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9 de noviembre de 2009

Ejemplo de post del post anterior (metapost, pues)

El sábado, Luis Jorge dejó de ser mi amigo. Otra vez es el acosador.


Se escribe "Velvet", no me dejo caer a ningún lado y no soy tu nena... pues éste.


Abundaré. El viernes iba subiendo las escaleras con el camarada Reindertot, después de una visita relámpago a Tlatelolco y unos alambres (de comer), cuando me topé con el muchacho del 16. Me preguntó a dónde iba, cómo estaba y de cuál calzaba. A todo respondí con una mueca, mientras el camarada me hacía señas como preguntándome "así que éste es..."

Después, mientras el camarada descansaba, salí con los Candy y JP. Fuimos al centro, caminamos a lo tonto, le indicamos a un mochilero dónde había un hostal y finalmente entramos a una como fiesta en quién sabe dónde, pero era como un penthouse/bodega desde donde se veía todo el Centro Histórico. Estuvo fenomenal y nos pusimos hasta las chanclas y vimos un set de DJ acompañado de batería, que fue una de las cosas más "progresivas, weeee" que hemos visto en nuestra vida. Hasta recogimos un rin en la calle (aún no sé por qué) y nos lo llevamos de recuerdo.

Mientras tanto, el Acosador me mandó un SMS. Transcribo: "ya volvi de la calle ya te dormiste?". A lo que contesté algo escueto como "estoy en el centro". El Acosador, insistente, me contestó: "a que shido y si me imagino que a de seguir tu invitado en tu casa".

Ese ese-eme-ese para mí fue algo como "no estás sola, así que no puedo visitarte, así que nada, guiño guiño". O lo que es lo mismo: "me respondes, así que me das pie, así que me voy a lanzar, así que ya dejé de ser el amigo buena onda sin intenciones". Y después: "Pero cuando tu amigo se vaya, te puedo visitar, ya sabes, guiño, guiño". ¿Me equivoco?



















Oh, por Alá, creo que estoy muy paranoica.









¿O lo estoy?



4 de febrero de 2009

El acosador del 16


En octubre del 2007 descubrí que yo no le gustaba a los hombres: los hombres sólo me acosaban. Que no podía gustarle a alguien sólo por gustarle, no: tenía que comportarse como un sicópata. Que había gente que podría considerarme una persona simpática y pasable, pero que los que no lo pensaban sencillamente se saltaban ocho pasos y procedían a perseguirme de manera patológica. Lo consigné aquí con mucho pesar.

En la secundaria no podía darme cuenta si le gustaba a alguien, así que pensaba que NO le gustaba a nadie. En la preparatoria ocurrió casi lo mismo. Al final de ella, sin embargo, fue cuando descubrí que no sólo le gustaba a alguien: que alguien me amaba. En silencio. A los 17, eso es como descubrir un cofre del tesoro debajo de un puente peatonal.

Mi relación con el sexo opuesto siempre ha sido extraña, dispar. Y extremosa. Un desierto árido que luego se sobrepobló. Una imagen primera, una impresión original de poco éxito con los hombres que luego se convirtió en esta extrañeza: uno que me jura que se mutilaría por mí, otro que jura que estamparía su coche en el primer árbol, otro que me marca al teléfono 67 veces el mismo día y manda mensajes cuando no le contesto y le importa bastante poco si le digo que tengo novio (inventado, por supuesto). Otro, como mi vecino del 16, que subió hace rato las escaleras corriendo y me tocó la reja y apenas si pudo hablar con la voz entrecortada por el esfuerzo.

Me dijo que fuéramos por un café. No le importó la hora que era, que yo venía cansada de trabajar, y que lo miraba con una mueca que podía ser muchas cosas, ninguna amistosa. Algo de miedo, repulsión, incomodidad, un poco de gracia. Pero miedo, sobre todo. Porque empezó a recitarme todos mis hábitos. Sabe a qué hora me levanto, a qué hora salgo de mi casa, hasta qué infame hora de la madrugada me duermo, cuándo me place cerrar las persianas y cómo estuvo encaramado en su ventana durante todo el rato que estuve colgando las cortinas de mi cuarto.

