17 de noviembre de 2010
La Isla a Mediodía vintage
16 de julio de 2009
¡Hoy voy a cambiar!
¡Ya! ¿Leyeron? Estoy harta de la concentración que el maldito internet me arrebató. Estoy harta de tener un maldito Twitter y leer lo que la puñetera gente hace aunque no me importe un puñetero carajo. Estoy harta de tardarme 4 horas en algo que normalmente me llevaría 2. Estoy cansada, puñeteramente cansada, de irme a dormir a las 3:28 de la madrugada y despertar con los huesos adoloridos.
¡Hoy voy a cambiar!
Aprovéchenme porque esta rorra se les va. Se acabó el Twitter, se acabó la navegación absurda por internet, se acabó tener abierto el maldito Firefox cuando estoy escribiendo o haciendo algo que no necesita que tenga abierto el maldito Firefox.
Empezaré un régimen estricto de disciplina laboral. No me vuelvo a desvelar por NADA. No lo merece. En cambio, me levantaré tempranísimo y trabajaré como si no hubiera un mañana, y luego descansaré lejos de Wenceslao, y luego trabajaré y no me importará nada.
¡Lo siento pero ya no contestaré comentarios ni replies en Twitter! ¡Ni cosos absurdos en Facebook! ¡Ni me voy a conectar al messenger! (de todos modos ya no lo hago frecuentemente).
¡Y ni se les ocurra hablarme en Gtalk!
¡Me les fui!
Lo siento mucho... Pero mi cuerpo lo siente más.
13 de enero de 2009
Pruebas irrefutables de que me dirijo al inexorable camino de la adultez
El contrato de mi departamento expira el 1 de diciembre. En últimos días he acariciado la idea de no renovarlo después, quedarme sin techo ni cobija, y arrojarme a las fauces del mundo-mundo, a ver qué me depara. Por lo tanto, no me esfuerzo demasiado en los arreglos, que han sido muchos: sockets fundidos, paredes con manchones, hoyos en las paredes, puertas sin tornillos, una falsa chimenea sin provecho ni utilidad, falsas duelas levantadas, inundaciones colectivas en el piso del baño, carencia de interfón, vecinos pasmosamente estúpidos y Jon Secada en repeat por las mañanas.
He hecho lo que he podido: arreglitos transitorios con herramientas rudimentarias (una piedra, la piel de un mamut y la saliva de cincuenta bebés), pero al final digo ¡bah! y me pongo a ver programas sobre maniquís enamorados. Me han ayudado, por ejemplo, a pegar un librero a la pared. El técnico que me puso el teléfono me hizo los hoyos con su atornillador (¡albuuur!) y los taquetes, para posteriormente colocarlo ayudado de un desarmador, un martillo y algunas groserías. Y quedó chueco.
Ahí me tienen, en medio de herramientas primitivas y partes de librero, con la aventura a cuestas.
Pero entonces un MALDITO TORNILLO decidió que no se le daba la gana embonar. Incluso lo torturé con el martillo, pero nada: el muy sinvergüenza prefirió quedarse ahí, a medias.
(aunque al menos pinté el buró con pintura de aerosol color rosa chillón, para lo cual fui ayudada por los albañiles de la construcción de al lado, quienes notaron mis apuros para abrir la infame lata. Uno se me acercó, me hizo señas, yo le arrojé la lata, él me la abrió y me la lanzó de vuelta. Y luego hicimos una fogata y cantamos canciones de Bob Dylan)
Estoy confundida. La adultez es un camino estrecho, oscuro y húmedo en el que todo es extraño. No me acostumbro a las horas que, se supone, debo economizar y administrar. Firmo cosas sin saber qué significan. Pago deudas que no estoy segura de haber contraído alguna vez. Compro papel fabriano por recomendación de Hernández y ni siquiera sé para qué iba a usarlo.
Antes todo era más fácil: llegabas de la escuela, te comías tu sopa de fideos y veías Animaniacs como imbécil todo el día.
Espero, a pesar de todo, no abandonar mi puerilidad. Es más: ya estoy trabajando en ello y por seguridad me obligo a ver esta estúpida lámpara todos los días:
7 de octubre de 2008
Diario de una filmación
Los detalles, como se sabe en estos casos, no los doy al cien por ciento. Corro el riesgo de que me digan: "por lengualarga, TE VAS". Y entonces mi breve trayectoria en las súper producciones con presupuesto para comida chatarra se vaya al caño.
