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19 de octubre de 2010

...


Ya regresé al DF y todo comienza por segunda vez.

Al final, claro, no quería hacerlo. Deseaba quedarme con mi rutina, que era casi inexistente. Sé que no hay por qué aclararlo. El punto es que, para irme a Sudamérica, dejé mi departamento. Regresé un tiempo con mis papás, porque así podría ahorrar. Y ahorré. Como no pagaba renta, pude irme a Estados Unidos y recorrer Chicago, Pittsburgh, Nueva York, Boston... Fue un buen viaje. Pero luego volví.

Durante ese tiempo, ya había imaginado que ocurriría, caí en una depresión. No me pasaba desde la adolescencia y tampoco estaba preparada. Sigo lidiando con ella. Ya sé cómo funciona y sé que el proceso será largo, pero tengo todo el deseo de curarme. El primer paso era éste. Recuperar mi vida. Reordenarla, armar nuevas rutinas, ocuparme, ser productiva. Sólo me falta comprarme una mascota e intentar no matarla, lo cual está solucionado: mi roommate tiene un perro y dos gatos, y mi único trabajo es no asesinarlos por accidente.

Me siento como cuando Dawson arranca todos los pósters de Spielberg de su cuarto y sólo deja el "Imagine" de Lennon. Tengo mi pequeña crisis de fe. Cuestiono todo lo que soy, lo que hago y lo que puedo hacer. Mi mamá me dice que es natural. Pero poco a poco llego a la conclusión de que lo único que tengo es mi deseo de hacer algo, mi amor por eso, aunque sea mala en ello.

Qué año tan raro. Está dividido sólo en dos partes: mientras estuve fuera del país, viviendo sin entender, y mientras estuve aquí pensando hasta la náusea.

La foto de arriba es de mis nuevas llaves. Es un dedo zombie. No es metáfora de nada, pero es bonito y es mío. Allá afuera, en alguna parte, perdí un pedazo de mi vida. Quiero que esté ahí de nuevo, quiero alcanzarla con los dedos y tocarla y saber que existe. No deseo nada más que eso.



15 de julio de 2010

Random thoughts for Valentine's Day - 6 months later


A veces siento que decir "Eternal Sunshine of the Spotless Mind es una de mis películas favoritas de todo el puto mundo" es asquerosamente demodé. Por Alá, es tan 2004, es tan "Güey, Michel Gondry, ¿viste su video de Björk? ¿Lo viste? Güey, es lo más", es tan lugar común, tan todos la vimos y la amamos, tan no-indie, tan no-rara, tan no-de-culto precisamente por haberse convertido tan-de-culto. Escribir de ella me provoca la misma incomodidad que me provoca decir que también amo Fight Club, porque es la película favorita de toda una generación y casi siempre, de forma invariable, está en los perfiles de Blogger de una centena de sujetos.

Pero debo hacerlo. Siempre que la veo me conmuevo y lloro. Siempre termino pensando en esa idea tan bella de volver a hacerlo todo, sabiendo que terminará mal. A veces creo que la idea original de Kaufman, esa semilla brillante desde la que construyó toda la historia, no era la posibilidad de borrar a una persona de nuestra vida. Creo que su pensamiento original, su idea hermosa, era esa resignación poética ante la disyuntiva metafísica de volver a hacer las cosas que hicimos en el pasado, aún con la certeza de su fracaso.

"Si pudiera hacerlo todo de nuevo, si pudiera volver el tiempo y conocerte, lo haría todo igual". Creo que la única forma de ilustrar esa situación hipotética, para él, vino en la forma de Lacuna Incorporated: si borráramos a una persona de nuestra vida, si la conociéramos de nuevo, y si después de conocerla aprendiéramos de nuestra propia voz, de nuestra propia experiencia grabada en un casette, que esa persona llegará a cansarnos, que la relación se tornará hostil, contaminada e hiriente, que todo terminará mal... ¿seguiríamos adelante? Es tan bello pensar que Clementine y Joel, dos tipos totalmente ordinarios, aburridos, llenos de fallas y manías y vergüenzas, tan
rotos como el resto de la gente, deciden hacerlo.

Me gusta mucho este diálogo. Es tan simple y tan poderoso al mismo tiempo. Resume la aceptación de algo que terminará mal, pero que se sabe feliz, mientras dure.

Joel: I can't see anything that I don't like about you.

Clementine: But you will! But you will. You know, you will think of things. And I'll get bored with you and feel trapped because that's what happens with me.

Joel: ...Okay.


En la vida real no tenemos la posibilidad de saber qué pasará en el futuro, cómo resultarán las cosas con una persona, y sin embargo... ¿No decidiríamos hacerlo de todas formas?

La otra idea que me gusta mucho en la película es la subtrama de Mary Svevo y el Dr. Howard Mierzwiak. Creo que habla del destino. No importa que te borres de la cabeza a una persona, si todo tu ser, tu historia de vida, las cosas que te gustan, la forma en que te relacionas, y además
esa persona precisamente, lo que es, lo que significa, lo que hace en ti... si todo eso conspira para que te enamores, lo hará siempre, una y otra vez. No podemos escapar a eso.

Enamorarte una y otra vez de la misma persona, ¿no es eso algo muy bello?



3 de enero de 2010

2010


Una noche, hace muchos meses, me encontré platicando con Luis en un departamento en la colonia San Rafael en el que nunca había estado. Fue una noche extraña, más agridulce que feliz, porque él despedía a una chica española que había sido muchas cosas para él.

Cerca de la madrugada quedábamos pocos y estábamos un poco atontados. Me acuerdo claro que Luis hizo una mueca de cansancio y le pregunté si no había dormido bien. Casi de pasada, me contestó que apenas habían llegado de Acapulco. La respuesta me sonó un poco extraña, porque acababa de verlo un par de días antes. Con su voz reposada y tranquila me contestó que él y Murcia habían ido a Acapulco
sólo porque se les ocurrió: metieron sus cosas en una mochila, pidieron aventón en la carretera, llegaron a la playa, vieron las estrellas, cenaron y bailaron. Luego regresaron. Todo en un día.

Seguro me dijo otras cosas después, pero yo dejé de escuchar. Fue como si todo se hubiera puesto en pausa y en ese momento todo se me apareciera claro, lúcido, definitivo.

Sólo pude pensar por qué yo jamás había hecho algo así. Por qué jamás había tenido las agallas para meter lo indispensable en una mochila y salir, salir de verdad. Y un deseo poderoso me invadió, tan intenso que me dieron ganas de levantarme y hacerlo de inmediato. Aún cuando Jordy volvió a la media hora, medio aturdido por un problema personal, y se disculpó por el abandono fortuito. Pero yo no pensaba en eso, no estaba molesta, cansada ni alterada. Estaba llena de ese ímpetu, el ímpetu que no había sentido lo suficiente durante mi adolescencia y temprana adultez. Fue como una bofetada que me levantó de un coma, y por fin pudiera comprender de lo que se trataba todo y, más importante, lo que tenía que hacer.

Días antes, o días después, no me acuerdo, estábamos los mismos de siempre en mi otrora depto. Discutíamos nuestras intelectualeces de poca monta como de costumbre. Y luego, no sé por qué, empecé a soltar un sermón que a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios le hubiera parecido aceptable y romántico y justo. Dije que debíamos voltear los ojos hacia Latinoamérica, y unirnos, y ser uno mismo. Y mientras tanto agitaba mi puño fuertemente para darle énfasis a mis frases y me derramé el calimocho sobre la camisa y quedé como una estúpida frente a todos.

Pensaba en muchas cosas. En el viaje que hizo Bolaño en el 73, durante seis meses y casi por caridad, para llegar a Chile antes del golpe de Estado a Salvador Allende. Y pensaba en sus Detectives salvajes, que han sido algo así como una biblia para mi generación. Y esa frase me gusta, me alegra: que nuestra generación (la de Twitter y los periódicos en línea, la de la gente que se queja porque las marchas le hacen llegar tarde a su trabajo de porquería, la de los torrents y las series sobre Trekkies que usan sábanas de Darth Vader, la de los Burger Kings situados en edificios coloniales y las pocas ganas de luchar por algo, porque pensamos que ya no hay mucho por qué luchar), que esa generación tenga una novela que la inspire y la conmueva, que ría con personajes como el inventacuentos de García Madero, y se maraville con Arturo Belano, y se mortifique tratando de dilucidar a Ulises Lima, o tenga sueños eróticos con María Font y también que, casi al final, admita que no comprende nada con el pendejo poema de Cesárea Tinajero. Muy probablemente me equivoco, pero no ha sucedido -que yo sepa- con otra novela, este poder de unir en un intersticio de nuestra cotidianidad el gusto por ninguna otra novela contemporánea. Conozco a tantos que la leyeron y ninguno ha dicho que no le gustó, que no se rindió ante ella, que no la soltó sino hasta que llegó a la última página.

Me emociona Bolaño, me emociona Chile y su historia reciente, me emocionan los escritores argentinos y su tierra llena de buena carne, de buena música, pero sobre todo de una especie de filosofía nacional tan lejana a nosotros sus "hermanos regionales". Y me emociona todo el proceso de independencia del cono sur, tan lejano a nosotros en todos los sentidos, pero al mismo tiempo, de una forma extraña, igual. Una tierra parecida a México, con personas que hablan nuestro idioma y hasta tienen su versión de la tortilla, pero por entero distinta. Y me imagino cómo será tener otros países por vecinos que no sean Estados Unidos, porque nuestro país está en una especie de limbo geográfico. Quiero ir a esa tierra prometida donde debimos estar, esa esquina de la casa donde debieron acomodar nuestro cuarto, donde en un escenario alterno feliz seríamos fuertes y valerosos como país. Todo de forma platónica.

