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6 de octubre de 2009

ZOMG


Acabo de llegar de los premios Emtiví. Eso no tiene nada de extraordinario, salvo que vi a mis ídolos tan cerca que de haber querido los hubiera tocado, y hubiera dicho: "ustedes son mi guía y mi luz y mi todo y mi..." y entonces un reportero me hubiera golpeado y me hubiera dicho: "quítate, niña, que estorbas" y yo hubiera llorado y me hubiera quejado con un tipo de seguridad, quien a su vez me hubiera dicho: "cállate, niña, no hagas dramas" y yo hubiera llorado más fuerte pero a la vez hubiera dicho: ZOMG, estuve tan cerca de Placebo que no me la creo, alguien traiga una ambulancia, y oh, siento un paro cardiaco, y ah, alguien por favor me puede llevar a urgencias y de una vez cambiarme los hipotéticos pañales.

En resumen: no puedo escribir ahora mismo porque tengo la emoción a flor de piel, y unas ocho cubas también circulando por mi sangre, pero ZOMG Placebo y mis amigos que hice ahí: unos fotógrafos argentinos de EFE, y otro de AP, y un par de Grita! y fui feliz, pero PLACEBOPLACEBOPLACEBO y entienden el post porque había barra libre y oh oh oh. Soy tan feliz que creo que me lanzaré por el balcón, pero antes publicaré un post.

Llamen al 911.

3 de octubre de 2009

Vimos Placebo y ningún hueso roto


El primer concierto al que fui en mi vida fue a uno de Placebo, en el Metropólitan. Julio de 2003, si la memoria no me falla. En esa época, a los 17 años, nada me importaba más que Placebo: Fanny y yo veíamos los videos que ella había descargado de internet, durante tres semanas ininterrumpidas a través de Kazaa u otro servicio de antaño, y decíamos BrianBrianBrian. También creíamos en el rumor de que Stephan y él habían tenido un amorío. En mi fuero interno, deseaba que "My sweet prince" fuera la canción de amor escrita de Molko a Olsdal.

Luego, cuando nos enteramos del concierto, empezamos a correr alrededor del circuito de la Preparatoria Sur. Yo pensaba que comprar un boleto de ¿450 pesos? era inalcanzable. Casi de inmediato pensé que no lo lograría, que esos lujos sólo le estaban permitidos a los citadinos con poder adquisitivo. Sin embargo, algo nos impulsó.

Carlita y yo empezamos a vender dulces en el salón. Suena como el plan más idiota del universo, pero tenía todo el sentido posible: comprábamos los dulces en una tienda/supermercado deprimente en avenida Pasteur, llamada Gary's, y luego les aumentábamos un porcentaje razonable. Las ganancias fueron visibles al cabo de dos semanas, o tres, y compramos el boleto en un MixUp recién abierto en la flamante Plaza Galerías.

Nos tocó en la penúltima fila. Tortuosamente revisábamos los planos del teatro Metropólitan, y sufríamos por la distancia, pero también nos creíamos con una suerte infinita por poder ver a nuestra banda favorita.

Una vez con el boleto, me di cuenta de que el viaje al DF me costaría más dinero del que mi venta de dulces me proveería. Ergo: tomé mi primer trabajo. Encuestadora para el Partido Acción Nacional.

Sé que es un shock descubrir que yo trabajé para ese partidete, pero necesitaba el dinero. Mi trabajo consistía en ir de casa en casa preguntando por quién iban a votar, y luego llenar unas hojitas con circulitos. Al cabo de un mes empecé a llenar los circulitos en la comodidad de mi casa.

Junté mil pesos. Pensaba que no era suficiente. La angustia se agrandaba: sin dinero suficiente, tan lejos del escenario, ¿qué pasaría el día final?

Uno antes mi mamá me pidió prestado el dinero de urgencia. Se lo di. Me dijo que al día siguiente me lo depositarían por la tarde.

