Ayer y hoy estuve en la universidad. Por fin tramito mi titulación, que finalizará un ciclo y abrirá otro. El primero está muy claro: mis años universitarios. El segundo es más elusivo y se compone de esa etapa parecida a la adolescencia, en la que uno tiene que asumir que es un adultito con responsabilidades y por otra parte bebe en lunes en casa de su amigo de la prepa y dice sandeces sin pensar. Es como un Benjamin Button con deudas: un niño en un cuerpo de viejo que se aparece por la oficina con sus Converse gastados y pretende que la gente lo respete.
Todo está cambiado en la facultad. Hay un edificio sobre la cancha: qué buenos momentos tuve en esa cancha, ninguno de ellos mientras practicaba deportes (o sí: una vez). Las secretarias son tan ineptas como hace un año. Vi a una tipa a la que solíamos llamar La Gremlin y de quien opinábamos que lograría titularse nomás por fea. Me senté en la cafetería y pedí una ensalada de milanesa, que era mi favorita, pero la nueva dependienta me contestó de mala gana que ya no hacían eso... Me di la vuelta y me salí muy enojada. También vi a un maestro al que apodaba el "Ultra-Sexy" y a quien, de haber tenido la oportunidad, me hubiera dado. Pero nunca la tuve.
Me enteré de que mi profesor de Teoría Social, un sociólogo respetadísimo que tenía un peinado como el del doctor Chapatín, murió hace poco. Sentí mucho la noticia. Todavía en la mañana estaba imitándolo, la forma en que gesticulaba, cómo decía "luego entonces" para ligar todas sus frases y el modo en que caminaba. Me sentí vieja y separada de mi juventud universitaria.
Y entonces, mientras estaba formada en Servicios Escolares y veía a los estudiantes en su hábitat natural, me di cuenta de que recuerdo con mucho cariño esos años sólo porque ya no tengo que vivirlos. Descubrí que toda mi experiencia universitaria estuvo marcada por mis enredos sentimentales, que solían ocupar la totalidad de mi tiempo libre, y que vivía sumergida en cuitas que sólo el joven Werther podría comprender. Era feliz, pero esporádicamente. Era pobre y no había a quién reclamarle. Era impuntual y nunca logré componerme.
Después pasan los años, te consideras una persona ordenada y completa, y regresas. Quieres impresionar. Quieres demostrarles que ya lo superaste, que ya no te sientes fuera de lugar.
Traté de imaginar cómo sería regresar con todo lo que ahora sé. Sería lo mismo. En el fondo siempre seremos unos adolescentes barrosos e inseguros. En el fondo hay instituciones que nunca podremos derribar, mitos que siempre nos avasallarán, situaciones de las que nunca podremos reponernos. La universidad, los estudiantes, la popularidad, las buenas calificaciones, la vida que no es decadente... son asuntos que aún no puedo enfrentar y que permanecerán así, en un loop atascado en el tiempo, que siempre se repetirá y donde invariablemente voy a ser la perdedora.
Algo bastante gracioso es que la foto de mi credencial, como la de todos los universitarillos, es bastante mala. Nos la tomaron el mismo día que fuimos a pagar nuestra incripción, después de formarnos durante cuatro horas, y sin aviso. No conozco a nadie que salga bien. Todos salen sudorosos, despeinados, confundidos y aterrados. Para mí, es el retrato fiel de mi estancia por la universidad: una mueca prolongada.

Creo que si pudiera regresar, sólo hay una cosa que haría: llegaría temprano siempre.