Como no puedo explicarlo, como no puedo entenderlo, pensé que debía ir a descubrirlo. Ir a un lugar en el que ya estuve antes, de forma onírica, o cuya información ha quedado guardada en mi código genético. Un lugar en el que no tengo que cruzar barreras idiomáticas o culturales demasiado altas, donde pueda conducirme con una relativa facilidad, pero que al mismo tiempo ofrezca retos y novedades y miedos. Un lugar que me inspire, porque este año sólo debo estar inspirada, y ese es mi único trabajo.

También me di cuenta de que no quería para mí un departamento más grande ni más zapatos en el clóset, lo cual se antojaba como la salida fácil y predecible. No quería sentarme en un lugar a acumular cosas, adornos jocosos y cuadros para colgar en la pared, y curiosidades que compré en internet y muebles con un toque especial que pudiera presumir con las visitas, pero que me pusieran de mal humor al verlos todas las mañanas; no quería que pasaran los años y me descubriera como una persona por completo cool, pero que no ha vivido nada, que jamás ha tenido las bolas para levantarse y largarse a la playa de aventón, sin dinero en la bolsa. Alguien que no pudiera decir que conoce otro país, que pidió alojamiento a una persona que jamás había visto y sobrevivió, y conoció a un extraordinario ser humano que de usual jamás hubiera conocido. Quiero sentirme sola y muerta de miedo a exactos 6 mil 617 kilómetros de distancia, sin tener a quién llamar, y saber que eso es la vida. Eso y no las puñeteces que yo creo que tienen caché y me hacen ver bien.

Y lo que más me gusta es que acabo de escribir una sarta de idioteces tontas e inmaduras. Me gusta porque, a pesar de que es el cliché más tonto del universo, sé que cuando vuelva lo serán un poco menos. Yo lo seré un poco menos. Y creo que a eso voy: a sacudirme la adolescencia que nomás no puedo superar y a ver si, en el camino, me medio convierto en mujer.




26 de diciembre de 2009

Farewell, my dear friend


Siempre me acuerdo de Damian en "Boxing day". Lo imagino con su corona de papel, sentado junto a su amigo Gas jugando videojuegos, su mamá llamándolo para cenar. Lo imagino con su playera de 3 Colours Red, o de Bon Jovi (su gusto culpable), sin zapatos y con boxers de cuadritos. Lo imagino de muchas formas, porque nunca lo vi.

A los 16 años, una de mis bandas favoritas era HIM, ese intento de
goth music para chavitas con ideas de marginación. Eran los tiempos de la conexión a internet por teléfono, antes de los blogs y las redes sociales. Yo tenía 16 años, iba en la Prepa Sur, me gustaba HIM: por lógica estaba inscrita en el HIMclub, un foro para fanáticos de la bandita finlandesa de todas partes del mundo.

Ese era el mejor lugar del mundo. El choque cultural consistía en convivir diariamente, en una suerte de Twitter organizado, con chicos de Finlandia, Estonia, Lituania, Luxemburgo, Rumania, República Checa, Noruega, Inglaterra... Me encantaba enterarme de sus rutinas, de su comida favorita, de sus frustraciones, de cómo era ser un adolescente serbio que no habla de conflictos políticos, sino de la borrachera con vodka que se acomodó hace dos horas. Las reglas eran estrictamente amistosas; nadie te llamaba troll, todos te felicitaban en tu cumpleaños, las grandes charlas sobre tu país eran bienvenidas...

Ahí conocí a Damian. Su
nickname era NewBornNebula y su lista de bandas favoritas, en su perfil, llenaría tres cuartillas en Word. Era tan tímido, tan retraído, tan inescrutable. Ya no me acuerdo cómo empezamos a platicar, pero a partir de ahí todas mis rutinas en los interents se trastocaron.

No había día que no chateara con Damian por horas. Me llevaba 6 años, vivía en un pueblito al suroeste de Inglaterra llamado Southport, no estudiaba ni trabajaba, era depresivo, dependiente de su mamá, con un amigo gordo llamado Gas que vivía en la casa de al lado... Y, sin embargo, a mí me parecía la persona más fascinante del mundo. Me gustaba que se tomara tan en serio las amistades a través de internet, que me citara para entrar a Messenger a una hora determinada, que viviera a 6 horas de distancia en el tiempo, que le gustara tanto la música como buen inglés, que le temiera tanto a los dentistas, que gastara todo su dinero en conciertos, que amara el puré de papa, que me preguntara por mis papás y mis hermanos, que soñara con viajar a América.

Casi nunca me enviaba fotos, pero me emocionaba que lo hiciera (tenía baja autoestima, por qué no). En mis sueños lucía así:



Como es evidente, estaba enamoradísima de él. Sentía algo inexplicable, bobo e imposible por alguien que probablemente nunca conocería... pero era intenso. Era casi doloroso.

La otra vez encontré un correo que le envié. Fue casi un shock: yo le contaba toda mi vida, y él me contaba toda la suya. Todos esos detalles fútiles que hacen la vida de un adolescente: mis exámenes finales, las conversaciones con amigos, las depresiones inexplicables de entonces, mi cena del viernes pasado, el estado de mi relación parental. Y ante todo él era ecuánime, neutral, comprensivo.

Pero era como tensar un hilo. Su depresión, su codependencia, se hacían mayores si no me aparecía en internet (a pesar de todo, a pesar de que prefería pasar mis tardes en HIMclub, también vivía una vida normal: iba al cine, salía con mis amigos reales, tomaba cervezas afuera de un Oxxo, asistía a conciertos). Sus reclamos velados se transformaban en comentarios pesimistas, en cuasi-amenazas suicidas, a las que yo respondía con palabras exaltadas. Me iba a dormir pensando que tal vez mi sueño de ir a Inglaterra no se haría realidad, que quizás Damian sí estaba en otro plano de la vida al que yo jamás llegaría. Tuve compasión de él, esa clase del lástima por las personas que han dejado de soñar y tener expectativas, que carecen de planes y jamás van a fiestas. Ni siquiera sabía si era virgen (yo también lo era, pero me consideraba joven para tal efecto) y me angustiaba pensar que Damian pasaría su vida en la absoluta soledad.

Al parecer, toda su vida social se desarrollaba en internet. Sus grandes amigos estaban en Tailandia, Finlandia, España, Argentina. Yo sentía celos de todos ellos y pensaba que era poca cosa, que mi vidita ordinaria no ofrecía interés alguno, que Damian preferiría visitarlos a todos antes que hacer escala en México.

Hasta los 20 ó 21 años llevé esta especie de doble vida. Me disculpaba con él si tenía un interés romántico de carne hueso, no le mencionaba si tenía novio, era como si mi infidelidad consistiera en vivir.

Una vez me envió 48 DVDs con cientos, miles de discos de sus bandas favoritas. Es lo más cerca que estuve de él. Ni siquiera tenían su letra impresa (hasta eso lo avergonzaba), así que hizo que su mamá rotulara cada uno con "Lilian DVD 01" y así hasta el 48.

Parece muy tonto ahora en perspectiva, pero después de eso ocurrió el distanciamiento. Él quería que yo le quemara unos DVDs, pero mi computadora ni siquiera tenía quemador. Supongo que nunca me levanté a hacerle el favor, y cuando entré a la universidad ni siquiera me conectaba tanto al Messenger. Dejé de enviarle correos informativos, dejé de saber de él.

Un día, de pronto, dejó de aparecerse. Y todo fue tan natural: su ausencia no era notoria, porque empezaba a conocer a mucha gente a la que veía todos los días, sin depresiones que me deprimieran igual. Ya no pensaba, en ningún momento, que si él se mataba, yo lo haría también. Ya no soñaba con Damian.

No me di cuenta sino hasta un año o dos después, cuando ya no había ninguna forma de volver a ponerme en contacto con él.

Joanna, una amiga finlandesa en común con la que aún platico, me preguntó hace unos meses si no sabía nada de Damian. Y entonces me pegó, me di cuenta de que había dejado de saber de él desde hacía años. Empecé una búsqueda desesperada a través de Google, con todos sus correos, sus cambiantes
nicknames, su nombre y dirección, su código postal. Hasta sostuve un carteo regular con su homónimo en Facebook, que me contestó con un decepcionante: "Born and raised in the U.S. state of Virginia, in what's known as the Hampton Roads area which includes the cities of Chesapeake and Norfolk. Still reside in the city of Norfolk".

Nada.

Un día, Joanna me dio su número de teléfono. Dijo que lo había encontrado en la guía telefónica de Southport, pero le daba miedo llamar. Me pidió que yo lo hiciera. Pensé que sería fácil, podría fingir un acento y preguntar por Damian de lo más normalmente (con toda seguridad, su mamá contestaría, porque -según él- nadie lo llamaba y por lo tanto no se acercaba al teléfono). Sabría si se habían mudado, si estaba bien, si...

Pero no lo he llamado y la sospecha sigue viva. Si Damian sigue vivo, si cumplió esa oscura promesa que ahora, con todos sus rastros difuminados, parece más real que nunca. Y entonces pienso en lo raro de las amistades fantasmales, en lo mucho que alguien que nunca vi me hizo sentir. En cómo puedes crear algo, una amistad tan real, de la nada. Como si Damian hubiera sido, desde el principio, un mero espejismo.

La verdad, siempre me acuerdo de Damian. No sólo en el Boxing day, como dije al principio del post. Y me pregunto si lo habría conocido en otro universo, si la compatibilidad fue sólo masturbación mental. Y lo único que pido cuando pienso esto es en lo mucho que me hubiera gustado despedirme de él apropiadamente. Decirle adiós, en el idioma que fuera.

Al menos ahora, me queda el único idioma que siempre conocimos: el internet. Me despido de él, resignada a no saber ya de él, con este post.


27 de noviembre de 2009

El buen camarada


El 24 de agosto de 2007 escribí un post sobre todo lo que me hace llorar, y quise justificarme aduciendo que mi papá lloraba más que yo, y que quizá tal costumbre había sido la única herencia evidente y perdurable de su sangre a mi sangre.

