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29 de mayo de 2009

Sensación apocalíptica


Hace un mes, cuando tembló en los días en que la influenza nos hacía pensar en el final precipitado de nuestras vidas, yo estaba en junta en Coyoacán y ni sentí nada. Cuando mi papá me marcó al poco rato, algo preocupado, ni siquiera sabía que acababa de temblar.

Más tarde, vi fotografías de la gente evacuando los edificios con tapabocas en la cara. Algunas mujeres lloraban. Hubo muertes, pero por paro cardiaco. Todos estábamos asustados: la crisis, la influenza y encima nos temblaba. El horror era natural y entendible, como si estuviéramos cumpliendo una manda o nos hubieran salado o pagáramos algún karma o cualquier otra bobada
 que nos hiciera pensar en nuestra condición de mártires mexicanos.

La última vez que tembló, lo escribí, yo estaba en mi cuarto, con Wenceslao en las piernas (Wenceslao es mi "ordenador", y no un chileno con mucho vello corporal, como a mí me gustaría). También escribí acá que siempre siento ese movimiento ondulatorio, producto de los desmadres de mis vecinos. Lo que no escribí es que, antes, esos movimientos me daban risa. Ahora me dan pavor.

Otro día, mientras comía con mi papá, me recomendó que en un temblor me suba a la azotea. Es más seguro: si el edificio cae, siempre lo hará como un sándwich al que aplasta el pie todopoderoso de dios. Si osas salvarte bajando por los tres pisos de escaleras, lo más seguro es que quedes atrapado en algún punto impreciso entre el jamón y la cebolla en rodajas.

Morir entre los escombros o acabar con las dos piernas fracturadas. Um, no es tan difícil elegir.

Anoche tuve un sueño raro, propiciado tal vez por el hecho de que dormí sin pijama, atrevimiento que casi nunca cometo. En mi sueño temblaba o, más bien dicho, había un terremoto. Yo estaba otra vez en mi cama, en calzones -
sólo en calzones-.

(Paréntesis: como en película gringa, ¿no les pasa que se sueñan con la pijama que traen puesta? A mí siempre me pasa, y por eso vivo mis aventuras con chilenos velludos vestida con pantalones holgados de Los Simpson o de rayitas o de puntitos, y jamás con algo sexy que me haría deseable ante un chileno velludo.)

En los segundos en que todo se mecía estrepitosamente, yo alcanzaba a pensar que no podía salir huyendo de mi casa en calzones y preguntarle a mis vecinos, como la última vez, si estaba temblando. Entonces me vi en la difícil decisión de salvar a Wenceslao o salir en calzones.

Ganaba Wenceslao.

Acto seguido, y después de la balconeada de salir huyendo de un terremoto en cueros, me salvaba por esos impasses de los sueños en que de pronto ya estás en otra escena persiguiendo a unos motociclistas coreanos sin saber realmente por qué.

Pero me proponía salir de ese edificio e irme a vivir a una casa de un piso. Mi casero, ese cerdo insensible, me decía que había firmado un contrato y un pagaré, y que me fuera mucho a la chingada. Yo le decía que tenía abogados, así con ese, como los diez abogadillos de Burns que salen de una pared deslizable en su oficina y sin decir nada hacen gritar a Lionel Hutz.

Luego, en otro impasse, estaba recorriendo lo que yo pensaba era mi barrio, en búsqueda de otro lugarcito para vivir. Los vecinos coreanos de la Juárez estaban ahí, pero era como si estuviera
de hecho en Corea. Había tiendas insalubres donde vendían pollos rostizados y tipos de peces que jamás has escuchado en tu occidental vida. Y las coreanas estaban vestidas muy coreanamente fashion, y yo pensaba: a lo mejor no está tan mal vivir acá. Y luego sabía que me iban a robar porque había dejado la puerta abierta, así que corría de nuevo a mi edificio y perseguía a los ladrones por azoteas, mientras que mi mamá iba detrás de mí (raro, raro, raro, como todos los sueños). Lo chistoso es que al final me daba cuenta de que sólo me habían robado el apartejo del Sky, y yo les lanzaba una risita nelsoniana y les decía: "¡Pendejos! Tenía mi Wenceslao en el escritorio!".

