Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones Profundas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones Profundas. Mostrar todas las entradas

30 de noviembre de 2010

Post que uso como una extensión de mi terapeuta, pero ya qué


El problema, descubrí hoy, es que no sé cuál es mi personalidad. Cómo soy en realidad. No lo tengo claro. Entonces se me dificulta relacionarme con las personas. Con algunas aparece una personalidad rudimentaria, con la que me es fácil conducirme: reímos, charlamos, nos vamos a nuestras casas. Con otras el asunto es menos definido, entonces digo cosas, me pongo roja, me voy a mi casa. Con otros tengo la batuta concedida, así que me regocijo en ese ego difuso y la cosa se queda ahí, me voy a mi casa. Con otras soy demasiado sincera, entonces lloro y hablo de mis teorías y de mi visión del mundo y recuerdo mis cosas favoritas (mis citas favoritas, mis momentos en el cine favoritos, mis sensaciones favoritas, mis conclusiones favoritas a hechos de mi propia vida), y siento cierta conexión, cierto puente invisible, y entonces me voy a mi casa. Pero en cualquier caso con ninguna persona es igual y lo que tengo con unas se pierde en otras, y nadie es como ese zorro domesticado. No por completo.




"En el mismo tenor", ya hablé algunos posts atrás de la idea de matar al blog. Este post, por ejemplo, empecé a escribirlo en Tumblr. Las cosas se dan más fácil por allá, aunque se pierden entre fotos sin sentido y mucho basura visual. La realidad es que mi blog, mi querido blog, al que nunca pensé abandonar, con el que creí llegar (como mencionó Gaby el sábado) hasta sus últimas consecuencias, ahora me avergüenza mucho. Ya no me reconozco ahí. No me reconozco en posts como éste o éste o éste o éste. Carajo, ni siquiera me reconozco en éste, que escribí hace unos meses. Creo que a esta edad -tengo tiernos 24 años- es muy fácil cambiar. Y hacerlo con rapidez. No soy, ni por accidente, la misma que en 2005 empezó a escribir un blog llamado La Isla a Mediodía. Soy otra persona, en muchas y variadas formas. Hay llamas, brasas ardiendo, de la persona que siempre he sido: mi configuración de la vida, la educación que recibí, el tipo de cultura que consumí y las personas que conocí, y toda esa clase de experiencias que no mueren y que permanecen desde que tenía diecinueve años. Pero al mismo tiempo han ocurrido tantas cosas que es inevitable sentir que cada vez me alejo más de esa persona. Eso está bien.

Entonces, como si fuera algo de veras tan importante, siento que este blog ya no refleja lo que soy ahora. Fueron cinco años importantes, pero ya están vividos. No puedo prolongarlos, ni asirme a ellos como si fueran el soporte de mi barco, pues acaso sólo son su decoración. Una decoración incómoda, como las fotos de adolescencia: horribles, embarazosas, decepcionantes. Desde luego, sería lindo pensar que puedo seguir escribiendo aquí y contrastar lo escrito en 2005-2006 con lo que pueda escribir en 2015. ¿Pero tendrá algún sentido? ¿No debo dejar este blog como un bello y doloroso recuerdo de mi primera juventud, y seguir adelante con lo que sigue? Ya ni siquiera me siento cómoda escribiendo tan puntualmente de lo que me ocurre a diario, con una fidelidad exacta e innecesaria: que si encontré un taxista idiota, que si me fui a Oaxaca o estuve en Nueva York (no lo creí posible así, tan inesperadamente), que si me comí unos tacos que me hicieron daño, que si me regañaron en mi trabajo o mi jefe de hace tres años era un idiota. Qué importa. No vine al mundo a ventilar mi vida. Hay otro objetivo, estoy en busca de él, y no sé... Sé que no es éste.


Por lo pronto, no sé qué hacer con esto. No me gusta ni releer archivos pasados. Mi autocrítica hace pedazos todas las pavadas de acá y... no sé. Dejémoslo en eso nada más. En el no saber.




29 de julio de 2010

Una breve reflexión...

...patrocinada por Inception.

**

Ya vi Inception tres veces. Me gustó mucho desde la primera y cada vez que la veo de nuevo encuentro detalles que antes no había visto, lo cual es una bonita analogía sobre los niveles que se acceden en un sueño dentro de un sueño dentro de un sueño. Sin embargo, no escribiré -al menos ahora- una reseña o explicación arrebatada sobre la película, sino una pequeña reflexión que recordé mientras leía este párrafo en IMDB:

ALERTA SPOILER ALERTA SPOILER ALERTA SPOILER ALERTA SPOILER

In many interviews Nolan says that although this (Inception) is a completely original idea, there are causes of inspiration for everything he's done. This explains the whole premise of "inception" and is a big symbol of how our lives are all made up of tiny little inceptions (or inspirations) caused by others.


TERMINA SPOILER TERMINA SPOILER TERMINA SPOILER

Como muchos sabrán, o habrán tenido ocasión de comprobar, soy una persona sumamente dramática. A pesar de mis repetidos intentos por parecer una persona alivianada a la que no le importa nada, una cínica über-cool-we con un gran peinado, una nerd sin sentimientos, en el fondo soy muy romántica. Lloro con poco: un comercial, una película, una escena en la calle, un anuncio de Google... Escribo cartas y correos electrónicos con frases ardorosas, épicas. Me creo la protagonista de un culebrón y lo celebro con lágrimas y risas y gritos y actos apasionados.

Cuando me enamoro, oh Alá, lo hago con las vísceras. Lo hago en serio. Me enamoro hasta la médula, hasta el paroxismo, hasta olvidar mi propio nombre. Luego de enamorarme, lo que más me gusta hacer es sufrir. Si puedo sufrir por amor, secretamente soy la persona más feliz del mundo, porque entonces puedo existir en consonancia con mi corazón: mi vida tiene coherencia.

Nunca me pregunté por qué soy así. Me parecía natural y perfectamente lógico, como el color de mis ojos o lo espeso de mis cejas: esa clase de cosas con las que naces y mueres, sin razón muy evidente más allá de la genética y la suerte.

El problema está en creer que todo esto era real...

ENTRA SCORE DE HANS ZIMMER ENTRA SCORE DE HANS SIMMER ENTRA SCORE DE HANS ZIMMER

Hace un año, haciendo limpieza en las cajas donde tengo amontonados trabajos viejos, ensayos y las fotocopias de toda mi vida escolar, encontré un montoncito de hojas engargoladas con una portada rosa. Era una antología literaria que hice en tercero de secundaria.

Estaba escrita con letra Comic Sans a once puntos y tenía un índice que yo misma hice al tanteo porque todavía no descubría las ilimitadas bondades del Word. Mi computadora tenía Windows 98, yo tenía catorce años, la vida era simple... ¿O lo era?

Movida por la curiosidad y la nostalgia, me puse a leer los fragmentos literarios que a los catorce años me parecían revelantísimos, esperando encontrar diálogos de Friends mexicanizados y los cuentitos de mis Textos Literarios de la primaria.

Y leí: Cumbres Borrascosas, la escena donde Catherine Earnshaw muere y entre lágrimas abraza, maldice y besa por última vez a Heathcliff. Marianela, la escena donde Pablo recupera la vista y se enamora de su prima, provocando que Marianela muera de amor. Love Story, la chaquetita novela de Erich Segal, sobre un amor muy puro que acaba por transformar a un tipo sin sentimientos cuando la mujer de su vida muere de una larga y penosa enfermedad. Los diálogos de Romeo y Julieta cuando se separan al pie de la fuente, la noche que se conocen. Y así sucesivamente.

Me di cuenta entonces cuál era el origen de mi distorsionada percepción del amor. No es que yo fuera una persona dramática porque así naciera, no es que no hubiera amor en mi casa, cuando mis papás eran la pareja más amorosa del mundo; no es que me hubieran roto el corazón tan frecuentemente antes de los quince. Era, sencillamente, que había leído muchas novelas de amor. De amor trágico. Algo en mi cerebro hizo clic y mi vida cambió por completo: en adelante quedé con la idea, tal vez subconsciente, de que la tragedia marca sólo a los grandes amores. Lo demás es un juego, una bagatela.

A pesar de que me di cuenta de dónde provenían estas fijaciones que a la fecha no me abandonan, no pude hacer mucho por erradicarlas. Entender de dónde viene, "rastrear la génesis" de una idea aparentemente original, no te brinda mucho consuelo cuando ya se ha arraigado en lo más profundo.

Comprendí que la literatura romántica me había incepcionado.




APLAUSOS.


5 de julio de 2010

Viajar al pasado


Como muchas personas, tengo una fijación con el tiempo pasado. Pero no con un tiempo remoto, ocurrido hace décadas, o siglos, o milenios. Siempre pienso en la vida, en mi vida, hace unos años.

Anoche soñé que podía viajar al pasado, al pasado reciente. La década de los ochenta, por ejemplo. Eso siempre me ha atraído de una forma inexplicable.

Cómo me encantaría ir a 1995 y maravillarme con todo lo que había en 1995, aunque yo haya vivido ese año con absoluta tranquilidad. Iba en tercero de primaria, tenía un gorrito de falsa mezclilla con un girasol en la frente, las niñas escuchaban a Fey, veía El Príncipe del Rap en la tele, leías las revistas Eres de mi hermana, salía con mi bicicleta, todo era tan simple y tan fugaz. ¿Pero cómo sería 1995 ahora? No me refiero a vivirlo entonces con la edad que tengo ahora, sino como soy ahora, con todo lo que sé.