Me fui tranquilamente al DF. Pasamos a Mundo E y comimos comida griega, corrimos por las escaleras, estábamos emocionados, éramos unos adolescentes estúpidos que creían tenerlo todo. Cuando fui a revisar al cajero, no había nada. ¡Cómo era posible! ¡Estafada por mi propia familia! Me puse a llorar sobre una banca hasta que Fanny llegó y dijo: dude, no pasa nada, dude.

Me depositaron a la media hora. Luego de eso nos fuimos al Metropólitan. El vecino de Jorge, quien nos llevó al DF en su Chevy, se fue a pasear en el coche y prometió pasar por nosotros después del concierto.

Naturalmente, nos compramos como cinco playeras antes de entrar al concierto (éramos vírgenes de conciertos... y de todo lo demás). Compramos binoculares, jamás estuvimos sentados en nuestros asientos, gritamos hasta que a los cuatro se nos apagó la garganta, no podíamos creerlo, éramos tan felices... Todavía conservo memorabilia del concierto: un encendedor que ya no prende, y una calcomanía que está pegada a mi escritorio.

Cuando el vecino llegó, por haber cometido una infracción, había perdido el celular de Carlita -quien a partir de entonces, sospechamos, desarrolló un karma negativo de celulares, pues siempre los pierde o se los roban.

En el momento no nos importó, regresamos a Querétaro y fuimos muy felices. Durante cinco días asistimos a la escuela con nuestras playeras del concierto (¡Ah! Los tiempos en que llegar con la playera del concierto anterior a la escuela era el atuendo más elegante posible).

Ese mismo año volvimos a verlos en la Concha Acústica, en Guadalajara. Fue un concierto sin precedentes: íntimo, al aire libre, estábamos hasta adelante, Brian cantó "Bésame mucho" a capella... Todavía lo considero uno de los mejores conciertos a los que he asistido.

Desde entonces he visto a Placebo más veces. Cinco o seis. Y, sin embargo, siempre me emociono, porque cada una es revisitar esa primera vez. De hecho, cada concierto, de cualquier banda, es un homenaje al Metropólitan en 2003 (a la fecha, mi mamá no entiende por qué me gusta ir a repegarme a un montón de gente y brincar y sudar y gritar y sufrir deshidratación y descargar adrenalina).

El miércoles vimos otra vez a Placebo. Muchas cosas eran diferentes: hay un nuevo baterista, un nuevo disco, Brian ya es un padre, yo ya no tengo que ahorrar por cinco meses para verlos -sólo por cuatro.

El concierto, extraordinario. A pesar de las constantes interrupciones de los señores que venden cervezas, refrescos y nieves de limón. A pesar de que tocaron casi puras canciones nuevas, y pocas clásicas. A pesar de. Creo que nunca me voy a cansar de verlos.

Lo bonito: la unión de la "banda queretana" con la "banda defeña". El encuentro de dos mundos. Y cómo nos une el amor por una banda. Joterías, diría Aline Salazar.

A continuación, fotografías flagrantemente robadas del Facebook de Defeña Salerosa y mi amigo Nidia "El loco" Sánchez:

Sí, eso es lo que veías desde tu lugar. Unas bonitas nieves de limón.


¿Qué sobra acá? ¡Buena noticia! Carla -baterista y MUY buena- se ganó una baqueta. Si eso no es destino, entonces no sé qué lo sea


Acá Defeña se cortó que porque el flash le hace daño y le causa cáncer o algo así. Nótese la mirada reflexiva de Queque (abajo, el Rufián Melancólico, que me hizo leer "Los siete locos", era virgen de Placebo)

Y todos en el éxtasis post-concierteril


En resumen: hola, mamá.


4 de junio de 2009

Without you I'm nothing... at all


I'm unclean, a libertine
And every time you vent your spleen,
I seem to lose the power of speech,
Your slipping slowly from my reach.
You grow me like an evergreen,
You never see the lonely me at all


A los 16 años, Placebo era mi banda favorita. Hoy tengo 23 y lo sigue siendo. La conclusión evidente es que uno no cambia lo que es, ni lo que vivió en una época incómoda.