Sin embargo, rescato breves lecciones de los dos días que llevamos a marchas ultra-forzadas (con sus pausas para comer tortas y sándwiches de jamón con queso y gelatinas Danny, sin contar los largos periodos muertos en que uno se la pasa dándole vueltas a un cable para hacer como que está haciendo algo):
a) Las casas que están decoradas casi por completo con flores artificiales merecen una inspección del Ministro de Decoración y una sanción de la ONU por crímenes contra la humanidad. ¿Cuál es el punto de poner una flor de plástico en tu sala? ¿A quién tratas de engañar con su rocío de silicón? ¿Cuál es el beneficio directo de comprar dieciocho jarrones de cerámica acapulqueña para colocar unas margaritas falsas que constituyen una de las más fehacientes pruebas de terrorismo visual? LO PEOR: colocar pétalos falsos (fal sos) en el baño.
b) Los maquillistas dark son la hostia. Creo que adoro a éste. Pasamos mucho tiempo hablando de medicina forense y las cubiertas de los misales 1997. Y de zombies. Zombies del futuro.
c) En una súper producción no aprendes nada posteable o, al menos, nada que merezca estar en una lista en un post escrito al vapor.
d) Ya no me acuerdo.
Cuando tenga detalles, se los daré. Oh, ¡Alá sabe que se los daré!
1 de julio de 2008
Conflictos laborales de ayer y hoy parte II
El 14 de julio acaba mi contrato provisional y no lo voy a renovar. Dicho así suena a eufemismo, pero no se me ocurre otro término: ni me corren ni renuncio.
El asunto no pasa a mayores. Hace unas semanas que maquinaba la decisión, como bien puede constarse en la parábola anémica del presente cuchitril-bló, me deprimía pensar en “tirar la toalla”, “no dar el ancho”, “darme por vencida a las primeras de cambio”.
Hoy veo todo de forma más benigna. El trabajo no era para mí y durante 3 meses no logré tomarle el gusto. El ambiente es inmejorable, sí; las bromas abundan, sí; hay bolitas multitudinarias frecuentemente y durante una de ellas casi sufro un colapso pulmonar, sí; los licuados de la señora del parque Uruguay son absolutamente estupendos, sí; mi jefe es un maniático, no.
Reitero lo que dije mi segundo día aquí: mis compañeros son la onda. Los voy a extrañar (excepto al que me asaltó al salir del baño y me hizo ponerme pechotierra y luego me roció con aceite caliente y me prendió fuego hasta que desperté); no tanto a ellos como a sus charlas sobre asuntos profundísimos de la cultura pop. En serio, lo confesé vía Twitter, las únicas charlas intelectualmente estimulantes que obtengo en la semana son las de jueves de Covadonga. Harina de otro costal.
Paradójicamente, ayer que tomé la decisión mientras charlaba con mi pseudo-jefe rockero que usa cadenas de metal alrededor del cuello y se pone mucha laca para el cabello, no sentí miedo sino curiosidad. De súbito se abre un abanico de posibilidades y, con toda franqueza, no puedo esperar para saber qué hay allá afuera para mí.
(pausa emotiva en la que el lector puede ir por una cerveza u orinar un poco. Sólo un poco)
Ayer se fue la persona en la que más confiaba en la agencia. La noticia nos cayó a todos de sorpresa, y enseguida vino la sensación de injusticia y extrañeza. Lo que más me sorprendió, sin embargo, fue la entereza con que asumió esta decisión. Días antes me había dicho que un signo de madurez no es simplemente “cumplir con tus compromisos”, sino saber distinguir lo que quieres de lo que no.
Su cumpleaños fue hace poco y ayer partimos el pastel. Fue el cumpleaños más bizarro, y pudo haber sido el más incómodo, pero él apagó las velas y dijo: “¡Deseo que me corran!”. Tomar el asunto con esa ligereza de espíritu me doblegó. Ojalá algún día yo tenga la misma lucidez para afrontar las cosas. Me gusta pensar que sí, pero me faltan años para comprobarlo.
Mientras tanto: futuro nebuloso.
Chanca-chancán-¡manténgase en sintonía!
23 de junio de 2008
Buena semana
- No me ofreciste el pay de manzana.
