6 de febrero de 2010

Aventura en la frontera II

En mis últimos días en Cartagena pasé el tiempo paseando por la ciudad amurallada, mirando hacia el mar, sabiendo que era tiempo de partir. El jueves salí rumbo a la terminal a eso de las nueve de la mañana, y cuando llegué ya no había autobuses directo a Venezuela -ni a Caracas ni a Maracaibo. Según mi fiel amigo Google, mi otra opción era partir rumbo a Maicao y de ahí cruzar tranquilamente a la tierra del tequeño y el ron auténtico de piratas.

Tomé una buseta Expreso Caribe, un viaje que me pareció infernal de casi nueve horas, en las que paré en cada lugar en el que ya había estado antes, pero ahora como a través de un cristal. Para añadirle dramatismo a mis desgracias, ya no traía pesos colombianos, y en el camino me comí un kilo de mandarinas para paliar mi dolor (y porque era para lo único que me alcanzaba).

Llegué a Maicao de noche, casi a las nueve, y en el pueblo no había terminal, como pensé primero, sino una calle miserable llena de comercios y gente vendiendo chorizo y arepas. En cuanto me bajé, un tipo me preguntó si iba a Maracaibo, y enseguida tomó mi mochila y la metió en la cajuela de un coche tipo lancha, un Malibú setentero que se caía a pedazos. Yo intenté resistirme, pero pronto descubrí que era la única opción: el viaje me costaría 80 bolívares y me dejaría en Maracaibo, desde donde podría tomar un bus a Mérida -la que, pensé, sería mi primera parada venezolana.

Me consoló saber que viajaría con otros cinco pasajeros, entre ellos una casi adolescente de mirada furtiva, y una señora que no se subió a la lancha sino hasta que se terminó su café tinto. El chofer pasó todo el camino diciendo que él no acostumbraba hacer esta ruta de noche, porque era muy peligrosa, pero que llevaba tres días sin comer y había decidido no fijarse en los detalles. Un puesto de control tras otro, hasta que llegamos a las oficinas de migración. En la primera parte mostré mi pasaporte, se me preguntó qué hice en Colombia ("vacacionar", contesté con un tono muy casual), y salí de ahí como si nada.

Fue hasta el segundo puesto que ocurrió la desgracia. Para este punto, yo sabía que no podías viajar sin perder algo, que los viajes placenteros y sin contratiempos sólo existen en la mente del que no viaja. También tenía una lejana idea sobre algún impuesto fronterizo, y cuando el policía me dijo que tenía que pagar 50 dólares por "el convenio entre México y Venezuela", no dudé y sencillamente lo hice. No hubo resistencia de mi parte, no hubo escepticismo, no hubo un "¿qué te pasa, hijoeuputa? ¿Qué tú crees que yo soy una pendeja ingenua sin idea?". No lo hubo. Sólo caminé hacia la lancha, saqué mi mochila y busqué el billete de 100 dólares. Mientras lo buscaba entre mis calcetines y mis playeras, la señora del tinto me apuraba. "No quiero dormir en el terminal de Maracaibo, ¿por qué no tienes tus cosas a la mano, niña?". Yo no escuchaba. Sólo pensaba en el billete, en el impuesto y en la pérdida.

Convenientemente, el policía no tenía cambio de un billete de cien dólares. Me dio cien bolívares fuertes y me sonrió, como el beso de Judas. Yo sabía que estaba siendo estafada, pero algo en mí me impelía a actuar mansamente y obedecer. No dije nada.

En la lancha todos me preguntaron cuánto me cobró y enseguida me hiceron notar, de forma repetitiva si he de ser detallista, que me vieron la cara. Yo no quería saberlo, aunque lo supiera. No pensaba en los casi 80 dólares que había perdido, ni en lo fácil que había sido para el policía, sino en cuánto deseaba que todo acabara de una buena vez. El tipo tenía un arma, y aunque no tengo experiencia al respecto, si la tuviera ella me diría que nunca debes negarte ante un hombre armado. Además, trataba de ser positiva: el policía había resulto involuntariamente el problema de los bolívares que había de pagarle al chofer de la lancha-taxi-colectivo.

El camino a Maracaibo fue pesado e incluyó una carga de gasolina en una casa con las luces apagadas, donde se dedicaban al contrabando de gente. Incontables retenes donde a cada tanto tuvimos que mostrar nuestros documentos, y hasta una revisión exhaustiva de nuestro equipaje. Una carretera llena de huecos y sin señalizaciones. Los comentarios del chofer, siempre catastrofistas, y la hostilidad de mis compañeros de viaje, tan acostumbrados al cruce fronterizo.