¿Cómo se sentirían si regresaran a septiembre uno, 2001? ¿No tendrían unas ganas incontrolables de ir por ahí diciendo que en diez días el mundo, tal como lo conocemos, cambiará por completo? No podrían mantener una conversación racional sin soltar cada dos minutos las cosas que ocurrirán: un ataque terrorista, una guerra en Irak, el primer presidente negro en Estados Unidos, el primer presidente enano en México, la muerte repentina de Michael Jackson, un tsunami de proporciones épicas, una película sobre unos extraterrestres de color azul y otra sobre unos vampiros que brillan con la luz, toda la clase de detalles idiotas que ahora nos parecen tan cotidianos y normales, pero que entonces son desconocidos y por lo tanto fascinantes.

En mi sueño visitaba a una amiga en el pasado y me hacía la firme promesa de comportarme normal, sin soltar predicciones. Y todo me fascinaba: la música, el color del cielo, los comerciales en la televisión, la ropa de la gente común en la calle, la sensación de una época que ya se terminó.

Viví los primeros seis años de mi vida en el sur del DF, pero ya olvidé casi todo. Recuerdo cosas. El color de los sillones, las escaleras de nuestro edificio, hasta un amigo de mi hermano que se volteaba los párpados y corría por toda la unidad asustándonos. El eclipse solar de 1992. Los pequeños azulejos del "chapoteadero" de mi jardín de niños, que arrancaba y guardaba en una bolsita como si fueran piedras preciosas. El Gigante al que íbamos por la despensa. La zapatería Canadá en la esquina de la avenida. La vez que me picó un azotador en la cancha donde mis hermanos entrenaba con los "Pumitas". Cuando mi hermano se escapó y terminó concursando en la cucaña de TV-O.

Sin embargo, son recuerdos muy difuminados, que se pierden con facilidad. Tal vez me sé todo por conversaciones, aunque estoy segura que muchas de esas cosas, y otras más triviales, permanecen dentro de mí sin que las haya nombrado jamás. También por las fotografías. Pero hay algo dentro de mí que siempre regresa a ese departamento, a esa calle, a ese jardín de niños, a esas noches, aunque sé que es imposible: no hay forma, ni aunque volviera y caminara por los mismos lugares. Es irrecuperable.

Si pudiera viajar en el tiempo, con todas las posibilidades que ello ofrecería, elegiría ir a esos días. 1991. Luego iría a 1995. Luego iría más atrás, cuando no había nacido, y vería a mis hermanos cuando eran pequeños y mocosos, y a mis papás en sus atuendos setenteros, sentados en el cine. Vería las cosas que me son familiares.

Todos sabemos que los viajes en el tiempo, de existir, estarían restringidos. Como ese oh, sabio artículo en Cracked.com explica, si quisiéramos ir a una época muy remota seríamos tomados como brujos, no podríamos comunicarnos en ningún idioma posible, moriríamos de hambre, no tendríamos identidad ni dinero, y envejeceríamos más rápido. Además, como Abraham Simpson le aconsejó a Homero, tendríamos que ser muy cuidadosos de no tocar nada y alterar así el curso de la humanidad.

Pero yo quisiera ir al pasado y volver a tocar mi sombrero con girasol. Mis Barbies. Los vestidos que me ponían cuando era una niña. Los objetos que antes significaban tanto y que me darían una sensación de triunfo, de algo recuperado, como cuando encontramos algo que creíamos perdido o nos topamos de pronto con alguna prenda de vestir que ya habíamos olvidado que teníamos.

Y ante todo, me gustaría ir al pasado para sentarme en una esquina y observar a la mocosa cejona vivir en otra época, sin las preocupaciones de ahora, con la inocencia de entonces. Creo que sería muy agradable. O triste, depende del ánimo con el que viaje.


29 de abril de 2010

Temas varios



Hay tanto de lo que quiero escribir, tantos temas que en apariencia parecerían fecundos e importantes, pero no puedo concretar ninguna idea. Quiero contarles lo que sucedió en ese autobús a Iquique, donde conocí a Roland: tiene diecisiete años, es fanático de Panda, y va a estudiar una carrera como ingeniería o sistemas. Charlé con él largo rato, incluso cuando paramos en La Serena y comimos en una cafetería de high school gringa con una señora que también iba en el autobús. Me contó que, desde el terremoto, tiene que tomar pastillas para dormir.

Nunca había conocido a alguien tan encantador, tan naturalmente amable y sensato, y cuando bajamos en Copiapó por un café... le robaron su mochila. En ella cargaba su computadora, sus credenciales, todo su dinero para el primer semestre de la universidad. Él no pudo reaccionar de otra forma, la sangre se le fue de la cara y golpeó con los puños los asientos. El auxiliar, o terramozo, se le quedaba viendo con una mirada estúpida y le decía que era su culpa por no vigilar sus pertenencias.

Sentí rabia, y luego tristeza. Estuve ahí cuando le habló a su mamá y entonces se convirtió, de súbito, en un niño de doce años, y lloraba y decía "mamá, me robaron todo, todo". No pude dormir bien en toda la noche, y noté que él tampoco. Sólo temblaba y miraba por la ventana. Le dije que le prestaría lo que necesitara, pero él se negó y dijo que pondría una demanda, que como todos sabemos no llegará a ningún lado. Cuando me dio su correo tuvo suficiente presencia de ánimo para hacer una broma (Ronald... Ronald McDonald, dijo, con la voz quebrada).

Se bajó antes de que yo despertara y, cuando abrí los ojos, había un capítulo de Mister Bean en la televisión, y por la ventanilla se veía el mar azul, imperturbable.

Durante toda la mañana tuve un dolor de estómago, una molestia que no cesaba. Cuando llegué al hostal y abrí Twitter, me llevé una de las sorpresas más desagradables que he tenido en mucho tiempo.

Eso me lleva al tema del rencor.

Hay algo contra la que nunca he podido luchar: mi propio rencor. Soy la clase de persona, la estúpida clase de persona, que jamás olvida un agravio. Y no por terquedad, ni por venganza. Es sólo una de esas taras que te reducen como persona, que te hacen revivir continuamente alguna frase dicha al aire hace ocho años, una situación banal en la secundaria, algunos regaños infundamentados, ofensas en apariencia pequeñas de las que no puedes desprenderte. Te acompañan a lo largo de los años, con la misma intensidad de las convicciones y los valores morales.

Se relaciona con el perdón, supongo, y mi inhabilidad para otorgarlo. Ni siquiera a mí misma.

Pero también creo que puedo superarlo, después de muchos años, incluso después de que todos esos sentimientos negativos ya me han lacerado lo suficiente.

Está el ejemplo de Brenda, una compañera de la primaria. Durante años, años que se prolongaron desde la niñez a la pubertad, y luego a la adolescencia, sostuvimos una rivalidad que jamás tuvo tregua. A pesar de que alguna vez fuimos amigas, de que la visité en su casa y ella en la mía, hubo de pronto un enojo que me hizo creer sinceramente, durante mucho tiempo, que Brenda era una auténtica villana.

Es muy estúpido así escrito. Siempre he tenido una relación cordial con toda su familia: con su hermana, que fue mi colega; con su hermano, con el que salí con otros amigos algunas veces; hasta con su mamá, una señora encantadora. Pero Brenda siempre fue esa enemiga acérrima que nunca superaría.

Hasta que ayer, luego de un encuentro fortuito, me di cuenta de que ya no tengo motivos para odiarla. Ni siquiera para que me desagrade. De hecho, me di cuenta de que no tenía ya nada contra ella. La veo distinta ahora, e imagino que ha llegado el momento de vernos, saludarnos y reírnos por toda esa estupidez del pasado. No me veo siendo su amiga, pero sé que la considero una buena persona.

Eso me lleva a pensar que quizás, en el futuro, deje de albergar sentimientos negativos en torno a las personas que, considero, me han lastimado. No es una esperanza muy encantadora que digamos, y no deja de ser inmadura y tonta. Sólo sé que, en este momento de mi vida, no olvido fácilmente. Mantengo un registro mental de todas las patanadas que me han hecho, y aunque es totalmente destructivo, es. No puedo cambiarlo así como así.

Y esto me lleva al karma.

Creo en él. He hecho otras tantas patanadas yo misma, y no las puedo cambiar tampoco, porque esas sí están en un tiempo pasado inaccesible. Por eso, imagino que lo único que quería era preguntarles, a ustedes que me leen, oh, si estarían dispuestos a entrar en una colecta para ayudar a Ronald a comprar otra computadora. Un objetivo específico y con absoluta transparencia, para que ustedes sientan un poco como que limpian su karma y yo también, casi casi de forma egoísta, deje de sentirme mal por lo de Ronald.

Así que... Acepto propuestas, hermanos míos.


Actualización:

En primer lugar, muchas gracias de corazón a todos los que se han unido a "esta noble causa", por la razón que fuere (el budismo es opcional). En segundo lugar, más tarde en este mismo bló de ocasión voy a postear los métodos que usaremos para la donación. Puede ser PayPal o CLABE bancaria, eso lo "estoy discutiendo con mis asesores". También la opción de la rifa es harto interesante, y puede ser un mecanismo más directo. Aclaro que la cifra que busco juntar es unos cinco mil pesos para la compra de una netbook, así que no es nada que no podamos alcanzar si cada uno cooperamos con, digamos, cien pesos.

¡Gracias de nuevo!