- Y pensaba: "yo te ayudo, yo te ayudo; asómate, por favor" -me dijo, con un nerviosismo que, lejos de ser tierno, sonaba enfermo. Y triste.

Como no acepté a nada, le dije que ya había cenado y que tenía mucho sueño, me invitó a comer... PALOMITAS DE CARAMELO. Es lo más arbitrario que me han invitado. Usualmente, la gente intenta comprarme con otras cosas, valiosas, por decir algo.

¿No somos unos idiotas, al estar infatuadillos (en mexicanismo: enculadillos) con alguien? Recuerdo, sí, no darme cuenta si le atraía a la gente cuando tenía 14 años -y muy seguramente, dado el caldo de hormonas y poca autoestima adolescente, no consideraba que fuera algo posible. Ahora es distinto, no porque atraiga a las personas por montones, sino porque adquirí (como el 97% de las mujeres al cumplir los 18) la habilidad de reconocer cuando tal hilaridad ocurre. Precisamente por eso es tan gracioso ver a la gente fingir, y por eso es tan gracioso prestarse a la fanfarria, y por eso es tan gracioso comportarse como una ilusa con los ojos vendados. Porque si te gusto, si te gusto, oh, y estás tratando de desviar mi atención... deja de preocuparte: ya lo sabía.

Si algo he aprendido en mi devenir amoroso es que nadie acepta una derrota. El manido recurso de "tengo novio" no sólo no es efectivo, sino que a veces es atrayente y, por lo tanto, doblemente perjudicial. Nadie, hombres o mujeres, considera la batalla perdida ante el conocimiento de que el objeto de nuestro afecto "ya está apartado". A lo más, aviva la batalla. Nos convierte en seres más perspicaces y encantadores.

Tengo un as bajo la manga, sin embargo.

18 de octubre de 2007

Gente muy rara y acosadora

Ya ven que tengo mucha suerte con los acosadores.

Creo que los invoco.

Es como si dijera: “acosadores, ¡alejaos!” y ellos vinieran a mí y me persiguieran y me acosaran.

No puedo tener pretendientes normales. No. Tengo que tener acosadores. Como alguien cuyo apodo es Crocu y es muy motorolo y calvo de arriba y con cabello largo y que cada que me ve me toca el pelo y me dice que no le hablo porque tengo el cabello muy bonito y mientras lo hace mira un punto indefinido en el vacío.

En la bienvenida de mi facultad, *cierto* compañero tuvo la ocurrencia de presentarme a un amigo suyo que de lejos parecía persona normal y nadie por quien preocuparse. A medida que la charla avanzaba, confesó que desde un evento de dramaturgia en un museo me “había echado el ojo” y que, jijiji, traías unos zapatos cafés y una chamarra azul y el pelo así y asado y en un momento hiciste esto y luego lo otro, jijiji, qué coincidencia.


Aquí yo confieso que estaba un poco borracha y no noté nada de esto y hasta consentí que me acompañara a otra bienvenida esa misma noche y luego a mi casa y que al despedirnos, accidentalmente sus labios rozaran los míos.... No quiero ni recordarlo.

El suplicio comenzó temprano en la mañana: no debieron ser menos de ocho llamadas.
Y en la tarde. Y mientras estaba en otro lugar muy a gusto con otras personas. Y en la noche.

No desistió ni cuando le dije que estoy a punto de casarme de blanco en una iglesia barroca en el centro de Mixquic y que mi futuro esposo es un judicial que carga una metralleta de alto calibre en la parte trasera de su poderosa camioneta cuatro por cuatro, que casi siempre está ocupada por sus cinco perros Rottweiler que huelen a los extraños y les arrancan las articulaciones lentamente.

No.