En fin. Cuando desperté, tenía una sensación desagradable. Mezcla de indefensión, molestia e incertidumbre. Desasosiego pues. Miedo a morir, para ser más exacta y someterme al escarnio público.

Pensémoslo un segundo: ¿qué hay de toda la gente que murió en los escombros del 85? Fueron unos minutos apenas y PAM: ya no existían. Murieron dormidos -fue tan temprano en la mañana- o mientras se bañaban o mientras desayunaban. Y no hay registros, no hay forma de retratar su pequeña agonía, ni algún homenaje como no sea el oficialista.

Estuve todo el día con ese pensamiento y el día me respondió portándose nublado, lluvioso y propicio para la depresión estacional. En el banco me senté en una silla con los audífonos puestos, como adolescente con miedo a morir, y vi a una señora con unos zapatones infames, unas zapatillas ergonómicamente tortuosas con las que no podía ni caminar. Y llegué a conclusiones muy filosóficas, como el afán por sufrir innecesariamente, metáfora representada en los zapatejos del mal:


Me intrigó tanto que tuve que sacarle una foto de contrabando. ¡Y los dedos! Había uno encima de otro, no les miento. Cuando se sentó se revisó las pezuñas y los acomodó de nuevo. Y yo pensé: qué tan insensible debes haber dejado tus pies para no sentir que tienes los dedos hechos madeja.

¡Mueran, zapatillas incómodas!

Y con esta metáfora elevada, termino mi post. Piénsenlo un momento.

10 de mayo de 2009

Y después de casi 10 días, regreso y...


Lo primero que encuentro, al pie de la puerta, es un recibo caducado.

Antes, en el primer piso, me ofrecí a subirle la maleta a una viejita que vive en el piso de arriba. A pesar de que traía dos bolsas y mi mochila, ahí me tienen subiendo cuatro pisos con la maletota, a paso de tortuga detrás de la vejuca que no se quitaba del paso. Me odio por cortés y bondadosa y socialmente sensible.

No me cortaron el gas, ¡albricias! Sus amenazas impresas en papel semitransparente no surten efecto en mí.

En el baño, el espejo hecho pedacitos sobre el lavabo. Supongo que una ráfaga de aire lo despegó. Eso, o el Acosador del 16 consideró muy atrevido venir a meterse a mi casa, y en lugar de oler mi ropa interior y romper mis fotos, fue y tiró el espejo del baño. ¡Uoh, qué sagaz!

En el refrigerador, un jugo de naranja casi a reventar, la leche Santa Clara convertida en delicioso queso Santa Clara, y un Ades de consistencia cercana al vómito.

Mi planta, muerta de sed.

Unos manchones azules en la pared del excusado.

Mi Wenceslao abandonado sobre el escritorio, cubierto de una fina capa de polvo.

Una bola de ropa sucia en un rincón. Trastes lavados sobre la tarja, ahora otra vez sucios.

El recibo de la lavandería. Mi ropa lleva ahí casi 10 días. La señora, quien antes solía llamarme Silvia pero ahora ya sabe que me llamo Lilián y que uso ropa interior con dibujos de animales de granja, debe pensar que morí de influenza.

Todo se ve tan abandonado.

Pero me siento inmensamente feliz de regresar a mi hogar.




Oficialmente: éste es el post donde más he hablado de mi ropa interior. Púf: como si lo quisieran saber.

2 de mayo de 2009

Un post por pedido

Así que, como buena maricona, metí un montón de ropa hecha bola a una mochila, me puse mi tapabocas de Magitel inútil (que por lo menos sirve para no sentirse desentonado en el metro) y me vine al pueblo de mis papás.