Para ilustrar lo mucho que llora mi papá con las películas, dije que hasta con Leprechaun lo hacía. Y para poner énfasis en mis palabras, y porque pensé que sería algo jocoso, busqué una foto del condenado duende maldito (y de esa forma generar una reacción en el lector: foto + papá envuelto en un mar de lágrimas + comentario ligeramente festivo = efectismo literario).

En la página de resultados de Google estaba esto:


Pero la foto tardaba siglos en cargarse por completo, así que tuve ocasión de ver de reojo la página que la aguardaba.

Se trataba de un blog escrito por un
chamo venezolano que era fresco, era gracioso, era dicharachero, era cinéfilo, era izquierdista, era arrechísimo.

El duende maldito ya no importaba: había encontrado mi blog sudamericano favorito.

La impresión fue tan grande que incluso, gracias a Reindertot, me sumergí en las profundidades de la blogósfera venezolana, que en aquel tiempo era por mucho más interesante que la mexicana (y donde se hacía realidad el estereotipo de un montón de panas reunidos en un lugar comiendo arepas) (que es casi parecido al estereotipo de los güeyes mexicanos reunidos en algún lugar comiendo tacos, mientras ven el fucho, y a su lado pasa un mariachi pedo y enfrente un tipo sobre una motocicleta usando una máscara de ídolo de la lucha libre).

Escribí un post sobre por qué la blogósfera venezolana era lo de... entonces.

Recuerdo que platicábamos en "el Messenger" por horas sobre idioteces como las arepas o las elecciones mexicanas o Hugo Chávez o ya no me acuerdo qué más, pero seguro nos la pasábamos bien.

Y aunque de pronto perdimos un poco el contacto, no dejábamos de checarnos el
status en Facebook (sin albur), o comentar sobre la influenza combinada con el temblor que me hizo creer que el fin del mundo se acercaba.

Cuando me enteré que venía a México, me emocioné mucho. Hicimos los trámites un poco por encima a través de CouchSurfing, que es el método que emplearé en mi viaje, y pasados los días (en que le dije una noche, por ejemplo, "no mames, güey, no mames, hace un frío de la chingada" o "no te preocupes por el efectivo, chamo, coñoensumadre" o como digan su grosería favorita) lo fui a recoger al aeropuerto.

Lo demás es historia. Fallidamente quise llevarlo a comer comida yucateca, pero ya estaba cerrado. Terminamos comiendo en el Atrio Travazares, alumbrados por una vela. Le di a probar la michelada, que no es lo suyo francamente, y compartimos una chistorra mientras nos aleccionábamos sobre las groserías en cada país.

La pasé genial con el camarada. Me lo llevé al Covadonga, donde probó el peor ron del universo (él, que me trajo ron Pampero Aniversario, de piratas en serio, de esos que tienen patas de palo y un loro muerto en el hombro, y que es sencillamente dios destilado). Desayunamos tacos de canasta, le mostré como 9 tipos de salsas, le enseñé los planos del metro y lo dejé a su suerte.

¡Fuimos a Polotitlán de la Ilustración, mi terruño adorado!



Charlamos por horas con mi familia piripitín, a quienes Greg les cayó sensacional. Mi mamá le dio a probar de todos los platillos típicos: pozole, barbacoa, carnitas, montalayo, enchiladas y hasta le dio un tejocote en la mano y le dijo "pruébalo", ante lo que Gregory sólo acertó a darle una mordida y mirarme con una mezcla de terror y vergüenza. Mi papá se explayó con sus críticas al gobierno y alzó el puño y dijo que estaríamos mejor con López Obrador y el camarada estuvo de acuerdo y luego jugamos Rock Band Beatles con mis hermanos y tomamos calimochos y yo me fui a dormir pero él se quedó jugando y nos levantamos un poco tarde y desayunamos y volvimos al DF y fuimos a la lucha libre y a ver el espectáculo de luz y sonido en el Zócalo y a comernos una torta de jamón (que él ya conocía por El Chavo del 8).

Me acostumbré a él tanto como creo que él se acostumbró a mí. A analizar nuestros respectivos acentos y admitir que existían, y a imitarlos. A que confiara en mí cuando le decía que una salsa no picaba "tanto". A que le preguntara constantemente si tenía hambre. A su risa, franca y estruendosa. A todo: a convivir, a hacer nuestras vidas por separado pero encontrarnos en mi depto con agua intermitente y piso de baño inundado por las noches. A compartir la leche y el cereal, ¡oh!

De todas las fotos que nos sacamos, una que Olga sacó de improviso me gusta mucho, muestra de que ya éramos casi como hermano y hermana:



En su penúltima noche en el DF fuimos a beber mezcales, que a todos nos noquearon pero que a él le hicieron lo que el viento a Juárez. Llegó el señor de los toques-toques, cosa que a él le pareció extrañísima (
pronúnciese con acento venezolano, chamo: "¿Pero cómo que ujtedej pagan porque loj torturen?"), pero aún así aguantamos su poderosa electricidad. Y nos bebimos otros de hidalgo, con lo que se calentaron los ánimos a niveles insospechados, hasta que en algún momento... el horror.

Gregory dijo algo como MEXICANITOS, y Carlos dijo: es cierto, lo somos. Y todos le dijimos que no jodiera. Y alguien dijo: "ya, vamos a golpearnos". Y entonces empezó la fase bélica de los mezcales:


En la imagen, Jordy y yo le decimos algo como: "Ah, ¿sí? Pues Venezuela qué, güey, Venezuela qué".


Aún así, fue una agradabilísima noche y hasta terminamos en un antro de mala muerte en aquel edificio semi-derruido de Medellín con Insurgentes (donde alguna vez tuve la idiota intención de rentar un depto en el piso décimo tercero, SIN elevador):


En la foto también está el Fire Tony (chale, van a pensar que no tengo amigos de la vida real... Errr... bueno, sí, a lo que iba...)

La madrugada que se fue lo despedí en el taxi. Y entonces, como asqueroso-reptil que se muerde la cola, regresamos a la primera parte del post: soy una llorona.

Lo abracé y quise llorar, pero me contuve... Porque al menos una cosa es segura: muy pronto lo veré.


¡En Venezuela!


Fin del post.

PD. Después de referirme a él como camarada desde hace más de dos años, y hacer que todos los que lo conocieran se refirieran a él de igual forma, un buen día me dijo: "Sí sabes que yo allá no me refiero a mis panas como camaradas, ¿verdad? ¿Es que acaso estás caricaturizándome?" Ante lo que respondí: "Es que me gusta pensar que somos personajes de Milan Kundera".

Pero, claro, no es gratuito que le dijera camarada. Nuestro corazón está del lado izquierdo. Somos camaradas. Y la verdad ya lo extraño mucho.



22 de noviembre de 2009

Nostalgia anticipada


Durante todo el día de hoy he tenido la desagradable sensación de que estoy olvidando algo crucial. De que hay un pendiente que no consigo materializar, ni siquiera recordar. Es verdad: tengo muchas cosas por hacer esta semana, y no he puesto "manos a la obra". Lo colosal de la tarea me deja impávida, y además me sumergí en mi experiencia intercultural de hacerla de huésped de mi queridísimo camarada Reindertot (historia que relataré en un post próximo: anótenlo y recuérdenmelo a su debido tiempo).

Mudarse siempre es caótico. Molesto, cansado e irritante, pero a menudo tiene un sabor diferente: el de la expectativa. Mudarse a un lugar mejor, cambiar de aires, llegar a un lugar más grande y mejor ubicado. Casi siempre mis mudanzas habían sido así.

Lo que me tiene en un estado de inacción y apatía absolutas es el hecho de que no me estoy mudando a ningún lugar. Que sólo voy a recoger mis cosas y embodegarlas: de alguna forma es perderlo todo. La independencia más o menos lograda a través de año y medio de coleccionar cosas, de
hacerme de mis chunches, de pintar burós de rosa mexicano, comprar cuadros usados por diez pesos, armar libreros de Office Depot con las manos, comprar utensilios de cocina en el Waldo's, invertir en una cómoda con cinco cajones...

Y de pronto, como si cualquier cosa, envolverlo todo en papel periódico y acomodarlo como Tetris en un cuarto en casa de tus papás. No puedo empezar a describir lo deprimente que es.

Por supuesto, otro será mi destino. Haré mi viaje iniciático, me encontraré a mi misma, entenderé el sentido de la vida, experimentaré la desolación y el extranjerismo y la incertidumbre y el dolor y la ausencia y también la felicidad y la euforia y la vida. Pero no pienso en eso de momento: son como dos puentes que no se unen, y la anticipación feliz de una cosa no opaca la melancolía que la otra me provoca.

A pesar de que odié este departamento por razones que no me he cansado de consignar durante el último año (desperfectos y vecinos idiotas, para ser más precisa), voy a extrañarlo por otras razones, las usuales: lo que viví aquí. La forma en que le cae la luz de costado, el sonido que hace cuando cae el agua, el olor en la mañana, esa clase de pavadas que uno diría de una persona cuando no puede ser exacto. Extrañaré ciertos ángulos de él, ciertos momentos en que lucía más hermoso de lo que en realidad era, la pequeñez exacta para sostener una conversación desde la recámara hacia la sala-estancia, la apariencia femenina no obstante ingenua del baño (que jamás funcionó como debía, porque sin tener agua se inundaba y tenía goteras y era, en resumen, el baño más estúpido del mundo). Todo en él, todo en la cuadra, la cercanía, Paseo de la Reforma de noche, el metro a una cuadra, el portero del amor...

Y recuerdo entonces la nostalgia de mis mudanzas anteriores, pero algo en ésta me hace querer hacerlo todo mecánico; envolver mis chuchulucos sin mirarlos, sin pensar que no habrá otro lugar (por lo pronto) dónde colgar el cuadro y poner el escritorio; y tirar todo lo innecesario, porque ya nada es necesario. Sólo necesitaré una mochila, un GPS y un crucifijo, y las tonterías que adornan el refri y los cojines del sillón se antojarán tan triviales y prescindibles, ¡oh!

