9 de enero de 2010

Desde Otavalo, Ecuador


Ayer temprano, después de comprar víveres en una tiendita de La Pampa, Martín, Arturo y yo nos encaminamos al volcán del Pululahua. Mi idea, un tanto de guía turística amistosa con el gringo, era ir al TelefériQo, pagar 7 dólares por subir a la punta, sentir mareos repentinos y luego bajar como si nada. Ahora que lo veo, no era un plan muy excitante.

Para ir pedimos aventón, porque yo sólo traía 50 centavos en el bolsillo. Luego descubrí dos dólares en mi cartera y pudimos subirnos a un camioncito (al que me he acostumbrado a llamar "bus"). Cerca de la una de la tarde, después de cruzar la exacta mitad del mundo (aunque, según tecnología GPS avanzada, la verdadera mitad está a unos trescientos metros de donde está el monumento), nos bajamos en una especie de comunidad. Subimos una cuesta no muy empinada, pero por supuesto yo estuve a punto de escupir mis vísceras, y llegamos al mirador. Ahí había coches con gringos que, luego de viajar unas dos horas desde Quito, se asoman por el barandal, dicen "oh, qué lindou, qué preciousou", y se regresan a su hotel.

El Pululahua es un volcán activo, pero en el cráter hay algunas casas y un hostal. Desde el mirador se puede ver un camino recto al que sólo se puede llegar bajando por un desfiladero al costado del volcán. No creí que fuéramos a hacer eso, pero de pronto nos encontrábamos bajando la vereda llena de piedras resbalosas, y yo sólo pensaba "nomamesnomamesnomames". Era evidente que no podría hacer ese mismo camino de subida, pero igual los seguí como si nada.

El cráter por dentro es hermoso, y por supuesto, no es nada como nuestras mentes educadas por la televisión creen. No hay lava ni piedra volcánica ni hollín por todas partes. De hecho, es una meseta muy fértil, donde se cultiva de todo (hasta maíz). Es un placer caminar por la vereda, con los volcanes alrededor, como si se estuviera sumergido en una maqueta.

No he podido subir mis fotos al internet, pero ésta es la exacta vista desde el mirador. El camino delgado que se observa a la izquierda, rodeado de árboles, fue el que seguimos hasta cruzar el primer volcán.

Encontramos una casa abandonada, y nos quedamos ahí disfrutando del paisaje. Después seguimos caminando, durante dos o tres horas. Nos encontramos a unos caminantes españoles que nos aconsejaron seguir hasta Niebli, una comunidad dentro del volcán. No necesito decir que el objetivo de Martín y Arturo era -y no hay vergüenza en la confesión- encontrar hongos alucinógenos. Me río mucho al pensarlo, porque nadie tenía experiencia ni conocimiento alguno para reconocerlos. Pero, como dijeron ellos, la esperanza muere al último.

Como a mí no me interesaba mucho el viaje, y estaba más preocupada por la subida durante la noche, me quedé esperándolos afuera de una finca. Traía un libro que tomé del librero de Martín, y que en ese momento fue estúpidamente literal: "Bajo el volcán".

Cuando la bruma bajó, sentí miedo. Miedo del regreso, miedo de caer por el desfiladero durante la subida, de que pasara un lugareño con negras intenciones. Como no me movía de la piedra desde donde estaba, el cuidador de la finca salió a preguntarme en qué estaba.

Fingí el acento tan bien que jamás creyó que fuera mexicana, hasta que mejor se lo confesé (creo que, a pesar de todo, tengo buen oído). Me dejó entrar a su baño, saludé a su esposa embarazada, y continuamos esperando a los zoquetes estos -desde luego, yo ya estaba enojada, porque me juraron regresar en media hora para poder emprender la subida con luz.

Cuando vi a Arturo emerger de la bruma, que para ese entonces ya estaba al nivel del piso, me sentí aliviada... pero luego preocupada otra vez. Sólo me dijo que no encontraron nada y que camináramos mientras hubiera luz (Martín estaba un kilómetro retrasado).

Yo estaba muy cansada, pero sentí que era una carrera contra la luz, así que caminé rápido. Pasamos por señales conocidas: una vaca muerta, un perro muerto (yo dije que nos preocupáramos de veras al encontrar al primer ser humano muerto), y la cruz de una niña que, al parecer, cayó al desfiladero (o sea: el momento para preocuparse).

Fue casi como una señal del cielo, debo decirlo, a pesar de mi escepticismo. Justo al 5 para las siete, con el último rayo del sol, escuchamos una camioneta. Le hicimos la señal del dedo y atrás, con sus cabellos delgados al aire, estaba Martín. "Súbete, loco, súbete". Al hacerlo, nos recargamos en la puerta de atrás y casi morimos desnucados -oquei, estoy siendo dramática porque para entonces ya estaba angustiadita.