Acá hay comida casera y calimochos de a montones, así que es como un paraíso.

28 de abril de 2009

Si el universo no da un centavo por usted, mándelo al carajo y fabríquese sus propios tapacubrebocas


He pasado toda la tarde en labores de manualidad, lo cual sorprendería a todas mis profesoras de "artísticas", que tenían que contener el vómito en proyectil y la repulsión natural ante la vista de las porquerías que yo llamaba "manualidades" y "regalos del día de madres".

Mis dedos son torpes, excepto para la mecanografía. Escribo tan velozmente y con todas las teclas que la gente debería rendirme pleitesía todos los días, para enseguida escupirme si viera lo que yo aún llamo "manualidades" y "regalos del día de madres".

Este "hágalo usted mismo" fue inspirado porque hoy fue un día de LA CHINGADA. Un señor casi me atropella en Chapultepec: me gritó cosas que no deberían reproducirse en blogs que se cuidan mucho de no poner groserías como "verga", "pendeja" y "José Ángel Córdova". Luego hice otra vez peregrinaje por múltiples farmacias, con nulos resultados. Me subí a un microbús en Reforma y el idiota chofer se iba parando cada dos minutitos, como si estuviera impelido por una oscura fuerza que le ordenara: "vamos, detente por ninguna razón, pórtate como un imbécil, y sé desconsiderado con la prisa y desesperación de tus pasajeros". No me acordaba que todos los restaurantes estaban cerrados, e hice procesión con mi papá por todo el maldito centro histérico... Finalmente, tuvimos que meternos en una fondita de poco pelo en Bucareli, que tenía los pececitos de Jesús en la carta y en donde se tardaban exactamente ocho trienios en atender. Ahí había un par de señores devorando unos plátanos machos con crema. Fui a Soriana Tacubaya y una cajera babosa se portó muy, eh, babosa. Llegué a mi casa y me di cuenta de que el plomero arregló la perilla del calentador, pero provocó una gotera en la regadera que dejará muertos de sed a 100 millones de niños en Somalia...

Así que tuve una resolución:


FABRICAR MIS PROPIOS TAPACUBREBOCAS.


Instrucciones:

1. Hágase de los siguientes objetos: un paquete de Magitelas del color de su preferencia, un paquete de hilo elástico, tijeras, un lápiz, hilo y aguja.


2. Dibuje un contorno de tapacubrebocas sobre su tela.


3. Recorte.



4. ¡Shu-shu! No se apendeje con las declaraciones de estos pendejos. Continúe con su labor.



5. Cosa los lados con el hilito elástico por dentro. Tenga mucho cuidado de no pincharse los dedos. En tal caso, lance una imprecación lo suficientemente sonora como para que sus vecinos le tengan respeto y piensen: "esa chica sí que es ruda, será mejor no acercarnos a ella".


6. Cometa tantos errores como le sea posible. Ejemplo: desechar el contornito de cubrebocas porque, joder, no es práctico. Optar, luego entonces, por un rectángulo grande y sonriente. Pincharse los dedos. Gritar mariconamente. Meter los hilitos por donde no van. Repetir operación. Fijarse en YouTube cómo hacer uno. Repetir. Tenga especial cuidado en hacer puntadas chuecas e irregulares.


7. Listo. Tiene un bonito cubrebocas hecho de Magitela color verde, para presumir por la calle.


8. También hay en rosa.




9. Agregue lentes para un look más interesante, que hará que la gente lo vea con pánico por las calles.



¡Actualización alarmante!

El compadre D1eg0, que escribe su nombre con números y dice cosas como "está suave" y realmente cree que la publicidad salvará al mundo, puso en un comentario acá abajito que se parece al iconito que circula. No tenía idea de cuál iconito y luego Luis Frost me lo roló por messenger. Helo aquí:



Se le nota que quiere ser como yo.