19 de abril de 2010

Fotografías chuscas presenta



Una selección de fotografías chuscas, en vista de que mi vidita miserable ya no es tema de estudio en este bló (y eso que he ido a buenos conciertos, me he metido drogas duras, fui violada por una teibolera, tuve sexo animal, me congestioné con alcohol, compré unas prostitutas y eduqué a siete monos parlanchines).


Selección de whiskies baratos en un súper de Buenos Aires. "Me da un Glasgou en las rocas". "Para mí que sea un Hiram Walker con el ese refresquito que no se sabe si es de lima-limón o de qué, ese mero".


Busque la palabra jocosa en este cartel de comida colombiana en Cartagena. Pista: sólo piense en esa conocida canción de Luis Miguel: "tengo todo ---- a ti".


En Venezuela sí están al tanto de nuestras expresiones, aunque no están enterados de que un sombrerudo con sarape difícilmente diría "padrísimo, güey". De hecho, no diría nada, porque se ve que se está cayendo de pedo.


En el súper de El Calafate discriminan a toda la prole de Chita y al noventa y cinco por ciento de la gente que conozco.


Sé que no entienden la foto porque apenas se ve, pero a mí me mataba de risa la primera vez que la vi en Santiago. Nótese el brazo mutante de la niña, que sería lo máximo para los chavos de Photoshop Disasters. Pero lo mejor es el slogan de "un 7 en calidad", que nos hace pensar en lo sinceros que son esos fabricantes de zapato para niño.


También en Santiago, el día que Bachelet agarró sus cosas y dijo "adiós adiós, no me extrañen, yo ya estoy muerta". Hasta la vista, baby (para que vean que no sólo los de Metro y El Gráfico tienen sentido del humor).


Selección "Pancho Villa es la hostia"


Estos finísimos productos mexicanos los encontré en un estante de "comida del mundo"; es decir que, en el sur, los frijoles y las tortillas son tan exóticos como la salsa de soya y la mermelada de pepitas iraníes.




En Argentina, ya cualquiera lo sabe, conocen los hot-dogs como panchos. Por ende, ¿qué nombre más original que ponerle a una hot-doguería el nombre de... Pancho Villa? ¡Brillante! ¡Elocuente! ¡Sublime!


Ahora que la veo, esta foto no es graciosa ni de lejos. Aunque una salsa que se llame México es como un whisky que se llama escocés. Un momento...


Y con ustedes: el único lugar al que me interesa ir en el mundo.


***


Algunas veces he contado aquí, casi de pasada, que durante la universidad fui depositaria de gran cantidad de confesiones. Mis compañeros, por alguna razón, me tenían mucha confianza, así que iban y me contaban toda la cantidad de estupideces que hacían. Yo, desde luego, les pagaba con la única moneda que conozco: escribir todas sus boludeces en un mamotreto sin censura.

Ahora lo releo y me parece muy vulgar. Ya casi nadie de los que ahí aparecen me importa, así que sus secretos pierden interés. Es sólo una recopilación de quién amaba a quién, por quién lo dejó, quién los vio, qué pensó quién, quién practicaba la zoofilia, quién se golpeó con quién mientras quién se besaba con quién en un campamento donde quiénes nos metíamos qué y al día siguiente quién dijo: "yo sé quién fue y quién se robó mi qué y no manchen, bola de putos", y mis sentidas reflexiones al respecto.

Sin embargo, rescaté algunos párrafos y los junté malamente, para inaugurar en el otro bló una serie con mis peores escritos adolescentes. Cómo sé que todos son textos fallidos, que nunca saldrán a la luz, y que ahora, a la distancia, sólo me causan vergüenza, se me ocurrió que debían encontrar una especie de reducto final. No servirán nunca para nada, salvo para demostrarme que el único beneficio de saber lo mal que escribía antes es saber que en el futuro pensaré en lo mal que escribo ahora. Y eso es un consuelo.

Sólo tenía veinte años recién cumplidos, y era una especie de adolescente tardía que se tomaba todo muy en serio (igual que ahora), pero... tenía mi corazón:

Mi vida en la universidad - Introducción


¿Ya vieron? Un mono parlanchín diciendo "hola, qué tal, soy un mono parlanchín".





8 de abril de 2010

Pensamientos arbitrarios


Ayer me enteré que una de mis novelas favoritas, El país de las sombras largas, de Hans Ruech, está basado en una película sobre esquimales. La novela describe tan profundamente las costumbres de los inuit, los hombres del norte que viven a temperaturas de cuarenta grados bajo cero y se alimentan de animales marinos congelados, que en mis ensoñaciones siempre imaginé que Hans (suizo, muerto hace casi tres años) había pasado una larga temporada con ellos, aprendiendo sobre su forma de vida: las temporadas de caza, la construcción de iglús, la etiqueta que exige que el invitado obtenga favores sexuales de la esposa, el abandono de los viejos en el mar glacial, las constantes expediciones nómadas de acuerdo a las estaciones -más bien poco perceptibles- del tiempo, y sobre todo su filosofía, tan fundamentada en el presente, tan desprovista de complejidades, tan ajena al hombre blanco.

No imagino que haya una conclusión al respecto, ni me hace cambiar mi idea de que, para escribir sobre un lugar, hay que haber estado en él. Lo que me hace escribir al respecto es una cita de la novela que siempre me ha gustado: "Por eso tenemos que irnos tan al norte que hacia cualquier parte que volvamos la mirada nos encontremos mirando hacia el sur".


***

La otra vez estaba pensando, sin dejarme manipular por la subjetividad, en las razones que me llevaban a ser una persona muy ególatra.

Luego pensé que todas las personas, por definición, son ególatras. Las personas normales, al menos. Luego están los demás, seres grises que viven en función de otras figuras, que nunca hablan de sí mismas y encontrarían impensable tener un bló.

Mi conclusión: Aristóteles, los griegos, la estructura narrativa.

1. A mí me gusta escribir, me ha gustado desde siempre, y cualquier historia tiene por definición un personaje principal. Luego entonces, al construir un paralelismo entre la realidad y lo escrito, surge involuntariamente la idea de la figura central.

Siempre me han llamado la atención los personajes secundarios, y a menudo pienso que ellos mismos son, en otras historias, los personajes principales.

2. En mi vida ha ocurrido una cantidad ingente de pelotudeces. He vivido en distintas ciudades, me he enamorado, se han enamorado de mí, me he enemistado, he triunfado en algunas cosas, fallado en otras, he perseguido mis objetivos de manera desarreglada pero puntual, y he conocido personajes secundarios que me han impresionado hondamente. En resumen: la vida de casi todo mundo. Mi historia, como todas, ha tenido arcos temáticos, clímax, desarrollos lentos y rápidos, plot holes y finales de temporada.

3. En vista de lo anterior, es lógico que me sienta la protagonista de mi vida/historia, y lo digo sin ese tufillo de los libros de superación personal para mujeres que no han practicado el coito en tres años. Como escribo, como imagino mi vida más como una novela que como una película, como casi todo lo que me ocurre de importancia lo imagino escrito casi de inmediato, es natural que para mí todas las personas sean parte de mi historia, y no al revés. Es natural que cuando algo grandioso, algo extraño me suceda, piense: claro, así tenía que suceder.

4. Durante mi viaje abandoné un poco estos conceptos, porque continuamente conocí personas con historias un millón de veces más interesantes que la mía (cosa nada difícil), y empecé a sentirme como el personaje secundario que entraba a su vida. Empecé a notar que mi participación se reducía a unas semanas, a unos días, a una tarde, pero que ellos para mí iban a permanecer por siempre. Luego los usé. Para escribir sobre ellos.

5. La respuesta a mi egolatría se encuentra explicada en la estructura tradicional del relato. Si yo no soy la protagonista de mi vida, y no actúo como tal, ¿quién sería entonces?


***

Después de exactamente veinte posts sobre mis aventuras en América del Sur, bloguear otra vez me resulta depresivo. ¿Y ahora de qué podría escribir? ¿A quién entretendrían mis monótonas aventuras en el mundo real? ¿Por qué habría de volver a las banalidades que antes me apasionaban? ¿Debo inventarme otro viaje para tener de nuevo posts con pasión, encanto e intensidad?

En este momento vivo en una perenne resaca. De un licor llamado vida, que pude disfrutar por unos meses.


26 de diciembre de 2009

Farewell, my dear friend


Siempre me acuerdo de Damian en "Boxing day". Lo imagino con su corona de papel, sentado junto a su amigo Gas jugando videojuegos, su mamá llamándolo para cenar. Lo imagino con su playera de 3 Colours Red, o de Bon Jovi (su gusto culpable), sin zapatos y con boxers de cuadritos. Lo imagino de muchas formas, porque nunca lo vi.

A los 16 años, una de mis bandas favoritas era HIM, ese intento de
goth music para chavitas con ideas de marginación. Eran los tiempos de la conexión a internet por teléfono, antes de los blogs y las redes sociales. Yo tenía 16 años, iba en la Prepa Sur, me gustaba HIM: por lógica estaba inscrita en el HIMclub, un foro para fanáticos de la bandita finlandesa de todas partes del mundo.

Ese era el mejor lugar del mundo. El choque cultural consistía en convivir diariamente, en una suerte de Twitter organizado, con chicos de Finlandia, Estonia, Lituania, Luxemburgo, Rumania, República Checa, Noruega, Inglaterra... Me encantaba enterarme de sus rutinas, de su comida favorita, de sus frustraciones, de cómo era ser un adolescente serbio que no habla de conflictos políticos, sino de la borrachera con vodka que se acomodó hace dos horas. Las reglas eran estrictamente amistosas; nadie te llamaba troll, todos te felicitaban en tu cumpleaños, las grandes charlas sobre tu país eran bienvenidas...

