El problema, descubrí hoy, es que no sé cuál es mi personalidad. Cómo soy en realidad. No lo tengo claro. Entonces se me dificulta relacionarme con las personas. Con algunas aparece una personalidad rudimentaria, con la que me es fácil conducirme: reímos, charlamos, nos vamos a nuestras casas. Con otras el asunto es menos definido, entonces digo cosas, me pongo roja, me voy a mi casa. Con otros tengo la batuta concedida, así que me regocijo en ese ego difuso y la cosa se queda ahí, me voy a mi casa. Con otras soy demasiado sincera, entonces lloro y hablo de mis teorías y de mi visión del mundo y recuerdo mis cosas favoritas (mis citas favoritas, mis momentos en el cine favoritos, mis sensaciones favoritas, mis conclusiones favoritas a hechos de mi propia vida), y siento cierta conexión, cierto puente invisible, y entonces me voy a mi casa. Pero en cualquier caso con ninguna persona es igual y lo que tengo con unas se pierde en otras, y nadie es como ese zorro domesticado. No por completo.
"En el mismo tenor", ya hablé algunos posts atrás de la idea de matar al blog. Este post, por ejemplo, empecé a escribirlo en Tumblr. Las cosas se dan más fácil por allá, aunque se pierden entre fotos sin sentido y mucho basura visual. La realidad es que mi blog, mi querido blog, al que nunca pensé abandonar, con el que creí llegar (como mencionó Gaby el sábado) hasta sus últimas consecuencias, ahora me avergüenza mucho. Ya no me reconozco ahí. No me reconozco en posts como éste o éste o éste o éste. Carajo, ni siquiera me reconozco en éste, que escribí hace unos meses. Creo que a esta edad -tengo tiernos 24 años- es muy fácil cambiar. Y hacerlo con rapidez. No soy, ni por accidente, la misma que en 2005 empezó a escribir un blog llamado La Isla a Mediodía. Soy otra persona, en muchas y variadas formas. Hay llamas, brasas ardiendo, de la persona que siempre he sido: mi configuración de la vida, la educación que recibí, el tipo de cultura que consumí y las personas que conocí, y toda esa clase de experiencias que no mueren y que permanecen desde que tenía diecinueve años. Pero al mismo tiempo han ocurrido tantas cosas que es inevitable sentir que cada vez me alejo más de esa persona. Eso está bien.
Entonces, como si fuera algo de veras tan importante, siento que este blog ya no refleja lo que soy ahora. Fueron cinco años importantes, pero ya están vividos. No puedo prolongarlos, ni asirme a ellos como si fueran el soporte de mi barco, pues acaso sólo son su decoración. Una decoración incómoda, como las fotos de adolescencia: horribles, embarazosas, decepcionantes. Desde luego, sería lindo pensar que puedo seguir escribiendo aquí y contrastar lo escrito en 2005-2006 con lo que pueda escribir en 2015. ¿Pero tendrá algún sentido? ¿No debo dejar este blog como un bello y doloroso recuerdo de mi primera juventud, y seguir adelante con lo que sigue? Ya ni siquiera me siento cómoda escribiendo tan puntualmente de lo que me ocurre a diario, con una fidelidad exacta e innecesaria: que si encontré un taxista idiota, que si me fui a Oaxaca o estuve en Nueva York (no lo creí posible así, tan inesperadamente), que si me comí unos tacos que me hicieron daño, que si me regañaron en mi trabajo o mi jefe de hace tres años era un idiota. Qué importa. No vine al mundo a ventilar mi vida. Hay otro objetivo, estoy en busca de él, y no sé... Sé que no es éste.
Por lo pronto, no sé qué hacer con esto. No me gusta ni releer archivos pasados. Mi autocrítica hace pedazos todas las pavadas de acá y... no sé. Dejémoslo en eso nada más. En el no saber.




