27 de abril de 2009

¿Qué tengo que hacer para conseguir un cubrebocas?



No, en serio. ¿Qué diantres le pasa al universo? ¿Acaso tengo que pintarme la piel de verde, desorbitarme los ojos con un tenedor, raparme el cabello en sitios estratégicos y salir con muletas para que las putas farmacias me concedan el PRIVILEGIO de venderme un pedacito de tela con hilitos en cada lado?

Díganme si tengo que hacerlo, y lo haré. He visitado como 7 farmacias, no sólo en el DF sino en Querétaro (donde tuve oportunidad de ser parte de la ÚLTIMA reunión de la que formaré parte en mi vida post-adolescente), y en todas me dicen, apenas entro:

"NO, muchachita, no tenemos cubrebocas. ¡Salid de aquí inmediatamente!"


Tontos.

Subrepticiamente, este artefactito es más valioso e inalcanzable que los rubíes que la reina Sofía se ponía para irse de baile con su esposo Juan Carlos, el mismo de POR QUÉ NO TE CALLAS, JODER.




La gente no respeta a los hipocondriacos; nos tienen por dementes con problemas de autismo, nula vida sexual y baja autoestima. La verdad es que los hipocondriacos son los pioneros en algunos de los más increíbles avances en cuanto a calidad de vida se refiere:

1. Gel antibacterial.

2. Gotas de manzanilla para los ojos.

3. Descongestionantes nasales.

4. Vick Vaporub.

5. Yakult.

6. Las películas de Woody Allen.

7. Esponjas reforzadas con granito de las cuevas de Tuxtla Gutiérrez, para una exfoliación profunda.

8. Kleenex anti-virales. Los hay. Se vendieron por montones el pasado diciembre.


La verdad, ya lo dije, estoy aterrada. Pero el miedo es, por definición, irracional. No traten de convencerme de que un atropellamiento es más letal y probable, porque para mí es como si me hablaran en un dialecto mandarino que dejó de hablarse hace nueve centurias.

Lo expresé en Twitter: es irrespetuoso y ojete que la gente que está muuuuuy calmada nos hable con tanta condescendencia. Traten de, no sé, por una vez en su vida ser un POQUITÍN empáticos. No por ser tan ecuánimes están libres de contagio, cerdos.




En noticias más serias...

La ciudad no está exactamente vacía, pero hay algo en ella que sin duda está fuera de lugar. Como un cuadro en la pared ligeramente desviado ocho grados sobre su nivel: nada demasiado alarmante, salvo el hecho de que el 75% de la gente usa cubrebocas y te mira con desconfianza, pero de todos modos perturbador.

Como una gran fanática de las películas sobre el Holocausto Zombie, me siento un poco en ese estado de alerta en el que apenas intuyes que todo está por irse al caño. Estamos en el foco de la infección, en la ciudad -por las cifras- más peligrosa del MUNDO. Caminamos como por inercia, con miedo y parsimonia, sabedores de que un paso en falso y, sin más, la muerte. No quiero ser catastrofista, saben que no está en mi naturaleza -"sarcasmo"-, pero tengo miedo. No sé exactamente de qué, no lo tengo muy claro aún, pero me aterroriza pensar precisamente en eso: en el no saber.

Todos los desastres comienzan en la incertidumbre.

Actualización:

Las compras de pánico son asquerosas. Los productos más deseados son los jabones antibacteriales (¿cómo es posible que antes pudieras incluso elegir combinaciones exóticas, y ahora sólo te dejen los de olores feos de hierbitas y lácteos?), el Aderogyl y el Cevalín. Cambié todos mis jabones, que eran de glicerina y expelían aromas a baños noruegos, por puro Escudo ultra-protección de color y sabor de flojera. En la fila vi a una tipa que golpeaba el piso con el zapato, traía DOS tapabocas y compró como cuatrocientos diferentes productos de limpieza. Ahí supe lo idiota de nuestra actitud. Para no desentonar, hice lo propio.