Ahí conocí a Damian. Su
nickname era NewBornNebula y su lista de bandas favoritas, en su perfil, llenaría tres cuartillas en Word. Era tan tímido, tan retraído, tan inescrutable. Ya no me acuerdo cómo empezamos a platicar, pero a partir de ahí todas mis rutinas en los interents se trastocaron.

No había día que no chateara con Damian por horas. Me llevaba 6 años, vivía en un pueblito al suroeste de Inglaterra llamado Southport, no estudiaba ni trabajaba, era depresivo, dependiente de su mamá, con un amigo gordo llamado Gas que vivía en la casa de al lado... Y, sin embargo, a mí me parecía la persona más fascinante del mundo. Me gustaba que se tomara tan en serio las amistades a través de internet, que me citara para entrar a Messenger a una hora determinada, que viviera a 6 horas de distancia en el tiempo, que le gustara tanto la música como buen inglés, que le temiera tanto a los dentistas, que gastara todo su dinero en conciertos, que amara el puré de papa, que me preguntara por mis papás y mis hermanos, que soñara con viajar a América.

Casi nunca me enviaba fotos, pero me emocionaba que lo hiciera (tenía baja autoestima, por qué no). En mis sueños lucía así:



Como es evidente, estaba enamoradísima de él. Sentía algo inexplicable, bobo e imposible por alguien que probablemente nunca conocería... pero era intenso. Era casi doloroso.

La otra vez encontré un correo que le envié. Fue casi un shock: yo le contaba toda mi vida, y él me contaba toda la suya. Todos esos detalles fútiles que hacen la vida de un adolescente: mis exámenes finales, las conversaciones con amigos, las depresiones inexplicables de entonces, mi cena del viernes pasado, el estado de mi relación parental. Y ante todo él era ecuánime, neutral, comprensivo.

Pero era como tensar un hilo. Su depresión, su codependencia, se hacían mayores si no me aparecía en internet (a pesar de todo, a pesar de que prefería pasar mis tardes en HIMclub, también vivía una vida normal: iba al cine, salía con mis amigos reales, tomaba cervezas afuera de un Oxxo, asistía a conciertos). Sus reclamos velados se transformaban en comentarios pesimistas, en cuasi-amenazas suicidas, a las que yo respondía con palabras exaltadas. Me iba a dormir pensando que tal vez mi sueño de ir a Inglaterra no se haría realidad, que quizás Damian sí estaba en otro plano de la vida al que yo jamás llegaría. Tuve compasión de él, esa clase del lástima por las personas que han dejado de soñar y tener expectativas, que carecen de planes y jamás van a fiestas. Ni siquiera sabía si era virgen (yo también lo era, pero me consideraba joven para tal efecto) y me angustiaba pensar que Damian pasaría su vida en la absoluta soledad.

Al parecer, toda su vida social se desarrollaba en internet. Sus grandes amigos estaban en Tailandia, Finlandia, España, Argentina. Yo sentía celos de todos ellos y pensaba que era poca cosa, que mi vidita ordinaria no ofrecía interés alguno, que Damian preferiría visitarlos a todos antes que hacer escala en México.

Hasta los 20 ó 21 años llevé esta especie de doble vida. Me disculpaba con él si tenía un interés romántico de carne hueso, no le mencionaba si tenía novio, era como si mi infidelidad consistiera en vivir.

Una vez me envió 48 DVDs con cientos, miles de discos de sus bandas favoritas. Es lo más cerca que estuve de él. Ni siquiera tenían su letra impresa (hasta eso lo avergonzaba), así que hizo que su mamá rotulara cada uno con "Lilian DVD 01" y así hasta el 48.

Parece muy tonto ahora en perspectiva, pero después de eso ocurrió el distanciamiento. Él quería que yo le quemara unos DVDs, pero mi computadora ni siquiera tenía quemador. Supongo que nunca me levanté a hacerle el favor, y cuando entré a la universidad ni siquiera me conectaba tanto al Messenger. Dejé de enviarle correos informativos, dejé de saber de él.

Un día, de pronto, dejó de aparecerse. Y todo fue tan natural: su ausencia no era notoria, porque empezaba a conocer a mucha gente a la que veía todos los días, sin depresiones que me deprimieran igual. Ya no pensaba, en ningún momento, que si él se mataba, yo lo haría también. Ya no soñaba con Damian.

No me di cuenta sino hasta un año o dos después, cuando ya no había ninguna forma de volver a ponerme en contacto con él.

Joanna, una amiga finlandesa en común con la que aún platico, me preguntó hace unos meses si no sabía nada de Damian. Y entonces me pegó, me di cuenta de que había dejado de saber de él desde hacía años. Empecé una búsqueda desesperada a través de Google, con todos sus correos, sus cambiantes
nicknames, su nombre y dirección, su código postal. Hasta sostuve un carteo regular con su homónimo en Facebook, que me contestó con un decepcionante: "Born and raised in the U.S. state of Virginia, in what's known as the Hampton Roads area which includes the cities of Chesapeake and Norfolk. Still reside in the city of Norfolk".

Nada.

Un día, Joanna me dio su número de teléfono. Dijo que lo había encontrado en la guía telefónica de Southport, pero le daba miedo llamar. Me pidió que yo lo hiciera. Pensé que sería fácil, podría fingir un acento y preguntar por Damian de lo más normalmente (con toda seguridad, su mamá contestaría, porque -según él- nadie lo llamaba y por lo tanto no se acercaba al teléfono). Sabría si se habían mudado, si estaba bien, si...

Pero no lo he llamado y la sospecha sigue viva. Si Damian sigue vivo, si cumplió esa oscura promesa que ahora, con todos sus rastros difuminados, parece más real que nunca. Y entonces pienso en lo raro de las amistades fantasmales, en lo mucho que alguien que nunca vi me hizo sentir. En cómo puedes crear algo, una amistad tan real, de la nada. Como si Damian hubiera sido, desde el principio, un mero espejismo.

La verdad, siempre me acuerdo de Damian. No sólo en el Boxing day, como dije al principio del post. Y me pregunto si lo habría conocido en otro universo, si la compatibilidad fue sólo masturbación mental. Y lo único que pido cuando pienso esto es en lo mucho que me hubiera gustado despedirme de él apropiadamente. Decirle adiós, en el idioma que fuera.

Al menos ahora, me queda el único idioma que siempre conocimos: el internet. Me despido de él, resignada a no saber ya de él, con este post.


27 de octubre de 2009

Los Kings of Leon, dude (post politicoide)

Originalmente, si hubiera escrito esta entrada el jueves en la madrugada por ejemplo, hubiera garabateado una disertación sobre el white trash americano y los sueños-de-los-sureños -fea cacofonía- representados en un tipo excesivamente gesticulador con una voz aguardientosa que nos prendió en el concierto de los "Kings of Leon, duuuude" (pronúnciese con voz de pacheco gringo).

Pero pues no. De alguna manera, algunos hechos han nublado el concierto del jueves. Quiero escribir de otras cosas, pero no me salen. No aquí.

Últimamente, pienso mucho en el asunto de las manifestaciones sociales. Si tienen alguna utilidad. Pienso mucho en la única a la que he asistido, cuando iba en la preparatoria, y cómo aquello fue más bien un desfile de jocosidades, de ánimos compartidos, de adolescentes gritando "autonomía" y otras pavadas mientras se empujaban, hacían bromas y se congratulaban por perder clases.

Ahora, cada que pienso en manifestaciones, pienso en ese día. Y todo me parece tan pueril, tan innecesario, tan ingenuo. Tan inútil, sobre todo. Desde entonces no me he manifestado más, no he asistido a marchas, no he rayoneado mi descontento en una cartulina verde fosforescente mientras camino hombro con hombro con otros descontentos. Me sentiría, como me sentí ese día, totalmente inadecuada. Como una extranjera, como una hipócrita, como una estafadora.

Y no es que no comparta los motivos de las marchas. Son tan míos como de ellos, de los que gritan las consignas, pero sencillamente no puedo hacerlo. No creo en ello. No puedo disociar el pragmatismo del simbolismo.

En este momento, si en mí estuviera, me manifestaría. Desde hace unos meses, creo que más que en 2006 y los meses posteriores, se ha gestado en mí una desesperanza atroz.

Quiero escribir más al respecto en otro momento. Sólo quiero asentar que no he dejado de pensar en esto, sobre todo a raíz del asunto de las "manifestaciones" (si podemos llamarlas así) de los "twitteros" (si podemos llamarlos así) sobre el impuesto del 3% a las telecomunicaciones -al internet, para ser más específicos.

Desde luego, pensé que era una manifestación frívola, porque 12 pesos extras al mes es el menor de nuestros problemas como país -tal como tuiteé, irónicamente, desde mi conexión a Infinitum.

Sin embargo, ante la pregunta de qué hacemos los que criticamos la fotito en el Parque Hundido, me quedé helada. ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál es la respuesta?

En nuestras charlas más catastrofistas, que es casi siempre, Jordy y yo estamos convencidos de que participaremos en el estallido social. No sabemos cómo, no sabemos cuándo, pero la desesperanza nos ha alcanzado. Éste ya no es nuestro país.



28 de septiembre de 2009

Elegir para luchar


El jueves fue un día curioso. En la tarde fui a ver
El luchador a la Cineteca. No lloré, lo cual es raro porque yo siempre lloro, incluso con los comerciales de pañales para bebés.