El gerente me miró con algo parecido a la furia inclemente, encogió los hombros y luego dijo:
- Recógelo por allá.
El triunfo me pareció más fantástico que las millones de veces en que he obtenido algún logro, como pisotear un camellón sin llenarme los tenis de lodo o llegar tardísimo y descubrir que mi jefe/maestro no ha llegado. Fue como escupirle al Sistema®. Después de todo, sí es cierto que, si no te ofrecen el pay de manzana, te lo regalan. ¡Albricias!
Luego, la maravillosa Chilangelina le otorgó a este bló el premio al "Blog del Año", premio que no acabo de entender del todo... Porque si este bló mereciera un premio, si este blog mereciera un premio...
¡Si este blog mereciera un premio!
(metáfora que involucre fluidos corporales y una entrega de premios con alfombra roja y un discurso sensiblero)
Don Rufián Melancólico escribió la mejor reseña de la esa cosa que hacen pasar por película de suspenso, The Happening. Muchos aplausos.
Todas las situaciones anteriores nublan hechos menores como mi jefe tonto y... mi jefe tonto. Propúseme tener una semana excelente y no languidecer por causas nimias como mi jefe tonto y... mi jefe tonto.
Aunque sí: quiero ser reportera otra vez y quiero tener a un jefe contento otra vez. No es mucho pedir, ¿o sí?
16 de junio de 2008
¡Adiós, idiotas!
Por fin me despedí de la universidad, ¿y cómo lo hice?
Con fotografías donde sostengo el certificado volteado de cabeza:
Me fui dos días a Querétaro para dejar resueltos mis asuntos más inmediatos. El saldo: no presentar mi aproximación de examen profesional, y en lugar de ello permanecer sentada en el Dos Minutos café -en el que trabajé casi un año- con un frapuchino aguado enfrente y Triquis sonriente al lado. Llovía a cántaros. Mi exjefe llegó y de nuevo discutimos durante horas sobre cuestiones políticas. El tipo es un conservador implacable, y yo nunca dejé de ser una rojilla impertinente. Sostuvo mi paraguas mientras fuimos a la plaza de enfrente a recoger nuestras togas y birretes.
El día se me agrió por culpa de un maestro que me tiene mala leche, y cuando digo mala leche me refiero a que me detesta porque seguramente intuye que en el futuro tendré yates y prostitutos negros de ojos azules a mis pies.
¡Pero no importa! ¿Me lees, Gabriel? Al Consejo Estudiantil le espera una bonita queja pormenorizada con pruebas irrefutables de tu ineptitud, como mis correos electrónicos nunca contestados y una fotografía donde se observa que usas camellos australianos para transportar drogas blandas.
(Si usted no es Gabriel, no es mi maestro, y no es un tutor irresponsable, no lea el párrafo anterior. Si ya es muy tarde, trate de olvidarlo, como se olvidan los malos momentos de la vida: un regaño inmerecido, un percance sexual bochornoso, un 5 en la boleta de calificaciones, un perro atropellado a media carretera. ¡Shazam! ¡Lo ha olvidado por completo!)
Respecto a la ceremonia donde nos hacen vestir como una parvada de imbéciles, un profesor hace dos chistes malos, y la maestra de ceremonias lee poemas de Chuchito Peralta:
El discurso lo escribí, pero no pasé a leerlo. En lugar de ello, mandé a uno de mis representantes. En el texto introduje frases subliminales cuyo mensaje cifrado era “Lilián dominará tu mundo y el de los tuyos”. También, ya que estaba ahí, lancé unas cuantas pedradas disfrazadas y me refocilé en mis monotemas usuales: los maestros apestan, mis compañeros apestan, y la universidad apesta.
Lo bueno que yo no recibí los jitomatazos.
Y ya, fotos que ni saqué yo, pero es que el estómago me duele porque acaban de regañarme en la chamba. Error-no-tan-fatal, pero la juventud. Y la oración críptica anterior da pie a cierta reflexión ególatra sobre cómo no sufrí la tragedia del recién-egresado-desempleado, pero qué importa. Ahora estaría echada sobre mi cama viendo capítulos repetidos de Seinfeld.
¡Muerte al Mundo Corporativo!
