Hay quien me recrimina el dudoso contenido de este bló: piensan que miento, distorsiono o magnifico la realidad. Ojalá fuera tan imaginativa: toda la clase de idioteces que me ocurren... realmente me ocurren: el portero don Daniel, el taxista new age, la señora de las ratas, los coreanos que huelen a ajo y se reproducen como larvas a lo largo de mi calle, la psicópata del microbús, el ladrón de la ventana que regresó a tocarme la puerta, la esquizofrénica del 14...
Ejemplo: hace rato bajé a sacar la basura, como don Daniel me aleccionó. De nuevo, al momento de agacharme y depositar mis bolsas con nudos perfectamente elaborados, una tipeja que medía 1.45 y traía una backpack ridícula me abordó. Me dijo que ella trabajaba en la delegación y que lo que yo hacía no tenía nombre (y sí tiene: se le llama sacar la basura, según la Real Academia de la Lengua Española). Yo crucé los brazos, que fue el lenguaje corporal más temerario que se me ocurrió en el momento, y la escuché con lo que creí era una muequita sardónica que la asustaría.
¿Pero la asustó? ¡Claro que no! Sin embargo, no me dejé. Le alcé la voz y le dije que por qué no proponía en su "trabajo" poner un contenedor, ya que la gente que SÍ trabajábamos y nos levantábamos muy temprano para salir a ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente (tenía que mentirle, como es natural) no podíamos darnos el lujo de esperar al camión de la basura impuntual de cagada.
Sostuvimos un diálogo imbécil durante unos 10 minutos, y ninguna cedió. Soy una maricona: me hubiera gustado decirle que no tenía tiempo para hablar con pigmeas con complejo de colegiala y trabajos imaginarios, que tenía mucho trabajo y, no sé, incluso pude haber agregado que un chileno velludo me esperaba en la cama, algo que seguro ella jamás llegaría a comprender en su totalidad... En lugar de eso, asentí con mi muequita sardónica y los brazos cruzados. Soy una perdedora.
En cuanto se fue, me crucé la calle para ir a quejarme con don Daniel (es decir: el doorman of the year). Él, como siempre, me dio toda la razón... y procedió a contarme de su vida, de su infancia en la Santa Úrsula, de sus trabajos como plomero y soldador, de su esposa que en paz descanse, de su hijo Daniel que ayer cumplió 26 años, de cómo en Arizona solía comer innombrables y que sabían como a conejo pero en realidad estaban sabrosas y que no tuviera miedo y las probara, de cómo sólo había faltado una vez a trabajar y fue el día de su cumpleaños y que ese día fue al mercado y compró ingredientes y se cocinó un caldo de camarón, que él nomás saca una bolsita de basura al día y la deja en Calzada de Tlalpan, que los putetes de nuestra calle le dan asco porque en un libro que él leyó se dice que eso es pecado y que se van ir al infierno, de que la influencia humanitaria (les juro que no estoy inventando) era puro cuento, en fin: me conmovió.
De pronto, me di cuenta de que al pie de mi edificio estaban mis cerdos vecinos con sus 5 ó 6 perros, en una suerte de no-paseo que consistía en tenerlos un rato "al aire libre" sin moverse de su perímetro espacial. Enfrente de nosotros, tres prostitutos homosexuales recargados en un Chevy. Por la banqueta, una pareja de bohemios de buena cuna paseando a su perro, ambos en pijama de rayitas. En la contraesquina pasaron dos gringos en bicicleta, que venían de Reforma. Y enfrente don Daniel me hablaba de su compañero, un nuevo "elemento" que estaba medio tontito y al que solía hacerle preguntas "capciosas".
La escena era surreal... Y bella, por lo absurda. Una estampa citadina, algo trillada y plagada de lugares comunes, que permitía abstraerse en el universo particular de cada quién: el putete de la camisa embarrada, bíceps de miedo, que comía unos cacahuates mientras le chiflaba a cada coche que pasaba. Los adolescentes con perros que pasan tres horas del día parados afuera del edifico. El tipo en un coche estilo Tarantino que se estacionó frente a nosotros y bajó con pasos agigantados y preguntó a los muchachos de la vida galante "a cuánto, cabrones" (insisto: no estoy mintiendo). Y, sobre todo, don Daniel: hay algo en él que me da mucha ternura y curiosidad, algo muy solitario y recto en él, algo que me lleva a mostrarme de acuerdo con él en todo. Sobre todo en lo que no estoy de acuerdo. Vaya.
Estuve 1 hora escuchándolo, sin muchos deseos de irme. Tuve oportunidades, pero las deseché. Encontraba recodos en su conversación que podían convertirse en salidas, pero las esquivaba con sonrisas y "ajás" que lo invitaban a seguir hablando... hasta que, de pronto y sin aviso, me dijo que no me quitaba más mi tiempo y que me fuera a dormir.
Me sentí insultada.
Actualización:
La Feria de las Culturas está sobre Paseo de la Reforma, del Ángel a la Diana Cazadora. Mañana: más información en Chilango.com
No les quito más su tiempo, ya váyanse a dormir... CERDOS.


