I'm unclean, a libertine
And every time you vent your spleen,
I seem to lose the power of speech,
Your slipping slowly from my reach.
You grow me like an evergreen,
You never see the lonely me at all
And every time you vent your spleen,
I seem to lose the power of speech,
Your slipping slowly from my reach.
You grow me like an evergreen,
You never see the lonely me at all
A los 16 años, Placebo era mi banda favorita. Hoy tengo 23 y lo sigue siendo. La conclusión evidente es que uno no cambia lo que es, ni lo que vivió en una época incómoda.
Celebro este post porque, como es natural, estoy escuchando el nuevo disco de una manera obsesiva. Al principio reticentemente, pero luego con la entrega propia del que sufrió una infidelidad y después no encuentra muchos motivos para continuar en el enojo.
Abundaré: Steve Hewitt, el baterista viril al que todos llegamos a querer y respetar, abandonó la banda. En su lugar entró un tipín con peinado rubio semi-emo, también llamado Steve. El cambio de alineación me pareció chocante, como a cualquier fanático estúpido que se cree dueño de la vida de quienes admira, y me pareció por un momento que la banda estaba muerta para mí. Escuchaba la letra de "20 years", la promesa de un recorrido -por cursi que suene- como banda y como fanáticos, un recorrido que no tendría fin hasta que alguna de las partes lo decidiera, y me sentía herida. Lo escuchaba como si leyera las cartas de un ex amante que me juraba amor eterno y ahora, con la ruptura, hacía patente lo falso de sus promesas. Pensaba en cómo podía seguir siendo fan "si me habían fallado" de esa forma.
Error: aún con otro nombre, a millones de años luz, yo seguiría amándolos por algo que se escapa a lo que son en realidad, algo que está tatuado más en mi memoria subliminal, en mi historia de vida incluso, que a su música en sí.
Placebo es el soundtrack de mi vida. Sus canciones son las canciones que escuché en los momentos más álgidos de confusión y terror adolescente, momentos realmente trágicos que ahora (con años más de experiencias y sabiduría puñetera)... me siguen pareciendo trágicos. Terribles, con cierto sabor a anestesia local, como inyecciones cuasi-indoloras que te sacan un chorrito de sangre pero te dejan un moretón descomunal en el brazo.
Recuerdo sentirme fascinada, pero con una fascinación muy ajena porque se fundamentaba en el desconocimiento y candor puberto. Leía sus letras, veía sus fotos, sabía que hablaban de sexo y drogas (dos cosas que yo no conocía ni por equivocación, al menos no de primera mano) y me parecía que vivían en un mundo intenso que no era necesariamente bello, pero sí decadente. Y la decadencia siempre resulta atractiva, sobre todo cuando uno no ha caído en ella.
(como alguna vez leí una entrevista, no sé si en la New Musical Express aunque dudo que fuera esa por el contenido, que le hicieron a Brian Molko. Le contaba al reportero, con un descaro muy provocador, que se dio cuenta de su decadencia en medio de una orgía con muchas drogas. Y la imagen mental era muy poderosa: mientras penetraba a la quinta o sexta persona, de pronto se daba cuenta de que no sabía si ya se había venido o no. Esa idea me parece tan decadentemente hermosa que la conservo siempre, y sobre ella construí mi idea del señor Molko, y de sus compañeros y de su música y de sus sentimientos).
Así que, en el fondo, mi romance con Placebo se sustenta en el fondo. En que sus letras me hacen llorar, y a la fecha tienen ese efecto en mí. Me parecía entonces, y me sigue pareciendo ahora, que nadie capturaba mejor esa desolación aguda y patética que el muchachito que no sabe si ya se vino, el Burger Queen de pacotilla que no sabe conciliar su orientación ni su apego más bien ingenuo a las sustancias tóxicas. ¿Y cómo no identificarse con una letra tan plagada de poesía adolescente como "My sweet prince", con todo y su endiosamiento barato pero no por ello menos doloroso, casi casi asqueroso?
Creo que Brian Molko es un letrista muy talentoso, y que este elemento se les ha escapado a algunos críticos. Se concentran demasiado en el estilo, en la forma, en la onda hiper-sexuada y descaradamente bisexual, en el maquillaje y el protagonismo. No ven que todo es, y de una manera bien obvia además, la máscara de Maybelline (y mascara, también) de ese patetismo convertido en gloria, del patito feo convertido en estrella de rock y en ícono sexual y en "portavoz de generaciones".
La otra vez, en el Shuffle del iPod, salió una canción nueva del "Battle for the sun". Enseguida, un lado B antiquísimo, "Miss Moneypenny". El contraste fue primero divertido, luego un poco tormentoso. En primer lugar, la voz aguda que se ha hecho grave y masculina. Después, la estilística y el tema, que ha mutado (porque madurado no, porque hay fruta verde que siempre debe permanecer verde). La imagen mental ya no es la misma: ya no veo al tipo que se acaba de inyectar heroína y que procede a penetrar hombres y mujeres sin distingos. Tampoco el atormentado con baja autoestima que escribe poesía pura (ver epígrafe). Sin embargo, escucho en ellos lo mismo que me atrajo en un principio y que aún hoy tiene la misma validez que ayer. Me siguen gustando, con la misma intensidad, y no pienso mover su sitio de mi top jamás.
Placebo es mi banda favorita... y puto el que me contradiga.
(en entregas próximas, por ejemplo si hacen una visita este año, abundaré AÚN MÁS en los otros motivos de mi gusto) (es que nos clavamos y nos clavamos y nos clavamos, y los editores de este bló -o sea, yo- dicen que suficiente clavadez y cursilería por un día).