6 de mayo de 2008
Alegrías y Estropicios de mi Vida Laboral
Al momento recordé, como muchas otras veces durante las exposiciones de la universidad, el segundo exacto en que me quedé congelada en primer semestre. Estaba exponiendo algo, una perogrullada seguramente, y de repente ya no supe qué decir y me quedé callada. Acto seguido: correr, correr como el viento.
Desde entonces DETESTO hablar en público. Casi siempre aplico paliativos instantáneos: alcohol, drogas duras, imaginarlos cubiertos de crema chantilly, improvisar de manera absurda hasta que el tema se ha agotado completamente, o simplemente alegar una enfermedad venérea que me impide usar la garganta en otra actividad que no sea languidecer en la cama.
Claro que ayer no me quedaba de otra. Así que lo hice, lucí muy imbécil por los primeros 10 segundos, y luego adquirí una seguridad renovada que me hizo brincar hacia la mesa circular y agitar los brazos oscilatoriamente mientras gritaba “¡Todos estamos perdidos! ¡El Apocalipsis está muy cerca!”.
Ahora ya nada me da miedo en la vida.
Luego está el asunto de los famosos “Goal Settings”, que no pensé tuviera que hacer en el cortísimo tiempo que llevo aquí. Pero ¡ajá! La coreana simpática creyó que era necesario que los hiciera el día exacto que teníamos que entregarlos, con semanas de ventaja por parte de mis compañeritos que llevaban días atorados y exigían una junta donde se explicara cómo debían hacerse. Uf: esa frase fue realmente larga.
Así que me senté y los escribí y fui muy inteligente y capacitada. Lo más genial, no obstante, fue escuchar a la Chica Fashion levantar la cabeza cada tanto y preguntar cómo se decía “contagiar” en inglés y luego otras palabras como “optimismo” y “buena onda en el ambiente de trabajo”. Si esos no son los mejores objetivos laborales en el mundo de los objetivos laborales, entonces no sé cuáles son los mejores objetivos laborales en el mundo de los objetivos laborales.
¡Oh! Y además soy la más joven de la empresa, por lo que los ejecutivitos de camisas fajadas consideran oportuno preguntarme cuál sería el celular que yo elegiría, y me veo en la obligación de responderles cosas como “el rosa tiene más punch”, porque es lo que podría esperarse de una veinteañera que es tan pero tan joven que es casi posible que no tenga capacidad de discernimiento, y tampoco distinga entre el celular rosa y el celular rosa con un toque de negro. Uf: esa frase fue aún más larga.
En general, las alegrías opacan los estropicios. En realidad, no ha habido estropicios. En contraparte, ya me voy a comer. Comida gratis.
Actualización: La cosa más graciosa acaba de pasar en el baño. Mientras me lavaba las manos, una de las ejecutivitas de ayer entró y me preguntó cómo había salido todo (en materia de guiones, no de lo que acababa de purificar segundos atrás) y mientras se lo decía, ella entró al baño y comenzó a orinar tan fuerte, ¡eran como las cataratas del Niágara!, que casi no podía alzar la voz para explicarle...
24 de abril de 2008
Incertidumbre
Por el momento sólo son unos golpecitos que no dan de qué preocuparse Un atisbo apenas.
¡Lo logré! De mi lista ya sólo falta concluir mi investigación incomprensible. Justificación, objetivos, marco conceptual, marco referencial, método, y metodología están en el horno y listos para ser cocinados a fuego lento… Ahora sólo me falta, digamos, el grueso de la investigación: el análisis en forma, con todas sus oquedades y recovecos, con todas sus posibilidades y divergencias, con todos los problemas que surgirán sobre la marcha. Todo para el 15 de mayo.
Alá, dame fuerzas.
De ahí a mi titulación estoy a un paso.
Pero incluso ahora me corroen las dudas, de la misma forma que me corroían hace 10, 7 años: ¿Debo permanecer en el Instituto Plancarte a pesar del constante buleo o cambiarme a la secundaria oficial? ¿Debo obstinarme en mi amor por José Juan o reclamar mi dignidad y dar vuelta atrás? ¿Prepa Sur o Prepa Norte? ¿Piercing en la nariz o ausencia de joyas en el rostro?