Cuando me mudé del departamentito de estudiante que compartía con otras cuatro chicas en la universidad (y que también odiaba por las razones usuales: infraestructura idiota y
roommates idiotas), me sentí desolada. Escribí entonces este post.

Pensar que nunca más veré estas paredes. Que nunca más veré el polvo acumulado en los rincones y los restos de unas Suavicremas de fresa que se hicieron pedacitos en el borde del clóset (jamás habrían de salir de ahí). Que nunca más sentiré ese mareo repentino al voltear y, en lugar de encontrarme con una pared de 180 grados -como sería lo natural-, golpearme en cambio con un muro estúpido que de pronto se decidía a dar un giro fenomenal sobre su eje. Tantas anécdotas y accidentes. Oh... Qué atroz. Dejar mi callecita de Vicente Suárez # 410, a ochenta pasos de la facultad. Nunca comer de nuevo esos pastes hidalguenses. Ni ir al Oxxo y evitar al gordo acosador. Ni toparme con universitarios ebrios dando tumbos por la calle -la única calle del estudiante, de principio a fin-. Qué atroz. Y lo peor: no ver a mis compañeras nunca más. No oír sus ronquidos a través de la tabla-roca hueca. No recoger sus papeles tirados alrededor del bote de basura. O los vasos vacíos sobre el restirador. O las Maruchans podridas en la barra de la cocina. O los platos infestados de colonias de hongos germinando, reproduciéndose y evolucionando en la tarja. No más de eso. No más. Qué atroz.

De alguna forma, me siento igual. Me queda una semana en mi depto del DF y no puedo sentir otra cosa que nostalgia. Qué atroz.




PD Si a alguien le interesa la transferencia de un servicio Sky, contácteme.

PD2 Si alguien quiere ayudarme con cajas de cartón, contácteme.

PD3 Si alguien sabe cómo hacer que te contesten en el mítico número 1800 123 00 00 y cancelar una línea Telmex, contácteme.

PD4 Si alguien sabe cómo deshacerse de la nostalgia estúpida y mirar con ahínco el futuro, contácteme.

Contácteme.






21 de octubre de 2009

¿Existe la bondad?

Yo sé que mi vecino del 16 "tiene intenciones", y que por lo general eso opera como incentivo para hacer favores. Pero me ha hecho muchos, no recuerdo en qué formas, ni cuántas veces, así que un día me encontré pensando en que él siempre ha sido muy amable. El único sujeto que ha sido amable en este puñetero edificio.

En este momento acaba de subirme la cubeta que dejé olvidada en el primer piso. Como nunca le contesto el teléfono, otra vez mansamente y sin pensarlo le di mi correo. Ahora, cada que oso conectarme al Messenger, me acosa con preguntas como qué tipo de música me gusta y "por qué soy tan callada" (evidentemente, no me conoce lo más mínimo).

En cuanto mencioné que había dejado la cubeta abajo, me dijo que iría corriendo a subirla. Ni siquiera fue una jugada barata como "voy a tocar tu puerta, y charlaremos, y una cosa llevará a la otra, y guiño guiño". Simplemente, la dejó junto a la reja. Sin tocar el timbre, sin gritar mi nombre, sin hacer aspavientos.

Cuando vi la cubeta al final del pasillo supe la clase de cerda ególatra pocas pulgas que he sido. Como si fuera un crimen tener intenciones. Como si corresponderé sus intenciones de todos modos. Como si...

Y a pesar de que siempre me ve con las peores fachas, con el cabello de Chimoltrufia y el rimel corrido y un suéter de abuelita amarrado con una bufanda, siempre me dice que me veo
linda. Lo dice así, nada de "qué guapa, qué sexy, qué cara". Nada, sólo linda... como los perros salchicha cachorros.

Este post maricón es inspirado por una frase que me dijo hace rato: "Eres muy cerrada, pero aún así me caes bien y espero que veas en mí un amigo".

¿Sabes una cosa, muchacho acosador? Sí, sí veo en ti un amigo.












Un amigo FREAK, eso sí.



20 de octubre de 2009

Por qué las rupturas son dolorosas

Hoy estaba viendo Felicity, una de mis series cursilonas preferidas, y sucedió la ruptura entre la mencionada muchacha y Noel (amor platónico de la adolescencia). Aunque no estoy atravesando por una ruptura ni nada parecido -esta clase de posts son lloriqueos crípticos para sacar "todo el dolor"-, de pronto sentí una cosa parecida a la empatía. Algo casi doloroso, como si en ese preciso momento me estuvieran partiendo el corazón también.

En el orden de acontecimientos, Felicity y Noel estaban atravesando por una mala racha, avivada por la llegada -tarán- de la ex novia de éste, con quien sostuvo una relación "muy profunda y tormentosa". Los ánimos estaban muy ríspidos, había miradas y frases como "no voy a decirte qué hacer" y "esto es muy complicado para mí" y "voy ir a cepillarme mis chinos" y "sí, no te preocupes, mientras tanto estaré aquí luciendo muy guapo", etcétera.

En todas las relaciones hay un punto de quiebra: de la nada aparecen las tensiones, y uno se habla pero como con enojo, o luego deja de hablarse y a la siguiente vez finge que todo está normal. Mientras tanto, se sigue con la vida como de costumbre, negando lo evidente: la relación se está yendo a la goma. Uno quiere salvarla, pero al mismo tiempo tiene rencores guardados, y todo es triste y extraño. Creo que las cosas no dichas siempre duelen más, las que están en la punta de la lengua: "no quiero terminar", "todavía te quiero", "eres una mierda de persona", etcétera, etcétera.

Regresando a mi serie, estaban Felicity y Noel discutiendo en el "dormitorio de estudiantes", y ella le preguntó si todavía amaba a su ex novia. Noel dijo que no, pero hubo una duda en su voz. De pronto él le dijo que no podía pedirle que lo esperara hasta saber qué sentía realmente (¡Por Alá! ¡Qué buena serie! ¡Qué buenos diálogos!). Y entonces ella:

Felicity (con ojos vidriosos): Oh, espera un momento... ¿Estás... estás terminando conmigo?


Ahí está todo el quid de mi disertación. En ese momento exacto, mezcla escepticismo y mezcla reto, en que no podemos creer que realmente nos están terminando. Es un vértigo, un dolor en la boca del estómago, como estar parados en el filo de una azotea y sentir que estamos a punto de caer, pero al mismo tiempo negarlo: no, no, estoy en tierra firme, esto no puede pasar, esto no está sucediendo.

Y en ese momento exacto desfilan todas las angustias futuras, no las pasadas. Todos los días en que estarás llorando con la cabeza hundida en la almohada, y no esos días en que eras feliz con tu pareja. Presientes que lo vas a pasar mal y es como un presagio atroz. Al mismo tiempo quisieras arreglarlo todo con otras palabras, regresar el tiempo, quisieras no haberte enredado en esa pelea estúpida en primer lugar, no haber dicho lo que sentías, haberte guardado todos tus enojos, soportarlo todo con tal de que no se terminara. Es el miedo lo que te mueve.

Creo que eso es lo que odio de las rupturas. Ese momento. Esa incredulidad. Ese "dime que no me estás terminando, por favor". Y hasta ese "por favor, no podemos terminar, por favor, dame otra oportunidad". Sí, como dijeran los gringos: he estado ahí, lo he hecho, y hasta me compré la camiseta.

Denme un tequila.

-lástima que no estoy terminando con nadie, ¡maldición! ¡Quiero algo de emoción en mi vida!-



16 de octubre de 2009

También puedo vengarme


El día del concierto de Placebo bajé a ver si ya estaban mis compañeros en la banqueta, y en el ínter dejé la puerta abierta. Me paré con las manos sobre la cintura en actitud todopoderosa, cuando noté que un vecino estaba cerrando la puerta con llave. Alcé los brazos oscilatoriamente y le hice señas que sólo podían significar dos cosas:

"Estoy acá afuera y en un segundo entro y por favor no cierres con llave, por favor, señor en boxers y almohadazo en la cabeza".

O

"Soy una mujer fértil con las ganas suficientes para procrear niños con los esclavos rumanos que se la pasan pidiendo limosna en los países escandinavos y quiero que usted me dé su visto bueno sobre mi capacidad para agitar los brazos fuertemente y atraer a los gitanos mencionados".

Aparentemente, el tipejo entendió lo segundo y me cerró la puerta en la cara. La abrí con prominente ruido de llaves y fierros, y en cuanto entré, el imbecilazo me esperaba al final del pasillo.

- ¡Por qué dejas la puerta abierta, qué no ves que se azota! -si omito los signos de interrogación es porque en su frase no había preguntas, sino obvias imprecaciones.

Mi respuesta, con ceño fruncido y llaves en mano, fue:

- ¿Por qué me gritas? -si él me grita, yo lo tuteo. ¡Ajá! ¿Quién es el idiota ahora?

- ¡No-ves-que-la-puerta-se-azota! -cada vez con decibeles más altos.

En ese momento desfilaron ante mis ojos todos los zoquetes y taradas que me han tratado mal en mi vida: todas las secretarias ineptas, burócratas de medio pelo, profesoras frígidas, tenderos culeros, microbuseros hijos de puta, cajeras del mal y jefes que me han hecho patanadas constantes. En específico, pensé en estas personas:

1. Mi maestra de cuarto año de primaria. Me hacía la vida imposible por ningún motivo, se burlaba de mi subrepticio entusiasmo por los nombres de los días de la semana en relación con los planetas de la galaxia, y siempre se equivocaba al calificarme. Cuando ya estaba en quinto año, un día pasó junto a mí, me dio un papelito y me dijo que lo leyera hasta que estuviera en mi casa. Era una disculpa. Pero ya para qué, tarada, ya para qué: entonces ya había perdido el amor por la Astronomía.

