1 de abril de 2010

Y el sueño acabó


Ya estoy en México. Por diversas razones, trayectos de incontables horas, arreglos con la aerolínea, llegada inesperada al DF querido, y un viaje-paseo-encuentro en Oaxaca de cuatro días, no había consignado mis últimas aventuras en el bló de ocasión.

Ocurrieron muchas cosas luego de mi llegada a Santiago. Durante dos días, después de volver de Pumanque, me dediqué a turistear con todas las de la ley. Recorrí a pie esa hermosa ciudad que carece de los encantos evidentes de Buenos Aires, por ejemplo, pero que en cambio posee un aire muy distinto. Tiene una grandeza, una vibra moderna contrastada con su pasado bárbaro (en todos los sentidos), y una eficiencia que se distancia de sus hermanas latinoamericanas y te juega el truco de creer que estás en otro continente. Pero luego el acento, los innumerables
cachai en el metro, el mote con huesillo, el postre de sémola, los anuncios en paraderos de micro de teleseries que celebran el Bicentenario (Martín Rivas, Manuel Rodríguez... guerrillero del amor), La Chascona -la casa de Neruda en Santiago, construida para su tercera esposa, Matilde Urrutia-, el cerro San Cristóbal -al que subí en funicular y que bajé caminando durante unas tres horas, deteniéndome en el jardín japonés y el jardín Maipú-, la Estación Mapocho, el poto de la virgen, y el contaminadísimo río Mapocho... Santiago es enorme, insondable, interesante. Podría pasar días enteros recorriéndolo.

Palacio de Bellas Artes. Tuve suerte de encontrarlo abierto, porque estuvo cerrado unos días por el terremoto

Vista desde la punta del cerro de San Cristóbal. Por si se lo preguntaban, sí: Santiago está tanto, o quizás más, contaminado que el DF.

Consigna política en río Mapocho: "Por más y mejor democracia, la derecha nooooo" -nótese la intensidad del no.

En el barrio bohemio de Bellavista, de pie al famoso cerro.

También visité Valparaíso. Para entonces, la batería de mi cámara había muerto -y el cargador continuaba perdido en la dimensión desconocida-, así que tendrán que darse una idea con mis descripciones.

Como todo puerto, Valparaíso tiene un aire de antigüedad, de algo perdido, avejentado, cubierto por polvo. En la mañana, cuando llegué, todo lucía desteñido: los edificios entre victorianos y portuarios, de colores pastel sucio. Cuando subí uno de los cerros, el Florida, salió el sol: por las empinadas calles, amarillas, se erguían casitas de colores y el museo al aire libre -pinturas sobre las paredes-. En cualquier punto se miraba el imponente océano Pacífico, azul eléctrico, helado. Los barcos estaban esparcidos por sus aguas.

Me robé esta foto de la Wikipedia. Esta casita tenía un nombre con algo de gato -hay decenas de ellos caminando por el cerro-, y era un restaurante. El senderismo tan inclinado no es lo mío, así que sudé como pueeeerco subiendo y bajando por sus calles ultra-peligrosas y ultra-empinadas.


Visité, desde luego, La Sebastiana, la útima casa que Neruda construyó. Gran parte de este viaje la pasé leyéndolo, no sólo sus poemas, sino su biografía -de lo que me arrepiento: al conocerlo, esa complejidad que se antojaba más bien simplona, su donjuanismo, mal gusto, coleccionismo rayano en lo ridículo y egolatría insultante mezclada con un talento a raudales, dejé de verlo como EL poeta y empecé a verlo como un hombre. Y, en definitiva, no quiero ver a Neruda como tal.

Después me fui a Iquique. El trayecto duró exactamente 24 horas, pero esta vez pagué por un asiento-cama, y me la pasé comiendo, leyendo y viendo capítulos de Mr. Bean y Los Simuladores versión argentina. En Copiapó, sin embargo, le ocurrió una desgracia al encantador adolescente que conocí en el autobús, pero esa historia la postearé más adelante con alternativas de solución (¡unámonos por las buenas causas!)

Pasé un día en Iquique, en su playa de agua fría como el hielo, y luego emprendí mi viaje final. Me di cuenta de que, desde el primer autobús que tomé de Quito a Otavalo, en el Ecuador, cada trayecto se elevaría en dificultad. Mi prueba de fuego vendría al cruzar de Chile al Perú.