Ahora son: ¿Debo aguantar en una chamba en la que las únicas palabras que escribo son “Imagina el poder de una secadora con ocho mil watts de potencia”? Y luego pienso: una chamba en la que escribo. En la que me pagan, de hecho, por escribir. No exaltadas crónicas sobre pirámides malditas, ni disertaciones filosóficas sobre la naturaleza intolerante de nuestra nación. Nomás textos con cierto punch corporativo, una probadita apenas de lo maleables que son las palabras. Todo dentro de un ambiente plagado de bromas internas, referencias a la cultura pop, capuchinos de horchata, repentinos Gerbers de frutas tropicales, canciones de Magneto a todo volumen, un afro gigantesco, apodos inolvidables, expresiones como “estuvo incra güey, te mando besas”…
¿Cómo irme? ¿Cómo renunciar a todo eso? ¿A los coreanos, a las madalenas cubiertas de chocolate, al jardincito Zen que recibí como herencia involuntaria de la última mujer que ocupó mi cubículo? ¿Cómo? ¡¿Cómo, Alá, cómo?!
Lo bueno es que luego alguien hace un broma guarra y entonces me tranquilizo. Unos meses, un año. Veremos qué sale subrepticiamente.
15 de abril de 2008
Post advenedizo
Ya ando en el D.F. Hola, hola.
Grandes cosas por contar, pero me vigila un coreano desde el lado opuesto de la habitación.
Algunas Luces Altas (mala traducción de highlights):
Superé la crisis emo del viernes mediante balbuceos ebrios que me noquearon muy temprano en la madrugada. Lo solucioné despertándome el sábado a una hora indecente.
Esta Monica Geller ya encontró a su Rachel Green (así lo acordamos, porque a mí me va la neurosis y a ella la buenaondez personificada): Petronila.
Ayer juré que la habían asaltado, descuartizado (y posiblemente profanado su cadáver) mientras estuve esperándola una hora afuera del departamento. Al final resultó que el metro se había atascado por más de media hora, y entonces todo fue alegría y felicidad.
¡Escribo desde mi nuevo trabajo! Ya me sé algunas bromas internas, apodos ordinarios y por lo menos dos anécdotas ultragraciosas que son excelentes para la charla de pasillo.
Acabo de quemarme la lengua con uno de esos chocolates del Seven Eleven que saben a dios hecho chocolate.
Estoy esperando que me dejen usar la copiadora.
La confección de este post fue interrumpida durante 4 horas en lo que fui a una junta pero no revuelta y luego a comer y minitraducción y tal.
Mis compañeros de trabajo son LA ONDA. Increíblemente, todos son increíblemente buena onda. Increíble.
Además, acá está mi bróder Rogelio Garza.
Hartos coreanos.
¡Pero no le diré adiós al periodismo! Sólo planeo dominar el fascinante mundo de la publicidad (Don Rul dixit) como jobi de medio tiempo. Así llegué a convertirme en catadora de habaneros avalada por la Asociación Mundial de Habaneros (el nombre soso los llevó a la quiebra). Total: ya parece la profesión base del bloguero por excelencia.
Alguien acá se apellida Camberos y aún no he hablado con él y no sabemos si hay parentesco y por lo pronto ya se trata de El Primo y dicen que todas las campañas las echa abajo y uh uh uh.
Acumularé más aventuras y las postearé cuando acontezcan. Si no, siempre tendremos YouTube. Vean YouTube. Están en el último piso del edificio, por cierto, y no dejo de imaginarme que sus oficinas han de estar tapizadas de cartelitos con Edgar y la Morsa Remix.
4 de abril de 2008
Fin de temporada
Adiós a la rutina de llegar, ir al baño, tomar agua, revisar la blogósfera, bromear con el editor de deportes, leer correos electrónicos, mirar un punto en el vacío, odiar el trabajo, y luego empezar a corregir y corregir y corregir.
¿No han sentido, alguna vez, que algunos periodos de su vida son como un final de temporada?
En el mío todo ocurre a mil por segundo, con los emocionantes trámites de liberación de servicio social (¡Alabado sea Alá!) (en efecto), el cardiaco fin de las prácticas profesionales, el giro inesperado en mi elección por la Pepsi Retro en lugar de la Pepsi regular, las circunstancias adversas del calor que derrite a la población entera, y un nudo en la trama que quedará inconcluso: tenis verdes o azules.
Me tomaré unos días de vacaciones, en los que me dedicaré a levantarme tarde, ver programas malos en la televisión, comer chunches repletos de grasas saturadas y leer el último libro que saqué de la biblioteca. Oh.