Sin embargo, me conmovió muchísimo. Su efecto en mí fue inmediato, desde los créditos mismos, en el momento en que aparecen las horrendas revistas ochenteras, con tipografías verde perico sobre blanco y negro, con frases como "su futuro vale oro" o algo en el mismo tono. Y, sobre todo, un detalle idiota que me situó en el corazón del patetismo: la cabellera rubia larguísima, falsa, con caireles desordenados.

Hay un ademán muy sutil que hace Mickey Rourke al entrar a un baño: mientras se está lavando las manos, se mira en el espejo con una mezcla de vanidad, lástima y vergüenza... y se acomoda el cabello. Es un gesto muy rápido, casi inadvertido, pero en eso reside su hermosura. En ese detalle estriba una actuación tan profunda, tan potente, que a todos nos dejó murmurando "sí, maldita sea, sí, se merecía el Óscar". Cuando en realidad queríamos decir: "sí, maldita sea, sí, Rourke es Randy "the Ram" Robinson". La misma gloria venida a menos, el mismo éxito malgastado, la sensación de que
el único lugar donde no te lastiman es ahí, bajo el spotlight, frente a los gritos de la gente que no te conoce.

Más tarde, sin darme cuenta primero de la coincidencia, fui a ver el espectáculo de las Improluchas. Consiste en dos duplas de actores improvisando sobre un ring, con réferi, carambolas y llaves ensayadas. Fue fantástico: nos reímos mucho, votamos por uno y por otro, y al final ganaron los técnicos -que sí, eran los mejores. El fenómeno curioso de las duplas es que en realidad ganan por una persona solamente, porque en todas hay una tabla sin agilidad mental ni carisma que sólo responde porque Alá es grande. Así que, en realidad, uno vota por la mitad de la dupla, y le da el triunfo también a alguien que no lo merece.

Al final, con música instrumental de fondo y una edición dinámica y en cámara lenta de los distintos personajes de mi serie personal, reflexioné sobre la lucha de la vida diaria y la imposibilidad del triunfo y la vida eterna de los camarones del golfo de México. Y cómo siempre, invariablemente, uno pertenece a dos categorías: rudo o técnico.

No sé en qué consista ser parte de una categoría u otra. Se me ocurren ejemplos, como a todos: rudo es el que opera con ofensivas, y no con defensivas. Rudo es el que consigue lo que quiere bajo filosofía maquiavélica. Rudo es el fuerte, el gañán, el exitoso, el que no se deja amilanar, el que responde a una bofetada con una patada en el culo y picándole los ojos al oponente.

Pero entonces, ¿técnico es el que se victimiza? ¿El que es pasivo y noble? ¿El que opera con la inteligencia, más que con la fuerza bruta? ¿El que sufre, al final, porque todos siempre lo abandonan?

Entonces pensé que Randy Ram era un luchador con todo en la vida para ser rudo, pero que al final se había decantado por la técnica. Un perdedor en cuerpo de ganador, quizás esa sea la definición exacta del técnico.

Supongo que, al final, siempre tenemos qué elegir de qué bando somos, para poder luchar adecuadamente. ¿Derribar a los rudos o resistir como los técnicos?

No me pregunten. Yo nací para réferi noqueado por accidente.


31 de agosto de 2009

¿Eh? ¿Hoy es el día del qué?


El 25 de agosto cumplí 4 años como bloguera y lo olvidé por completo. En lugar de eso, comí curry con arroz blanco y salsa Sriracha, y después vi una película para niñas con mi amiga de infancia, y luego me fui a dormir y desperté sin la sensación del aniversario recién cumplido.

Sé que hay blogueros más antiguos, pero denme un corte: a nadie le importa.

Cómo empezó La Isla a Mediodía

Era un caluroso día de abril y yo cursaba el segundo año de mi educación universitaria. Un día, fuimos a un concierto de Placebo (sí, todo se remonta a un concierto de Placebo). Al salir, mi amiga Fanny me señaló un muchacho con los cabellos caídos y lentes de fondo de botella.

- Se llama Memo, y me gusta.

Luego lanzó una risita nerviosa y se fue saltando como duendecillo a través del estacionamiento del Palacio de los Deportes.

Unas meses más tarde, en agosto exactamente, yo estaba charlando con el individuo por Messenger. Su plática era aburridísima, contestaba con monosílabos, y llenaba los silencios con "jajajas" continuos. De pronto, la luz.

- Sí, lo que escribí en mi blog y entonces...

Blog.

Había leído esa palabra antes. Tenía nociones elementales de ella, como que era un diario en línea y cualquier zoquete con capacidad motriz en los pulgares podía tener uno. Y entonces pensé: si él tiene uno, yo debo tener uno.

Enseguida le pedí la dirección de su blog. No recuerdo el nombre, pero era una canción
indie muy de moda en el 2005.

Lo leí. Había un post kilométrico, escrito penosamente, sobre el primer pesero que había tomado en su vida (Memo vivía en Juriquilla y estudiaba en el Tec de Monterrey; fue uno de las primeros usuarios de Mac que yo conocí y fue quien descubrió bandas como Explosions in the sky antes de que los torrentes hicieran a cualquier zoquete con capacidad motriz en los pulgares un ex-per-to mu-si-cal, ¡uoooh!). De inmediato supe que yo tenía que abrir mi blog, sin haber leído ningún otro, sin saber qué era un blog exactamente, sin el concepto de blogósfera y comunidad que luego llegaría a conocer tan bien.

Mi capacidad de raciocinio fue asombrosa. Cuánta lógica demostré al construir la siguiente secuencia neuronal:

Si todos los dominios en internet terminan en punto-com, y un blog está en línea, para abrir un blog sólo tengo que teclear en mi navegador blog-punto-com

En efecto, abrí mi primer blog en la plataforma Blog.com. Nadie la conocía, porque estaba desfasada y trataba a sus usuarios como autistas con problemas para deglutir los alimentos y detectar el sarcasmo. El dominio surgió en un chispazo instantáneo: ya es tarde. Pero el nombre, oh, el nombre...

En mi escritorio de estudiante tenía un librito de cuentos de Julio Cortázar abierto. Era una edición viejísima de la colección Biblioteca Básica Salvat, que luego -en un acto de zoquetismo- presté para no ver más. El libro se llamaba "La isla a mediodía".

Fue muy fácil, muy estúpido, muy indoloro. En media hora, con una conexión telefónica repartida entre las 5 sujetas con las que vivía, ya tenía un blog. Me sentía importante, me sentía poderosa, me sentía especial.

Días antes, mientras caminaba por la facultad de Química, pensaba que sería genial poder escribir sobre los temas más arbitrarios y por ningún motivo... como... como... la genialidad del Yakult y por qué la cara de Toni Collete me daba risa. Súbitamente, de un deseo espontáneo sobre la marcha, me vi en la libertad de escribir ordinarieces de poca monta.

Ya era una bloguera.


Un poco de historia básica


Ahora quiero relatarles cómo eran los días de la prehistoria blogueril.

Los blogueros de antaño estábamos obligados a conocer nociones básicas de HTML. Como nuestros antepasados con las computadoras a base de perforaciones, nosotros teníamos que arreglárnoslas con las negritas y las itálicas, pero más importante: con el diseño de nuestros blogs.

Por mi parte, mi blog adquirió fama.

En mi cabeza.

Antes, en el viejo dominio, jamás escribía sobre mí. No subía fotos. Mantenía un bajo perfil y escribía lo más arbitrariamente posible, como si el guionista de una teleserie surrealista me poseyera cada noche.

Un día, luego de escribir un post sensacional entre repetidas idas a la cafetería de la facultad y al baño, Blog.com borró mi apunte. Así, de la nada. "Señorita: no se nos da la gana publicarle su adefesio, váyase por donde vino".

Herví en cólera. Escribí un post despidiéndome de un lugar en el que me sentí como la editora de mi propia revista. Antes escribía mis posts en riguroso documento de Word, editaba las fotos en Paint, y podía pasar horas subiéndolas pacientemente a mi cuenta de ¡Photobucket!

En ese primer blog -el papá de éste- escribí dos textos que nadie creería de tan largos (y patéticamente adolescentes): mi crónica de Interpol -15 cuartillas a renglón seguido, Times New Roman, 12 puntos- y mi crónica sobre el concierto tardío de HIM -30 cuartillas a renglón seguido, Times New Roman, 12 puntos-. Ensayé mucho de lo que ahora hago profesionalmente, y fui feliz, mientras todo mundo me preguntaba qué puñetas era un blog.

Me mudé a Blogspot con el mismo título, hermoso, aunque entonces yo odiaba las playas y el mediodía. En esta plataforma todo era sórdido, frío, poco amigable. La letra era muy pequeña; los márgenes, muy estrechos y tenía una sensación de claustrofobia cada que escribía. El primer diseño tenía fondo negro, con títulos verde pálido. Después, en mi búsqueda de plantillas, encontré una negri-naranja con unas palomitas de maíz. Era infame, hacía doler los ojos y me mostraba como una veterana darqui-guanabí sin ilusiones... pero roqueaba mi mundo.

No encontré un screenshot del antiguo, ni en archive.org ni en el caché de Google. La querida @Blue4 me mandó esta impresión, que se le asemeja mucho al antiguo diseño


Más tarde, convencida por los lectores que se quejaban de vista cansada, me diseñé una plantilla con elementos tropicales. Era horrenda, pero fue mía 100 por ciento. Me desvelaba diario, hasta las 5 de la mañana, porque alguna letra inmunda en el hipertexto no cuadraba. A pesar de lo árido de la tarea, me
divertía. Eran tiempos antes del sexo con prostitutos negros.