En el terminal no había buses ni para Caracas ni para Mérida; de hecho, no había buses en lo absoluto. Dejé mi mochila en la sala de espera y me resigné a esperar hasta la mañana siguiente. Charlé un rato con un taxista, un negro de ojos bondadosos al que terminé contándole el robo del que fui parte, y que me contó de sus hijas y hasta me ofreció su casa para pasar la noche. Me negué primero, pero supongo que habría terminado aceptando si hubiera insistido más. Le dije que no sabía si ir a Mérida (quería pasar a la famosa heladería Coromoto y turistear un poco por la ciudad andina) o a Caracas directamente. Me dijo que tenía que decidir qué haría, y sólo farfullé que quería ver a mi amigo (el camarada) y de ahí decidir.

-Lo que usted quiere es el calorcito de una cara conocida.

Cuando lo dijo quise llorar, porque era cierto. Qué ganas quedaban de turistear después del robo y el viaje. Acordamos vernos a las seis de la mañana para que me llevara a un cajero (yo sólo tenía cuatro bolívares en el bolsillo, suficientes para un tequeño gigante), y me acomodé en una silla. Pronto me dormí.

Como a eso de las tres, un flaco canoso me despertó. Me dijo que había un carro a Valencia, y que de ahí sería fácil tomar un autobús a Caracas. Primero dudé, pero luego vi que la señora del tinto y otro de los que venían de Maicao iban a tomar el carro. Se trataba de una lancha similar, más sórdido que la anterior, y esta vez no dudé en permitir que amarraran mi mochila con mecates a la cajuela.

En el camino dormité la mayor parte del tiempo, y siempre tuve pesadillas. En cada parada deseé un café, pero no tenía dinero: ni pesos colombianos ni bolívares ni nada. Salimos a las cuatro de la mañana de Maracaibo. Llegamos a las once y media a Valencia. En el camino, uno de los pasajeros se enfrascó en una pelea con el chofer. Al principio yo observaba la discusión sin entender qué pasaba, hasta que un colombiano-venezolano a mi lado me explicó que, en realidad, era por mí: el chofer quería pasar a un cajero a que yo sacara dinero, y el otro tipo (un negro impresionante que, ironías, primero me pareció guapísimo) alegaba que tenía prisa y que no era justo que se detuvieran para semejante idiotez. La hostilidad era tan evidente que ya ni siquiera me provocaba nada, era sólo parte del viaje infernal para llegar a tierra conocida, una serie de trámites molestos para alcanzar un sitio seguro.

En Valencia me comuniqué con Gregory, me comí una arepa y me bebí una malta, y tomé el bus a Caracas. A mitad del camino nos cambiaron de unidad, porque a ésta se le había descompuesto el aire acondicionado, y durante todo el trayecto sufrí por un dolor de cabeza atroz (tal vez somaticé, tal vez el aire acondicionado me jode más de lo que me gustaría).

Llegué al departamento del camarada a las cuatro de la tarde. Me recibió con una Pepsi y un sofá muy cómodo. Aunque hablé del robo y del viaje como una desgracia, algo me decía que pudo haber sido peor. Y aunque intenté justificar mi torpeza con la policía, en el fondo aún tengo la certeza de que pudo haber sido peor negarme. O eso me gusta decir, nunca he sido buena defendiendo mis derechos.

No todo es trágico. En cuanto pisé suelo caraqueño, mi suerte cambió. Pero de mis aventuras en esta ciudad, oh amigos, he de hablar en otra ocasión.

22 comentarios:

Botica Pop dijo...

mi experiencia en estafas varias (más bien en intentos, porque me han estafado sólo un par de veces en mi vida) es que a uno sólo lo estafan si no tiene ganas de meterle energía a evitar la estafa. y siendo así, eso se convierte en una decisión, ergo no hay una buena razón para recriminárselo después.
los viajes pueden ser cómodos y sin incidentes... si están planeados al dedillo desde antes de salir de casa. pero qué hueva. buena estancia en venezuela, lilián.

Luis Frost dijo...

piensa que los únicos a los que no les pasa nada son los viejitos achacosos en tour "todo incluído"; después de la primera estafa ya estás calificada para decir "nosotros los viajeros, no que los turistas...".
ahora puedes sentirte superior a los demás de una manera nueva.

Kafka dijo...

Mi lilí, te quiero malvada. Veo tu carilla cansada de viajes nocturnos y aún así, quisiera estar en tu lugar, porque te ves bonita sabes.

Lo emocionante de mi día fue que se me vieniera encima el techo, casi como a donnie darko por un objeto raro que cayó del cielo a mi azotea...

En cuanto a la estafa... déjalo ir, piensa que a Tania y a mi un gitano nos bajó la cuenta del café en el que estabamos por pintarnos las manos y decirnos que nos iba mal en el amor, pfff.

Oliverio dijo...

Ánimo, y adelante.

Liz dijo...

Luis tiene razón, no cualquiera puede presumir que salió sano y salvo (con unos dineros menos, que ni qué) de una "vacación" como la tuya. Y lo entrecomillo porque representa no solamente el simple viaje de un turista, sino también enfrentar situaciones como ésta. Nadie más que tú sabe cómo la libró y lo que sentiste, eso te va a dar mucho más seguridad en ti misma.
Tengo fe en que en estos meses te queden mucho más recuerdos buenos que malos, para que los últimos los cuentes a tus nietos/sobrinos y te respeten, jijiji.
Un abrazo enorme, por acá se te extraña harto.

madreselvas dijo...

Yo creo que no tenías muchas opciones, a los policías hay que tenerles tanto o más miedo que a los ladrones.
Piensa que es el pago (un poco caro) por una anécdota que enriquece el relato de tus aventuras por el continente.

El Rufián Melancólico dijo...

Ps yo digo que de estas cosas -entre otras- se trata el viaje, que no? Croniquéanos bien Venezuela, que se está moviendo interesante y queremos saber. Te extrañamos, dude. Beso.

Sascha! dijo...

Que mal la estafa por aquellos lugares, donde seguramente lo menos que quieres es perder tu dinero de esa manera, pero bueno, como dicen todos, una anecdota más.

Y yo que fui al DF y no conocí a la gran Lilian por que estaba de vacaciones por el mundo sin fecha de regreso; a pesar de los malos comentarios que uno pudiera recibir del DF, me trataron muy bien, me dijeron "gueritaaa" y se burlaron de mi acento, pero no pasó a mayores. A ver si para la próxima la conozco.

Richars dijo...

Dude animos! Seguimos pendientes.

ChuLs dijo...

NO sé de dónde saqué tu blog, peor no importa. Me gusta.
La policía es chotísima en todas partes del mundo, parece.
Este verano me quedé un par de hroas esperando que algún camión me levantara, en un límite entre provincias d emi país, con la policía, y a mi amiga y a mí nos estuvieron delirando muchísimo, hasta que decidimos irnos caminandno 20km al pueblo más cercano, si nos quedábamos se hacía de noche y creo que no la contábamos...Los odio cada día más, pero si, con la cana siempre puede haber sido peor...
Besos!

Ro dijo...

Y el viaje continúa ! =)

X dijo...

Ahhhhh, tercermundismo mierdero!!!

En fin, eso es Lationoamérica, debería ser exterminada más de la mitad de su putrefacta, ignorante y miserable población, con excepción de países valiosos.. pero pfffffffff!!

Hoy un policía me llevó a mi departamento, porque se averió el camión, je!!! Upss, olvido que estoy en Tokio, je!!

En fin, sin afán de ofender, pero pierdes tu tiempo - siendo Mexicana- viajando por esos países sudacas, ve a Sinaloa, Chihuas, Sonora, Durango, etc...

No sé, en fin... Conozco todo Suramérica, y sólo me quedaría con Brasil, Argentina y Uruguay.. En fin.. suerte..

rabineb dijo...

Hola Lilián. Nunca he comentado por acá (ajá cliché), sin embargo he ido siguiento tu blog y tu viaje (ajá continua el cliché). Soy de Venezuela, Caracas específicamente, y por cuestiones de trabajo anduve el año pasado recorriendo tooodo el país. Por ello te recomiendo varias cosas:

- Si planeas ir a Mérida por la fulana heladería: no lo hagas. Me pareció un fraude pues si, se supone que hacen ochocientos nosecuantos sabores de helados pero hechos hechos de verdad ahí en el mostrador sólo tienen como 20, y uno va y siempre se antoja del que no tienen. Sin embargo si, de esos 20 que están allí seguro encontrarás algunos raritos como: perro caliente, macarrones con queso, cotufas, que sorprendentemente saben a eso!. Mérida en verdad no es la gran cosa, a mi parecer.

- No deberías irte sin visitar el mar, preferiblemente Morrocoy (edo Falcón), Margarita (Edo Nueva Esparta), Playa Medina en el Edo Sucre, Chuao en el Edo Aragua (donde se supone que preparan el mejor chocolate del mundo, yo no lo se pues no me gusta el chocolate :P). (los roques es aún más bello, pero no te lo recomiendo por el costo, resulta abusivo).

- Si fuese un extranjero y tuviese que escoger una sola cosa para visitar en Venezuela, iría a Canaima. En serio, si puedes, no dejes de ir.

- Ah! Y sube al Ávila por supuesto.


Saludos.


P.D.: Con lo de la estafa, pues hiciste lo mejor dada las circunstancias, si te negabas u ofrecías resistencia seguro saldrías peor parada. Esos guardias son una amenaza.

N. dijo...

Siento mucho que tu primera experiencia de Venezuela fue así de dura, fea. Pero creo que, aunque ser estafado de esa manera por un canalla con un arma es una intrusión que afecta física y mentalmente, el tipo es un canalla con un arma. Te puede ir peor.

Como ya te dijeron, Canaima es algo maravilloso.

Yo también recomiendo los Roques. Sí es caro, pero es una experiencia incomparable.

Ir a los llanos es padrísimo. No sé si todavía existe el Hato Piñero, pero es un lugar hermoso y puedes ver Chigüires.

Espero que disfrutes mi país adoptado, a pesar de las durezas por las que pasa.

Un abrazo. =)

Guffo Caballero dijo...

Con una estafa como ésa lo único que me habría dado coraje sería pensar que nunca salí de México y que todo el viaje fue un sueño. ¿A poco no te sentiste como en casa? Tantas cosas en común que hay entre países hermanos. ¡Ajuuuaaa!

Patitas de Perro dijo...

No suena bien eso del robo, parece que lo olvidaras rapido, siguela pasando bien!

Octopus Queque dijo...

Si sirve de consuelo -espero- yo hubiera hecho lo mismo. Yo no puedo lidiar con hombres armados y menos si me piden dinero. Tiene todos los elementos para sentirse uno asaltado, no importa cuál sea el diálogo. Qué importa que te digan que te han visto la cara, ellos qué saben al fin y al cabo. Lo bueno es que estás con el camarada y a ver si manda una de ron que la otra ni la probé :P

Saludines amigui :) Se te extraña harto :)

Chilangelina dijo...

Todo el tiempo sonreí mientras leía este post.
Es que de eso se trata, mi estimada.
Enjoy. :D

Unicornio dijo...

Mmmhhhh....

Querida "Á"...

(Ejem... ¿YO escribí esto? Bueno, es para que te sientas "apapachada" desde tierras mexicanas...)

Decía, quizás pudiera haberte aconsejado hacer varias cosas para evitar el comentado asalto en despoblado con premeditación, alevosía y ventaja -nomás imaginemos al buen Jugo Chávez iniciándose en el (in)noble arte del chantaje y la intimidación deshonrosas- pero lo importante es que te sintieras tranquila. Empero, no olvidando la Regla Unicorniana No. 7: "A veces, demasiada docilidad incide en mayores abusos", mejor procura andar acompañada mientras aprendes (y aprehendes) la presencia de ánimo para salir airosa de situaciones como esa (que sí se puede. Me consta).

Por ahora, disfruta lo bueno que vendrá. Deja esto como una anécdota pictórica de las nobles y loables costumbres de la región (??!!) y como futuro consejo para otros intrépidos exploradores de la Latinoamérica del "agandalle".

(Y no te sientas triste o arrepentida de no haberle escupido al infeliz puñalero, lametraseros, abusador y estercolero "representante de la ley (¿fuga?)". Por lo menos no era de los narcosecuestradores disfrazados de AFIs del terruño norteño. Estuvo bien. Por ahora. El Universo "se equilibra" (eso dicen, jeje!) y verás que lo pasas "bomba" después de esta experiencia. Cuídese y siga reportándonos sus Odiséicas Aventuras).

Un saludo solidario (y comprensivo) del

Sedicioso Unicornio (ggrrr!!!!)...

Salvador dijo...

Lo único que puedo decirte es que el tiempo hará mas graciosa tu experiencia.
No puedo negar que la forma en la que escribes me gusta mucho y que anhelaba leerte en el chamuco en su ultimo numero, por favor dile a esos desgraciados que no nos vuelvan a dejar sin tus lineas en el siguiente.
Suerte.

Blue dijo...

Me sentí triste y angustiada tantito por ti, afortunadamente ya pasó y esos 80 dólares ya cambiaron de mano y ya, soy experta en recriminarme mil veces un error, no lo seas. Disfruta más y más y nuevamente gracias por compartir tu viaje!!!
;)

Gustavo Sevilla dijo...

Uff, que valiente.
Soy Venezolano, vivo aquí y, a no ser por una obligación especial o urgente, ni que me paguen pasearía por esos sitios, y a esas horas...
Lo bueno es lo que te queda, que lo hiciste y estas bien.
Adelante.