In-sis-tió en ir conmigo a esto y no paró de hablar todo el tiempo a pesar de que le eché miradas asesinas. El jueves lo vi en un Oktoberfest de pacotilla en la facultad de al lado. Fingí que ya me iba. Treinta minutos más tarde volví a encontrarlo en otra fiesta a la que de seguro no estaba invitado (yo tampoco, pero eso qué) y cuando le dije que dejara de seguirme, me contestó: “¿Qué? ¿Te crees el ombligo del mundo?”

Y pues nos golpeamos.

Al final me dijo que no me sintiera tan culpable si le ponía el cuerno a mi “novio judicial” (recalco las comillas) y me sonrió como si estuviera a punto de convencerme. Yo había tomado muchas cervezas y aguas locas y todo me parecía muy simpático, así que no vi la necesidad de decirle que era el más grande PENDEJO del universo.

Hay más, pero en serio, en serio… No soy tan presumida.

Ay con estos acosadores.

23 de julio de 2007

Tengo cierta buena suerte con los acosadores y otras personas raras

Por ejemplo el sábado, mientras disfrutaba apaciblemente del concierto de Lucybell (necesitaba un pretexto para nombrarlo sin sonar monotemática.... o demasiado fanática... o muy grupi... o terca... o, ya saben: "ridícula"), me sucedió algo muy molesto: junto a mí estaba un tipejo de lentes de pasta que abría muchos los ojos y se reía por cualquier motivo. En el traqueteo usual (y en el hecho de que en un momento determinado me abandoné a una danza ritual que involucraba movimientos circulares de cadera y cabezazos aleatorios) rozábamos los brazos, pero no de una forma que uno supusiera sugestiva. Pero en una de esas el mono me tomó del codo y me dijo que fuéramos, aunque nunca supe a dónde. Mi negativa fue contundente (le lancé la mirada más monstruosa de la que soy capaz, dije "Nooooo" con voz firme y me refugié junto al panzón descamisado que arrojaba cerveza a todo mundo, quien sin duda era una persona más decente), pero al poco rato el tipo regresó y otra vez quiso propasarse de esa forma imbécil y poco efectiva con su servilleta.

Nunca me habían acosado en medio de un concierto. No resultó. Se llama Juan y vamos a casarnos.

Lo bueno fue que después me hice de una amiga muy simpática y la plática fue harto agradable. Es muy bonito hacer nuevos amigos y tomarse de las manos y recorrer el arcoiris en primavera y comp
artir las coca-colas. Con Leslie llegué hasta adelante y casi la dejo sorda cuando celebré exaltadamente el hecho genial de que Claudio haya cumplido su palabra de caballero (en medio de la entrevista que les hice, ejem, surgió sin intención la petición de que tocaran cierrrrta canción que nunca tocan... ¡Y la tocaron!) (la verdad se estaba convirtiendo en un asunto de orgullo) (decía, con cada canción que acababa, "si la próxima no es Rojo Eterno me voy a enojar y luego de pasado el enojo, voy a llorar") (pero cuando la tocaron pensé "Sí, ¡la tocaron por mí, por mí, por mí!" y me dieron ganas de pararme en los hombros de Leslie y comunicarle a la concurrencia entera que esa canción la había pedido yo y que fue...) (pero no lo hice).

Dramatización de ese momento cumbre:


Claro que en la versión real los globos no eran tan grandes ni tan blancos.


Por cierto que me encontré al mánager y dijo que ya había leído la entrevista y que muy buena y que oye a qué hora vas por el pan. Los chilenos mienten agradablemente.

¡Ah! El título del post. En el camión se sentó junto a mí un jotín que hablaba solo.

Buenísimo concierto. Tocaron mis favoritas. Discutí broncudamente con mi carnala y dimos gran show en medio de la calle. Bien genial.

Pero fue un sábado bastante agradable. Por la tarde fui al Rufino Tamayo con Mario Flores (quien no es nada abominable como él mismo se presenta por la blogósfera, pero sí tiene mucho vello corporal) y comprobé que tiene toda la razón del mundo: los helados de higo son el invento más delicado y con más onda de toda la humanidad.