2. Las dos ineptas de Segundo B que en el Instituto Plancarte me arrojaron unos bichos a la cabina del baño, y que luego me cerraron el paso en el angosto pasillo del segundo piso, y que luego lo negaron todo cuando las acusé con la "madre superiora" (o directora monja, ya no recuerdo ni cómo nos referíamos a ella).

4. El microbusero de la ruta 64 que se arrancó antes de que bajara ambos pies de la unidad, y que por tanto me revolcó en plena avenida Constituyentes de Querétaro.

5. La secretaria prepotente de servicios escolares en la UAQ, que jamás tenía una respuesta para nada pero sí un comentario hiriente del tipo "niña babosa, parece que eres de prepa".

6. La infeliz mentecata del 21 que atiende el Oxxo y que no quiso cambiarme mi ensalada echada a perder y que veladamente me acusó de pérfida un domingo por la mañana.

7. Todos los que ya no recuerdo, pero que seguro fueron muchos y me hicieron la vida de cuadritos, pero a los que jamás les dije nada, pero de los que hablé horriblemente en mi bló, pero que me hicieron llorar.

Así que luego de un desfile relámpago de todos los bullies de mi vida, con la cara roja de ira, pasé a su lado y le grité:

- Si me vuelves a gritar, PENDEJO, te demando.

Acto seguido: subí los cuatro pisos con tremendas zancadotas, y llegué a mi depto en menos de medio minuto. La sangre me latía furiosa por el cuerpo.

Jamás, nunca, en todos estos años que he aparentado ante ustedes y Alá nuestro señor ser una marimacha amarranavajas todas-las-puede... le había dicho pendejo a alguien. Vamos, ni un imbécil se me había salido. Lo común en mí es reaccionar de la siguiente forma:

Lo miro fijo. Pongo ojos llorosos. Aprieto los puños. Me desaparezco de la escena. Lloro abundantemente.

Pero no esta vez, no, señor. Esta vez le dije PENDEJO. ¿Y se sentía bien?

Lo terrible es que no lo sé todavía. Hay un triunfo pueril en imponerse de esa forma a las personas, pero sigo sin entender en qué consiste. Pienso en la voz de mi mamá, en la voz de todas las mamás del mundo, diciendo: "no te dejes, contéstales" (niéguenlo). Pienso en el orgullo estúpido de las mamás de hijos que pegan en lugar de los hijos que son pegados. En cómo una simple actitud a tus 8 años parece definir la clase de adulto que serás: un dejado que se saca los mocos, o un honorable sujeto que no-se-deja-de-nadie.

Tal vez quiero dejarme de la gente. Tal vez quiero acumular karma-points. Tal vez quiero ser técnica, y ser cortés aunque no lo merezcan. Tal vez... tal vez vuelva a decirle PUTO DE MIERDA cuando lo vea, oh sí.


23 de septiembre de 2009

Mi oscuro secreto

Como todos los mortales, guardo mis secretos. Oscuras, terribles verdades que ni siquiera mis papás, mis hermanos, mis amigos saben.

Mi secreto se contradice en su esencia. Cuando salgo, o estoy en algún lugar, y alguien tiene la puntada de sacarme a bailar, ocurre el cisma: soy virtualmente incapaz para bailar. Mi inhabilidad es portentosa: no sé sacar el ritmo, le tengo un terror absurdo a las vueltas, y siempre piso a mi compañero y a las demás parejas. Mientras trato de bailar, mientras paulatinamente me pongo cada vez más roja y a la vez entorpezco aún más mis pasos, no dejo de repetir frases como "hay gente que tiene el ritmo y gente que no, yo ya acepté mi sino" y "es increíble tener sangre latina y no saber bailar" y "te lo juro que usualmente no soy tan torpe" y "por favor, no prolongues mi tortura y devuélveme a la silla" y "¿sabes dónde está la mesa del alcohol?".

No tiene nada de extraordinario. Hay gente que no sabe bailar y ya. Nadie los critica; es más: nadie se preocupa por ellos. Son invisibles, prescindibles, ordinarios. Son los bultos de la fiesta. Solamente están ahí, sentados, sin hacerle daño al mundo, s
in ser parte del mundo.

Nadie se sorprende que no sepa bailar. No es como si yo sea la persona más folklórica del universo. No tengo cultura musical popular, mis papás no se ponían a escuchar ritmos del mundo mientras limpiaban la sala, jamás tuve un novio con vena jipi que me enseñara a mover las caderas. ¿Quié me ha visto usando ropa de manta? ¿Quién me ha visto cantar rancheras con unos tequilas encima? Nada en mi persona sugiere ritmos calientes, fuego y salsa. Nada.

Y sin embargo... bailar es lo que secretamente más me gusta en el mundo.

En los párrafos de arriba no dejo de mencionar que no sé bailar, que es muy distinto a que no me guste bailar. Suena tonto de lejos, pero no en la práctica, como si alguien dijera "me ENCANTA escalar montañas, pero no sé escalarlas, y lo que es más: JAMÁS he escalado una montaña; mira, dame un sándwich de jamón de pavo".

Mi secreto es horrible. Ojalá no saber bailar no me causara tantos dilemas, porque si no me gustara podría poner una cara adusta y decir: no me gusta bailar, déjenme en paz, los odio a todos.

Sé dónde surgió todo. En la primaria tenía una maestra de educación medio malencarada. Sin embargo, cada que se aproximaba el festival de las madres nos ponía una coreografía "moderna". Era mi época favorita del año. Yo creía genuinamente tener un talento sobrenatural para bailar.

El mejor momento del día era salir al patio a ensayar. Y todo lo que acompañaba al evento era igualmente extraordinario: la confección del vestuario, la búsqueda de los accesorios (una vez recorrimos toda la Lagunilla para encontrar un paraguas amarillo del mango a la punta), la compra del calzado, los días inmediatos anteriores al baile, la emoción, el peinado, los nervios acompañados de la sensación de vómito antes de salir, pisar la duela del auditorio, escuchar el clic de la grabadora y bailar, bailar, como Billy Elliot y la electricidad, y volar y sentir que uno los mataba con los pasos...

Pero mi maestra jamás me puso de líder. En todos nuestros bailes había siempre una figura principal. A mí todos los años me lo prometía, pero al final siempre elegía a alguien más: su sobrina, una que ya "había visto el video en la tele" y "por lo tanto, ya se sabía la coreografía" (verídico), a otra que era más ligerita y menos alta... Ughr, ahora lo veo como un acto de crueldad.

Supongo que ella arruinó mis ilusiones y mató el ritmo en mi cuerpo. Desde entonces me volví una discapacitada en el baile. Ya nadie supo sacarme tres pasos. Recuerdo un recreo en la secundaria, y cómo todos bailaban, y cómo yo me sentía avergonzada por no saber hacerlo a mis ¡14 años!

Ahora tengo 23 y ya es muy tarde. Soy como la escaladora de montaña frustrada. Ni siquiera el alcohol me desinhibe. No hay poder humano que me saque una cumbia ideal. Luego me defiendo diciendo que el ritmo libre es lo mío, y que si pusieran música más flexible podrían ver mis increíbles pasos.

La verdad es que no. Sólo hay una persona en el mundo que me ve bailar todo el tiempo. Se llama Leonardo, tiene 3 años y soy su tía. Siempre que lo veo le pongo las bocinas a mi iPod, cierro las cortinas y escalo montañas. Eso es mejor que nada, creo.


26 de agosto de 2009

La magdalena en aceite


Cuando era chica, mi mamá y yo teníamos una costumbre establecida: después de salir de la farmacia de la tía abuela Guadalupe Real, íbamos a cenar unos tacos con una señora a la que llaman doña Vicky (supongo que su nombre es Victoria, pero no tengo pruebas suficientes) (seguiré en la pesquisa).

Sólo a ella y a mí nos gustaban. Los llamábamos "tacos de aire", porque eran unas flautas imposiblemente delgadas, con una guarnición que de tan ordinaria sólo parece despertar lástima (col, jitomate, crema, chiles en vinagre y unas deliciosas papas aceitosas y fritangueadas). Eran un placer de los dioses.

Desde siempre, asocié esos tacos con Guadalupe Real. Eran indisolubles: el trayecto de la botica, antigua y obsoleta, a la fondita de doña Vicky.

Un día, doña Vicky cerró el local. Cuatro años después, mi tía Guadalupe Real murió.

Ambas cosas terminaron tajantemente, sin posibilidad de secuela. El platillo (¿podría llamarle platillo a una garnacha tan vulgar?) que más había disfrutado en mi incipiente vida, en la vida del niño que no conoce más sazón que el de su madre y el de la comida rápida. Y mi tía Guadalupe Real, el personaje que ha ejercido la mayor influencia -me atrevo a decir-
literaria en mí. Ambos se fueron.

En cuanto a los tacos, supongo que magnifiqué su recuerdo ante la certeza de que no iba a probar otros igual. Es difícil describir en qué consistía su grandiosidad; era más bien una conjunción de elementos (sumados a circunstancias externas: el trayecto por la noche, mis 10 años recién cumplidos, la sensación de la aventura en complicidad con la madre).

He estado en casa de mis papás desde el sábado: nada extraordinario, pero sí edificante. Hace un rato, mi mamá me llamó. Me puse una chamarra, me subí al coche y le pregunté a dónde íbamos. Me confió con otra modulación en la voz: "doña Vicky volvió a abrir".

¿Es absurdo decir que sentí una contracción en el estómago? No era el hambre, ni el antojo postergado. Era una sensación de nostalgia renacida, similar a la que se experimenta cuando se entra a la casa de infancia, o se encuentra un cuaderno de garabatos extraviado hace tiempo. Lo que sentí, lo que temí casi, fue que dentro de poco estaría cara a cara con uno de los recuerdos sensoriales más intensos de mi niñez. Probaría de nuevo algo que fácilmente tenía 13 años sin comer, y a ese
algo se le sumaban otras sensaciones: la inocencia de la infancia, los anaqueles de la botica, mi mamá con mi tía abuela, quien fungió como su madre la mayor parte de su vida.

