Era lunes, hace dos o tres años, y yo tenía un novio que antes había sido novio de alguien más. El asunto nos causaba mucha risa a ambas, y ocupábamos las horas en enumerar sus defectos y los de su banda de punk.
¡De punk! Sólo imaginen los momentos de compadrazgo que aquello nos producía.
Luego: el asunto no iba nada bien.
Como muestra de nuestra nula sincronización, mental y emocional, está la vez que nos desencontramos en avenida Hidalgo: yo caminé hacia su facultad (de Bellas Artes, ¡por supuesto!) y él a mi departamentito de estudiante. Seguramente nos cruzamos por la calle y no nos reconocimos. Lo esperé en una banca frente a su salón y él me esperó en la banqueta de la calle.
Después de media hora nos hartamos y regresamos a nuestros sitios de origen. De nuevo no nos vimos. La estupidez monumental fue descubierta cuando hablamos por teléfono esa misma noche.
Y asuntos como ése. Como que solía burlarme mucho de él, y todo se lo tomaba como una afrenta personal. O que no mostraba indignación en absoluto si encontraba su coche repleto de mensajes cariñosos de su mejor amiga. O que no conocía a mis amigos, y yo trataba a los suyos mejor que a él.
Entonces, claro, el paso siguiente era la ruptura.
Era lunes. Yo había ido a un concierto de Placebo la semana pasada, y él había tocado con su bandita el sábado anterior. Nos encontramos enfrente de una secundaria. Gelidez y silencio. Hablamos a medias sobre los respectivos recitales. Yo quería ser reticente porque esperaba soltar en cualquier momento las palabras lapidarias, y no quería ser descortés ni indiferente con sus sentimientos.
En eso, me miró angustiosamente y dijo:
- Creo que debemos terminar.
Lo primero que pensé fue: “¡desgraciado! Me robó la primicia y la oportunidad de ser quien terminara todo el tingladito”. Pero estuve de acuerdo y ambos reímos y a partir de ahí sostuvimos la mejor conversación de la que se tuviera registro entre dos que antes solían ser novios y ahora ya no.
Fuimos a la universidad, lo acompañé al baño, había una bienvenida, nos tomamos una cerveza y me acompañó a mi calle. En la parada del camión nos dimos un abrazo estirado. Cuando me separé vi su playera: era de The Cure.
Él me miró con ojos acuosos y dijo:
- Me hubiera gustado seguir andando contigo.
Y ahí, justo ahí, solté la frase más mala leche que recuerde haber soltado con toda la intención de que, al soltara, sonara mala leche y… mala leche.
Le dije, señalando y citando textualmente su playera, "oye, boys don’t cry".
Lo malo de todo el asunto es que siempre cuento esto como una anécdota cómica, lo cual prueba que soy una persona horrible y merezco morir.