras vísceras, Gregory et moi, mientras el francés nos miraba fumando un Gauloise).
Acá tomamos un atajo que nos llevaría directo a la Pirámide del Sol, donde cada tanto hicimos pausas para, en efecto, escupir sangre.
A la entrada del museo estaban estas palabras de unos venezolanos molones. El camarada Gregory fingió que él lo había escrito, lo cual le pareció "arrechísimo" (ya estoy aprendiendo a hablar venezolano, chamo).
Estúpido y sensual cabello. Acá ya estamos en la punta. De espaldas, la Pirámide de la Luna, que Rafa y yo subimos... Rafa subió fresco como lechuga, mientras yo lo seguía con el alma en un hilo.Finalmente fuimos a comer al pueblo. Nos metimos en lo que creímos que era un restaurante (y lucía como un restaurante), pero un señor nos condujo dentro de la casa, donde una señora con apariencia de lituana en drogas nos gritoneó para luego ofrecernos su mesa y su comida. Extraño. Y sensacional.
Como corolario de un post que no tuvo nada que ver con nada, diré que hace dos noches me picaron unos malditos moscos en la frente y me dejaron una estúpida (y sensual) cadena montañosa. ¡Idiotas moscos!