El local ahora está en una ranchería a las afueras. Allá fuimos, con el temor de que estuviera cerrado. Le dije que por mí no importaba, habría de ir a pie hasta donde estuviera. Y cuando vimos la luz a la entrada, y las mesas de plástico, y mi mamá se estacionó y nos acercamos a la lumbre, escuchamos el chisporroteo del aceite y ambas lanzamos un gritito ante lo expectante, lo añorado.

Me comí tres órdenes casi sin respirar, y el sabor era tal como lo recordaba. Y todo volvió, como en el episodio de Proust con las magdalenas. Mi mamá miró su plato un rato, luego a doña Vicky y le dijo que esos tacos le recordaban a su tía Guadalupe Real.

Recuerdo haber escrito un cuento sobre su muerte: llevaba dos años agonizando por cáncer de mama, y mi mamá la cuidaba a diario. Yo me aparecía de pronto, casi no decía nada; me sentaba frente a su cama, ahora lo entiendo, a verla morir. También recuerdo que ese día llegué a su casona en el centro, y desde que entré al patio tuve la certeza de que estaba muerta. El episodio es similar a los cuentitos del realismo mágico: cuando entré a su cuarto, en el quicio de la puerta, vi que le quitaban los pantalones de su pijama. Creí que me había equivocado, que seguía viva después de todo, pero cuando mi mamá levantó la cara y me miró, supe que sí: estaba muerta.

Cuando digo que su influencia es literaria no lo digo porque ella me hiciera leer, o me hubiera mostrado una puerta hacia la literatura. Lo único que leía era la fecha de caducidad de sus medicinas y las revistas de viaje que le llegaban por correo. Pero su capacidad como personaje era asombrosa: todo en ella era teatral, llevado al extremo, pasado por todos los disparates. Era asombrosa, con una cualidad de malvada y mártir fundida en una sola que hasta hoy a todos nos sorprende: la forma en que la maldad y la bondad aparecían en ella de la forma más natural, sin transiciones visibles.

De todo esto no pienso seguido. Pero los tacos de doña Vicky, como reflejo de Pavlov, me trajeron esas imágenes mentales a la cabeza. El recuerdo y la sensación fueron como atravesar un portal de tiempo: ¿cómo era posible que ahora, a mis 23 años, en el año 2009, regresara tan nítidamente a una etapa de mi vida ya abandonada?

Eso me hace pensar también que, tal vez, el recuerdo habita en un lugar distinto a la mente. En un lugar más accesible, disponible a nuestra existencia, en los objetos más ordinarios. Como con los tacos de doña Vicky, de los que no volveré a separarme jamás.






19 de agosto de 2009

Ya estoy reconciliada con el freelance y otros temas de gran importancia


Sencillamente, en un viaje exprés a Querétaro, me di cuenta de que es mil veces mejor que los horarios castigadores de las empresas. De todos modos pierdes el tiempo. De todos modos esperas desde las 11 de la mañana, con un ansia loca y estúpida, la hora de la comida. De todos modos, después de la comida, te sientas somnoliento frente a la computadora y tu cerebro se desconecta, se deja ir, entra en un estado catatónico apacible y despreocupado. Trabajas con los músculos contraídos porque dormiste mal y poco. Ves a tu jefe y te dan ganas de apuñalarlo, porque después de todo, su trabajo es vigilar que seas productivo y estés haciendo
algo constantemente.

De todos modos, todos trabajamos lo mismo. Todos tenemos fechas límite, y entregamos el trabajo hecho sin importar los desvelos, las inyecciones cafeínicas (o heroínicas), y los tiempos perdidos en esos estados catatónicos. La diferencia es que el empleado de oficina los padece frente al monitor o la máquina de cafés o sentado en el baño con los pies alzados para que nadie lo vea. Y los frilanseros, ja: los frilanseros los empleamos frente a la televisión. O en un parque. O en un Burger King. O en una clínica de rehabilitación.

***

Como les decía, estuve en Querétaro. Tenía objetivos muy claros: ir a la graduación de Fanny, que por fin ya es cocinera profesional (gastrónoma, pues), y arreglar lo de mi titulación.

En lo segundo, como siempre, me hicieron dar 54,9 vueltas alrededor del campus, persiguiendo documentos puñeteros aquí y allá. O esperando a las secretarias/encargadas de biblioteca, que como buenas asalariadas, son impuntuales e ineficientes. Luego tuve que ir al periódico de mis prácticas profesionales por una puñetera firma: por supuesto, mi ex jefe no estuvo sino hasta la tercera vez. Sentí escalofríos nomás de caminar por esa hórrida calle, repleta de bodegas de azulejos y albercas.

Ese jueves nos tomamos unos martinis, y luego procedimos a seguir matando neuronas con el ya desaparecido bloguerísticamente Calleja. Esto lo cuento porque surgió un chiste estúpido que hemos repetido ad nauseam en Twitter, y que no es gracioso a menos que hayas estado ahí.

Sentados en el jardín de su casa, mi amiga María vio una lucecita en un árbol. Como hasta entonces habíamos estado filosofando barato, reacción lógica de la ingesta de sustancias ilegales, María reaccionó rápido:

- ¿Es eso una lucecita que está parpadeando desde el farol de la calle... o es el diablo?

Lo dijo con tanta seguridad en sus palabras, con una irrefutabilidad tan evidente, que todos coincidimos en que si no era la luz,
forzosamente tenía que ser el diablo. Sólo eran dos opciones: un efecto natural o el mismísimo Belcebú.

A partir de ahí, de la deformación de una broma, le dimos al DIABLO una entonación de gringo explicándole algo inexplicable a un mexicano. ¡Es EL DIABLOU! Y desde ese momento, y hasta la fecha, hemos pasado casi 36 horas totales riéndonos del asunto. Es increíble cómo una broma puede durar tanto tiempo, casi sin alteración, y renacer en el momento exacto en que ya estaba muerta. Tres horas después, cuando alguien se quedaba callado, era pertinente preguntar si eso era el silencio.. O EL DIABLOU.

El viernes tuve una mañana difícil. Me había quedado sin un peso en la bolsa, y tuve que despertar a Fanny para que me prestara ¡1oo pesos! para sacar mis cartas de no adeudo a la biblioteca. En el camino, llamaba a mi "pagador" para que me pagara, pero no me contestaba. Me daba de topes contra todas las paredes de mi antiguo recorrido a la facultad. Veía niños y me daban ganas de patearlos. Veía parejas y me daban ganas de desollarlas. Veía hot-dogs y me daban ganas de comérmelos.

En la universidad, por supuesto, nadie trabaja antes de las 1o de la mañana. Di vueltas absurdas, hablé con una secretaria y le comenté que la ineficiencia de la burocracia era pasmosa, y al hacerlo las lágrimas rutilantes estaban al borde del derrame. Avergonzada, corrí a refugiarme en el único sitio que siempre me ha aceptado con los brazos abiertos: el internet.

Me enteré de una gran noticia.

Finalmente, pude resolver el absurdo. Me titulo antes de que acabe el año, como 18 meses después de lo que tenía proyectado. Mi plan maligno e infantil de titularme antes que todos mis compañeritos, con el único fin de chingarlos simbólicamente, se fue al caño en el momento en que casi la totalidad se tituló antes que yo. Pero no me importa, porque yo tengo un... líquido para limpiar lentes de armazón.

El sábado fui a sacarme unas fotos ovales, y luego vagué por el centro (previendo el pandemonium en casa de Fanny, donde había casa llena). Fue un paseo reparador. Querétaro me gusta muchísimo en tanto que cada esquina y cada calle me trae un recuerdo específico de la adolescencia. Sin embargo, hay tanto que no me gusta de esa ciudad. Hay tanto que me hubiera gustado no vivir ahí. Hay tantos anuncios mal escritos, tantos camiones que en algún momento me tiraron en alguna avenida (verídico), tantas distancias qué recorrer para tomar un transporte público, tantas reminiscencias de la pobreza universitaria y las comidas de cartón.

La graduación fue bonita. Bebimos y comimos como reyes (o como invitados de graduación de estudiantes de Gastronomía, que se le asemeja). Nos burlamos de la gente, para anticiparnos a las burlas de la gente, y bailamos desde nuestro lugar. Al salir, la pose DEL DIABLOU:



Hace mucho que no escribía posts tan pormenorizados de mis actividades. Otro logro: vencí un nuevo paradigma alimenticio, y comí pancita. No vomité.

Finalmente, fue un buen viaje. Pensé en muchas cosas. Todo este mes ha sido de replanteamientos muy grandes, que empezaron con un post iracundo (¡hola, rechazados de la UNAM!) y culminaron en una de las acciones más abominables que he cometido (¡hola, flaggeo innecesario!). Es como cuando uno tiene la certeza de que es horrible, y luego lo comprueba, y luego piensa que no, pero luego otra vez lo piensa... y al mismo tiempo reconsidera sus afiliaciones políticas, sus creencias e ideologías, y mientras tanto se da la oportunidad de probar platillos como la lengua en escabeche y el caldo de pancita.

De ahora en adelante, hay muchas cosas qué demostrar.






¡EL DIABLOU!



9 de mayo de 2009

No soy buena amiga


Tampoco he sabido, cuando he tenido la oportunidad, ser una buena novia. Ni hermana, ni hija, ni nada que implique desprenderse del egoísmo fundamental. O nada que implique tener detalles, hablar con sinceridad, llamar por teléfono de vez en cuando, demostrar cariño.

En el primer semestre de la prepa, Imelda era mi mejor amiga. Yo recién había llegado a Querétaro, no conocía a nadie y me costaba trabajo socializar. Sin embargo, aún hoy, me doy cuenta de que nunca hice un esfuerzo tan grande como entonces.

