Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Venezuela. Mostrar todas las entradas

12 de febrero de 2010

¡Dios!

La expresión que más escuché durante mi estadía con el camarada Reindertot fue "¡Dios!". No con una connotación religiosa, ni como resultado de una sorpresa no calculada. Mientras jugábamos Rock Band, veíamos Friends, comíamos tequeños acompañados de cubas libres, o bajábamos por los incontables pisos de Parque Central, el "¡Dios!"era una forma de expresar diversos sentimientos: sorpresa, risa o solidaridad.

En mi post anterior he contado que mi suerte cambió una vez que pisé Caracas. Ahí fui recibida cálidamente tanto por el camarada como por Nathaly -verdadero ejemplo de la belleza venezolana-, y enseguida comí arepas caseras y bebí ron auténtico de piratas. Por la noche fuimos a bailar al famosísimo El Maní es Así, sitio emblemático de salsa, donde un
sambo me sacó a bailar. No sé por qué accedí, si mi torpeza trasciende ritmos, pero al menos lo intenté. También conocí a Carlos Sicilia, figura emblemática del humor en Venezuela, con el que charlé un rato (sobre todo de Rius).

Lo interesante de Venezuela ocurre una vez que se pisa la frontera: el país está increíblemente politizado (como siempre, mi guía Fodor's me recomendó no enredarme en discusiones de política, cosa que es casi imposible de evitar). Caracas, por ejemplo, es una ciudad muy moderna, repleta de rascacielos, oficinas y restaurantes. El nivel de vida de los caraqueños es alto, tanto que la ciudad es el triple -o cuádruple- de cara que en el resto del país (naturalmente, mi marrez a ultranza me obligó a escandalizarme con los precios de los sándwiches de pernil, la merengada de Óreo o la arepa de cuajada o de caraotas, acostumbrada como estaba a la mala vida que me di en Colombia en términos culinarios).

Visité El Hatillo, un pueblo típico en el que los capitalinos se refrescan los fines de semana, y también subí al Ávila, el imponente cerro que vigila la ciudad. El teleférico es larguísimo y estúpidamente alto (la subida dura veinte minutos), no apto para los que sufren de vértigo. Debo decir que emprender dichas actividades con mis anfitriones fue un verdadero placer, tanto que me sentía como la refugiada de guerra a la que han acogido en un ambiente seguro y tranquilizador.

Por supuesto, en mi estadía tuve que buscar la forma de obtener mi pasaje a Argentina, empresa que fue todo menos fácil (en el ínter me metí a ver Nine, que me pareció hermosa: ¡gran número -el segundo- de la Cotillard! También leí un libro muy ad hoc con mi viaje, Radio Ciudad Perdida, de Daniel Alarcón) (lo que me pone a pensar que siempre busco literatura acorde con mi destino: Bajo el Volcán en el volcán Pululahua, La Playa en la playa de Taganga y éste en Caracas; en Argentina leo al maestro Sabato).

Comentarios al pie: los venezolanos, al menos aquellos con los que me relacioné en intercambios comerciales, son extremistas... Viajan de la cortesía más encantadora a la hostilidad sin cortapisas, y se enojan cuando uno pide algo que viene incluido en la carta pero que no tienen. Reductos del estrés de las grandes ciudades, supongo.

El rumor de las chicas "con complejo de miss" (camarada dixit) es casi enteramente verdadero. Sólo en Medellín vi a tantas muchachas tan arregladas, pero lo que me pareció más importante es que los hombres venezolanos son más guapos que los colombianos (!).

Finalmente, cuando miraba las montañas detrás del Ávila y la bruma que se forma alrededor de ellas (lo que hace suponer pozos, mundos inexplorados de cara al Caribe), me di cuenta de que el quid de un viaje a Sudamérica no son tanto las ciudades como esos paisajes imponentes: la belleza natural de la tierra y sus accidentes geográficos, esas ciudades que siempre crecen rodeadas de cúspides y volcanes.



Por fin, el miércoles pasado, me encontré en el aeropuerto internacional (sangrada económicamente) para viajar a la tierra del gaucho y el mate. Ahí conocí a un argentino jipioso, Leandro, que viajaba con poca "plata". Compartimos indignación por los 190 bolívares que tuvimos que pagar para abandonar Venezuela, y luego esperamos sentados en el piso de la sala de abordaje. Me contó de su travesía a través de Bolivia y el barco en un afluente del Amazonas, por Brasil (un viaje que quise hacer, pero que al final me pareció demasiado peligroso estando sola), para llegar a Venezuela. En un momento dado sacó una baguette enorme y un pedazo de mortadela. Se preparó un "sánguche" improvisado y lo partió en dos.