Atrás viajaban tres quichuas que venían desde el lugar más profundo del Pululahua, que para efectos intensos, se llama El Infiernillo. Al alivio del aventón le sucedió mi ya ancestral pánico a las hondanadas. Me la pasé apretando los ojos sólo de pensar que la camioneta se volcaría al abismo, y para colmo el conductor era un cafre que manejaba rapidísimo. Ni siquiera sentía frío (estábamos en una de las partes más altas del Ecuador), ni miedo de que nos secuestraran, aunque cada tanto los quichuas hacían cálculos en voz alta sobre el valor de nuestras cabezas, y luego reían. Nosotros reaímos con ellos, más nerviosa que felizmente, y mientras tanto yo proyectaba qué hueso se me rompería primero y en qué momento perdería el conocimiento.

Tal vez fue un miedo absurdo, pero es el miedo más intenso que he sentido en toda mi vida. El auténtico miedo a morir. Y de pronto todo se sentía tan lejos, mi familia en México, y las tardes agradablemente perdidas viendo Friends, y los frapuchinos con crema, todas las cosas superficiales que a uno lo hacen feliz. Todo en peligro cuando se sube un volcán de noche, con desconocidos que a duras penas hablan español, y el abismo abajo.

Uno de ellos, cómo olvidarlo ahora, tenía cara de gato. No eran tanto los rasgos duros, sino el color de la piel, anaranjado, como si le hubiera caído ácido ardiente. Sin pestañas y con los labios partidos. Cuando las luces de los coches, ya en la autopista, le daban de frente, los ojos se le ponían rojos. Como de gato.

Yo no quería decir que era de México, porque siempre es más conveniente fingir el acento y decir "qué cargoso, había full gente en el volcán, pero todo fresco, loco". Sin embargo, Martín me delató. El único comentario del cara de gato fue: "Claro, México es más pobre que nosotros". No dije nada y sólo me reí y traté de no verle esos ojos tan extraños.

Cuando estuvimos en la autopista me sentí mejor. Ya no sentía frío, a pesar del viento mortal. Los quichuas nos dejaron cerca del barrio de La Pampa, al que llegamos con otro aventón (al parecer, hacer dedo es la costumbre más normal por acá).

El camino a casa de Martín me pareció el más feliz, a pesar de que ahí también he sentido mucho miedo. La casa es antigua, la madera cruje, la abuelita es un espectro, cuando hay ruidos extraños Martín se pone nervioso, y apenas dos semanas atrás entraron a robar un arma a través del cuarto donde dormía.

Sin embargo, nos bañamos, cenamos y tomamos vino. Ahí Martín habría de contarme la historia más fantástica e interesante que he escuchado. Ahí todo cobró sentido. Ahí supe a qué había venido al Ecuador: sólo para conocerlo a él, y asomarme un poco a sus abismos, que son más grandes que los del Pululahua.

He sentido tanto miedo esta semana en Ecuador que siento que estoy acabándome la reserva para toda la vida, y eso es bueno. Desde ir a apagar todas las luces por la noche, hasta enfrentarme a su perro, hasta caminar por el centro histórico de Quito y no saber qué metrobús tomar, y caminar de noche sin luz, y tratar de encontrar la entrada a casa de Martín en la noche por el camino rural. Todo ha sido una prueba constante, casi como un cara a cara con mis temores. Estoy segura de que llegaré mucho más valiente a México -y con mejor condición física- de lo que jamás he sido.

Hoy, por ejemplo, fue otra aventura. Para resumir: fui a visitar a Linda Rogers y agradecerle su ayuda, sin saber que me ayudaría de nuevo. Su esposo, Daniel (que luce como el Brad Pitt "joven" de Benjamin Button) me llevó hasta la terminal de autobuses de Quito, donde partí hacia Otavalo.

El camino, para no variarle, fue en una carretera angosta pegada a la cañada. Otro paso en falso y la muerte en autobús. No pude disfrutar ni un solo minuto de las dos horas del viaje, con todo y su película mala sobre la leyenda de Excalibur.

Otavalo es pequeño y nada bonito. Llegué a un hostal que, según mi guía Fodor's, era barato. ¡42 dólares por una noche! Decidí probar suerte en otro, a pesar de que la dueña -una gringa que no habla nada de español- me dijo que tuviera mucho cuidado, viajando sola, con mi mochila al hombro.

Llegué a uno de diez dólares, feo pero poco atractivo. No tiene desayuno incluido, pero al menos tengo baño propio y una pequeña televisión con cable. Mañana parto a Tulcán, a la frontera con Colombia, y desde Ipiales tomaré un autobús a Cali. Allá me espera una couch-surfera, Lorena Casas.

