2 de junio de 2010

Envío


Unos de mis cuentos favoritos es
Envío, de Juan García Ponce. Lo leí hace unos años, cuando iba en la universidad, y desde el principio me gustó mucho, aunque no fui capaz de entenderlo sino meses después, cuando me batearon de una forma, digamos, horrible. Entonces lo leí de nuevo, por accidente, una tarde antes de irme al café donde trabajaba. Escribí ese día este pedazo de reflexión que recupero:

Comprendí entonces que lo que en verdad me incomodaba no era lo fatal del desenlace, sino lo efímero del tiempo juntos. Cómo todo se reducía a una historia inconclusa. Cómo podía seguir adelante sin sufrir por la tragedia: sanar las cicatrices, superar las agravios y encontrar el alivio. Saber que en unos meses, en pocos años, ya no iba a recordar nada de lo sucedido. No lloraría por los recuerdos, pues había pocos y sin mayor importancia.


Lo importante es que la predicción se cumplió y cuatro meses después ya ni me acordaba del sujeto, que además tenía mamitis y cantaba desafinado. Sin embargo, la impresión de
Envío me quedó por siempre.

Hay algo muy bello en conocer personas que no te marcan definitivamente, y sin embargo su recuerdo permanece. Me gustan las historias de amor muy grandes, pero me gustan más las pequeñas: relaciones que han de terminar en algún momento, casi triviales, que pese a todo guardan
algo, una esencia, un motivo. Vuelven cada cierto tiempo y te hacen pensar en los detalles insustanciales que se van uniendo para formar una historia, en la que tú exististe junto con otra persona durante determinado tiempo.

También pensaba hace poco en esa necesidad por darle significado a todo. Podemos ir por la vida teniendo relaciones, enamorándonos y desenamorándonos de personas, para luego olvidarlo y seguir adelante. Pero a veces, o al menos hay personas que así funcionan, sencillamente no se puede: debemos extraer algo de ese cúmulo de situaciones y ponerle un adjetivo, o un símbolo, algo que impida que se convierta en polvo y deje de
significar. Tenemos que convertirlo en otra cosa, en algo literario si se quiere, para al fin dejarlo ir.

"Muchas veces despierto pensando en ti", empieza Juan García Ponce, y lo poderoso de sus palabras reside en ese carácter de algo ante lo que ya no se lucha, de algo que ya se ha dejado ir. No lucha contra el recuerdo, ni vive a través de él: acepta que existe. Me seducía mucho pensar que era un relato más o menos verídico, en el que García Ponce se narraba a sí mismo, antes que todo, pequeños recuerdos sobre una mujer a la que probablemente nunca amó. No de forma desgarradora y perpetua al menos, sino con esa languidez con la que se aceptan las cosas cotidianas. La historia, vista desde cierto ángulo, es impúdica: un escritor joven se enreda con una mujer mayor, rica, que va por su tercer matrimonio. El secreto o el encanto de su relación estriba en recordarla muchos años después, por ningún motivo, cuando despierta.

Me gusta mucho porque además resume varias cosas en las que creo, por frases como "nadie se desprende por completo de su pasado" y "a uno le gusta la gente de inmediato o no le gusta nunca". En resumen, me gusta porque es un cuento imperfecto y muy sincero, porque la protagonista, a diferencia de la mayoría de las ficciones de García Ponce, donde las mujeres son más bien evocaciones idealizadas de lo que él entiende por perfección, es muy real, es auténtica.

Nunca encontré una versión en los internets del cuento, porque siempre quise mostrárselo a algunas personas, así que tomé la decisión de transcribirlo entero. Realmente fue muy bello revivirlo mientras tecleaba súper-poderosamente rápido en mi Wenceslao y reía y me conmovía con las frases de mi Juan.

Así que como un "regalo" para los lectores más sensibles (¡!) de la Isla a Mediodía, y por si la curiosidad se les ha despertado, he aquí la versión completa de Envío:



5 comentarios:

Liz dijo...

Gracias! Leyéndolo ASAP

Unicornio dijo...

Hola!

Me gustó tu escrito-descripción-sinopsis compartida. Algo así como compartir algo que nos gusta con los cuates, ante un cafecito de olla (de a deveras!) y taquitos de piña de los de antes.

En mi caso, evito en lo posible rememorar esas "pequeñas cosas" (Serrat dixit), porque...

[aquí surge la bizarra duda de todo Unicornio que se respete... confesaremos en público, en pantalla IMAX y en cadena nacional ciertos detalles sólo permitidos a los amigos?? Bueno, sólo un adelanto. Lo demás, será por correo, je!]
... padezco de una... ¿virtud? (para los caballos con cuerno)... ¿padecimiento? (para las personas normales):
Tengo Memoria Eidética. (Arrggghhhh!)

Verás: Por ejemplo, si llego a percibir un perfume, reconstruyo un rostro, muy cerca de mí... y su tono de piel, su olor, la tesitura de su voz, la humedad de sus ojos... en pocas palabras, ¡todo, toditito! Es como volver a vivirlo, lo malo y lo bueno, caray!

A veces es súper. En ocasiones, es desgarrador. Odio la memoria eidética. (Lo bueno es que por servir todo se acaba: ahora es menos intensa que hace... ¿250 años?).

Por otra parte, la Música me hace el efecto que a tí la Literatura. Pero otro día platicaremos de esto, ¿vale?

Gracias por el cuento. Lo terminé y lo disfruté como 5 veces/seg. Espero que no te moleste que lo haya copiado en "Delfos". Así podré releerlo otras veces más.

"Enviando" un abrazo fuerte, se despide,

el Remitente Unicornio...

Mujer Maravilla a la Mexicana GG dijo...

Excelente. Me gustó la parte donde dice que no se acuerda de nada en específico de ella sólo de su presencia sobre él. Cada persona que conocemos nos hace sentirnos de cierta forma, nunca es la misma sensación. No me había puesto a pensar en eso.

Un abrazo.

Darinka Rodríguez dijo...

Cuando uno habla de recuerdos, me parece que hay una línea delgada entre el sabotaje y la simple remembranza.

Tu texto, el otro texto y todo su significado me dejaron un sabor dulzón de memorias pasadas.

Me refiero a que no son sólo los enamoramientos ocasionales, sino los miles de cuates, comparsas, caradas, amigos o qué-sé-yo que se nos cruzan en el camino por un rato, que luego dejamos de ver y finalmente nos acordamos de ellos.

***

"Yo conocí a Lilián. Me acordé de ella cuando vi en la mesa un libro de Juan García Ponce. Nos vimos una vez en un intercambio de libros, pero ya no recuerdo si la volví a ver..."


Besos memorables.

Melissɐ ♥ dijo...

El cuento de "Envío" es hermoso. La situación que describes es tan real que pareciera que definitivamente se vive intensamente aunque no se recuerde al pie de la letra.

Gracias por escribir así.