6 de enero de 2007

¿Los Reyes y cuántos más?

Siempre he tenido sentimientos ambiguos hacia los Reyes Magos. Simplemente a algunos nos parece en extremo sospechoso que tres tipos de tres diferentes nacionalidades anden por ahí regalando juguetes a escuincles que no se los merecen... ¡Y todo en una sola noche!

Pero, de hecho, nunca tuve quejas al respecto. Sólo que ahora, a la luz de la experiencia y los años, poseo la suficiente perspicacia para descubrir que fui vilmente manipulada durante mi infancia entera.

Apenas descubro que mi madre -mi abnegada madre, víctima del terror del consumismo, miembro de la ola y antecesora de la generación equis- me aleccionó velada y sutilmente, de los cuatro a los nueve años, con el fin de seguir sus órdenes maquiavélicas.

Por ejemplo:

- Mira este "jueguito de té". Es más bonito que el "Caballo galopante de Barbie". ¿Por qué no mejor lo pides? ¡Mira! Hasta tiene florecitas verdes y viene forrado de plástico transparente... ¡Transparente! Yo que tú lo pediría. Sí. Un jueguito de té... con el que podrás hacer muchas y variadísimas cosas. Puedes echarle... eh... agua. Y café. ¡Ah! No tomas café. Bueno: puedes echarle tu leche. Oh, sí. Qué bello el juego de té. Cuando yo era chica...
- ¡Está bien! ¡Voy a pedir el juego de té!

O:

- Barbie ya pasó de moda. Lo de ahora son los calzones con maripositas bordadas y una camisa blanca para rendir honores a la bandera todos los lunes.

O:

- ¿Qué te parece si este año pides unos zapatos para la escuela? ¡Son tan divertidos!

Etcétera.

Con lo cual, si pedía la Barbie Burbujas Mágicas, los Santos Reyes Magos de la Ilusión (como nos obligaban a ponerle en el destinatario, los muy perversos de mis padres) me traían un Nenuco con todo y su moisés. O en la visita nocturna del tianguis que se pone todos los 5 de enero, mi madre me mostraba juguetes "fenomenales" de los que hasta entonces yo no tenía idea y, si me volteaba un segundo, le guiñaba un ojo a la señora del puesto. De esta forma siempre lograba que rompiera mi carta rellena de dibujitos varios (porque siempre he sido una, ejem, artista con la pluma), que había hecho con la suficiente antelación -desde el 1 de diciembre- y que la mayoría de las veces estaba influenciada por los comerciales de Mattel que pasaban en el canal cinco... para escribir una nueva el 5 de enero por la noche con todos los pedidos que horas antes mi amorosa madre me había recomendado.

(pausa para recordar con nostalgia enternecedora aquellas épocas)

Su servilleta, como cualquier miembro de una familia con cinco hijos, tenía la la firme creencia de que sólo debías pedir tres regales tres (uno por piocha... de los reyes, se entiende) y, por ende, era menester meditar, reflexionar y sopesar cuidadosamente cada juguete que pedirías. Ahora mis padres nos confiesan que se iban al Gigante de al lado a buscar el material pesado y que luego, ya en tianguis o en ventas de medianoche, compraban el relleno.




Relleno: (sust.): Dícese de los juguetes baratos y vistosos cuya función es la de hacer bulto y sorprender gratamente a niños incautos -y babosos- que se emocionan con cualquier baratija.


Sin embargo, los Santos Reyes Magos de la Ilusión nunca me trataron mal. Lo que es más: me hicieron inmensamente feliz con prodigios tan increíbles como el Ken Barba Mágica (del que estuve enamorada durante muchos años), la Skipper en bikini, mi primera bicicleta (que me robaron tiempo después) y muchas Tutsi-Botas.

Pero aún, aún hoy, busco por todos lados el único juguete que siempre quise. El que deseé con más fervor. El que nunca faltó en mis melosas cartas. El que soñé e imaginé incansablemente. El que me hubiera hecho infinitamente feliz:


La Máquina de Calcomanías Mágicas


Siempre tuve la estúpida ilusión de que con ella al fin sería la pre-púber más fenomenal, sensacional y excepcional del universo. Imaginaba que podía recortar imágenes ultra-geniales de revistas y que, después de procesadas en la máquina, adornaría mi cuaderno como nadie más podría hacerlo. Adiós calcomanías idiotas del Rey León. Bievenido George Michael con peinado alto sacado de una Eres de 1989.


(nunca se me ocurrió que hubiera sido más fácil recortarlo con tijeras y pegarlo con Pritt)


Epílogo:


Todavía me acuerdo de una conversación idiota que tuve con alguien a los ocho años.

Alguien: Entonces mi hermano pidió una tontería. No piensa. Y aparte mis papás... Espera, ¿sí sabes quiénes son los reyes?

Su Servilleta: ¡Obvio!... Melchor, Gaspar y Baltazar.


2 comentarios:

emily dijo...

chale, yo también recuerdo que siempre pedí un adivina quién y el estúpido micro hornito (ahora mejor conocido como "horno mágico de barbie")...y claro nunca me los trajeron jaja

mike dijo...

Lo curioso de este asunto de los Reyes Magos es que uno siempre terminaba contento con lo que le traían... digo, si despotricaba uno de lo que no le habían dejado los susodichos, pero aceptaba gustoso lo que llegaba =)

PD. Lilián, sigues siendo la reina de los anuncios :P