- ¿Querés?

En ese momento pude ver la belleza de conocer viajeros en el camino. Acepté el sánguche y me lo comí con gusto, sabiéndome acompañada. Coincidimos en las fortalezas de los viajes, en esa resistencia que se desarrolla luego de pasar quince horas seguidas dentro de un bus terrible que viaja por carreteras angostas de cara a despeñaderos, y cómo un viaje de seis horas por avión parece pan comido (también comentamos que luego de esos trayectos, las montañas rusas son la cosa más ñoña del mundo, pues no incluyen el auténtico y necesario miedo a morir).

Luego de dos comidas de cartón, dos películas malas, tres niños llorando, y el atardecer más rápido que recuerde, aterrizamos en la ciudad de la furia. Compartimos un taxi hacia el barrio de San Telmo, por escandalosos cien pesos argentinos. Una vez en la avenida 9 de julio, mi aventura argentina comenzó de manera oficial...

6 de febrero de 2010

Aventura en la frontera II

En mis últimos días en Cartagena pasé el tiempo paseando por la ciudad amurallada, mirando hacia el mar, sabiendo que era tiempo de partir. El jueves salí rumbo a la terminal a eso de las nueve de la mañana, y cuando llegué ya no había autobuses directo a Venezuela -ni a Caracas ni a Maracaibo. Según mi fiel amigo Google, mi otra opción era partir rumbo a Maicao y de ahí cruzar tranquilamente a la tierra del tequeño y el ron auténtico de piratas.

Tomé una buseta Expreso Caribe, un viaje que me pareció infernal de casi nueve horas, en las que paré en cada lugar en el que ya había estado antes, pero ahora como a través de un cristal. Para añadirle dramatismo a mis desgracias, ya no traía pesos colombianos, y en el camino me comí un kilo de mandarinas para paliar mi dolor (y porque era para lo único que me alcanzaba).

Llegué a Maicao de noche, casi a las nueve, y en el pueblo no había terminal, como pensé primero, sino una calle miserable llena de comercios y gente vendiendo chorizo y arepas. En cuanto me bajé, un tipo me preguntó si iba a Maracaibo, y enseguida tomó mi mochila y la metió en la cajuela de un coche tipo lancha, un Malibú setentero que se caía a pedazos. Yo intenté resistirme, pero pronto descubrí que era la única opción: el viaje me costaría 80 bolívares y me dejaría en Maracaibo, desde donde podría tomar un bus a Mérida -la que, pensé, sería mi primera parada venezolana.

Me consoló saber que viajaría con otros cinco pasajeros, entre ellos una casi adolescente de mirada furtiva, y una señora que no se subió a la lancha sino hasta que se terminó su café tinto. El chofer pasó todo el camino diciendo que él no acostumbraba hacer esta ruta de noche, porque era muy peligrosa, pero que llevaba tres días sin comer y había decidido no fijarse en los detalles. Un puesto de control tras otro, hasta que llegamos a las oficinas de migración. En la primera parte mostré mi pasaporte, se me preguntó qué hice en Colombia ("vacacionar", contesté con un tono muy casual), y salí de ahí como si nada.

Fue hasta el segundo puesto que ocurrió la desgracia. Para este punto, yo sabía que no podías viajar sin perder algo, que los viajes placenteros y sin contratiempos sólo existen en la mente del que no viaja. También tenía una lejana idea sobre algún impuesto fronterizo, y cuando el policía me dijo que tenía que pagar 50 dólares por "el convenio entre México y Venezuela", no dudé y sencillamente lo hice. No hubo resistencia de mi parte, no hubo escepticismo, no hubo un "¿qué te pasa, hijoeuputa? ¿Qué tú crees que yo soy una pendeja ingenua sin idea?". No lo hubo. Sólo caminé hacia la lancha, saqué mi mochila y busqué el billete de 100 dólares. Mientras lo buscaba entre mis calcetines y mis playeras, la señora del tinto me apuraba. "No quiero dormir en el terminal de Maracaibo, ¿por qué no tienes tus cosas a la mano, niña?". Yo no escuchaba. Sólo pensaba en el billete, en el impuesto y en la pérdida.

Convenientemente, el policía no tenía cambio de un billete de cien dólares. Me dio cien bolívares fuertes y me sonrió, como el beso de Judas. Yo sabía que estaba siendo estafada, pero algo en mí me impelía a actuar mansamente y obedecer. No dije nada.

En la lancha todos me preguntaron cuánto me cobró y enseguida me hiceron notar, de forma repetitiva si he de ser detallista, que me vieron la cara. Yo no quería saberlo, aunque lo supiera. No pensaba en los casi 80 dólares que había perdido, ni en lo fácil que había sido para el policía, sino en cuánto deseaba que todo acabara de una buena vez. El tipo tenía un arma, y aunque no tengo experiencia al respecto, si la tuviera ella me diría que nunca debes negarte ante un hombre armado. Además, trataba de ser positiva: el policía había resulto involuntariamente el problema de los bolívares que había de pagarle al chofer de la lancha-taxi-colectivo.

El camino a Maracaibo fue pesado e incluyó una carga de gasolina en una casa con las luces apagadas, donde se dedicaban al contrabando de gente. Incontables retenes donde a cada tanto tuvimos que mostrar nuestros documentos, y hasta una revisión exhaustiva de nuestro equipaje. Una carretera llena de huecos y sin señalizaciones. Los comentarios del chofer, siempre catastrofistas, y la hostilidad de mis compañeros de viaje, tan acostumbrados al cruce fronterizo.

En el terminal no había buses ni para Caracas ni para Mérida; de hecho, no había buses en lo absoluto. Dejé mi mochila en la sala de espera y me resigné a esperar hasta la mañana siguiente. Charlé un rato con un taxista, un negro de ojos bondadosos al que terminé contándole el robo del que fui parte, y que me contó de sus hijas y hasta me ofreció su casa para pasar la noche. Me negué primero, pero supongo que habría terminado aceptando si hubiera insistido más. Le dije que no sabía si ir a Mérida (quería pasar a la famosa heladería Coromoto y turistear un poco por la ciudad andina) o a Caracas directamente. Me dijo que tenía que decidir qué haría, y sólo farfullé que quería ver a mi amigo (el camarada) y de ahí decidir.

-Lo que usted quiere es el calorcito de una cara conocida.

Cuando lo dijo quise llorar, porque era cierto. Qué ganas quedaban de turistear después del robo y el viaje. Acordamos vernos a las seis de la mañana para que me llevara a un cajero (yo sólo tenía cuatro bolívares en el bolsillo, suficientes para un tequeño gigante), y me acomodé en una silla. Pronto me dormí.

Como a eso de las tres, un flaco canoso me despertó. Me dijo que había un carro a Valencia, y que de ahí sería fácil tomar un autobús a Caracas. Primero dudé, pero luego vi que la señora del tinto y otro de los que venían de Maicao iban a tomar el carro. Se trataba de una lancha similar, más sórdido que la anterior, y esta vez no dudé en permitir que amarraran mi mochila con mecates a la cajuela.

En el camino dormité la mayor parte del tiempo, y siempre tuve pesadillas. En cada parada deseé un café, pero no tenía dinero: ni pesos colombianos ni bolívares ni nada. Salimos a las cuatro de la mañana de Maracaibo. Llegamos a las once y media a Valencia. En el camino, uno de los pasajeros se enfrascó en una pelea con el chofer. Al principio yo observaba la discusión sin entender qué pasaba, hasta que un colombiano-venezolano a mi lado me explicó que, en realidad, era por mí: el chofer quería pasar a un cajero a que yo sacara dinero, y el otro tipo (un negro impresionante que, ironías, primero me pareció guapísimo) alegaba que tenía prisa y que no era justo que se detuvieran para semejante idiotez. La hostilidad era tan evidente que ya ni siquiera me provocaba nada, era sólo parte del viaje infernal para llegar a tierra conocida, una serie de trámites molestos para alcanzar un sitio seguro.

En Valencia me comuniqué con Gregory, me comí una arepa y me bebí una malta, y tomé el bus a Caracas. A mitad del camino nos cambiaron de unidad, porque a ésta se le había descompuesto el aire acondicionado, y durante todo el trayecto sufrí por un dolor de cabeza atroz (tal vez somaticé, tal vez el aire acondicionado me jode más de lo que me gustaría).

Llegué al departamento del camarada a las cuatro de la tarde. Me recibió con una Pepsi y un sofá muy cómodo. Aunque hablé del robo y del viaje como una desgracia, algo me decía que pudo haber sido peor. Y aunque intenté justificar mi torpeza con la policía, en el fondo aún tengo la certeza de que pudo haber sido peor negarme. O eso me gusta decir, nunca he sido buena defendiendo mis derechos.

No todo es trágico. En cuanto pisé suelo caraqueño, mi suerte cambió. Pero de mis aventuras en esta ciudad, oh amigos, he de hablar en otra ocasión.