A Imelda la escogí, por decirlo de algún modo. Estábamos en una clase, la vi dos butacas adelante, y noté cómo se reía y cómo era simpática y cómo los demás la apreciaban y la consideraban una tipa agradable. Así que le hablé un día en el baño, así nada más. Y desde entonces fuimos amigas.

Pero siempre hubo una barrera entre nosotras. Aún no lo sabía, pero se gestaba en mí esa rebelión adolescente que ahora, vista a la distancia, es absurda... pero que entonces era letal. Un desinterés atroz se apoderó de mí y poco a poco me convertí en la puberta apática llena de ira, me abandoné a la depresión y a un modo de vida que yo creía muy marginal, pero que ni siquiera era medianamente subversivo. Además, claro,
Imelda no me comprendía. ¿Quién podía comprenderme? ¿Quién podía interesarse en las mismas cosas que yo?

Imelda era el tipo de amiga que te escribe cartas por cualquier motivo, que te pregunta por qué estás triste, que te lleva galletas hechas por ella misma si estás deprimida, que te anima a hablarle al sujeto que gusta, que te presenta otros amigos y te invita a fiestas... Y yo, simplemente, no podía lidiar con eso.

Puede que mi concepto de la amistad esté maltrecho. Luego conocí a Fanny y a Carla, la misma apatía generalizada, la misma ira tonta y adolescente, el mismo gusto por conductas como levantarse tarde, escuchar a Placebo en
repeat sin decirse nada, relegarse de los demás sin motivo y sólo andar por ahí sin cuestionarnos sobre nuestros sentimientos, anhelos y esperanzas.

Un par de años después, Imelda me preguntaba qué había hecho mal. Y me vi explicándole que
no era ella, sino yo... Y preguntándome, en el fondo, por qué actuábamos como esas parejas tontas que deben aclararse cada motivación y gesto, cada acción y consecuencia. Me sentí muy cansada de no poder corresponder su amistad con la misma intensidad, con el mismo entusiasmo, con todos esos gestos sencillos que ella, con todo su derecho, esperaba: comprenderla, escucharla y animarla, simplemente.

A la fecha, me siento muy triste cada que pienso en Ime. En cómo nuestra amistad siempre fue una línea recta en la que ella siempre andaba atrás de mí, alcanzándome, de modo disparejo e injusto. Y cómo, en contraposición, con Carla y Fanny siempre fue muy fácil, quizás porque nadie esperaba nada de nadie. Porque era natural. Porque teníamos ganas de ir a los mismos lugares, escuchar la misma música, ver las mismas películas, hablar de los mismos temas, e integrarnos, sin resistencia, a un sector de la sociedad que tampoco esperaba nada de nadie. Ah, la apatía de la adolescencia.

Creí, absurdamente, que siempre sería así. Que me conduciría por la vida conociendo a muchas Carlas y Fannys que tampoco esperarían detalles cursis de mí, ni que me comportara como esas amigas que se acompañan al baño y se prestan la ropa y se apoyan en todo jodido momento. Ya lo dije: soy egoísta. Pienso en los amigos como prolongaciones vivientes de la diversión y la felicidad, como los recipientes de anécdotas que alguna vez viví, y -sobre todo- como Wikipedias con bocas con las que nunca me canso de conversar. Y, por eso, siempre espero que sólo vean eso en mí.

Vamos: me gustaría vivir mi vida sin que nadie, absolutamente nadie, esperara nada de mí. Ya me he dado cuenta de que no soy sincera ni abierta, sino que
me sumo en el silencio y doy pie a la malinterpretación. Que pido demasiado tarde, cuando mi solicitud ya es más bien exigencia, y una exigencia demasiado obsoleta por lo demás. Que, en el fondo, no merezco tener ni la mitad de amigos que tengo.

Creo que ya lo había dicho.

Soy una basura. Eso no impide que, a veces, me dé cuenta de cómo no he podido alejarme de lo que Imelda significó para mí y sienta una punción entre el estómago y el pecho... que sólo puedo definir como culpa. Y nostalgia. O impotencia, esa impotencia de saber que tenías todo en las manos para darlo y decidiste, casi por ningún motivo, no hacerlo.

He conocido otras Carlas y Fannys. Ahí están: no les diría jamás que los quiero (porque los quiero), salvo si estoy demasiado intoxicada como para saber lo que estoy haciendo. Nos vemos, hablamos, charlamos, nos regresamos para nuestras casas... No hace falta ponerle palabras a lo evidente, porque ellos me hacen feliz sin que se los diga.

Pero he conocido otras Imeldas. Y no sé por qué, si ni siquiera soy la clase de persona que merecería tener una amistad así... Y de nuevo, el círculo se repite: para estas personas, cualquier cosa que les dé no será suficiente, aún cuando mi torpeza emocional me haga creer que lo es.

Sólo quiero decirles, por ocasión única, que lo siento muchísimo y que los quiero. Y que lamento de veras no ser la clase de amiga/novia/hija/hermana que merecen.


27 de abril de 2009

¿Qué tengo que hacer para conseguir un cubrebocas?



No, en serio. ¿Qué diantres le pasa al universo? ¿Acaso tengo que pintarme la piel de verde, desorbitarme los ojos con un tenedor, raparme el cabello en sitios estratégicos y salir con muletas para que las putas farmacias me concedan el PRIVILEGIO de venderme un pedacito de tela con hilitos en cada lado?

Díganme si tengo que hacerlo, y lo haré. He visitado como 7 farmacias, no sólo en el DF sino en Querétaro (donde tuve oportunidad de ser parte de la ÚLTIMA reunión de la que formaré parte en mi vida post-adolescente), y en todas me dicen, apenas entro:

"NO, muchachita, no tenemos cubrebocas. ¡Salid de aquí inmediatamente!"


Tontos.

Subrepticiamente, este artefactito es más valioso e inalcanzable que los rubíes que la reina Sofía se ponía para irse de baile con su esposo Juan Carlos, el mismo de POR QUÉ NO TE CALLAS, JODER.




La gente no respeta a los hipocondriacos; nos tienen por dementes con problemas de autismo, nula vida sexual y baja autoestima. La verdad es que los hipocondriacos son los pioneros en algunos de los más increíbles avances en cuanto a calidad de vida se refiere:

1. Gel antibacterial.

2. Gotas de manzanilla para los ojos.

3. Descongestionantes nasales.

4. Vick Vaporub.

5. Yakult.

6. Las películas de Woody Allen.

7. Esponjas reforzadas con granito de las cuevas de Tuxtla Gutiérrez, para una exfoliación profunda.

8. Kleenex anti-virales. Los hay. Se vendieron por montones el pasado diciembre.


La verdad, ya lo dije, estoy aterrada. Pero el miedo es, por definición, irracional. No traten de convencerme de que un atropellamiento es más letal y probable, porque para mí es como si me hablaran en un dialecto mandarino que dejó de hablarse hace nueve centurias.

Lo expresé en Twitter: es irrespetuoso y ojete que la gente que está muuuuuy calmada nos hable con tanta condescendencia. Traten de, no sé, por una vez en su vida ser un POQUITÍN empáticos. No por ser tan ecuánimes están libres de contagio, cerdos.




En noticias más serias...

La ciudad no está exactamente vacía, pero hay algo en ella que sin duda está fuera de lugar. Como un cuadro en la pared ligeramente desviado ocho grados sobre su nivel: nada demasiado alarmante, salvo el hecho de que el 75% de la gente usa cubrebocas y te mira con desconfianza, pero de todos modos perturbador.

Como una gran fanática de las películas sobre el Holocausto Zombie, me siento un poco en ese estado de alerta en el que apenas intuyes que todo está por irse al caño. Estamos en el foco de la infección, en la ciudad -por las cifras- más peligrosa del MUNDO. Caminamos como por inercia, con miedo y parsimonia, sabedores de que un paso en falso y, sin más, la muerte. No quiero ser catastrofista, saben que no está en mi naturaleza -"sarcasmo"-, pero tengo miedo. No sé exactamente de qué, no lo tengo muy claro aún, pero me aterroriza pensar precisamente en eso: en el no saber.

Todos los desastres comienzan en la incertidumbre.

Actualización:

Las compras de pánico son asquerosas. Los productos más deseados son los jabones antibacteriales (¿cómo es posible que antes pudieras incluso elegir combinaciones exóticas, y ahora sólo te dejen los de olores feos de hierbitas y lácteos?), el Aderogyl y el Cevalín. Cambié todos mis jabones, que eran de glicerina y expelían aromas a baños noruegos, por puro Escudo ultra-protección de color y sabor de flojera. En la fila vi a una tipa que golpeaba el piso con el zapato, traía DOS tapabocas y compró como cuatrocientos diferentes productos de limpieza. Ahí supe lo idiota de nuestra actitud. Para no desentonar, hice lo propio.

Y me compré una planta. Es como mi zapatito de bebé en ¡Viven! Esta planta y yo llegaremos con vida al final de la epidemia:

Le tuve que comprar una maceta gay o no sería yo. La nombraré... ¡APE 2000!