Primero tomé un autobús a Arica, unas cinco horas desde Iquique, en una carretera construida dentro de una herida en una montaña. Cuando, luego de un par de horas dormida, abrí los ojos, quise morirme: viajar en los segundos pisos nunca es buena idea cuando uno quiere asirse a la seguridad de la carretera.

Esta foto me la robé de un sitio de noticias en español y chino, específicamente de un artículo titulado 10 Caminos de la Muerte del Mundo (!!!!). El pie de foto: "El camino que va de Arica hasta Iquique es una ruta famosa por su peligrosidad, en particular por lo profundo de sus cañones. A lo largo de la ruta se ven frecuentemente los restos de los vehículos accidentados".


En Arica tomé un taxi colectivo hasta Tacna, dos horas, que compartí con una brasileña asentada en Pisco, Perú, donde desde 2007 ayuda a reconstruir la ciudad, y un señor chileno cultísimo con el que charlé amplio y tendido hasta las casetas de migración. En Tacna, gracias a las dos horas que me regaló el cambio de horario, pude tomar un autobús directo a Lima. Pagué con tarjeta y no cambié pesos chilenos por soles -gran error-, así que me metí al bus sin descanso de por medio.

Más de veintidós horas duró el trayecto hasta Lima (sumadas a las siete al hilo que ya llevaba). Cerca de las líneas de Nazca, en una parada exprés, la brasileña me invitó una Inca Kola y unas "canchitas" (palomitas de maíz, pues). Durante las horas siguientes soporté estoicamente las películas violentitas que nos pasaron, pero al menos la señora a mi lado me hizo trueque de granadillas -una fruta parecida a la granada, pero de granos negros y textura babosona- por manzanas -mi alimento de ocasión.

En algún punto en la mañana, al despertar, miré por las ventanilla a la derecha un desierto vasto, con dunas inmensas de arena. Cuando miré por mi propia ventanilla, el Pacífico bañaba la costa con sus aguas azules. Ese contraste no lo olvidaré. Los paisajes naturales del Perú son imponentes.

En el terminal de Lima me recogió Miguel, a quien conocí en México gracias a Luis Urquieta. En Facebook hay un par de fotos encantadoras donde salimos comiendo tacos en el Borrego Viudo, y en una fiesta con una bebé hermosa que pinta para bohemia.

Con dos días para mi vuelo a México, con el dolor de no haber tenido suficiente tiempo para recorrer Perú a fondo y mucho menos para visitar Bolivia, la estadía con Miguel y su familia fue un oasis benigno. Su hermano, Luis, que también conocí acá, su hermanita y sus papás fueron los anfitriones más generosos del universo: me llevaron a cenar auténtica comida limeña -anticuchos con choclo, picarones y agua de chicha morada. Al día siguiente, paseando por Miraflores, comimos en un extraordinario restaurante: Costanera 700 (del cebiche clásico al pescado chita en costra de sal a langostinos en salsa golf y como albondiguitas bañadas en salsa amarilla, con maracuyá sour para beber: orgasmos de sabor continuos) (todo lo cual me hizo confirmar que la comida peruana es mi favorita y punto).

Lima es hermosa: construida sobre un risco, al caminar por ciertas calles se puede observar el mar a lo lejos -que es salvaje, de colores cambiantes, y en el que sólo los surfistas profesionales se adentran.

Fotos robadas del FB de Miguel (que, luego de visitar Bruselas, regresa a México para bebernos el pisco que metí apretujado en mi mochila y hacer los preparativos para nuestra noche peruana)

No visité Arequipa, Cusco ni Machu Picchu esta vez... pero no podía irme del Perú sin acariciar una llama.

Hermosa escena al pie de la playa.

Faro limeño de cara al mar.

En la playa no hay arena, sino las piedras conocidas como "canto".


Hay otras aventuras encantadoras. El reencuentro con México, que fue brusco por muchos motivos. Supongo que de haber viajado a Europa o Asia, algún lugar enteramente distinto a mi país, el contraste me habría hecho notar la diferencia y
saber de algún modo que ya estaba aquí. Sin embargo, después de tres meses en países con el mismo idioma, un pasado en común, costumbres similares, tuve una sensación de desfase, como si cruzar al país del águila hubiera sido el octavo de los siete cruces que realicé. Mientras caminaba por el centro histórico o por las sobrevaloradas calles de la Condesa continuaba con una sensación de turista, que se exacerbó con la llegada a Oaxaca sin haber visto a mi familia todavía.

Pero ir a Oaxaca fue sensacional. Me posicionó suavemente en mi patria, en los paisajes volcánicos que me resultaron muy diferentes a los de Sudamérica. Las monedas que conozco sin ver, los modismos que sé de memoria, los platillos probados que me elevan al éxtasis, y la gente. Sobre todo la gente.


