En octubre del 2007 descubrí que yo no le gustaba a los hombres: los hombres sólo me acosaban. Que no podía gustarle a alguien sólo por gustarle, no: tenía que comportarse como un sicópata. Que había gente que podría considerarme una persona simpática y pasable, pero que los que no lo pensaban sencillamente se saltaban ocho pasos y procedían a perseguirme de manera patológica. Lo consigné aquí con mucho pesar.
En la secundaria no podía darme cuenta si le gustaba a alguien, así que pensaba que NO le gustaba a nadie. En la preparatoria ocurrió casi lo mismo. Al final de ella, sin embargo, fue cuando descubrí que no sólo le gustaba a alguien: que alguien me amaba. En silencio. A los 17, eso es como descubrir un cofre del tesoro debajo de un puente peatonal.
Mi relación con el sexo opuesto siempre ha sido extraña, dispar. Y extremosa. Un desierto árido que luego se sobrepobló. Una imagen primera, una impresión original de poco éxito con los hombres que luego se convirtió en esta extrañeza: uno que me jura que se mutilaría por mí, otro que jura que estamparía su coche en el primer árbol, otro que me marca al teléfono 67 veces el mismo día y manda mensajes cuando no le contesto y le importa bastante poco si le digo que tengo novio (inventado, por supuesto). Otro, como mi vecino del 16, que subió hace rato las escaleras corriendo y me tocó la reja y apenas si pudo hablar con la voz entrecortada por el esfuerzo.
Me dijo que fuéramos por un café. No le importó la hora que era, que yo venía cansada de trabajar, y que lo miraba con una mueca que podía ser muchas cosas, ninguna amistosa. Algo de miedo, repulsión, incomodidad, un poco de gracia. Pero miedo, sobre todo. Porque empezó a recitarme todos mis hábitos. Sabe a qué hora me levanto, a qué hora salgo de mi casa, hasta qué infame hora de la madrugada me duermo, cuándo me place cerrar las persianas y cómo estuvo encaramado en su ventana durante todo el rato que estuve colgando las cortinas de mi cuarto.
- Y pensaba: "yo te ayudo, yo te ayudo; asómate, por favor" -me dijo, con un nerviosismo que, lejos de ser tierno, sonaba enfermo. Y triste.
Como no acepté a nada, le dije que ya había cenado y que tenía mucho sueño, me invitó a comer... PALOMITAS DE CARAMELO. Es lo más arbitrario que me han invitado. Usualmente, la gente intenta comprarme con otras cosas, valiosas, por decir algo.
¿No somos unos idiotas, al estar infatuadillos (en mexicanismo: enculadillos) con alguien? Recuerdo, sí, no darme cuenta si le atraía a la gente cuando tenía 14 años -y muy seguramente, dado el caldo de hormonas y poca autoestima adolescente, no consideraba que fuera algo posible. Ahora es distinto, no porque atraiga a las personas por montones, sino porque adquirí (como el 97% de las mujeres al cumplir los 18) la habilidad de reconocer cuando tal hilaridad ocurre. Precisamente por eso es tan gracioso ver a la gente fingir, y por eso es tan gracioso prestarse a la fanfarria, y por eso es tan gracioso comportarse como una ilusa con los ojos vendados. Porque si te gusto, si te gusto, oh, y estás tratando de desviar mi atención... deja de preocuparte: ya lo sabía.
Si algo he aprendido en mi devenir amoroso es que nadie acepta una derrota. El manido recurso de "tengo novio" no sólo no es efectivo, sino que a veces es atrayente y, por lo tanto, doblemente perjudicial. Nadie, hombres o mujeres, considera la batalla perdida ante el conocimiento de que el objeto de nuestro afecto "ya está apartado". A lo más, aviva la batalla. Nos convierte en seres más perspicaces y encantadores.
Tengo un as bajo la manga, sin embargo.