Los eucatorianos siempre dicen que Colombia es peligrosa. Ante ello sólo digo: más peligrosos su volcanes, y ni quién se queje.

En resumen: las personas que más me han ayudado han sido todas gringas, y eso me recuerda que dos de las personas más encantadoras que conozco son de allá (también "adultos mayores"). El estrés que he sentido toda esta semana lo perderé viendo una película mala en un rato. Empiezo a entender el objetivo de la aventura.



17 comentarios:

Don Rul dijo...

¡Guau, por lo visto empezó bien el viaje! De nada sirve viajar si uno no se hace de historias, imágenes y recuerdos. Moverse en un autobús con aire acondicionado de un hotel a otro no es viajar, es transportarse.
La foto es fantástica y el paisaje debe ser increíble. Muy buena reseña.

Octopus Queque dijo...

Porque no hay buen viaje si no hay algún miedo a la muerte. Dicen. Y oh, la parte del señor gat, parecías Chesterton describiendo a Domingo en el hombre que era jueves jajaja.

Amiguis! Hermoso todo lo que escribes, wiiii.

iGUANASRANAS dijo...

Que valiente! Yo hubiera llorado....

Liz dijo...

Wow, y ésta apenas es la primer semana.

Qué chingón vivir experiencias como las que cuentas en el post, y no por el hecho de que sean buenas o malas, sino que gracias a ellas sabes que el viaje valió la pena.

¡Un abrazo!

Aria lua dijo...

Ma

storios dijo...

Me encanto tu forma de como relatas tu viaje, lo imagine todo!!! bueno, intente imaginarme al wey con cara de gato naranja y nomas no me daba jejeje suerte y que te vaya muy bien, y regreses sana y mas valiente =)

Unicornio dijo...

Estimada "Á":

¿Empiezas a "entender el sentido de la aventura"? No...

¡¡Ya empiezas a "Sentir" lo que es una Aventura!!

Felicidades Pues!

(Ya luego vendrán los momentos de tomar grandes decisiones en breves momentos o pequeñas resoluciones que provoquen que TODO cambie de un modo que jamás hubieras imaginado. Bienvenida al país de los exploradores!)

...y sólo espero que pa' la otra te pongan la película "Excalibur" de John Borman... nomás para que veas lo que es bueno... (¡no! ¿¡te pusieron ESA!?)

Nomás no se te ocurra entonces subir al volcán Imbabura, digo, pa' no marearte más, jeje!
En fin, seguiremos atentos a esta emocionante versión moderna de "Itaca".

Cuídese. Tenga miedo... PERO NO PANICO. Y disfrútelo mucho. Todo lo que pueda. Sin olvidar la mochila.

Geográficamente, te sigue leyendo,
el Amazónico Unicornio...

Antara dijo...

Amiga, aunque no lo sepas, vivo con el corazón en la boca las horas en que no sé de ti. Ya falta poco para que llegues a mi país, muero por leer tus crónicas desde Cali. Bienvenida. Te mando un beso muy grande.

Richars dijo...

Genial tu post, imagine todo, suerte en las siguientes aventuras!

Luis Gabriel Urquieta dijo...

Lilián, que intrépida viajera resultaste: conquistar volcanes, pedir aventones, fingir los acentos y couchsurfear. Oye, deberías también subir algun vídeo para ver en su total dimensión los caminos escarpados y los quichuas con cara de gato.

Un saludo

Luis Gabriel Urquieta dijo...

Por cierto si vas a Ipiales no dejes de visitar el convento de Las lajas y probar el cuy. jaja. Ya nos relatarás.

Fire_tony dijo...

Siguiendo tus andanzas, aún. No me canso de leer y, además, es padre porque me imagino a ti contándolas.

Me preguntó que me contarás cuando te vuelva a ver, ¿lo mismo? Ojalá y guardes algunas buenas historias para la vida real.

Que sigas con bien.

Kafka dijo...

Lilián!!! No dejes de escribir, tus post me han hecho los días. Se fuerte, te quiero más ahora!!!

Reindertot dijo...

jajajaja, animo Lilián. Te sigo leyendo a ver como te va, mientras te espero aquí (eso si algun "local" no te descuartiza antes).

PD coñoemadre pero en joda: el racismo nunca tuvo un post tan adorable, jejejeje.

Blue dijo...

Qué envidia me da, aunque yo estoy sana y salva frente a mi compu en la oficina, y eso me hace sentir aliviada. Te sigo... Saludotes!!!

Guffo Caballero dijo...

Es como "Diarios de Motocicleta", pero mejor.

ZuGab dijo...

Afortunada viajera, dios te bendiga en tu busqueda, aunque es muy probable que ya lo haya hecho.
Cuidese suertuda.