Anécdota última -lo juro

Mientras me bebía unos mezcales en La Casa del Mezcal, charlando con un colega, miré hacia una esquina y casi me derramé el néctar de los dioses sobre la camiseta. De pie, con los rulos inconfundibles, los ojos azules enormes y la sonrisa perenne, estaba Zed.

Conocí a Zed en el terminal de autobuses de Ipiales, en la frontera entre Ecuador y Colombia. Es protagonista de uno de mis posts, junto con Katrin y Valentin. La primera vino a México hace poco y fue atendida con gran calidad por los camaradas defeños. Con el segundo recorrí casi todo Colombia. En Cali conocimos a Nikolai, al que nos encontramos dos veces caminando aleatoriamente por las calles de Taganga, primero, y de Cartagena, después. Supongo que los cinco estamos destinados a encontrarnos en todos lados por siempre.

El reencuentro fue emocionante y feliz. Yo no podía creer la coincidencia: no tenía idea de que Zed llegaría hasta México -lleva diez meses viajando-, y es improbable que me lo encontrara precisamente en Oaxaca, en el mismo bar y a la misma hora. Sencillamente, no tiene sentido. Y, sin embargo, lo tiene.

Antes de volar a Australia, me encontraré con él una vez más en el DF. Mi último eslabón con esa tierra salvaje al sur.


Reflexiones finales -de un post más largo que la cabellera de Rapunzel

Llevo ya una semana aquí, y todo ha transcurrido placenteramente. Extrañaba México por todas las razones coherentes y esperables: mi familia, mis amigos, mis costumbres, mis raíces. La comodidad, la cama propia, el descanso y lo conocido.

Sin embargo, cuando cierro los ojos, a veces imagino que sigo recorriendo porciones del continente sur subida en un autobús destartalado, a través de carreteras estrechas y peligrosas, con la emoción a flor de piel. No quiero perder esa sensación. No quiero perder la sensación del viaje, de esos trayectos que hice por tierra, agua y aire. Y entonces me doy cuenta, feliz porque así es como debe ser, de que quiero volver. Y de que, lo que es más, volveré.



Como Terminator.


25 comentarios:

Reindertot dijo...

Un honor y enorme placer haber sido pequeña parte de tu sueño kilometrico. :-)

Terminator debemos ser todos, con los amigos, siempre.

Jair Trejo dijo...

Si estuviera permitido el matrimonio entre hombres y viajes de twitteros, yo me casaría con tu viaje.

Cuando viajé a Boston no escribí nada, y hay muchas cosas que ya olvidé... En cambio aquí quedó constancia, no sólo en el blog, sino también en tus lectores.

Valsolar dijo...

primero lo primero Bienvenida, se te extraño en muchos momentos y siempre nos acordamos de ti, así que en verdad es bueno tenerte de vuelta... sin embargo debo confesar que los post de tu viaje me recordaban esa sensación de cuando era una niña y me leían un cuento y podía imaginarme todo, por eso gracias, fue como haber viajado junto contigo casi podía saborear la comida. En fin todo tiene un fin momentáneo y si no regresas... te mandamos!!!

Carrera dijo...

¡Qué grande!

Sonreí y vario.

Gracias, gracias por el camino aprendido y por pincharnos para abandonar el asiento que de a poco se carcome sin darnos cuenta.

Leerte es como respirar frente al mar.

BRENDA dijo...

Empecé a leer tu blog desde que iniciaste el viaje, y te doy las gracias porque me hiciste soñar que yo también iba contigo.

Saludos y un abrazo desde D.F.

P.D. Qué bieno que regresaste bien a México.

Orson dijo...

Bienvenida al DeFectuoso.

Botica Pop dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Botica Pop dijo...

estaba pensado pinche lilián, qué bien escribe, con esa profusión de comas y todo, cuando saliste con el "como terminator" y entonces neta que casi me levanto para aplaudir. lo cual hubiera sido una catástrofe porque tengo la lap en el regazo (¡ajá!) y como todos sabemos las laps son frágiles y... bueno, creo que ya dije lo que tenía que decirte, lo encontrarás antes del primer punto y seguido.

Patitas de Perro dijo...

Bienvenida!

angelbc dijo...

Bienvenida de vuelta a la Tierra del Sol, querida y rizada viajera. Es un gusto tenerla de nuevo por acá. Gracias por documentar tan bien y profundamente tu viaje. La verdad yo si esperaba cada post para ver como iba progresando la cosa.