Ya hice las paces con mi carnala. No lloren.

¡Ah! Ese jotín que hablaba solo...

12 de julio de 2007

Del ruso que me acosaba

Hace dos días estaba viendo Borat y me acordé de porrazo de un episodio vergonzoso de mi vida.

Yo fui acosada por un ruso horrible.


Hace como un año y medio estaba su servilleta caminando plácidamente por las inmediaciones de la facultad de Lenguas y Letras, lugar donde abundan extranjeretes poco agraciados (y el sitio menos propicio para hacer bromas racistas del tipo “eh, negro, vete a piscar algodón”... Esto lo descubrí de la peor forma posible).

En eso que se me acerca un tipo larguirucho, de cabello y pestañas blancas. Me preguntó para dónde estaba la facultad de Contaduría y yo, que soy una persona sumamente cortés, le expliqué todo de una manera comprensible y concisa. Pero después el tipo, que resultó ser ruso recién desempacado en tierras mexicanas, preguntó más y más cosas y como mi cortesía no conoce límites, respondí a todas con mi mejor cara.

Y así fue que comenzó el periodo más gris de mi vida.

Ya ni recuerdo su nombre (creo que era Vladimir, pero lo olvidé; a lo mejor era Boris o Sergei u otro nombre ruso típico como... Vladimir.... o Vladimir), pero sí recuerdo que lo más perturbador de su aspecto eran esas malditas pestañas blancas, que en mi opinión son la prueba más infalible de la demencia de una persona. Es que, ¡por amor de Alá!, ¿qué mente enferma puede soportar a una persona que no tiene pestañas negras y lo mira a uno con parpadeos nevados que quién sabe cuántas perturbaciones esconderán?

El caso es que Vladimir se presentó esa misma tarde en el café donde su servilleta trabajaba. Primero tomé esto como una “agradable” coincidencia, pero a los dos minutos su plática absurda ya me había sacado de mis casillas. Luego me empezó a llamar por teléfono a todas horas y la verdad es que yo, aún amablemente, rechazaba todas sus invitaciones a comer o a beber vodka abajo de un puente. Después ya ni le contestaba y si se aparecía en el café fingía que tenía mucho trabajo y me ofrecía a llevar todos los pedidos con tal de no verle sus pestañas blancas.

La verdad, Vladimir hablaba puras estupideces y se reía muchísimo si yo decía palabras como “pasguato” o “tiene atole en las venas”. Y además tenía pestañas blancas, ¿ya mencioné ese detalle?


Me tomé la libertad de buscar fotos de rusos feos en la web, pero no encontré ninguno que se equiparara en fealdad con el bueno de Vladimir.


Sin embargo...





Algún tiempo después creí que ya me había librado de él, pero entonces comenzó a aparecerse en partes indistintas de la universidad. No había lugar del campus, por más inverosímil o apartado que fuera, donde no me encontrara al ruso y tuviera que soportarlo durante al menos tres cuartos de hora.

Después de unos seis meses creo que captó el mensaje y ya no lo vi más. Lo último que supe fue que estaba acosando a otra muchacha incauta de la facultad de al lado.

Me acordé de él porque, alguna vez, mencionó que su pueblo natal estaba cerca de Kazajstán. Creo que eso es lo único que recuerdo cabalmente de sus pláticas.

¿Moraleja? No hay moraleja, salvo dos consideraciones importantísimas:

1. No me gustan los güerejos desabridos y mucho menos si tienen pestañas blancas. Lo mío, lo mío son los morenazos de fuego que tengan mucho vello corporal, sí señor.

2. Considero como acoso cualquier insistencia que se prolongue por más de una semana y no obtenga respuesta satisfactoria de mi parte. Y no me gusta que me acosen. Salvo si son morenazos de fuego con mucho vello corporal.