Ya regresé al DF y todo comienza por segunda vez.
Al final, claro, no quería hacerlo. Deseaba quedarme con mi rutina, que era casi inexistente. Sé que no hay por qué aclararlo. El punto es que, para irme a Sudamérica, dejé mi departamento. Regresé un tiempo con mis papás, porque así podría ahorrar. Y ahorré. Como no pagaba renta, pude irme a Estados Unidos y recorrer Chicago, Pittsburgh, Nueva York, Boston... Fue un buen viaje. Pero luego volví.
Durante ese tiempo, ya había imaginado que ocurriría, caí en una depresión. No me pasaba desde la adolescencia y tampoco estaba preparada. Sigo lidiando con ella. Ya sé cómo funciona y sé que el proceso será largo, pero tengo todo el deseo de curarme. El primer paso era éste. Recuperar mi vida. Reordenarla, armar nuevas rutinas, ocuparme, ser productiva. Sólo me falta comprarme una mascota e intentar no matarla, lo cual está solucionado: mi roommate tiene un perro y dos gatos, y mi único trabajo es no asesinarlos por accidente.
Me siento como cuando Dawson arranca todos los pósters de Spielberg de su cuarto y sólo deja el "Imagine" de Lennon. Tengo mi pequeña crisis de fe. Cuestiono todo lo que soy, lo que hago y lo que puedo hacer. Mi mamá me dice que es natural. Pero poco a poco llego a la conclusión de que lo único que tengo es mi deseo de hacer algo, mi amor por eso, aunque sea mala en ello.
Qué año tan raro. Está dividido sólo en dos partes: mientras estuve fuera del país, viviendo sin entender, y mientras estuve aquí pensando hasta la náusea.
La foto de arriba es de mis nuevas llaves. Es un dedo zombie. No es metáfora de nada, pero es bonito y es mío. Allá afuera, en alguna parte, perdí un pedazo de mi vida. Quiero que esté ahí de nuevo, quiero alcanzarla con los dedos y tocarla y saber que existe. No deseo nada más que eso.








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