Celebro este post porque, como es natural, estoy escuchando el nuevo disco de una manera obsesiva. Al principio reticentemente, pero luego con la entrega propia del que sufrió una infidelidad y después no encuentra muchos motivos para continuar en el enojo.

Abundaré: Steve Hewitt, el baterista viril al que todos llegamos a querer y respetar, abandonó la banda. En su lugar entró un tipín con peinado rubio semi-emo, también llamado Steve. El cambio de alineación me pareció chocante, como a cualquier fanático estúpido que se cree dueño de la vida de quienes admira, y me pareció por un momento que la banda estaba muerta para mí. Escuchaba la letra de "20 years", la promesa de un recorrido -por cursi que suene- como banda y como fanáticos, un recorrido que no tendría fin hasta que alguna de las partes lo decidiera, y me sentía herida. Lo escuchaba como si leyera las cartas de un ex amante que me juraba amor eterno y ahora, con la ruptura, hacía patente lo falso de sus promesas. Pensaba en cómo podía seguir siendo fan "si me habían fallado" de esa forma.

Error: aún con otro nombre, a millones de años luz, yo seguiría amándolos por algo que se escapa a lo que
son en realidad, algo que está tatuado más en mi memoria subliminal, en mi historia de vida incluso, que a su música en sí.

Placebo es el
soundtrack de mi vida. Sus canciones son las canciones que escuché en los momentos más álgidos de confusión y terror adolescente, momentos realmente trágicos que ahora (con años más de experiencias y sabiduría puñetera)... me siguen pareciendo trágicos. Terribles, con cierto sabor a anestesia local, como inyecciones cuasi-indoloras que te sacan un chorrito de sangre pero te dejan un moretón descomunal en el brazo.
Placebo entonces


Recuerdo sentirme fascinada, pero con una fascinación muy ajena porque se fundamentaba en el desconocimiento y candor puberto. Leía sus letras, veía sus fotos, sabía que hablaban de sexo y drogas (dos cosas que yo no conocía ni por equivocación, al menos no de primera mano) y me parecía que vivían en un mundo intenso que no era necesariamente bello, pero sí decadente. Y la decadencia siempre resulta atractiva, sobre todo cuando uno no ha caído en ella.

(como alguna vez leí una entrevista, no sé si en la
New Musical Express aunque dudo que fuera esa por el contenido, que le hicieron a Brian Molko. Le contaba al reportero, con un descaro muy provocador, que se dio cuenta de su decadencia en medio de una orgía con muchas drogas. Y la imagen mental era muy poderosa: mientras penetraba a la quinta o sexta persona, de pronto se daba cuenta de que no sabía si ya se había venido o no. Esa idea me parece tan decadentemente hermosa que la conservo siempre, y sobre ella construí mi idea del señor Molko, y de sus compañeros y de su música y de sus sentimientos).

Así que, en el fondo, mi romance con Placebo se sustenta en el fondo. En que sus letras me hacen llorar, y a la fecha tienen ese efecto en mí. Me parecía entonces, y me sigue pareciendo ahora, que nadie capturaba mejor esa desolación aguda y patética que el muchachito que no sabe si ya se vino, el Burger Queen de pacotilla que no sabe conciliar su orientación ni su apego más bien ingenuo a las sustancias tóxicas. ¿Y cómo no identificarse con una letra tan plagada de poesía adolescente como "My sweet prince", con todo y su endiosamiento barato pero no por ello menos doloroso, casi casi asqueroso?