¡Ajá! Hice todo a mil por hora y podré largarme antes que mis compañeritos de generación. ¡Tómenla por burlarse de mí cuando me caí en las escaleras del baño, y cuando las aguas de riego alcanzaron mi mesa en la cafetería, y cuando mi proyecto de multimedia generó risitas mala onda por la inclusión poco oportuna de Jeringuín!
26 de marzo de 2008
No hay post
Por más que he querido concretar una idea poderosa en torno a las coincidencias, el amor romántico y la futilidad de la blogósfera, siento mi cerebro como un mazacote de mermelada de chabacano.
Ayer fui la estrella de la redacción porque poseía una foto del JEFE-JEFE en su bella pubertad, con cabello a la crepé y mirada esperanzadora. Cómo llegué a ella, y en qué circunstancias me fue dada, constituiría un post altamente filosófico sobre los vericuetos de la vida y por qué mi imagen mental del amor romántico (de nuevo) está 78 por ciento fundamentado en telenovelas como “Alondra” y “Corazón Salvaje”.
Ya saqué mis recibos de honorarios, recién desempacaditos de la imprenta, así que ya nadie se hará perdedizo con mis pagos. Tengan cuidado, tengan mucho cuidado, empleadores de la industria periodística. Gran paso hacia la adultez absoluta.
Encontré un gran café cerca del periódico: barato, acogedor (¡Hay cuadros otoñales en el baño! ¡Revistas Hola en las mesas! ¡Porciones gigantescas de pastel!) y atendido por un viejito todo cejas y todo sonrisas que es, curiosamente, todo amabilidad. Claro: a diítas de que me vaya. Gracias, Murphy: siempre tan oportuno.
Todo luce a la expectativa. A lo mejor por eso no se me ocurren temas.
¡Pero volveré!
19 de marzo de 2008
Post ególatra (como todos, más velados)
Parece que la ciudad, que ya intuye mi pronto abandono, está echando mano de toda clase de tretas con tal de mantenerme a su lado (o sobre ella). Todo lo que me negó por siete años, de pronto me lo ofrece en un lapso menor a dos semanas.
Pues yo digo: ¡Naranjas!
La semana pasada estuve sumida en un océano profundísimo de pesar, confusión e incertidumbre respecto a mi futuro laboral. Iba caminando por la calle, pensaba en eso, e instantáneamente sudaba frío y las manos me temblaban. Mis sueños estaban poblados de persecuciones en rutas a las que nunca me subo, por calles donde nunca camino, y llamadas al 066 que culminaban en gritos y descalificaciones desde el otro lado de la línea.
Era un martes, y me levanté decidida a terminar con la mala racha. Así, después de una charla con el jefe, salí convencida de que "en provincia sobresaldría y en el Distrito Federal iría a competir". Pero no. Porque, ¿cuál es el mérito de sobresalir donde casi todos --- (censurado)?
Empecé a pensar que la ciudad no quiere que me vaya, que en realidad me está ofreciendo recompensas fáciles para que deje de pensar en todo lo que me he cansado de ella después de siete años de vivir en nueve lugares diferentes, en zonas disímbolas de la ciudad, con los trabajos más estúpidos y las ocupaciones más irrelevantes del universo.
He llegado a conocer la ciudad mejor de lo que hubiera esperado. Resultado evidente de recorrerla a pie durante tantos años. Sólo que siempre supe que en este momento me iría, que llegaría ese punto inevitable en el que ya no tendría nada que ofrecerme. Gasté todos sus lugares, sus avenidas, sus jardines, sus plazas, todas las nuevas sorpresas que podría darme. Pensé que no la extrañaría y ya la extraño un poco.
Por otra parte, ¿creo en la suerte? Probablemente no. El sábado estaba comiendo muy feliz en el área de comida de una pinche plaza a la que verán si vuelvo algún día, y cuando me di cuenta, ya me habían robado mi bufanda. ¡Mi bufanda! ¡Mi bufanda favorita! ¡La misma que perdí por tres meses y que luego recuperé sana y salva! Ahí pensé que mi suerte había acabado. Luego descubrí que no, y por dos horas tuve la cara roja y los puños crispados pensando en el desgraciado que ahora disfrutaba de mi bella bufanda de cuadros morados y ¿cafés? (¡Ya estoy olvidando cómo luce!)







