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11 de abril de 2009

Choqué

(me gusta poner títulos alarmistas; le da caché al bló)

Pues bueno, choqué. No manejo, así que no choqué yo. Chocó el bruto que manejaba. El taxista, para ser más exactos.

Lo irónico del asunto es que ese día, ese FATÍDICO viernes, la ciudad estaba completamente vacía y se veía esplendorosa. Ante tales arrebatos de hermosura, uno debe hacer lo que cualquiera debería hacer si uno fuera un maldito enajenado dependiente de las redes sociales: tuitearlo.

Así que lo tuiteé: aquí.

(seguro están pensando que le falta un acento o dos a ese tuitazo; si fuera ustedes estaría pensando lo mismo... si ustedes fueran yo estarían pensando lo mismo y sufriendo alguna clase de paroxismo gramático. ¡No se alarmen! Tuitear desde el teléfono a menudo conlleva crueles jugarretas, como la de suprimir los acentos; es tristísimo pero lo superaremos)

Exactamente ocho minutos después, el taxista simpático se puso todo tonto y fue directo a estrellarse contra un camión de redilas. ¿Qué hice, luego de cerciorarme que tenía todos los órganos vitales en su mismo sitio? ¡Evidente!

Tuitearlo. Aquí.

Gracias por no preguntarlo, pero no me pasó nada. Sólo un susto mortal. Llegué a mi destino -la terminal de autobuses del norte- con un bonito bronceado verde vómito, y para añadirle intensidad a la aventura, me encontré al suegro de mi hermano. Me recetó sus intenciones de irse a Acapulco y luego de irse a comer con unos parientes y de su gusto por las coincidencias fortuitas. Si mi vida fuera una sitcom con escritores malos, le hubiera respondido con una guacareada colosal.

Maldita sea, lo hubiera hecho.

Dos reflexiones llegan a mi mente:

  1. Es la segunda vez que choco en el Distrito Federal. La primera fue, coincidentalmente, a cuadras de mi domicilio actual. Mi amigo conductor, el buen Rafa, no tuvo la culpa. La culpa la tuvo una tipa que se pasó un alto y luego huyó y dejó evidencia que pudimos rescatar para incriminarla y luego acusarla y permitir que se la llevaran a Tailandia como presa de por vida. Aún recuerdo la sensación de pasearme por un hospital sin más ropaje que una fría batita hecha de tela para trapo, subida en una sillita de ruedas que de buena gana hubiera echado a andar con furia por los pasillos del "nosocomio". Nos sacaron radiografías craneales, que aún conservo y que pretendo convertir en un cuadro para adornar mi sala.
  2. Mi segunda reflexión es que los tuiteros, esos entes con los que uno convive electrónicamente durante casi todo el día, son unos sujetos muy buena onda. Es reconfortante que un montón de extraños te pregunte cómo estás y si no tuviste daño cerebral irreversible. Aunque me duela, lo voy a admitir: en muchos sentidos, son más simpáticos que los blogueros. Quizás porque uno tuitea durante más tiempo del que bloguea, constantemente y sobre estupideces. Están más a la mano, como los colegas aburridos o los contertulios de cantina o los condiscípulos del salón. Uno se acostumbra a los tuiteros, los da por sentado, discute y charla con ellos como si estuvieran en la misma habitación y, al final, cuando uno tiene un accidentillo, se congregan para desearle a uno que pueda pronunciar las palabras correctamente luego de semejante golpazo.
  3. No me golpeé la cabeza, pero...
  4. ¡Shazam!

Todavía ayer, en casa de mis sacrosantos padres, mi mamá me recordaba a cada minuto que lucía pálida y verdosa. Me prohibió los huevos y las emociones fuertes, así que he estado confinada en un gallinero tomando tecito de tila.





Porque así se curan los sustos, ¿no? Con animales de granja, ¿no?



5 de noviembre de 2007

De por qué no he escrito: me secuestraron y estoy en una cabañita muy bonita en el Himalaya. Nah. No se achicopalen

El NaNoWriMo no es una excusa y, si lo es, es una muy barata. Pero la esgrimiré, oh, porque soy una persona muy vulgar.
De lo que trata es que muchas personas (cuando digo muchas, quiero decir: casi cien mil y alrededor del mundo… desde las frías ciénagas de Finlandia hasta el quemante sol de Johannesburgo; de las colinas nevadas de Chile a los barrios olorosos a chicharrones de Tepito; de… -je: ya duró mucho el paréntesis. Lo voy a cerrar). Prosigo: muchas personas se ponen a escribir una novela en un mes: 50 mil palabras mínimo. ‘Ai pa’l gasto.
Está chido. Empecé a escribir sin saber. Nomás teclear furiosamente mientras me tomaba un té de limón con leche. A las ocho mil palabras ya se murió un personaje (snif: lo extrañaremos) y otra tipa se tomó un perfume de tan borrasha que andaba. Ya vislumbro grandes acciones: habrá una hamburguesa de 55 pesos y una conversación interesantísima entre otros dos personajes que ya estoy cocinando. El diálogo iría más o menos así:
- Pásame la sal.
- ¡Por supuesto!
No se me ha ocurrido un buen clímax. Estoy trabajando en ello.
Y ya, en serio: ¡miren qué cómica soy! Casi podría apostar mi té de limón con leche a que les he arrancado mínimo una sonrisita sangrona en este lapso. Y si no: qué amargadotes. Pero el caso es que cuando escribo de una manera más seria y menos blogueril, qué cosas tan azotadas resultan. Todo es tristísimo, en medio de un arbolito de Navidad de 3 metros de altura, y una borrashita que se toma un perfume de tan borrashita que anda.
Ni modo. Prometo que ahora sí la próxima será cómica. Tanto Jardiel Poncela debe surtir algún efecto.