Creo que Brian Molko es un letrista muy talentoso, y que este elemento se les ha escapado a algunos críticos. Se concentran demasiado en el estilo, en la forma, en la onda hiper-sexuada y descaradamente bisexual, en el maquillaje y el protagonismo. No ven que todo es, y de una manera bien obvia además, la máscara de Maybelline (y
mascara, también) de ese patetismo convertido en gloria, del patito feo convertido en estrella de rock y en ícono sexual y en "portavoz de generaciones".
Placebo ahora


La otra vez, en el Shuffle del iPod, salió una canción nueva del "Battle for the sun". Enseguida, un lado B antiquísimo, "Miss Moneypenny". El contraste fue primero divertido, luego un poco tormentoso. En primer lugar, la voz aguda que se ha hecho grave y masculina. Después, la estilística y el tema, que ha mutado (porque madurado no, porque hay fruta verde que siempre debe permanecer verde). La imagen mental ya no es la misma: ya no veo al tipo que se acaba de inyectar heroína y que procede a penetrar hombres y mujeres sin distingos. Tampoco el atormentado con baja autoestima que escribe poesía pura (ver epígrafe). Sin embargo, escucho en ellos lo mismo que me atrajo en un principio y que aún hoy tiene la misma validez que ayer. Me siguen gustando, con la misma intensidad, y no pienso mover su sitio de mi top jamás.

Placebo es mi banda favorita... y puto el que me contradiga.




(en entregas próximas, por ejemplo si hacen una visita este año, abundaré AÚN MÁS en los otros motivos de mi gusto) (es que nos clavamos y nos clavamos y nos clavamos, y los editores de este bló -o sea, yo- dicen que suficiente clavadez y cursilería por un día).


21 de febrero de 2008

Boys don't cry

Era lunes, hace dos o tres años, y yo tenía un novio que antes había sido novio de alguien más. El asunto nos causaba mucha risa a ambas, y ocupábamos las horas en enumerar sus defectos y los de su banda de punk.

¡De punk! Sólo imaginen los momentos de compadrazgo que aquello nos producía.

Luego: el asunto no iba nada bien.
Como muestra de nuestra nula sincronización, mental y emocional, está la vez que nos desencontramos en avenida Hidalgo: yo caminé hacia su facultad (de Bellas Artes, ¡por supuesto!) y él a mi departamentito de estudiante. Seguramente nos cruzamos por la calle y no nos reconocimos. Lo esperé en una banca frente a su salón y él me esperó en la banqueta de la calle.
Después de media hora nos hartamos y regresamos a nuestros sitios de origen. De nuevo no nos vimos. La estupidez monumental fue descubierta cuando hablamos por teléfono esa misma noche.
Y asuntos como ése. Como que solía burlarme mucho de él, y todo se lo tomaba como una afrenta personal. O que no mostraba indignación en absoluto si encontraba su coche repleto de mensajes cariñosos de su mejor amiga. O que no conocía a mis amigos, y yo trataba a los suyos mejor que a él.
Entonces, claro, el paso siguiente era la ruptura.
Era lunes. Yo había ido a un concierto de Placebo la semana pasada, y él había tocado con su bandita el sábado anterior. Nos encontramos enfrente de una secundaria. Gelidez y silencio. Hablamos a medias sobre los respectivos recitales. Yo quería ser reticente porque esperaba soltar en cualquier momento las palabras lapidarias, y no quería ser descortés ni indiferente con sus sentimientos.
En eso, me miró angustiosamente y dijo:
- Creo que debemos terminar.
Lo primero que pensé fue: “¡desgraciado! Me robó la primicia y la oportunidad de ser quien terminara todo el tingladito”. Pero estuve de acuerdo y ambos reímos y a partir de ahí sostuvimos la mejor conversación de la que se tuviera registro entre dos que antes solían ser novios y ahora ya no.
Fuimos a la universidad, lo acompañé al baño, había una bienvenida, nos tomamos una cerveza y me acompañó a mi calle. En la parada del camión nos dimos un abrazo estirado. Cuando me separé vi su playera: era de The Cure.
Él me miró con ojos acuosos y dijo:
- Me hubiera gustado seguir andando contigo.
Y ahí, justo ahí, solté la frase más mala leche que recuerde haber soltado con toda la intención de que, al soltara, sonara mala leche y… mala leche.
Le dije, señalando y citando textualmente su playera, "oye, boys don’t cry".



Lo malo de todo el asunto es que siempre cuento esto como una anécdota cómica, lo cual prueba que soy una persona horrible y merezco morir.