25 de abril de 2009

Miedo a morir

Ayer me levanté a las 6 de la mañana, no por decisión propia sino obligada por las circunstancias. Estaba ligeramente cruda, lo admito, pero aún así tuve la suficiente presencia de ánimo como para ponerme unos pants y una sudadera con circulitos que marean si la ves de lejos.
Bajé mi bicicleta los tres pisos, al borde del colapso, y me lancé a una mañana infeliz. Di vueltas por el parque España, por la plaza Río de Janeiro, por el parque Luis Cabrera, a lo largo de Álvaro Obregón, por las calles de Tabasco y Tonalá, y finalmente a través de la infame ciclovía de Chapultepec. En mi trayecto me di cuenta de algunos hechos perturbadores:
1. Las mamás llevaban a sus hijos a la escuela. Unas por despistadas, y otras porque no les importaba que sus hijos murieran con tal de hacer su prueba Enlace. A unas y a otras les comuniqué, muy amablemente, que no había clases. También agregué un "tonta" al final de cada frase. Ninguna me hizo caso.
2. La gente usaba cubrebocas, y se alejaban cuando yo me acercaba para desearles un bonito fin de semana.
3. Algunos automovilistas me susurraban frases ininteligibles, sin importarles que yo trajera mis audífonos puestos y que por puro atrevimiento me pasara algunos altos, pero supongo que eran buenos deseos y recomendaciones de seguir por el buen camino.
Para cuando llegué a mi casa y me senté un rato a ver las noticias, una sensación inexplicable se apoderó de mí. Era una mezcla de incertidumbre y pánico. Miré mi kit anti-Holocausto Zombie, colgado en una vitrina sobre la pared, y pensé: creo que esto no nos servirá esta vez. Bajé las escaleras atropelladamente, armada de una bayoneta y siete cajas de somníferos, y les grité a los que pudieron oírme que estábamos perdidos. Luego subí de nuevo, clavé clavos en la puerta arbitrariamente, puse dos pedazos de madera en las ventanas, me metí a la cama con una linterna, y le recé a Alá que la fiebre pasara pronto.
Un par de horas después, motivada por la verdadera pandemia (la hipocondría, esto es), empecé a toser y a sentir que desfallecía. Me convencí de que estaba infectada, hecho muy explicable dado que la noche anterior había departido en un par de barecillos infestados de gente, de horrible gente infectada, y pensé que ya todo estaba perdido. La amenaza se había cernido sobre mí.
Siempre he tenido miedo de morir joven. Es un miedo absurdo, pero probable. Siempre que he tenido ocasión de sentirme cercana a la muerte -como cuando me atropelló una bicicleta o cuando una torta de choriqueso me cayó mal o cuando tuve la certeza de que estaba contagiada de ébola- pienso en una cosa solamente: mis pendientes. Todos esos archivos de Word a medias, con anotaciones jocosas como "introducir conflicto de intereses en el capítulo quinto" o "nuevo personaje: maniaco depresivo obsesionado con las fobias". Esos textos a medias que jamás podrán concretarse porque en vida no tuve la suficiente fuerza de voluntad para acabar todo lo que empezaba.
Naturalmente pienso en mis amigos y familia. Pero me imagino que se las arreglarán sin mí, y vuelvo a los archivos de Word: ¿qué será de ellos cuando muera?
Lo bueno es que resuelvo todo escribiendo posts tontísimos que no reflejen la verdadera preocupación y las verdaderas reflexiones y los verdaderos propósitos.
Tengo miedo de la influenza. Caí en el pánico colectivo.


20 de abril de 2009

Se cierra la votación


Y les juro que no hice chanchullo. Todo aquí es legal, no como las elecciones en México y el IVA de Ticketmaster y los chows de Laura Bozzo y lo
light de los refrescos y los amigos que de hecho conoces en Facebook.

Para mostrar mi rectitud, he aquí unas impresiones de la encuesta con todo y estadísticas:

Cerramos la encuesta a las veintiún horas del lunes 20 de abril, y declaramos al ganador indiscutible...


















El compadre S.S., también conocido como Monstruoso, con la frase:

A veces, cuando estoy bajando fotos de personas que no conozco en Facebook, me gusta pensar que de hecho yo corté con ella.




He aquí las pruebas que sí quisimos presentar, no como los del IFE y como los productores de Laura Bozzo




En segundo lugar tenemos, como el amable lector puede constatar con un vistazo, a la bloguera Fa-fa-fabister Crowley, con la gran frase:

A veces, cuando se descompone el Large Hadron Collider, me gusta pensar que me llaman a mí para que vaya a Geneva y se los componga en chinga.



Y en tercer lugar tenemos a Yo-yo-yo-soy ella, con la frase:


A veces, cuando veo viejas ultra-buenas por la calle, me gusta pensar que son frígidas y anorgásmicas.



Excelentes frases las tres, muy superiores a la original, y tendrán un bonito regalo que está en proceso. El gato Malken fue removido de su cargo, por pendenciero, y en su lugar tenemos a la gata Mina. Hace básicamente las mismas gracias, como tomar agua del grifo y dejarse acariciar, así que le dimos chance:


Ni el gato Malken ni la gata Mina son de mi propiedad, como ya expliqué, pero igual los quiero. Los acaricio y no me hago cargo de su manutención. Todos los beneficios y ningún perjuicio.




En otras noticias

Ayer tuve una parálisis del sueño. Es la primera vez en este departamento, y sufrí los percances que la Wikipedia tan bien resumió muy a mi pesar. Me entró un miedo increíble, por ninguna razón, y no pude moverme. De pronto, tuve la sensación de que entraban...


Esperen.


Tienen que leer esto con mucha soltura, con mucha naturalidad, como si lo que dijera a continuación fuera equivalente a decir que ayer fui a andar en bici -que sí lo hice. Lo de la bici. 


...Tuve la sensación de que entraban ¡los mismísimos jinetes del Apocalipsis a mi recámara! Tuve la seguridad de que estaban ahí y, les juro, pude escuchar los golpes de los cascos contra el piso (las parálisis del sueño, como las películas malas, también tienen plot holes: el piso es de alfombra). Sabía que de voltearme los vería, ataviados con ropajes negros muy vikingos (las parálisis del sueño, como las películas malas, también tienen pésimos directores de vestuario) y rostros deformados y cadavéricos. Quise abrir los ojos y no pude. En mi sueño, cosas terribles que jamás podría reproducir en palabras tomaban lugar. De pronto, pude abrir un ojo. Luego, el otro. Respiré. Oscuridad total. Logré darme la vuelta y enseguida fui tragada por las fauces de un sueño pesado y violento, que me torturó durante 6 horas seguidas.

Bien padre todo.

Parálisis del sueño: definitivamente no es la recomendación de la semana.



En otras otras noticias

Hace mucho que no escribía en mis Textos Serios. Debe ser porque el nombre no sugiere nada divertido ni interesante.

En realidad, mi parálisis del sueño se originó por un libro de Auster. Pero lean acá mis sentidas reflexiones al respecto.

Aquí.




Lo cual también me recuerda que mi post favorito en ese blog es Discovery. Aún me parece perfectamente lógico, y perfectamente real, y aún me parece que colonizar el corazón de alguien es la empresa más grande que existe.



14 de abril de 2009

Anuncio urgente


Interrumpimos la programación habitual de este cuchitril para tratar dos puntos de reflexión:

1. No me acordé sino hasta hoy, pero ayer cumplí un año en el Distrito Federal. Para efectos más prácticos, hoy hace un año había sido mi primer día en la maquiavélica agencia de publicidad. Lo único que recuerdo con claridad fue lo que comí a la hora de la comida, y cómo mi jefe que se parecía a Paul Banks pero en feo se sentó a mi lado, y nos miramos y
hubo un momento.

Perfecto: no hubo ningún momento. Ni entonces ni después, y por eso renuncié. Lo que más recuerdo de los "cheilers" -apodo más zopenco- es que echábamos mucho relajo, hacíamos bolitas en la sala de peloteo -cuántas veces me quedé sin aire y, pese a eso, continué en el juego con media cara amoratada-, a dos que tragaban un chingo de porquerías los apodábamos "Carbohidrato" y "Carbohidrata", cómo mi mañana no estaba completa si no me compraba mi torta de tamal verde saliendo de metro Polanco, todos los cafés gratis en el Coffee Bean de abajito, el tamaño jumbo de mi monitor, el olor de mis jefes los coreanos, y la comida donde estos mismos coreanos se pusieron hasta sus chanclas y se portaron de lo más amables.

Hace un año nomás me sabía el trayecto de mi casa al trabajo. Hoy me deslizo con soltura a través de la ciudad. Quiero decir: del metro. Quiero decir: de mi edificio. Quiero decir: de mi depto -con una recámara, quién no.

Hace un año mi vida era diametralmente distinta a como es ahora. Pero me gusta más ahora.

2. Mi colega Jordy ha venido hace un momento, le di un té de hierbas relajantes y me puse a contar borreguitos mientras él hablaba y hablaba y hablaba. La conclusión fue que los conminara a asistir a la presentación de nuestra oh oh revista electrónica, que 'tomará lugar' el próximo viernes 17 de abril a las 2 de la tarde, en el Claustro de Sor Juana. Habrá vinito gratis. Y galletas de animalitos. Y pedazos de diúrex y unicel y bolitas de papel. ¡Aprovechen!



En el caso remoto de que no pueda asistir, probabilidad cada vez más cercana a la realidad, he preparado un videíto baboso que los asistentes podrán disfrutar mientras remojan sus galletas de animalitos en el vino. Hablar no se me da. Mis bromas no causan gracia. En un primer ensayo, quise hacer una broma idiota y no salió, por lo cual sentí vergüenza y paré el video. Luego dije: bah, todos deben saber qué tan fallida bromista eres, ¿por qué no lo subes a tu bló? Así que lo hago en este momento, no sé para qué. Quizás para que se burlen de mi voz, porque ustedes no creen que tenga voz de pito pero están a punto de comprobarlo. Y burlarse por ello.




Nótese cómo me inventé lo de la junta, porque puede que sí tenga junta, y puse cara de tristeza. Y luego no supe qué decir para rematar. E hice cara de tonta. Y cómo ahí se acaba el video. Nótese.













Por solicitud de cierta gente que se metió a mi canalcito de YouTube, les comparto de una vez otro video idiota que grabamos bajo un estado alterado de conciencia llamado PENDEJEZ CONGÉNITA. Es tonto, pero aburrido. Nos la pasamos tragando papas, bebiendo cerveza Barrilito y escupiendo sandeces en un periodo de 2:27 minutos. Disfruten: