25 de julio de 2006

De Por Qué Jackass Es Tan Genial


Johny Knoxville (después de haber sido rociado con gas pimienta): ¡Siento como si mis ojos tuvieran gonorrea!


No podría haber una imagen más representativa de la Norteamérica envilecida que la bandera de las 50 estrellas ondeando valerosamente tras unas insulsas letras blancas que dicen Jackass. No en vano el programa comandado por Johny Knoxville ostenta su gringuez absoluta con los símbolos inherentes de nuestra hermana nación de Estados Unidos de América: el nacionalismo exacerbado y la imbecilidad congénita. Pero quizá Jackass va más allá y nos entrega con cada media hora de chingadazos absurdos un extraordinario mensaje repleto de honestidad y sensatez desmedidas: el gringo es un pendejo y el mundo entero puede burlarse de ello.


Las reflexiones anteriores vienen a cuento desde que en días anteriores se reestrenó en conocida cadena de música por televisión los capítulos cumbre (clásicos legendarios de la cultura moderna) de la serie Jackass. Y jackass en realidad es cualquier idiota con las suficientes agallas -y las mínimas neuronas- para lanzarse a una alberca desde un trampolín de diez metros después de haber depilado cada centímetro cuadrado de su exageradamente gringo cuerpo. Este juan anónimo que todo gringo lleva muy dentro ha trascendido en la escala evolutiva del homo sapiens: la conquista del dolor físico. He decidido dedicar el presente ensayo a la figura representativa de este imbécil de raíces neo-gringuetas que transformó la televisión del siglo XXI y, más aún, de los espectadores que han sido conquistados por este fenómeno de alcances inimaginables. (En realidad he sido contratada secretamente por Mtv para hacerles publicidad barata... pero de algo se tiene que vivir.)


Recuerdo estar al borde del vómito disparado en caída vertical con la contemplación de las sandeces llevadas a la práctica del heterogéneo grupo reunido por Knoxville. Johny Knoxville es la clase de tipo enfermizo y enclenque que cualquier mujer querría curar con un caldo de pollo y una caja de curitas de Hello Kitty. Lo ves y concluyes que es uno de esos exdrogadictos cuya madre abusiva solía mantener relaciones lésbicas enfrente de un chamaco adicto al atari y las zucaritas. El tipo es tierno, pues. Y tiene una voz monótona y relajante, que te invita a acurrucarte en el sillón mientras lo observas partirse su mandarina en gajos. Su nombre artístico es una alegoría para cualquier tipejo que creció en un pueblucho de quinta de cualquier parte de Estados Unidos, al que nadie nunca ha ido y el que, para el caso, a nadie le importa. Prosigo: tonz Knoxville se juntó con otros tipos igualmente dañados de sus facultades mentales y decidieron grabar el fruto de una vida miserable e indudablemente afectada por el hecho de contar con facultades mentales dañadas. Es clarísimo. Jackass -la joya preciosa de nuestra era- nacía como proyecto alternativo a los eternos temas de la televisión de hasta entonces: la vidita rosa y adolescentes perfectos sin acné ni lonjas temerarias disertando sobre la insoportable levedad del ser. Naranjas: de ahora en adelante el mundo observaría una bola de idiotas con no más de dos dedos de frente mientras ponían a prueba la resistencia de sus cuerpecitos gringos. Sencillamente genial.


yomi

experimentando con métodos de defensa personal

destrozando un campo de golf


En el capítulo anterior he hablado de vómito, aquella sustancia viscosa y de apariencia poco elegante que se presenta en la taza del baño con no poca frecuencia durante la juventud del homo sapiens. Dos capítulos extraordinarios me vienen a la mente cuando el término anterior es citado en la charla común: Brandon Dicamillo y su fantástico omelette reciclado y la leche de colores que se proyecta como impulsada por una invisible manguera colocada al interior del esófago. Explico: en plena madrugada es absolutamente antojable conocer la receta secreta de un omelette que se prepara con los más comunes ingredientes (huevo, cebolla, mantequilla, jitomate, etc.), pero ingerido en primera instancia por el chef en cuestión. Una mordidona a la mantequilla, otra a la cebolla, una degustación de las yemas de huevo previamente batidas y la introducción del dedo índice en la bocota. ¿Resultado? Guacareada colosal lista para ser cocida a fuego lento. Una de esas maravillas gourmet que sólo pocos saben apreciar. Pero lo irónico del asunto -lo realmente irónico y hasta gracioso- es que Knoxville y sus secuaces no eran en lo absoluto irresponsables. No. Se tomaban la molestia de colocar un recuadro inferior que advirtiera diplomáticamente que la temperatura del sartén debía estar a más de 75° C, para evitar salmonelosis. Excelente advertencia. De no ser por ustedes habría terminado fulminada en una camilla del seguro social.

¡Cuidado! Esto podría ser vómito fresco...a punto de hacer lo que sabe hacer mejor (guacarear)


Prosigamos: mi capítulo favorito es aquel en el cual Dicamillo, un amigo y una anónima voluntaria (que quiso tener sus quince minutos de fama, admitámoslo) anuncian solemnemente que beberán cada uno un galón de leche. Rosa, blanca y café. La osadía no tiene nada de extraordinario en sí, pero es precisamente la sencillez descarada del acto lo que le otorga un matiz heroico. Los tres sentados frente a una fogatita y cada quien con su botezote comienzan la travesía. Se supone que tomar leche es el acto más común -y por ello facilísimo- del ser humano. Pero uno se sorprende de lo que casi tres litros de leche café pueden hacer y descomponer en tu organismo. Instantáneamente Dicamillo comienza a vomitar en proyectil sobre una cubeta a su lado, el otro tipo nomás de verlo no puede evitar soltar la basqueada color rosa y la voluntaria anónima no hace más que reír y seguir tomando. Corte. Siguen tomando, ya un poco repuestos de las convulsiones... y otra vez la burra al trigo. Se ríen de cualquier idiotez y los litros de leche regresan como chorros de leche fresca lanzada desde una pistola de agua. La leche, igual de brillante e inmaculada, como si jamás hubiera hecho viaje redondo al estómago. Corte. Dicamillo y el amigo vomitando frente a la cámara, tipa anónima riendo y bebiendo. Corte. Dicamillo sobándose la panza, mientras anuncia -con otras palabras- que todavía no se ha visto lo mejor de él: aún quedan litros y litros por guacarear en esta vida. Corte. Dicamillo y tipo exhaustos mientras observan decepcionados su galón a medias. Anónima que ríe y termina de beber hasta la última gota. Qué niñitas nos salieron. Corte. Los tres vomitando tres chorros de leche rosa, café y blanca, mientras la fogata consume su última llamarada.


fue algo así, más o menos...


Había algo de labor social en Jackass, como cuando Chris Pontius cambiaba por una vez en su vida las tanguitas de leopardo por un flamante disfraz de hada madrina y se convertía entonces en el hada de los parquímetros (¿debería decir “estacionímetros” en un intento por corregir estos anglicismos que tanto merman el español meramente mexicano, sí eñor?). Continuemos: el hada colocaba moneditas en estos aparatejos mientras danzaba con inigualable gracia por las calles de la ciudad. Era un santo que daba sin pedir. O cuando, ya reinsertado en su papel de hombre sexy, Pontius se paseaba por la ciudad ostentando su visible masculinidad, subrayada por un minúsculo pedazo de tela que cubría sólo lo estrictamente necesario, o sea una concha de futbolista que realzaba los atributos que no tenía. O cuando convencían a los hombres de hacerse estudios médicos que cuantificaran el número de espermatozoides en su semen (de algo ha de servir, ¿no?) y comprobaban entre atónitos y burlones que Weeman, el enanito seductor, era el más macho entre los machos. No cabe duda que con Jackass aprendí las lecciones más importantes de mi vida.


¿acaso habrá algo más sexy que esto?


Chris Pontius: Por mis experimentos con la sexynez, parece que mucha gente se asusta al principio y ya se sabe que el miedo desencadena la violencia. Pero a la larga me ganaré sus corazones y, en vez de romperme la cara, querrán hacerme el amor.
Johnny Knoxville:
¿Incluso los hombres?
Chris Pontius: Sip.


Chris Pontius: Dicen que Polonia es el México de Europa. No estoy seguro de qué significa, pero me gusta.



Lo más cercano a la felicidad es mirar Jackass en un domingo familiar y, literalmente, reír hasta orinarte. Porque sí, mi sacrosanta madre era ávida seguidora de las aventuras de estos mentecatos. Quizás porque ella es una mujer, como se dice ahora, muy “cool”. Yo confieso que mi favorito era Raab Himself, un patiño muy lindo y muy patético con un nombre originalísimo que te daba ganas de cambiar el tuyo por “Madonna en persona”. Pa’ servirle a usté y a Dios. El más guapo era Ryan Dunn, que siempre se sentía culpable y aberrado por algo. Dave England era como el borracho que termina tirado junto a tu mesa, mientras la gente lo pisotea al pasar. Preston Lacy era como una versión joven de Phil Margera, sólo que más estúpido. Estos clientes frecuentes del hospital nos enseñaron que no tienes que tener carisma (Margera), ni estatura (Weeman), ni melanina (Knoxville) ni actividad cerebral visible en los pocos sesos que no han sido magullados (Steve-O) para ganar las millonadas de dólares gracias a una porquería filmada con un presupuesto de tres pesos. A partir de los catorrazos autopropinados con singular alegría, la fanaticada de Knoxville (a pesar de ser advertida al inicio del programa que las payasadas eran supervisadas por “expertos” en la materia -un anciano que pasaba o el señor que les arregla el jardín- y que no debían repetirlos con sus amiguitos idiotas) siguió el experimento de subirse a un carrito de supermercado y estrellarse contra un árbol, lo que incrementó las ganancias de los complejos médicos en un 400%. Y luego a los integrantes del programa se les subieron los humos y continuaron su camino con experimentos más o menos iguales -de pendejos- que resultaron en soberanas mafufadas, léase Viva la Bam o Wild Boyz. Por supuesto, nadie quiere ver al Mayúsculamente Estúpido de Bam Margera dándole guamazos al cerdo de su padre, Phil Margera, que de tan obeso prefiere aguantarse los improperios antes que levantarse y darle en el hocico a la sangre de su sangre. En fin.


¡no imites esto por el amor de Dios!


Dunn, Lacy, England


Johny Knoxville emprendió una carrera de actorcito en aras de superación que lo llevó a interpretar, invariablemente, papeles de exdrogadicto cuya madre abusiva solía mantener relaciones lésbicas enfrente de un chamaco adicto al atari y las zucaritas. Esa clase de cosas que se le dan tan bien. Pronto olvidó los clásicos baby & daddy, el salto en patines al río L.A., los balazos de pintura en el tórax, el boliche humano, el caimán asesino, el sauna en excrementos, la pelea a muerte con un boxeador, el nado libre en un lago helado, la inseminación artificial a una vaca inocente, permanecer dentro de un sanitorio público -lleno- mientras lo voltean de cabeza, y todas aquellas acciones humanas y milagrosas que lo llevaron a esa muerte lenta pero segura... (porque una cosa es el dolor rápido -apagarte el cigarro en el brazo o lanzarte de lleno contra un muro de cemento- y otra es el dolor lento, aquel que duele poco y en dosis moderadas y culmina casi siempre en fractura frontal de la clavícula izquierda o explosión fulminante de vísceras o la bacteria virulenta que se instala en tus riñones y te obliga a adoptar una nueva y dolorosa posición anatómica).

moriré joven pero guapo


Jackass no fue el único



Jackass no fue el primer programa que nos mostró altísimos grados de estupidez ya francamente insoportable. Y sin embargo, algunos de ellos merecen una mención especial.



The Freakshow: Desde Alemania llegó para quedarse. Ben Tewaag solía ser el anfitrión de esta miniserie que duró la maravillosa cantidad de seis episodios. Seis extraordinarios, estúpidos, anormales y sencillamente geniales episodios, donde observabas la -dicho sea de paso- imponente humanidad de Tewaag o eras testigo de una alemanota de dos metros de altura mientras cambiaba su nuevo "juguetito" (una vagina de plástico) en un centro comercial.



El Show de Tom Green: Bam Margera no fue el primero en fastidiar a sus padres a las cinco de la mañana. Antes, mucho antes, este canadiense de gesticulador rostro gustaba de poner magnánimas bocinas de mil voltios en la recámara de sus procreadores y deleitarse luego con las groserías recibidas a cambio. O llegar a un restaurante muy popis y colocar una mierda de perro en el plato para luego quejarse con el gerente.



Kenny Vs Spenny: En este show, dos "mejores" amigos compiten para saber quién es el mejor. Así, llanamente. Y para eso, tendrán que prestarse a las más bajas competencias, desde montar una vaca hasta tomar terapia con un psiquiatra. ¿Y qué creen? El mejor es Spenny. No, en realidad es Kenny. Bueno, qué importa. Los dos son unos imbecilotes.



No Te Equivoques: Se supone que esta cosa era una versión "a la mexicana" de Jackass, pero sus anfitriones resultaron ser unos peleles con nombres muy acá (¿Tony Dalton y Kristoff? ¡Por favor! Juanito Pérez suena más creíble). Además, nunca pudieron ser del todo originales. ¿Recuerdan el "hi, I'm Johny Knoxville and this is Jackass"? Pues estos monos lo remordernizaron con un "hola, soy fulano y esto es No Te Equivoques". Guau. Por su carisma casi olvido que hicieron a un muchacho tragar mil tacos de tripa hasta que lo mataron. Chale.


1 comentario:

Aldo dijo...

"Lo ves y concluyes que es uno de esos exdrogadictos cuya madre abusiva solía mantener relaciones lésbicas enfrente de un chamaco adicto al atari y las zucaritas." Jajajaja no mames. Estuvo bien eso.