Sí, resulta increíble pensar ahora que esa cosa era mi header, y que lo había dibujado en Paint, y que esa era mi descripción y que... (click para agrandar y deleitarse, desde luego)



Convencida de mis dotes de "programadora", me di el lujo de ostentar una plantilla navideña. No recuerdo mejor invierno que ese.


¿Y qué? ¿A un montón de copos de nieve lo llamas "diseño navideño"? ¡Dame un corte! (click para... ya saben qué)


Ahora que escribo esto pienso en el camino que he recorrido con el blog. Suena idiota, como si de pronto a un tipo se le ocurriera componerle una oda a su sillón: "Oh, sillón, ¿recuerdas cuando derramé Coca-Cola en tu tapiz? ¡Y cómo olvidar cuando pude fajarme a mi vecinita sobre tus cojines!".

El blog ha sido una de las cosas más constantes en mi vida (todo mundo aquí agrega: "y yo que soy la persona más inconstante del universo", pero son pavadas: yo soy muy constante con mis vicios). En él he consignado todos mis estados de ánimo, he revelado cosas absurdas, he cometido errores garrafales, me he expuesto y he pedido disculpas con lágrimas que nadie ve, porque los posts vienen sin video integrado de su escritura. Me ha hecho encontrar todo, me ha hecho perder casi nada.

Antes pensaba que cuando por fin escribiera de manera profesional, eventualmente abandonaría el blog. Me parecía un pasatiempo de juventud, una bonita forma de regodearse en la chispa y la jocosidad mundana. Hoy pienso que un blog es necesario, aún frente a la escritura impresa. En ningún lado escribiría como aquí (en ningún lado me dejarían escribir como aquí). Y cuando todo se vaya a la mierda, cuando todo deje de funcionar, cuando me corran de todos lados y los proyectos se deshagan como emamens en la boca, regresaré a mi blog y escribiré. Y aún antes, mientras todo se sostenga y sea feliz y productivo y satisfactorio, aún así escribiré.


Ya es tarde, de hecho

Hace poco se me ocurrió buscar un texto de mi otro blog. Segura, como otras veces, tecleé en mi navegador "www.yaestarde.blog.com". No apareció nada. Había un nuevo diseño de Blog.com, que descaradamente me preguntaba what's your story? Me quedé helada frente al monitor. Los desgraciados hijos de puta habían borrado mi blog y no habían tenido la delicadeza de informármelo. Me sumí en la más honda depresión, hasta que, 3.4 minutos después, en Twitter me dijeron que buscara en archive.org

Lo encontré todo.

La primera entrada. Todo sobre fondo blanco, casi sin fotos, porque todas se perdieron. Mi texto kilométrico sobre el parecido entre Mia Farrow y Chris Martin. Por qué me gustaba La playa. Lo que odiaba de Ratzinger. Y luego esos dos textos que hoy me avergüenzan mucho, por lo clavados y lo ingenuos, que son los de HIM e Interpol (no pongo links por pudor, pero los encontrarán, ¡los encontrarán!).

Casi todo está aquí.

Luego, mi primer post en Blogspot, en febrero del 2006.

A pesar de todo, si me preguntaran cuál es mi post favorito de entre todos, no me resulta difícil contestar. Es uno que ni siquiera tiene comentarios, que pasó de largo y se olvidó, pero que me recuerda un verano específico en el que todo cambió.

Me gusta por la cantidad de interpretación que contiene. Ese verano, ahora lo digo, murió quien fuera mi amor platónico de la juventud, a la absurda edad de 17 años. Como lenitivo instantáneo, me encerré en mi cuarto y leí hasta que los ojos me dolieron. Leía desde que amanecía hasta que anochecía, casi sin salir. Este post es un mapa de mis lecturas y mis pensamientos:

Resumen de las vacaciones de su servilleta


En cuanto al futuro...

Todos los sitios deben evolucionar. El mío tendrá una transformación profunda: ya no me gusta la letra. ¿Courier les emociona?

Chancán-chancán.




Este post fue inspirado por el Día del Blog, que es casi igual al Día del Sillón y al Día del Gas Pimienta Caduco.


Distintas Latitudes


Me gusta hablar de Distintas Latitudes, porque es un proyecto que da caché instantáneo y que surgió como mera iniciativa de Jordy, a la que yo me uní en el ardor del momento: la idea de una revista electrónica con colaboradores hispanoamericanos, sobre temas políticos y sociales, desde la perspectiva joven... sonaba muy bello, muy honorable, muy elevado en palabras.

Sin embargo, del entusiasmo de unos pocos surgió un proyecto muy consolidado. He sido testigo de cómo Jordy le habla a todo mundo de él, de cómo logró reunir un Consejo Editorial fuerte y unido, de cómo ha sufrido para pagarle a programadores, diseñadores y hasta impresores para que la revista viva. Y de ese entusiasmo primigenio hay hoy más de 30 colaborades de 9 países, una infinidad de textos que hablan desde el arte contemporáneo al conflicto de Estado en Honduras, al abril negro de Venezuela y la crisis del agua en México, del crecimiento económico en Brasil a la explotación minera en Chile.

He conocido a personas que con toda justicia puedo calificar de "increíbles", y eso que es un adjetivo que, con otra entonación y sin el
ible, me suena a barrabasada de niña adinerada. Muchos de ellos, personas muy cultas, que me intimidaron ipso facto. Pero la convivencia con ellos ha sido provechosa, estimulante, casi de miedo, porque ha puesto de relieve muchos asuntos que había descuidado en pos de la cultura pop y las fritangas con salsa Valentina: la academia, la escritura rigurosa, la investigación, los pies de página, el correcto citado, la interpretación puntual de los hechos y de los textos. Fue como si regresara a las buenas materias de la universidad, que fueron pocas, y sin compañeros que se sacaran los mocos o jugaran gato mientras alguna eminencia hablara sobre un asunto importante (y sin que yo llegara tarde a absolutamente todas las clases y me dedicara a llenar de dibujitos las últimas hojas de cada cuaderno).

En Distintas Latitudes ya hay o habrá blogueros que aprecio desmedidamente: don Rufián Melancólico, El Nahual, Lear, Defeña Salerosa --ya consíganse
nicks menos vergonzosos de citar--, Luis Gabriel Urquieta y Queque.

La comunidad se hace cada vez más grande, y ese es el punto. Veo apenas la posibilidad de continuar escribiendo de una forma más, digamos,
profesional. No tanto lo que posteo en Mis Textos Serios, sino algo nuevo, algo diferente.

Mi primer texto era sobre la crisis en México, y como tuvo un par de detalles jocosos metidos con calzador, la gente pensó que estuvo bien. La verdad, como bien me dijo alguien que le sabe (monero Hernández), no dice nada básicamente. Es como lo que me recordaban en mi casa cada que sufría una crisis de verborrea: hablas mucho, pero no dices nada.

Aún así:

La crisis en México: conjetura en el aire.

***

Mi segundo texto fue más bien un resumen de mi trabajo de investigación en la universidad, que fue sobre la novela Mapocho, de Nona Fernández, y el papel de la literatura chilena post-dictadura. Naturalmente, es un compilado nada más y tampoco dice mucho, como bien asentaron algunos ácidos lectores.

Mapocho: la novela de transición en Chile

En el tercer número no escribí, porque la crisis climática me es ajena y me produce una auto-vergüenza difícil de definir.

***

En este número escribí sobre los juicios vertidos contra Milan Kundera el año pasado, y su posible
culpabilidad por el crimen de delación.

Me gusta pensar que lo hizo: la verdadera broma de Kundera

(a propósito, creo que tengo una fijación con los dos puntos en un título; creo que le da aire de tratado antropológico/sociológico/serio)

***


Lean la revista, comenten y denle difusión. Casi no digo esta clase de cosas, pero es un proyecto creado con el corazón y otras vísceras; no tiene ánimos de lucro y está dedicado a la difusión de la cultura, el análisis, la reflexión de algo que debería sernos muy caro como jóvenes latinoamericanos, una etiqueta que olvidamos ponernos siempre. Y que es la única que deberíamos tener puesta en todo momento.





¡También síganos en Twitter!



22 de junio de 2009

El freelance es como la mascota que amas pero te caga los sillones


A veces, cuando veo a los oficinistas zamparse unos tacos de carnitas o correr prestos por un Red Bull al Oxxo de la esquina, siento un cosquilleo en el estómago. Vivo en una zona oficinista, supongo: los asalariados corren de aquí para allá, con sus tacones y sus corbatas y sus trajes sastres. Van del metro al corporativo. Del corporativo a la fondita de poco pelo. De la fondita de poco pelo a un café de cuarta categoría. Salen a fumarse un cigarrito con Susana la de Cuentas y Romualdo el de Finanzas. Comentan unos chismecitos de la oficina: quién se acuesta con quién, quién se quiere acostar con quién, a quién van a correr por acostarse con quién y a quién van a ascender por acostarse con quién.

Y a veces, cuando bajo por mi ropa a la lavandería o paso a al mismo café de cuarta categoría por un frapuchino mediano descafeinado, me gusta imaginar que yo también tengo que regresar corriendo a la oficina porque uuuuh, mi jefe me regaña...