Pero me hacía falta este para cerrar.

Un abrazote

Luis Gabriel Urquieta dijo...

Me hubiera encantado poder departir contido y con Miguel. Ya espero con muchas ansias esa cena peruana, espero que sea espectacular. ¡11 de abril!

¿Dónde andas ahora Lilián? ¿Estás en el DFectuoso?

El Agus dijo...

Bienvenida mi estimada. Saludos.

Unicornio dijo...

LiliÁn...:

Ocupado en cumplir promesas inverosímiles (como actualizar unicornianos blogs y contestar unicornianas preguntas), no había pasado por tu sitio, tu hogar en la Red.

Qué bueno que hayas llegado con bien, y qué gusto que continúes tu viaje, ahora a través de tu terruño querido...
...que "aquél que ha probado las mieles del Camino, nunca más vuelve a ser el mismo, ni a abandonar la sensación de sorpresa de viajar cada día por el sendero de la Vida" (del "Manual para Jóvenes Unicornios, ibidem).

Y, entonces, como el Terminator (II), ¿¿puedo decir...
"Hasta la Vista, Baby"??

No. Más bien, ¡Bienvenida, Lili"Á"n!

Un abrazo afectuoso del
Unicornio O'Connor...

AndresG dijo...

Una vez recorrido, el camino te va a seguir llamando, no hay problema con eso. Solo recuerda que hay muchos otros caminos.

Al regresar todo luce diferente, pero tus amigos te van a decir que tu eres diferente. Yo diria que la diferencia es haber andado el camino.

"Se hace camino al andar"

Bienvenida a casa.

antinea dijo...

Al final de este viaje en la vida quedarán
nuestros cuerpos hinchados de ir
a la muerte, al odio, al borde del mar.
Al final de este viaje en la vida quedará
nuestro rastro invitando a vivir.

ZuGab dijo...

Bienvenida valiente

Tomate dijo...

Maravilloso viaje.
Un beso

Sabandija dijo...

También empecé a leerte poco antes de que emprendieras tu viaje, uno de tantos que vendrán, te lo deseo de todo corazón.
Gracias por compartirlo con tus lectores, gracias gracias.
Bienvenida

el Profe dijo...

Me alegra haber sido parte de este periplo. Un beso grande de Argentina, y a ver cuándo volvemos a vernos.

¡No pierdas esa visión!

SmellWing dijo...

Que loco. Hice clic casi al azar en un blog y llego aquì.

Siempre me pregunté que ofrecía mi ciudad natal al visitante. Las cosas que veo siempre ya no llaman la atención y tu les devuelves su maravillosa importancia por las que fueron creadas.

Y aunque en el fin del verano mi ciudad se asfixia entre la gente regresando a su rutina, aun queda espacio para recorrer sus calles, aun con el miedo que nos pilla cada movimiento que nos recuerda el 27 de Febrero.

Santiago tiene lugares maravilosos, pero hace falta que alguien nos recuerde cuales son.

Gracias ;)

Mathrocker dijo...

Tu viaje estuvo genial, de alguna manera tus post me han dado la sensación de haber estado ahí (gracias). El sueño continua pues considero que cuando vamos de vacaciones o de viaje compramos recuerdos para poder pasar el rato en trabajos enajenantes.

ge zeta dijo...

¡Bienvenida, Lilián!

Fue muy chido verte de nuevo.

Este post, y en general la serie de posts, que como dijo Fáyer ayer -creo-, deberías numerar, es magnífica.

Al igual que Jair, yo digo que me casaría con tu viaje. Y con las últimas palabras de este post -no la de Terminator-.

Saludos.

Ric dijo...

Gracias por esta serie de realtos, tus palabras se quedaron en mi cual imagen monumental o sueño premonitorio.

Maria() dijo...

Cuando vuelvas encontrarás nuevamente nuestras puertas abiertas. Al igual que tu Camarada, para mí (y sé que para Rafael también) ha sido un honor ser testigo de tu maravilloso viaje.
No sabes la envidia que siento por todo lo que viviste en estos meses, hasta siento nostalgia porque ya no tendremos más historias de mi continente visto con tus ojos.
Estoy re-cursi, yo sé... esta semana estuve recordando tu paso por Bogotá, y snif, extrañé hasta el olor de Valentin en el transmilenio :(
Un abrazo.

sebastian amaru dijo...

Hey que buena descripción de santiago.
Buen blog.

saludos