Apenas en dos días, mi sangre ha sido víctima de dos estafas mayúsculas.
La primera: a mi hermano le robaron un vocho que tenía. Estaba estacionado en la calle, nadie daba una naranjada por él porque es un vocho y los vochos a quién le importan, pero igual ahí estaba. Lo peor, según me dijo mi mamá cuando hablé con ella hace un rato, es que se lo robaron DOS veces. Cuando creían que ya lo habían recuperado, y los policías ineptos y corruptelas fueron a avisar a la casa del robo (donde nadie se había dado cuenta, porque el vocho a quién le importa), resulta que ya otra vez se lo habían robado. Pobre vocho. Ahora a todos les importa un poquito más que antes, pero ya para qué si ahora seguro está desmantelado y mirándonos desde arriba en el cielo de los coches robados.
La segunda estafa la sufrió la sangre en mis venas, que lo único que deseaba era alcoholizarse un poco. Fui al Black Horse, que en miércoles es como el Waldo's Mart de las bebidas (a dólar antigüito la bebida: 12 pesos sin impuestos). Allá me encontré a la diseñadora de una de las empresas donde frilanseo, y más tarde al Vic, mi camarada de la agencia. Sin embargo, todo lo que yo quería era embrutecer un poco mis sentidos y con poco presupuesto.
¿Pero lo logré? ¡Por supuesto que no! Sus bebidas vilmente rebajadas y peor atendidas -cuánta tardanza por sólo 9 tragos de jalón- no me dieron ni risa. Una cerveza te embriaga más. Una bofetada te pone más contento. Una escupida reaviva más la adrenalina en el cuerpo de un luchador grecorromano.
¡Bah!
Pero eso sí: hubo zafarrancho como de cantina. Y lo tuve que soportar yo sola, porque las viciosas con las que iba se salieron a fumar. Vasos rotos, una tipa con un ojo morado, gritos, miedo y desorden general. Mis polainas con la sana diversión de miércoles por la noche.
Estafa estafa estafa.
Actualización:
Y ahora se nos mueren Michael y la Farrah. Maldita la hora en que el universo nos estafó. ¿Qué sigue, Alá? ¿Qué sigue?
La primera: a mi hermano le robaron un vocho que tenía. Estaba estacionado en la calle, nadie daba una naranjada por él porque es un vocho y los vochos a quién le importan, pero igual ahí estaba. Lo peor, según me dijo mi mamá cuando hablé con ella hace un rato, es que se lo robaron DOS veces. Cuando creían que ya lo habían recuperado, y los policías ineptos y corruptelas fueron a avisar a la casa del robo (donde nadie se había dado cuenta, porque el vocho a quién le importa), resulta que ya otra vez se lo habían robado. Pobre vocho. Ahora a todos les importa un poquito más que antes, pero ya para qué si ahora seguro está desmantelado y mirándonos desde arriba en el cielo de los coches robados.
La segunda estafa la sufrió la sangre en mis venas, que lo único que deseaba era alcoholizarse un poco. Fui al Black Horse, que en miércoles es como el Waldo's Mart de las bebidas (a dólar antigüito la bebida: 12 pesos sin impuestos). Allá me encontré a la diseñadora de una de las empresas donde frilanseo, y más tarde al Vic, mi camarada de la agencia. Sin embargo, todo lo que yo quería era embrutecer un poco mis sentidos y con poco presupuesto.
¿Pero lo logré? ¡Por supuesto que no! Sus bebidas vilmente rebajadas y peor atendidas -cuánta tardanza por sólo 9 tragos de jalón- no me dieron ni risa. Una cerveza te embriaga más. Una bofetada te pone más contento. Una escupida reaviva más la adrenalina en el cuerpo de un luchador grecorromano.
¡Bah!
Pero eso sí: hubo zafarrancho como de cantina. Y lo tuve que soportar yo sola, porque las viciosas con las que iba se salieron a fumar. Vasos rotos, una tipa con un ojo morado, gritos, miedo y desorden general. Mis polainas con la sana diversión de miércoles por la noche.
Estafa estafa estafa.
Actualización:
Y ahora se nos mueren Michael y la Farrah. Maldita la hora en que el universo nos estafó. ¿Qué sigue, Alá? ¿Qué sigue?