Y luego me acuerdo que soy freelance. Y algo dentro de mí se hace pedacitos, se rompe como cristal cortado, se derrite de vergüenza y autocompasión. No soy asalariada. No tengo prestaciones. No tengo horarios.

Trabajo en casa. Nadie me vigila. No tengo por qué chatear a escondidas, ni bajar a cada rato por un chunche hiper-azucarado como pretexto para que me dé el sol. Puedo maldecir al jefe, porque el jefe soy yo (bueno no: hasta los frílans tienen jefes, pero están allá en sus oficinas y no dan un cacahuate garapiñado por nosotros). Puedo trabajar en ropa interior, si trabajar en ropa interior fuera mi deseo y no una extrapolación de los deseos que la televisión me ha impuesto desde 1992, año en que empecé a entender lo que veía en la caja idiota.

El lado amigable: puedo hacer citas a horas inusuales. Ir al cine a la función de matiné. Ponerle a mi ropa Vel Rosita. Levantarme tarde. Comer frente a la computadora. Decirle al jefe que estoy muy apurada y pasar toda la tarde leyendo chismes en Perez Hilton y luego "esnifar" coca para tener un "rush" de adrenalina y trabajar como autómata hasta las 4,30 AM (ay: ustedes saben que no me meto drogas, salvo heroína y peyote y LSD).

En realidad, no me desagrada. Anoche soñé que volvía a la agencia, pero no a la zona Cheil que era divertida y donde estaba la salita de peloteo con un Xbox que nadie usaba y unos puffs hiper-cómodos donde me echaba unas siestecitas clandestinas y eso... sino al emporio Samsung. Tener jefes coreanos idiotas que apestaban a ajo y comían con la boca abierta y cada frase la terminaban con su "ooooo-ooo-oooh" usual. Y era horrible: la perspectiva de enclaustrarme de por vida en horario de oficina y con todos los ojos sobre mí y mi conducta y mi monitor y mi atuendo.

Desperté con estertores.

Lo único que me saca unas ganas de llorar es la idea de que mi casa ya no es ese recinto del descanso y esparcimiento que solía ser cuando la oficina y la escuela estaban en otros edificios y otros lugares. Llegar por la noche exhausta no significa sentarme a ver la televisión mientras desconecto cada neurona y enlace cerebral. En la mayoría de los casos, significa que tengo trabajo pendiente y que me sentaré frente a mi Wenceslao, comeré gomitas, tomaré té negro, tuitearé sin descanso y maldeciré a los dioses mientras avanzo tortuosamente.

Y entonces, en ese universo particular del frílans, el tiempo se expande y adquiere autonomía propia: ya no obedece a sus propias reglas, sino a otras, menos amigables, más elusivas... pero también más moldeables. La posibilidad de establecer un horario propio requiere una disciplina que, al menos yo, sencillamente no tengo. De ahí que todo se retrase, todo adquiera el tinte de la madrugada y del deadline tormentoso, y que todo suceda en una realidad paralela.

Ojalá todos los freelances del mundo nos unamos. Les exigiremos al gobierno y a la sociedad más infraestructura: no me refiero a los cafés, los restaurantes y los asientos de metro donde usualmente llevamos a cabo nuestras labores. Me refiero a una oficina universal donde los ilustradores, escritores, periodistas, programadores, pintores, comerciantes y artistas varios se congreguen para sentir un poco lo que son los horarios y la vida ordenada. Una oficina donde haya café sabor a calcetín, tarjetón de entrada, una recepcionista inepta y hora de salida a las 6 en punto, para irnos caminando bajo la lluvia a la parada de microbús o a la entrada del metro con la sensación del deber cumplido.

No es mucho pedir. Creo.


19 de junio de 2009

Conexión ideológica



Ayer, lo que debía ser un jueves con cervezas y charlas insulsas, se convirtió en un debate improvisado que saltó del voto nulo a temas tan ríspidos como el aborto, la religión católica, la pobreza en México, la pena de muerte y la conveniencia de erigir a Lupita Loaeza como líder sensible del pueblo. Hubo connatos de bronca: arrojé mi chela al piso y grité que cuando una mujer me decía que estaba contra el aborto, algo dentro de mí moría (como dicen los gringos: "tomato, tomate", porque en realidad jamás me atrevería a desperdiciar el sagrado líquido de la levadura).

Ya sé que uno no se debe meter en conversaciones así, teniendo temas tan grandiosos a la mano: los Jonas Brothers, la última actualización de Twitter, si alguien ya vio la película esa donde hacen una porno, quién prefiere el frío y quién prefiere el calor, cuál es el mejor cereal de fibra, lo que soñamos anoche, y la conveniencia de erigir a Lupita Loaeza como líder sensible del pueblo.

Sin embargo, lo hicimos. Hubo frases como "esa pendejada que acabas de decir" y "estoy en desacuerdo porque..." y "métete tus creencias por tus partes nobles" y "¿te refieres a mi sangre azul?" y "no, sabes a lo que me refiero" y "no, no sé a lo que te refieres" y "pues ya sabes... el... asterisco" y "¿el asterisco? ¿Cuántos años tienes? ¿12?" y "sí, mi terapeuta me dijo que mi edad mental es de 12... y medio" y "todos son putos", etcétera.

Luego alguien quebró una botella contra el piso y nos amenazó a todos mientras se desgarraba la playera y gritaba: "¡Stellaaaaaaaaaaa!".

En lo personal, no puedo desprenderme de mi ideología. Es el apéndice con el que vivo, escribo, leo, respiro y compro aguacates en la verdulería. No soy fundamentalista intolerante, y puedo convivir con algunos conservadorzuelos que votaron por Jelipe y creen en la "guerra contra el crimen" y se asquean cuando ven a dos putetes besándose. No, no soy intolerante, aunque por lo general les digo que se alejen de mi perímetro espacial y que vayan a persignarse y dibujo pentagramas a mi alrededor y pongo música de Alabama Thunderpussy en su presencia. Bueno, no.

He formulado una teoría: la de la conexión ideológica. Usualmente no pregunto a la gente a quien recién conozco por quién votó, pero en el 2006 solía hacerlo inmediatamente después del "mucho gusto". De la respuesta se esperaban dos reacciones en mí: decirle "hermano" o decirle "ten sexo contigo mismo" (que es mi castellanización para "fuck you").

En estos momentos aciagos, la ideología se ha diluido. La polarización del 2006 ya no existe: esas peleas con amigos, hermanos y tíos abuelos; los debates interminables, la voraz lectura de todos los columnistas de todos los periódicos de todas las facciones; la opinión certera y dilapidante. Ahora, decepcionados o desencantados o ligeramente más distraídos por el Twitter y el YouTube y Perez Hilton y la la conveniencia de erigir a Lupita Loaeza como líder sensible del pueblo... y, ¿en qué iba?







--laguna mental--





¡Ah! Sí, ahora ya no tomamos partido tan fácilmente. Nos da un poco de vergüencita: ¿quién en su sano juicio le daría su voto a los dinosaurios? ¿A los mochos? ¿A los chuchos? ¡Estamos castrados políticamente! ¡No tenemos opciones! Ergo: la gente opta por el voto nulo. Y, entonces, la apatía: el voto nulo tiene más simpatizantes porque requiere poca concentración, no es como si tengas que decidirte por nadie ni investigar la trayectoria de ningún aspirante a diputadete ni saber en qué distrito vives ni nada de eso... Sólo tienes que poner una sentencia jocosa en la boleta, algo como "¡Tengan sexo con ustedes mismos, contadores de casilla!", que en el mejor de los casos resultarán ser tus tíos, primos y amigos que no tienen vela en el entierro.

Pese a toda la jocosidad venidera el 5 de julio, sigo instalada en mi ideología (que no es lo mismo que partidismo). Odio a los jipis comeflores que se ponen colguijes, pasan los domingos en Coyoacán, y dicen cosas como "carnal", "hermano" y "suave". Odio a los conservadores. Odio a los apáticos y a los apolíticos. Pero defiendo lo que los jipis defienden -cuando no están drogados ni comiendo peyote en Real de Catorce ni danzando en una plaza por unas monedas-, que son asuntos de índole liberal: el aborto, las sociedades de libre convivencia, la conveniencia de erigir a Lupita Loaeza como líder sensible del pueblo...

Me siento cercana a los que piensan de esta manera (salvo si usan colguijes y todo eso, porque entonces me dan ganas de patearlos). Así que todavía, a veces, cuando por ejemplo hay dos sujetos en mi casa trabajando en una mesa, y yo estoy en mi Wenceslao pergeñando un texto, volteo hacia ellos y les pregunto por quién votaron. Y cuando me responden y me dicen, me siento mejor. Y cuando decimos lo decepcionados que nos sentimos por aquel por el que votamos, me siento aún mejor.

Mi conexión ideológica es muy simple. O no. Ten sexo contigo mismo.


7 de junio de 2009

Regresiones


La otra noche tuve una regresión vívida: eran vacaciones de verano y Lety, Laura, Araceli (hermanas y mis mejores amigas desde pequeñas) y yo estábamos en una tiendita de abarrotes en la que ellas estaban trabajando de medio tiempo, mientras la familia estaba de vacaciones. Nos comíamos todas las papas Barcel y los helados Holanda, y los apuntábamos en nuestra "cuenta": la última hoja de un cuaderno, con especificaciones de productos que iban sumándose hasta concentrar deudas extremas como 30 ó 40 pesos. De pronto, se nos ocurrió meternos a la casa ajena y hacer llamadas por teléfono.