Y me compré una planta. Es como mi zapatito de bebé en ¡Viven! Esta planta y yo llegaremos con vida al final de la epidemia:

Le tuve que comprar una maceta gay o no sería yo. La nombraré... ¡APE 2000!



25 de abril de 2009

Miedo a morir

Ayer me levanté a las 6 de la mañana, no por decisión propia sino obligada por las circunstancias. Estaba ligeramente cruda, lo admito, pero aún así tuve la suficiente presencia de ánimo como para ponerme unos pants y una sudadera con circulitos que marean si la ves de lejos.
Bajé mi bicicleta los tres pisos, al borde del colapso, y me lancé a una mañana infeliz. Di vueltas por el parque España, por la plaza Río de Janeiro, por el parque Luis Cabrera, a lo largo de Álvaro Obregón, por las calles de Tabasco y Tonalá, y finalmente a través de la infame ciclovía de Chapultepec. En mi trayecto me di cuenta de algunos hechos perturbadores:
1. Las mamás llevaban a sus hijos a la escuela. Unas por despistadas, y otras porque no les importaba que sus hijos murieran con tal de hacer su prueba Enlace. A unas y a otras les comuniqué, muy amablemente, que no había clases. También agregué un "tonta" al final de cada frase. Ninguna me hizo caso.
2. La gente usaba cubrebocas, y se alejaban cuando yo me acercaba para desearles un bonito fin de semana.
3. Algunos automovilistas me susurraban frases ininteligibles, sin importarles que yo trajera mis audífonos puestos y que por puro atrevimiento me pasara algunos altos, pero supongo que eran buenos deseos y recomendaciones de seguir por el buen camino.
Para cuando llegué a mi casa y me senté un rato a ver las noticias, una sensación inexplicable se apoderó de mí. Era una mezcla de incertidumbre y pánico. Miré mi kit anti-Holocausto Zombie, colgado en una vitrina sobre la pared, y pensé: creo que esto no nos servirá esta vez. Bajé las escaleras atropelladamente, armada de una bayoneta y siete cajas de somníferos, y les grité a los que pudieron oírme que estábamos perdidos. Luego subí de nuevo, clavé clavos en la puerta arbitrariamente, puse dos pedazos de madera en las ventanas, me metí a la cama con una linterna, y le recé a Alá que la fiebre pasara pronto.
Un par de horas después, motivada por la verdadera pandemia (la hipocondría, esto es), empecé a toser y a sentir que desfallecía. Me convencí de que estaba infectada, hecho muy explicable dado que la noche anterior había departido en un par de barecillos infestados de gente, de horrible gente infectada, y pensé que ya todo estaba perdido. La amenaza se había cernido sobre mí.
Siempre he tenido miedo de morir joven. Es un miedo absurdo, pero probable. Siempre que he tenido ocasión de sentirme cercana a la muerte -como cuando me atropelló una bicicleta o cuando una torta de choriqueso me cayó mal o cuando tuve la certeza de que estaba contagiada de ébola- pienso en una cosa solamente: mis pendientes. Todos esos archivos de Word a medias, con anotaciones jocosas como "introducir conflicto de intereses en el capítulo quinto" o "nuevo personaje: maniaco depresivo obsesionado con las fobias". Esos textos a medias que jamás podrán concretarse porque en vida no tuve la suficiente fuerza de voluntad para acabar todo lo que empezaba.
Naturalmente pienso en mis amigos y familia. Pero me imagino que se las arreglarán sin mí, y vuelvo a los archivos de Word: ¿qué será de ellos cuando muera?
Lo bueno es que resuelvo todo escribiendo posts tontísimos que no reflejen la verdadera preocupación y las verdaderas reflexiones y los verdaderos propósitos.
Tengo miedo de la influenza. Caí en el pánico colectivo.