P.D. Qué miedo cuando la querida Andrómeda vino a darse una vuelta al blog. Y es que, sin saber, la personaja principal (maldita insufrible esnob) tiene ese mote. Su verdadero nombre es otro, pero ahí en la novela todos la llaman Andrómeda muy quitados de la pena.
¿Coincidencia?
Sí, probablemente. Las cosas místicas son ridículas. Un dios: blah.

P.D. 2: Esperanza Lords me pregunta cómo está el rollo del conteo de las palabras. Y le explico lo siguiente: ora sí que te vas a "Edit profile", luego a "Author info" y ahí donde dice "Word count" le pones las palabrejas que lleves. Esto es muy honorable y se funda básicamente en la honorabilidad del que escribe, por eso digo que es honorable y, pues, involucra honor.

Tan fácil que sería decir que llevo 48 mil. Y para saber cuántas palabras llevas sin que estés enfrente del monitor con una calculadora de contador con todo y su visera, abres "Word" y luego en "Archivo" le picas en "Propiedades" y ahí mero en "Estadísticas". Y voilá: las tres palabras que llevas del título.



Mi perfil esnob.

30 de octubre de 2007

Reseña exhaustiva y objetiva del Manifest 2007

El clímax del día fue cuando quise golpear a un par de gordas que estaban delante de nosotras y que comentaban lo poco originales que resultaban las indumentarias del 97.8% de los asistentes y para ilustrarlo ponían el ejemplo de los estampados predominantes: cuadriculado y rayado. Y como Fani y yo traíamos rayas y cuadros, respectivamente, me enojé tanto que estuve a punto de comentar: "Oyes, ¿por qué habrá tanta gente gorda y fea?". Pero luego le vi sus dieciocho piercings labiales y me retracté. No eran ni las cinco y no estaba dispuesta a sufrir una fractura frontal fulminante... FUM.

En realidad, había todo menos gente gorda y fea. No. Pululaban las hordas asesinas de niños Ibero con peinados perfectos y atuendos muy bonitos y coloridos.
Las hamburguesas costaban ¡55 pesos!

Había gente fumando mota en cualquier rincón.

La experiencia de ir al baño era sublime y catártica. Por supuesto, al salir uno procuraba no mirar a su acompañante a los ojos y se hacía el firme juramento de no hablar de esa experiencia horrípida nunca jamás.

Y lo más importante: un frío fantasmagórico e implacable. Sufrí tanto, ¡Oh! Y en el número de The Rapture mi muela enojosa palpitó y palpitó hasta que desfallecí y me llevaron en camilla a una ambulancia donde me aplicaron sueros de ultratumba y me regresaron a la vida con una potente pastilla que me hizo ver estrellitas y me reconcilió con la humanidad.

Interpol: sublime. Pero qué digo: yo soy MUY fan. Y cuando digo muy fan, quiero decir: soy una grupi de mierda.

En medio de toda esa gente mi muela decía: "¡Iré por ti, grandísima bastarda. Iré por ti!".
Foto de Toni Fran
çois

Supongo que querrán saber cómo estuvieron las bandas y qué tan fantásticas sonaron y qué clase de problemas
tecnológicos hubo, pero... ¿No les parece más importante saber que las hamburguesas costaban 55 malditos pesos? ¿No les parece aborrecible?

Errr. Hay mucha tela de dónde cortar, en serio. Pero ahora no quiero balconear a nadie. La compañía fue a todo momento agradable y oportuna, todos ellos. Los reencuentros fueron fantásticos y yo me ofendí mucho porque las hamburguesas costaban 55 pesos.


No sé por qué me ofendo, si ni tenía hambre ni compré una sola hamburguesa. Pero 55 pesos, joder. Eso es chingativo.

27 de agosto de 2007

Me acabo de dar una ducha callejera

Y se sintió bien. Me empaparon en el camellón, en el puente, al pie de la gasolinera y a punto de llegar a mi edificio inmaculado. Unos muchachos se rieron conmigo, que no de mí. Nos miramos con los cabellos chorreados y sentimos que no había nada más genial que sufrir las penas en conjunto.

O algo así.

La verdad es que estaba recordando una noche de abril que estaba en el Distrito Federal y fui a ver al ensayo de cierta banda. Ricardo Arce se indignó conmigo porque:

a) Llegué con 40 minutos de retraso al metro Isabel la Católica.

y

b) A la hora de irnos, él se esperó a la puerta del edificio mientras en el lobby cierto músico cuarentón me estaba plantando un beso. Ja.

Luego tomamos el tren ligero. Yo iba al sur; él, a la Narvarte (¿era la Narvarte?) y antes de irse me hizo jurarle que le mandaría un mensaje de texto no bien llegara a mi destino.

Sí mandé el mensaje, pero se perdió en el limbo de los mensajes de texto perdidos que jamás fueron bautizados y por lo tanto tienen que sufrir inmensamente en un universo alterno donde nunca llegan a su paradero.

Al otro día me dijo: "pinche Lilián, ya no me hables, no pude dormir de la preocupación".

Exagerado.

Eso es todo. Es un recuerdo idiota. La verdad es que me ha insistido tanto que le haga promoción a su blog, "Ñáñaras de Huachichila", que no pude desaprovechar la oportunidad para decir que un cuarentón me besó en un lobby mientras un veinteañero me esperaba en la calle. Fue cul.