Una vez ahí, quise averiguar mediante una llamada telefónica quién le gustaba al que a mí me gustaba. Era un método idiota en lo aparente, pero funcionó a la perfección. Sencillamente, a los 11 años no te parece absurdo hacer una llamada anónima y preguntarle al que contesta: ¿quién te gusta?

Así que lo hicimos. El interfecto cayó en la trampa y contestó de la forma más honesta posible.

Pamela, dijo. Pamela le gustaba.

Lety se quedó con el teléfono en la mano, mirándome con algo que a la fecha no sé si definir como lástima o complicidad amistosa. Colgó de inmediato y me dijo: "al fin que está bien feo".

Esa fue la primera vez que me rompieron el corazón con todas las de la ley... porque antes podía jugar a que los que me gustaban eventualmente se fijarían en mí, que eventualmente tendría novios, que eventualmente le resultaría atractiva al sexo opuesto. Aquí no había forma de justificar lo que era evidente: a él le gustaba Pamela y no yo. No tendría por qué mentir, pues las llamadas anónimas con preguntas así eran frecuentas y la norma dictaba hablar con el corazón.

(tres semanas después, el interfecto le "llegó" a Pamela. Ella, para hacerlo todo aún más teatral, era una tipa precoz, relajienta, que decía groserías y tenía faltas de ortografía: era un asco de persona, pero le gustaba a él, y fueron novios durante tres horribles semanas)

La historia tuvo un final infeliz, y no fue la primera vez que sufrí decepciones amorosas de tal intensidad. Y, como entendí después, esos pequeños fracasos permanecen grabados en algún lugar de la memoria, para manifestarse en pequeñas neurosis e inseguridades de la vida adulta. Son los primeros puntos de un largo expediente amoroso, que se vuelve más complejo en lo aparente pero que en el fondo sigue siendo primitivo.

Ejemplo: en el primer capítulo de High Fidelity, el protagonista cuenta sus 5 rupturas más dolorosas en orden cronológico. La primera fue casi idéntica a la mía, aunque no tan perdedora, y más tarde dice que si hiciera el conteo en una escala de dolor, ésa iría directo al segundo lugar: la humillación preadolescente siempre es dolorosa porque es la primera y porque marca un punto de salida.

Ahora pienso en todos los que tuvieron comienzos felices en su vida amorosa. En todos esos estupidines que querían con la rubia chimuela del salón, y terminaron besándola; en las pamelas con mala ortografía que lograron que el que mejor jugaba fútbol les "llegara"... y pienso en si esto determinó de algún modo el éxito o fracaso de sus futuras relaciones. ¿Será verdad que estamos predeterminados por esas breves pero lamentables decepciones amorosas? ¿Que los que empezamos con el pie izquierdo vamos a cojear por siempre en nuestros encuentros con el sexo opuesto (o el propio, según la orientación)? ¿Es inevitable que ante el chispazo de atracción hacia una persona tengamos siempre, una y otra vez, la regresión a la llamada telefónica en la que se escucha el pamela tajante y lacerantemente?

No sé, pero me da curiosidad: ¿alguien alguna vez tuvo un final feliz con el idiota que se sentaba al final del salón y le arrojaba papelitos con un popote para "llamar su atención"? ¿Hubo quien anduvo con su amor platónico de la adolescencia? ¿Hay personas que se libraron de sufrir esa humillación puberta?

Por lo que a mí respecta, me gustaría dejar de recordar esa llamada cada que conozco a alguien. Me gustaría seguir adelante sin el temor secreto a que en algún momento diga, de forma sincera y sin agendas ocultas, que le gusta la muchacha pamela en realidad. Porque no importa cuán recientes tengamos los éxitos de nuestra vida (todos los "te amos", los ruegos y las lágrimas de otra persona, incluso si la correspondíamos), a la hora de la verdad ese pequeño fracaso tiene más peso que, digamos, 7 años de éxito irregular.












PD. Odio a las mujeres que se llaman Pamela, ¿qué clase de puñetero nombre es ese? JÓDANSE.


29 de mayo de 2009

Sensación apocalíptica


Hace un mes, cuando tembló en los días en que la influenza nos hacía pensar en el final precipitado de nuestras vidas, yo estaba en junta en Coyoacán y ni sentí nada. Cuando mi papá me marcó al poco rato, algo preocupado, ni siquiera sabía que acababa de temblar.

Más tarde, vi fotografías de la gente evacuando los edificios con tapabocas en la cara. Algunas mujeres lloraban. Hubo muertes, pero por paro cardiaco. Todos estábamos asustados: la crisis, la influenza y encima nos temblaba. El horror era natural y entendible, como si estuviéramos cumpliendo una manda o nos hubieran salado o pagáramos algún karma o cualquier otra bobada
 que nos hiciera pensar en nuestra condición de mártires mexicanos.

La última vez que tembló, lo escribí, yo estaba en mi cuarto, con Wenceslao en las piernas (Wenceslao es mi "ordenador", y no un chileno con mucho vello corporal, como a mí me gustaría). También escribí acá que siempre siento ese movimiento ondulatorio, producto de los desmadres de mis vecinos. Lo que no escribí es que, antes, esos movimientos me daban risa. Ahora me dan pavor.

Otro día, mientras comía con mi papá, me recomendó que en un temblor me suba a la azotea. Es más seguro: si el edificio cae, siempre lo hará como un sándwich al que aplasta el pie todopoderoso de dios. Si osas salvarte bajando por los tres pisos de escaleras, lo más seguro es que quedes atrapado en algún punto impreciso entre el jamón y la cebolla en rodajas.

Morir entre los escombros o acabar con las dos piernas fracturadas. Um, no es tan difícil elegir.

Anoche tuve un sueño raro, propiciado tal vez por el hecho de que dormí sin pijama, atrevimiento que casi nunca cometo. En mi sueño temblaba o, más bien dicho, había un terremoto. Yo estaba otra vez en mi cama, en calzones -
sólo en calzones-.

(Paréntesis: como en película gringa, ¿no les pasa que se sueñan con la pijama que traen puesta? A mí siempre me pasa, y por eso vivo mis aventuras con chilenos velludos vestida con pantalones holgados de Los Simpson o de rayitas o de puntitos, y jamás con algo sexy que me haría deseable ante un chileno velludo.)

En los segundos en que todo se mecía estrepitosamente, yo alcanzaba a pensar que no podía salir huyendo de mi casa en calzones y preguntarle a mis vecinos, como la última vez, si estaba temblando. Entonces me vi en la difícil decisión de salvar a Wenceslao o salir en calzones.

Ganaba Wenceslao.

Acto seguido, y después de la balconeada de salir huyendo de un terremoto en cueros, me salvaba por esos impasses de los sueños en que de pronto ya estás en otra escena persiguiendo a unos motociclistas coreanos sin saber realmente por qué.

Pero me proponía salir de ese edificio e irme a vivir a una casa de un piso. Mi casero, ese cerdo insensible, me decía que había firmado un contrato y un pagaré, y que me fuera mucho a la chingada. Yo le decía que tenía abogados, así con ese, como los diez abogadillos de Burns que salen de una pared deslizable en su oficina y sin decir nada hacen gritar a Lionel Hutz.

Luego, en otro impasse, estaba recorriendo lo que yo pensaba era mi barrio, en búsqueda de otro lugarcito para vivir. Los vecinos coreanos de la Juárez estaban ahí, pero era como si estuviera
de hecho en Corea. Había tiendas insalubres donde vendían pollos rostizados y tipos de peces que jamás has escuchado en tu occidental vida. Y las coreanas estaban vestidas muy coreanamente fashion, y yo pensaba: a lo mejor no está tan mal vivir acá. Y luego sabía que me iban a robar porque había dejado la puerta abierta, así que corría de nuevo a mi edificio y perseguía a los ladrones por azoteas, mientras que mi mamá iba detrás de mí (raro, raro, raro, como todos los sueños). Lo chistoso es que al final me daba cuenta de que sólo me habían robado el apartejo del Sky, y yo les lanzaba una risita nelsoniana y les decía: "¡Pendejos! Tenía mi Wenceslao en el escritorio!".

En fin. Cuando desperté, tenía una sensación desagradable. Mezcla de indefensión, molestia e incertidumbre. Desasosiego pues. Miedo a morir, para ser más exacta y someterme al escarnio público.

Pensémoslo un segundo: ¿qué hay de toda la gente que murió en los escombros del 85? Fueron unos minutos apenas y PAM: ya no existían. Murieron dormidos -fue tan temprano en la mañana- o mientras se bañaban o mientras desayunaban. Y no hay registros, no hay forma de retratar su pequeña agonía, ni algún homenaje como no sea el oficialista.

Estuve todo el día con ese pensamiento y el día me respondió portándose nublado, lluvioso y propicio para la depresión estacional. En el banco me senté en una silla con los audífonos puestos, como adolescente con miedo a morir, y vi a una señora con unos zapatones infames, unas zapatillas ergonómicamente tortuosas con las que no podía ni caminar. Y llegué a conclusiones muy filosóficas, como el afán por sufrir innecesariamente, metáfora representada en los zapatejos del mal:


Me intrigó tanto que tuve que sacarle una foto de contrabando. ¡Y los dedos! Había uno encima de otro, no les miento. Cuando se sentó se revisó las pezuñas y los acomodó de nuevo. Y yo pensé: qué tan insensible debes haber dejado tus pies para no sentir que tienes los dedos hechos madeja.

¡Mueran, zapatillas incómodas!

Y con esta metáfora elevada, termino mi post. Piénsenlo un momento.